CAPÍTULO 2
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I nvestigar a un muerto tiene una ventaja y mil desventajas.
La ventaja es que los muertos no se esconden.
Las desventajas son todas las demás: los datos se pudren, las fuentes se secan, la gente que sabía algo ha rehecho su vida y no quiere recordar.
Pero yo no investigo como una periodista.
Yo investigo como lo que soy: una mujer que borra vidas para vivir.
Y para borrar algo, primero hay que saber exactamente qué existe.
Las siguientes cuarenta y ocho horas son una inmersión quirúrgica en la vida de Matías Echeverría.
Trabajo desde casa, no desde la oficina.
No sé por qué. Simplemente necesito hacer esto sola, sin las uñas rosas de Inés bailando sobre el teclado y sin sus preguntas que siempre aciertan donde más duele.
Despliego mi equipo sobre la mesa del salón —tres portátiles, un monitor externo, un teléfono encriptado— y empiezo por el principio.
Matías Echeverría nació en A Coruña en 1994. Hijo único. Padre profesor de instituto, madre médica. Ambos fallecidos en un accidente de tráfico cuando él tenía diecinueve años. No hay hermanos. No hay primos cercanos. Una familia que se extinguió en una curva de la AP-9 un martes de noviembre.
Estudió Periodismo en la Complutense. Expediente brillante. Primer trabajo en El País como becario de investigación. De ahí saltó a un digital independiente que hacía periodismo de datos antes de que nadie supiera qué era eso. Fue allí donde empezó a meterse en problemas.
O donde los problemas empezaron a meterse en él. Según cómo se mire.
Su especialidad era seguir el dinero. Contratos públicos, adjudicaciones sospechosas, empresas pantalla que aparecían y desaparecían como setas después de la lluvia.
En 2019 publicó una serie de reportajes sobre una red de tráfico de influencias que conectaba a políticos locales, empresarios de la construcción y un despacho de abogados con sede en Ginebra.
La serie ganó un premio Ortega y Gasset.
También le ganó tres demandas, dos amenazas de muerte y un intento de allanamiento de su domicilio.
En 2020 empezó a investigar algo más grande.
Mucho más grande. Sus artículos de ese año se vuelven más crípticos, más cautelosos.
Habla de «estructuras de poder no democráticas», de «programas de control social financiados con dinero opaco», de «personas que desaparecen y reaparecen sin recordar quiénes son». Leo esa última frase tres veces.
En enero de 2021, cuatro días después de publicar un artículo titulado «Los durmientes: el ejército invisible que nadie quiere ver», Matías Echeverría desapareció.
Los medios dijeron que se había ido a Tailandia.
Que el estrés de las amenazas lo había destrozado psicológicamente.
Que su entorno temía por su salud mental.
Un comunicado anónimo —atribuido a su abogado, un tal señor Guzmán que nunca existió, lo compruebo en siete bases de datos distintas— informó de que Matías se retiraba del periodismo para «recuperarse en el extranjero». Punto. Fin de la historia.
Lo declaran muerto en ausencia tres años después.
Pero hay cosas que no encajan.
Las busco durante horas. Los ojos me arden y la espalda me duele, pero no puedo parar. Hay algo en este hombre, en este expediente, que me mantiene enganchada a la pantalla como si cada dato que encuentro fuera una pieza de un puzle que no sabía que estaba intentando resolver.
Primero: Matías escribía con seudónimo en tres foros de periodismo independiente hasta al menos 2023.
Dos años después de su supuesta desaparición.
Los mensajes son cortos, cifrados, pero la cadencia de escritura coincide con sus artículos anteriores.
Lo cotejo con una herramienta de estilometría que desarrollé para verificar identidades falsas.
Coincidencia del noventa y siete por ciento.
Segundo: su ficha policial fue modificada diecisiete veces en los últimos cinco años. No actualizada: modificada. Alguien con acceso de alto nivel ha estado retocando su expediente como quien borra las huellas de un crimen. Cada modificación eliminaba un dato que podría haber permitido localizarlo.
Tercero: hay una foto.
Está enterrada en la memoria caché de un servidor ruso que indexó su perfil de una red social desaparecida. La encuentro a las tres de la madrugada del segundo día, cuando el café que nunca bebo me ha sido sustituido por una adrenalina que no me deja pestañear.
La foto es antigua. Matías Echeverría a los veintiséis o veintisiete años, en lo que parece la presentación de un libro. Sonríe. Tiene el pelo oscuro, un poco largo, y unos ojos verdes que incluso a través de los píxeles deteriorados de una imagen de baja resolución disparan algo en mi pecho.
Algo que no debería estar ahí.
Cierro el portátil de golpe. Me levanto. Voy a la ventana y miro la calle vacía de Malasaña a las tres y diecisiete de la madrugada. Un gato cruza de una acera a otra. Una farola parpadea dos veces y se apaga.
No conozco a este hombre.
No recuerdo nada anterior a los veintitrés años, pero sé que no conozco a este hombre.
Mi vida empieza en una cama de hospital en Barcelona, con un nombre que no me resulta familiar, un tatuaje en la clavícula izquierda que no recuerdo haberme hecho, y un vacío del tamaño exacto de dos décadas.
Pero a Matías Echeverría no lo conozco. Si lo conociera, lo sabría.
Me paso los dedos por la clavícula. Por encima de la camiseta. El tatuaje son tres líneas paralelas, finas, como arañazos de gato pero demasiado rectas para ser accidentales. Me lo toco a veces sin darme cuenta. Es el único gesto involuntario que me permito.
Vuelvo al portátil.
Abro la foto otra vez.
Y me quedo mirándola hasta que amanece.
A las ocho de la mañana, sucia de no haberme duchado y con la boca pastosa, le envío un mensaje a Inés.
Acepto el encargo.
Tres segundos después, su respuesta.
Sabía que ibas a hacerlo. He preparado el dossier de viaje. Sales mañana para Galicia.
Me quedo mirando la pantalla. Galicia. La costa. El sitio donde Matías Echeverría se escondió del mundo y donde, según Inés, lleva cinco años esperando algo. O a alguien.
Me paso los dedos por la clavícula otra vez.
Esta vez el tatuaje me duele.