No huyas de mí (Los hermanos McCabe nº 3) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

El vestuario bullía con una energía distinta, cruda e inmediata.

Aaron atravesó la pesada puerta y lo recibió un aire espeso de sudor y linimento.

Desde un rincón, la voz de un reportero acosaba a otro luchador.

Jim, su entrenador, ya estaba enfrascado en una conversación con Trey, el asistente de Aaron.

El pelo claro de Trey, demasiado largo, le caía perpetuamente sobre los ojos y lo obligaba a apartárselo con un gesto impaciente.

Aaron lo observó hacerlo y sintió la punzada familiar de irritación que le tensaba la mandíbula.

Aaron se puso el chándal, se calzó las zapatillas y se agachó para atárselas. Jim le plantó una bolsa de hielo en la mano. —La mandíbula. Para la

hinchazón.

Aaron quiso rechazarla, pero los ojos azules de Jim, afilados bajo un bigote cuidadosamente recortado, no admitían réplica.

—Y esos cortes. Que el médico deportivo te cierre el del ojo.

Aaron levantó una mano y se rozó la humedad de la frente.

Sangre. ¿Cómo no la había sentido? Cerró de un portazo la taquilla —el golpe resonó mientras el bullicio del vestuario se apagaba— y fue hacia el lavabo.

El espejo le devolvió un desastre: frente manchada, nariz y ojo hinchados, pero nada roto. Solo destrozado.

—Bonito —gruñó con sombría satisfacción, la mandíbula tensa. Su oponente había quedado peor. Mucho peor—. Me limpiaré en el hotel —agarró la sudadera, se la pasó por la cabeza y metió el resto del equipo en la bolsa de gimnasio. La bolsa de hielo cayó al suelo. Olvidada.

—Oye, espera un momento —llamó Trey, que venía trotando desde

un corrillo con el equipo de otro luchador.

La mano de Aaron ya estaba en la puerta.

La abrió de un tirón. Se acabó. Salió al pasillo, un pasillo de seguridad, equipos rivales y groupies.

De algún modo se habían colado más allá de las cuerdas, con ropa demasiado ajustada y sonrisas demasiado amplias.

Silbidos, piropos groseros, proposiciones: lo mismo en cada pelea.

Podía elegir a cualquiera. A todas. Solo cuerpos.

Una mujer de largo pelo oscuro y revuelto le llamó la atención.

No porque estuviera gritando, sino porque no lo hacía.

Solo miraba, con una intensidad extraña, casi familiar.

Se ajustó más la sudadera, se la bajó sobre los ojos y siguió caminando.

Trey se apresuró a

alcanzarlo.

—¿Al hotel? Voy contigo. Solo quería repasar la próxima pelea, algunos detalles...

—Luego —lo cortó Aaron. Trey, con todo su aire relajado de surfista, era una hoja de cálculo con patas. Normalmente respetaría el límite. Normalmente pillaría la indirecta. Pero Trey siguió pisándole los talones.

—Como siempre, Trey —dijo Aaron sin mirar atrás—. Vete con Jim.

Siempre se iba solo. Siempre. Era lo único en lo que había insistido desde el principio.

Ellos lo traían; él volvía solo. Cada pelea lo dejaba en carne viva, expuesto.

Era su momento para lamerse las heridas, para recomponerse por dentro, a solas.

Solo entonces podía afrontar el día siguiente.

Atravesó las últimas puertas y el aire nocturno le refrescó la piel magullada.

Un sedán negro conocido esperaba en la acera con el motor en marcha. Su escapatoria. Ya casi había llegado.

—¡Aaron!

La voz rasgó la noche, aguda, casi frenética.

No era Trey. No era Jim. Una voz de hombre.

Y tenía algo —un temblor que no lograba identificar del todo, pero que lo frenó en seco justo cuando alargaba la mano hacia la puerta del coche.

No se giró, pero la mandíbula se le tensó y la hinchazón le ardió con un dolor renovado.

Conocía esa voz. Su hermano Chase estaba a un lado, con el pelo claro más largo de lo habitual, rozándole las orejas.

Iba sin afeitar y sus ojos azules, afilados, no sonreían.

—Chase, ¿qué haces aquí? —preguntó Aaron, e hizo un gesto al guardia de seguridad para que dejara pasar a su hermano.

El guardia, que solía ser estricto a la hora de mantener alejados a los no autorizados del vestuario, se limitó a asentir; por lo visto, Chase le parecía menos problemático que las groupies y los gorrones de siempre.

A Aaron se le hizo un nudo en el estómago al darse cuenta de que Trey se había ido en dirección contraria. Solo quería largarse de allí.

—¿Tienes cómo volver? —preguntó Chase.

Aaron negó con la cabeza. —Voy a pillar un taxi hasta el hotel.

—Te llevo yo.

Estaba a punto de negarse, de despedir a Chase, pero su hermano ya se dirigía hacia la puerta trasera del estadio y la empujó para abrirla.

Aaron apenas registró el borrón de gente y mujeres que gritaban intentando acercarse.

Tenía la mirada fija en Chase, que ya se abría paso por el atestado aparcamiento.

Localizó el BMW y Chase quitó el seguro y abrió el maletero.

