No Me Busques CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

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G alicia me recibe con lluvia.

Llevo tres horas conduciendo desde el aeropuerto de Santiago por carreteras que se estrechan como venas.

El navegador me ha abandonado hace veinte kilómetros y lo que queda es instinto: seguir la línea de costa hacia el norte, doblar donde los pinos se abren para dejar ver el mar, frenar cuando el asfalto se convierte en tierra.

La Costa da Morte hace honor a su nombre incluso en calma.

El Atlántico golpea los acantilados con una violencia contenida, como si estuviera esperando el momento de tragarse la tierra.

El cielo es un techo de plomo y la lluvia no cae: flota.

Una niebla húmeda que se te mete en la ropa y en los huesos y en el estado de ánimo.

No sé qué estoy haciendo aquí.

Lo he repetido en bucle desde que despegué de Barajas.

No sé qué hago aquí, no sé por qué he aceptado un encargo que rompe todas mis reglas, no sé por qué estoy buscando a un hombre muerto en un rincón del mundo donde la gente todavía se persigna cuando pasa un coche negro.

Pero el volante sigue girando y el coche sigue avanzando y yo sigo sin detenerme.

La casa aparece después de una curva cerrada.

Está sola. Absolutamente sola. A un lado, el acantilado y el mar.

Al otro, un bosque de pinos negros que no deja pasar la luz.

Es una construcción de piedra de dos plantas con el tejado de pizarra y las ventanas orientadas al oeste.

A lo lejos se adivina la silueta de un faro abandonado, su torre partida como un diente roto contra el cielo gris.

Al costado de la casa, una escalera exterior de hierro oxidado se hunde en la tierra: un acceso a lo que parece un sótano.

No me acerco. Algo en esa boca oscura me eriza la piel antes de que mi cerebro pueda explicar por qué.

Aparco a cincuenta metros. Apago el motor. El silencio que entra por las ventanillas es distinto al silencio de Madrid. Este silencio tiene peso. Tiene dientes.

No llevo arma. No me hace falta. En mi trabajo, la única herramienta necesaria es la cabeza. Pero mientras camino hacia la puerta, por primera vez en años, desearía tener algo más que un teléfono encriptado en el bolsillo del abrigo.

La puerta está entreabierta.

Eso es lo primero que no encaja. Una casa perdida en la Costa da Morte, habitada supuestamente por un hombre que lleva cinco años huyendo, y la puerta está entreabierta como si me estuvieran esperando.

—¿Señor Echeverría?

Mi voz suena ridícula. Suena a ciudad. Suena a mujer que se ha pasado la vida en despachos y aeropuertos y que no pertenece a este lugar. El viento me devuelve el eco de mi propia pregunta y por un momento tengo la certeza de que no hay nadie.

Pero hay alguien.

Lo sé antes de verlo. Lo sé porque el vello de mis brazos se eriza de una forma que no es térmica. Lo sé porque mi pulso, ese pulso que llevo años entrenando para que no se dispare por encima de sesenta en situaciones de estrés, se acelera hasta los ochenta y cinco.

Huele a madera quemada. A libros viejos. A café recién hecho.

Entro.

El salón es amplio y austero: un sofá gastado, una mesa de madera maciza cubierta de papeles, una chimenea encendida que crepita en la pared del fondo.

Las estanterías se doblan bajo el peso de los libros.

Hay un telescopio junto a la ventana apuntando al mar.

Hay un tablero de corcho que ocupa media pared y que está lleno de fotografías, recortes, flechas de hilo rojo.

Mi mirada se clava en una de las fotos antes de que mi cerebro pueda procesar lo que estoy viendo.

Soy yo.

La foto es reciente. Estoy saliendo de mi oficina en Chamberí con un café en la mano —Inés, maldita Inés y su café— y llevo el abrigo gris que compré en enero. La foto tiene tres meses como mucho.

A su lado, otra foto. Yo saliendo del portal de mi casa en Malasaña. Otra: yo en la terraza de La Bicicleta, la cafetería donde Inés y yo hacemos las reuniones con clientes. Otra: yo en el aeropuerto de Barajas.

