No Me Busques CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

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L a primera vez que la vi después del sótano fue en un hospital de Barcelona.

Habían pasado tres meses desde que se llevaron su cuerpo inconsciente de mi casa, desde que limpiaron la sangre del suelo del sótano con productos industriales y me dejaron allí, arrodillado, preguntándome si estaba vivo o muerto.

Tres meses en los que no supe nada de ella.

Tres meses investigando, moviendo hilos, gastando los últimos favores que me quedaban en el mundo del periodismo.

La encontré en la cuarta planta del Hospital Clínic, ala de neurología.

Estaba sentada en una cama con la espalda apoyada en la almohada y las manos sobre el regazo.

Llevaba un camisón blanco de hospital y el pelo recogido en una coleta baja.

Miraba por la ventana sin ver nada. Tenía los ojos vacíos.

No los ojos de quien ha olvidado algo, sino los ojos de quien ha sido vaciada.

Me quedé en la puerta de la habitación durante diez minutos.

No entré. No podía. Había ensayado ese momento cientos de veces en mi cabeza y ninguna versión se parecía a esto.

Yo esperaba encontrarme a Sombra: la agente letal, la estratega, la mujer que había estado a punto de volarme la tapa de los sesos en mi propio sótano.

Pero lo que había en esa cama no era Sombra.

Era un recipiente vacío con la forma de su cuerpo.

Una enfermera me vio y se acercó.

—¿Es usted familiar?

—Soy... un amigo.

—La trajeron hace una semana. Amnesia retrógrada completa. No recuerda nada anterior al ingreso. Ni su nombre, ni su edad, ni si tiene familia. Nada.

—¿Saben qué lo causó?

—Traumatismo craneoencefálico, según el parte de ingreso. Pero las pruebas no muestran lesiones compatibles con un golpe. Es... extraño.

Me quedé mirando a la mujer de la cama. La mujer sin nombre. La mujer que, según los informes médicos, había aparecido en urgencias sin documentación, sin memoria, sin nada excepto un tatuaje de tres líneas en la clavícula izquierda.

—¿Le han puesto algún nombre? —pregunté.

La enfermera sonrió, incómoda.

—Ella misma lo eligió. A los tres días de despertar, dijo que se llamaba Vera. No sabemos por qué. Dijo que le gustaba cómo sonaba.

Vera.

Me apoyé en la pared del pasillo. Las piernas me temblaban. Vera. Había elegido el nombre que yo le dije en el sótano, aquella noche, cuando levantó el arma y yo pronuncié una palabra que no estaba en los archivos del Programa. Una palabra que era solo nuestra.

No lo recordaba. Pero había elegido ese nombre igual.

Algo del sótano había sobrevivido.

—

Han pasado cinco años desde aquel día y hay cosas que no cambian.

Sigo mirándola desde la distancia. Sigo observando cada gesto, cada rutina, cada hábito que ella cree secreto.

Sé que desayuna en La Bicicleta los miércoles.

Sé que cruza la calle sin mirar a los lados porque inconscientemente confía en reflejos que ya no sabe que tiene.

Sé que se toca la clavícula cuando algo la perturba y no entiende por qué.

Sé que llora por las noches.

Durante el primer año, lloraba cada noche.

Yo la veía desde la acera de enfrente, una silueta recortada en la ventana de su apartamento de Malasaña, inmóvil, con la luz apagada.

No sabía por qué lloraba. No podía saberlo.

Pero su cuerpo sí lo sabía. Su cuerpo recordaba lo que su mente había olvidado: que había sido un arma, que había matado, que había estado a punto de matarme a mí. Y lloraba.

Cada lágrima me rompía el corazón porque yo conocía la razón que ella no podía recordar.

No soy un héroe. No soy un santo. Soy un hombre que se enamoró de la persona equivocada en el momento equivocado y que ha pasado cinco años intentando encontrar la forma de deshacer lo que le hicieron.

La he observado, sí. La he seguido, sí. He entrado en su vida desde los márgenes sin que ella lo supiera: un cliente falso aquí, una información filtrada allá, un pequeño ajuste en el motor de su coche cuando alguien de la organización se acercó demasiado a su apartamento.

He sido su sombra desde que ella dejó de ser la mía.

Y no me arrepiento.

Me arrepiento de muchas cosas en esta vida.

De no haber investigado más rápido. De no haberla encontrado antes de que el Programa la convirtiera en lo que era.

De no haberle disparado yo a ella aquella noche, cuando todavía era Sombra y no Vera, para evitar que la reprogramaran.

Pero no me arrepiento de haberla vigilado, porque cada vez que alguien del Programa se acercaba a ella, yo estaba allí.

Cada vez que su identidad falsa estuvo a punto de resquebrajarse, yo la reforcé.

Cada vez que el sistema que la contenía falló, yo fui el parche.

Ella no lo sabe. No puede saberlo todavía. Si se lo digo demasiado pronto, se irá. Si se lo digo demasiado tarde, será demasiado tarde.

Pero ahora está aquí.

En mi casa. En mi sofá. En la habitación de invitados, con el libro de García Márquez en la mesilla y la foto enmarcada que yo mismo puse allí, esperando que algún día ella la encontrara.

Ha aceptado tres días. Tres días para contarle la verdad que llevo cinco años guardando como un animal guarda el último trozo de carne antes del invierno.

Esta mañana la he visto bajar las escaleras descalza.

Llevaba mi café en las manos y se lo ha bebido sin protestar.

Me ha preguntado por qué ella. Me ha preguntado cuántos mató.

Me ha mirado con esos ojos oscuros que son los mismos que me miraron en el sótano, solo que ahora no tienen miedo. Ahora tienen hambre.

Hambre de verdad. Hambre de memoria. Hambre de algo que ni siquiera sabe nombrar.

Y yo, que he pasado cinco años preparándome para este momento, me he quedado sin palabras.

Porque verla aquí, en mi casa, con los pies descalzos sobre la madera fría, es como ver una profecía cumplida. Es como si todos estos años de espera hubieran sido un prólogo interminable y ahora, por fin, empezara el primer capítulo.

Me quedan dos días. Dos días para contarle quién fue.

Dos días para que decida quién quiere ser.

Dos días para demostrarle que lo que siente —ese vértigo, esa atracción inexplicable, ese imán invisible que la empuja hacia mí y que ella no entiende— no es un error del programa.

No es un residuo de su entrenamiento. No es una anomalía.

Es amor.

El amor que sintió la Vera original aquella noche, en el sótano, cuando decidió no apretar el gatillo.

El amor que sobrevivió al borrado.

El amor que, según todos los manuales de neurociencia y todos los protocolos del Programa, no debería existir.

Y sin embargo aquí está. Plantado en medio de mi salón. Mirándome con los ojos de una mujer que no me recuerda pero que, en alguna parte de su cerebro tapiado, sabe que me conoce.

Eso es lo que me da miedo.

No que recuerde lo que fue. No que recuerde lo que hizo. Sino que, cuando recuerde quién soy yo para ella, decida que no valió la pena.