La noche era cálida y Aaron sudaba mientras lanzaba la bolsa dentro y cerraba el maletero de un golpe con una mano.

Mejor dejar la sudadera puesta sobre el pecho desnudo y la cabeza, para ocultar todo lo que en él se sentía abierto, expuesto, en carne viva.

Acomodó el corpachón en el cómodo asiento de cuero y se abrochó el cinturón con la mirada fija al frente mientras Chase salía marcha atrás de la plaza.

La larga fila de coches, el estruendo de bocinas, las luces brillantes de la ciudad.

.. todo pasó ante él sin que lo registrara.

Chase permaneció en silencio, pero el golpeteo rítmico de sus dedos contra el volante delataba la tensión en el reducido espacio.

—¿Qué hotel? —preguntó Chase.

—Anaheim Grove —respondió, con la esperanza de que Chase no quisiera quedarse a hablar, que solo lo dejara y se fuera.

Condujeron en silencio; las luces de la ciudad se desdibujaban en rayas que Aaron registraba sin interés. El ojo derecho le palpitaba, hinchado y amoratado, y le emborronaba el mundo por ese lado. Se dijo que la hinchazón bajaría, que la visión se le aclararía. Mañana sería otro día, otra pelea.

—¿Estás bien? —preguntó Chase al girar en otra esquina. Más semáforos por delante. Quizá diez minutos hasta el hotel. Ojalá menos.

—Bien —gruñó Aaron, deseando que su hermano pillara la indirecta y se callara de una puta vez.

—¿Quieres parar en urgencias, que te vea un médico? ¿Asegurarte de que no tienes nada roto, que te cosan esos cortes?

¿Por qué ahora? ¿Por qué esperar hasta que estuvieran casi en el hotel? —No —dijo tajante. Otra izquierda, dos manzanas más. Menos de cinco minutos. ¡Date prisa, joder!

—Necesitas hielo en la cara o mañana vas a estar hecho un cromo —las palabras de Chase quedaron suspendidas en el aire, un hecho irrebatible.

La mano de Aaron fue instintivamente al ojo hinchado y notó el calor palpitante bajo la sudadera.

Sabía que Chase tenía razón. También sabía que no quería ocuparse de eso, todavía no, no con Chase delante.

Solo pensar en la mañana, en mirarse al espejo, ya se sentía como otra pelea para la que no estaba preparado.

La pelea había terminado. Había sido un desastre antes de subir al ring, pero ahora, al menos, los moratones tenían una razón.

—Luego —gruñó Aaron y despidió a Chase con un gesto.

La adrenalina por fin se había agotado y había dejado tras de sí una sensibilidad a flor de piel en las costillas, un dolor sordo en el costado, el hombro y la espalda.

Golpes que ni siquiera había notado durante la pelea ahora le palpitaban con saña.

Se tomaría un par de ibuprofenos, saquearía el minibar y dormiría.

Mañana se abandonaría al dolor, un dolor bienvenido; dejaría que el sufrimiento físico lo anclara.

El trayecto en coche había transcurrido casi en silencio, una tregua tensa entre ellos.

Ahora, mientras Chase conducía por las calles tranquilas, Aaron buscaba con la mirada el letrero rosa brillante de la posada de dos plantas.

Era sorprendentemente cómoda, más que cualquier hotel de lujo en el que se hubiera alojado: tranquila, apacible y espaciosa, un marcado contraste con los antros que solía frecuentar.

Chase se detuvo frente a la posada y aparcó. Aaron no esperó a que el motor se apagara; abrió la puerta de un empujón. Se sabía el guion de memoria: Chase se embarcaría en una disección interminable de la pelea, un análisis de su estado «jodido», o, peor aún, intentaría «arreglarlo».

Aaron dio un golpe en el maletero, y Chase, anticipándose, pulsó el botón de apertura.

El maletero se abrió de golpe. Aaron se echó la bolsa al hombro y cerró la tapa de un portazo.

Chase seguía allí plantado, observándolo con expresión astuta, casi incómoda.

No, pensó Aaron, esta noche no. Necesitaba quitárselo de encima.

Pero en lugar de eso, Chase le entregó las llaves al botones que esperaba y subió a la acera.

—¿Qué estás haciendo? —gruñó Aaron. Las palabras le salieron como un graznido doloroso contra la mandíbula hinchada. No se le escapaba que era lo más que había hablado en toda la noche.

—Yo también me alojo aquí.

Aaron se quedó clavado en el sitio, con la bolsa todavía al hombro. —¿Desde cuándo?

¿Coincidencia? No con Chase. Nunca con Chase.

Aaron negó con la cabeza y dejó escapar un gruñido de pura irritación, mucho más fácil que forzar el «Vete a la mierda» que su mandíbula magullada se negaba a articular.

La leve sonrisa de Chase lo confirmó: sabía exactamente cuánto quería Aaron que se largara.

Aaron no esperó a que su hermano terminara.

Se dio la vuelta y entró en el hotel con paso firme, cada zancada un rechazo deliberado a seguirle el juego.

Sabía que estaba siendo un capullo, pero le daba igual, no cuando el dolor desgarrador que había vertido en el ring aún le ardía tan cerca de la superficie.