No Me Busques
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CAPÍTULO 1
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D espierto siempre a las seis y diecisiete.
No a las seis y cuarto. No a las seis y veinte. Seis y diecisiete exactas, como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza no.
El apartamento está en silencio. Vivo en un tercero sin ascensor en la calle Pez, Malasaña, y a esta hora solo se oye el motor del frigorífico y, si hay suerte, las palomas que anidan en el hueco absurdo entre mi ventana y la del vecino. Me gustan las palomas. Son la única compañía que tolero.
La rutina es siempre la misma. Me levanto sin despertador —no lo necesito—, me cepillo los dientes durante tres minutos exactos contados mentalmente, me visto con lo primero que encuentro en el armario que sea negro o gris oscuro, y bajo a la calle sin desayunar.
No desayuno nunca. No es una decisión consciente.
Simplemente mi cuerpo no pide comida antes de las once.
Camino veintitrés minutos hasta la oficina.
Mismo recorrido cada día: Pez, San Bernardo, Carranza, desembocar en Chamberí como quien suelta un suspiro.
La ciudad a estas horas huele a café recién hecho y a periódicos que nadie va a leer.
Madrid en octubre es una herida abierta de luz dorada.
No me importa. No me importa nada, en realidad, y esa es la única mentira que me cuento cada mañana mientras espero que el semáforo cambie a verde.
Mi negocio se llama Delgado Transiciones.
Funciona en un bajo reformado que antes fue una imprenta y todavía huele a tinta, un fantasma que se niega a marcharse. La placa en la puerta es discreta: letras doradas sobre fondo negro. Nada que llame la atención. Nada que invite a preguntar.
De cara al mundo, Delgado Transiciones es una consultora de recolocación profesional para altos directivos.
Ayudamos a ejecutivos a encontrar su siguiente oportunidad, les diseñamos una nueva imagen de marca personal, les preparamos para entrevistas con consejos de administración.
Todo impecable. Todo legal. Todo perfectamente aburrido.
La realidad es otra.
Lo que hacemos aquí es borrar personas.
Gente con pasados tóxicos. Testigos protegidos que necesitan evaporarse antes del juicio.
Mujeres que huyen de maridos con contactos en la policía.
Empresarios que cruzaron la línea equivocada y recibieron una segunda oportunidad increíblemente cara.
Todos pasan por mi escritorio en algún momento.
Todos me miran con esa mezcla de miedo y gratitud que ya no me produce nada.
Les cobro una fortuna y a cambio les doy algo que el dinero nunca debería poder comprar: una vida nueva.
Documentación falsa nivel pasaporte diplomático.
Historiales digitales construidos capa a capa durante meses.
Cuentas bancarias con antigüedad simulada.
Incluso para los casos más complejos, testigos falsos que confirmarán la nueva identidad si alguien pregunta.
No dejo cabos sueltos. No cometo errores.
No tengo empatía por mis clientes, pero tengo un compromiso absoluto con la excelencia.
Es mi forma de estar en el mundo.
Mi única empleada se llama Inés. Veinticuatro años, pelo rosa, uñas de gel y una inteligencia para los sistemas informáticos que roza lo obsceno.
Es la única persona en el mundo que sabe a qué me dedico realmente, y solo lo sabe en un ochenta por ciento.
El veinte restante son cosas que ni yo misma quiero recordar.
—Buenos días, jefa —me saluda sin levantar la vista de las tres pantallas que envuelven su mesa como un tríptico medieval—. Hoy tienes café.
—No bebo café.
—Por eso tienes café. Para que empieces a beberlo. Eres la única madrileña que no consume cafeína y eso es antinatural.
Inés lleva dos años insistiendo. Dos años, ochocientos cafés aproximadamente, cero que yo haya probado. Me quedo de pie junto a su mesa mientras ella teclea algo que no entiendo —nunca entiendo lo que hace, para eso le pago— y espero a que me cuente lo que toca hoy.
—El señor Aguirre ya está en Panamá —dice—. Su nueva identidad ha pasado los tres filtros de interpol sin alertas. Puedes enviar la factura final.
—¿El juez?
—Mañana declara. Para entonces su exmujer estará en Helsinki con un pasaporte suizo que dice que se llama Elena Kovacs.
Asiento. Inés me mira por encima de una pantalla.
—Y ha llegado algo raro —añade.
Todo en mi negocio es raro. Pero Inés no usa la palabra «raro» a la ligera. Se gira hacia mí por primera vez en toda la mañana y sus uñas rosas tamborilean sobre el teclado.
—Un correo anónimo. Encriptado en siete capas. Ni siquiera yo debería haber podido abrirlo, pero tenía un algoritmo que desarrollé para otra cosa y... bueno, el caso es que lo abrí.
—Muéstramelo.
—No vas a querer verlo.
—Inés.
Suspira. Gira una de las pantallas hacia mí.
El correo tiene tres líneas. Sin firma. Sin remitente. Sin dirección IP rastreable —Inés ya lo habría intentado, seguro que se pasó la madrugada entera intentándolo—. Solo tres líneas en una tipografía que imita la de una máquina de escribir antigua.
Debe localizar y borrar la identidad de Matías Echeverría. Periodista de investigación. Desaparecido desde 2021. Debe eliminar todo rastro digital, documental y testimonial de su existencia.
Pago: un millón de euros.
Instrucciones detalladas al aceptar.
Me quedo mirando la pantalla durante un minuto entero. Inés no dice nada. Sabe leer mis silencios mejor que mis palabras.
—¿Es una broma? —pregunto.
—Ojalá. La transferencia de garantía ya está hecha. Doscientos cincuenta mil euros en una cuenta en las Caimán que no existía hasta hace seis horas y que solo tú y yo sabemos que existe.
Me giro hacia la ventana. La luz de octubre me da en la cara y por un segundo —solo un segundo— siento algo en el pecho. Una alarma. Un músculo que se contrae sin motivo.
—Matías Echeverría —digo, probando el nombre en la boca.
Y no sé por qué, pero me sabe amargo.
No sé por qué, pero me sabe a algo que ya he dicho antes.
—No lo aceptes —dice Inés a mi espalda—. Algo huele mal. Un millón por borrar a un periodista muerto. ¿Quién paga eso? ¿Para qué?
—Para asegurarse de que nunca existió.
Cojo el abrigo. Inés me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Vas a aceptarlo?
—Voy a investigarlo. Aceptar es otra cosa.
—Jefa.
Me detengo en la puerta.
—Ese nombre. Matías Echeverría. ¿Te suena de algo?
Miento.
—No —digo—. No me suena de nada.
Y salgo a la calle con el sabor amargo todavía en la lengua y una pregunta que no me atrevo a formular ni en voz baja: ¿por qué he mentido?