Hay al menos quince fotografías mías en ese tablero.

—Me has encontrado.

La voz viene de detrás. No doy un respingo. No giro de golpe. Mi cuerpo no reacciona como el de una consultora de transiciones; mi cuerpo reacciona como algo que fue entrenado para situaciones mucho peores que esta. Me giro despacio, calculando distancias y ángulos.

Matías Echeverría está apoyado en el marco de la puerta que da a la cocina.

Lleva una camisa blanca arremangada hasta los codos y unos vaqueros gastados.

El pelo oscuro, más largo que en la foto antigua, le cae sobre la frente.

La barba de varios días afila su mandíbula.

La cicatriz en el costado izquierdo se adivina bajo la tela fina de la camisa, una línea pálida junto a las costillas.

Pero son los ojos.

Dios. Los ojos.

Verdes y cansados y con una profundidad que no debería ser posible, como si hubiera vivido varias vidas en los últimos cinco años y todas ellas le hubieran dejado marca. Me mira con una calma que no es resignación. Es otra cosa. Es la calma del que ya ha perdido todo y no teme nada.

Yo conozco esos ojos.

El pensamiento me golpea sin avisar. Aparece de una zona de mi cerebro a la que no tengo acceso consciente, una zona que está tapiada con muros que yo no construí.

Pero la sensación es tan nítida que me deja sin aire: yo conozco a este hombre.

Lo conozco desde siempre. Lo conozco desde antes de despertar en aquella cama de hospital en Barcelona con la memoria borrada y el nombre equivocado.

Él sonríe. Un poco. Solo la comisura izquierda.

—Hola, Vera.

Mi propio nombre en su boca es un disparo. No el sonido: la onda expansiva. Algo se agrieta dentro de mí y no sé qué es, pero sé que llevaba años esperando que alguien pronunciara esas dos sílabas exactamente así.

—Señor Echeverría —digo, y mi voz es la de una profesional que no ha perdido el control—. Me han contratado para borrar su identidad.

—Lo sé.

—Suelo cobrar por adelantado. En su caso, ya está pagado. Solo necesito su colaboración para...

—No.

Una palabra. Dicha sin rabia, sin desafío. Simplemente una negativa sólida como la piedra de la casa.

—¿No?

—No voy a colaborar para que me borres —da dos pasos hacia mí y la distancia entre nosotros se reduce a algo que no es profesional—. Pero tengo un trato que ofrecerte.

—Yo no hago tratos.

—Conmigo sí.

Sé que debería irme. Todo lo que soy, todo lo que he construido durante cinco años como Vera Delgado, consultora de transiciones, mujer sin pasado, me grita que dé media vuelta y salga de esta casa y finga que nunca estuve aquí.

Pero hay otra parte de mí. Una parte más antigua y más oscura que no recuerdo pero que está ahí, palpitando bajo la piel como un animal dormido que acaba de abrir un ojo.

—Te escucho —digo.

—Tres días —dice Matías—. Te quedas aquí tres días. Escuchas lo que tengo que contarte. Todo. Sin interrupciones, sin filtros. Si después de tres días todavía quieres borrarme, yo mismo te entrego cada archivo, cada clave, cada rastro que tengas que eliminar. Colaboraré al cien por cien.

—¿Y si decido irme antes?

—Te vas. Y no vuelves a verme. Ni tú a mí. Desaparezco de verdad esta vez.

La lluvia arrecia contra las ventanas. La chimenea suelta una chispa que muere en el aire. Me doy cuenta de que estoy apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en las palmas.

—¿Por qué? —pregunto—. ¿Por qué tres días? ¿Qué puedes tener que contarme que necesite tres días?

Matías me mira.

Y en sus ojos hay una tristeza tan antigua, tan paciente, tan brutalmente familiar, que me quedo sin aire otra vez.

—Porque tú y yo ya nos conocemos —dice—. Solo que aún no lo sabes.