61 Al fin juntos
Al fin juntos
FUYU
El camino que hay desde el concierto hasta la casa de Haru es apenas de diez minutos a pie. Sin embargo, diría que han pasado unos veinte y aún vamos por la mitad del recorrido, porque nos paramos en cada recoveco del camino a cobrarnos todos los besos que nos debemos.
Sus labios son como los recordaba: suaves, tiernos y tremendamente juguetones.
Hay algo en ellos que siempre me atrae de vuelta, como un imán incapaz de soltarme.
Por suerte, las calles del pueblo, antes llenas de gente, ahora están vacías.
Hace demasiado frío para ser otoño, tanto que puedo ver el vaho que sale de nuestras bocas al besarnos y de nuestros cuerpos cálidos al contacto con el otro.
—No vamos a llegar nunca —bromeo antes de besar su comisura intentando echar un poco el freno.
—No llegarás tú, yo estoy casi apunto, me falta esto. —Me regala su sonrisa más pícara mientras me enseña el pulgar y el índice casi juntos.
Me río y me separo de él porque no sé cuánto hay de verdad en su broma. Entrelazo mis dedos con los suyos y corro los pocos metros que faltan hasta su piso con la melodía de su risa cantarina a mi espalda.
Cuando llegamos, nos paramos en la puerta del edificio con la respiración acelerada.
Nos miramos con la alegría apropiándose de nuestras caras, como aquel día de otoño en el que nos refugiamos de la lluvia en este mismo piso.
Aquel día que nos besamos por primera vez y que lo cambió todo.
Mis manos van solas hasta su rostro y lo acunan.
Me recreo admirando la belleza de sus pecas, el brillo en sus ojos marrones y la humedad de sus labios carnosos. Haru es precioso a todos los niveles.
—Te quiero.
Su sonrisa se ensancha.
—Y yo a ti más, mi heladito de nata.
Lo dudo porque querer más a alguien implicaría morirse de amor.
Pero no digo nada y nos volvemos a besar, demasiado lento para el ritmo frenético de nuestros corazones, y entonces lo siento.
El primer copo helado sobre mi nariz como una metáfora de felicidad lejana, un recuerdo de nuestros mejores días juntos.
Ambos nos separamos sorprendidos y miramos el cielo.
—Está nevando —dice Haru con alegría, él también lo ha pillado y, como si no me hubiese enterado, me agita las manos y lo vuelve a repetir—. ¡Está nevando, Fuyu! ¡En noviembre! ¡Qué casualidad! Siempre nevaba cuando estabas contento. ¿Lo estás?
Lo miro sonriendo y asiento.
—Más que nunca, pero te juro que esta vez no es cosa mía. —Nos reímos—. Ni siquiera es invierno.
—Tienes razón… Este otoño es muy diferente a los que Aki nos tenía acostumbrados, ¿no crees?
Y ahora que lo dice, me fijo en que así es. No sabría explicar qué, pero hay una sensación rara en el ambiente, algo diferente en Paradise Island. Supongo que al avanzar nosotros, Rakuen también lo está haciendo.
—¿Crees que será por los nuevos yosei? ¿Estarán ya aquí?
—No lo sé. Natsu comentó algo, pero creo que solo quería hacerse el interesante. ¿Quieres que vayamos mañana al templo de Yamanba a comprobarlo?
Por fin saca las llaves y abre el portal.
—Ya lo vamos viendo, mi prioridad ahora eres tú.
Me da un beso corto y rápido y subimos las escaleras con prisa hasta su piso situado encima del Carpe Diem, dispuestos a escondernos del mundo.
Nos quitamos los zapatos en el genkan y volvemos a los labios del otro con hambre, con ansias, como un par de sedientos que acaban de encontrar un río de agua potable y fresca.
Se quita la bufanda y la tira al suelo y hace lo mismo con mi chaqueta.
Me dejo llevar y lo imito hasta que ambos quedamos desnudos de cintura para arriba.
Rodamos por la casa sin parar de besarnos y reírnos y terminamos tumbados ambos en su cama.
Nos tomamos unos minutos para mirarnos. Nada más existe a nuestro alrededor, solo somos él, yo y un montón de cosas pendientes.
Haru me sonríe y se muerde el labio. Está nervioso, lo sé. Yo sorprendentemente no lo estoy, a pesar de que esto es nuevo para mí. Quizás porque, cuando estoy con él, me siento más en casa que nunca. Capaz de hacer frente a todo lo desconocido.
—¿Hasta dónde quieres llegar? —me susurra mientras me acaricia el pecho con manos curiosas—. No tenemos por qué…
—Hasta el final —lo corto antes de que empiece con su verborrea incontrolada—. Contigo voy hasta el fin del mundo si hace falta, Ha-chan.
Sus ojos se humedecen y por un momento temo que me malinterprete y vuelva a pedirme tiempo, pero en lugar de eso me besa con todo su cariño y mi miedo se desvanece en sus labios.
Se sube a horcajadas sobre mí, entrelaza los dedos con los míos y me sujeta las manos por encima de la cabeza sobre el colchón.
Se balancea sobre mi cuerpo frotando nuestras erecciones.
—Haru —gimo su nombre y beso su cuello.
—¿Me esperarás?
—¿Qué? —Dejo de besarlo y lo miro, debo de haber confundido sus palabras.
—Que si me esperarás.
—¿Qué? ¿Esperar a qué? No quiero espe…
Me calla con un beso suave.
—A que me prepare. Llevo todo el día de acá para allá sin ducharme. No voy hacer esto oliendo a mono.
—No hueles a mono, hueles de maravilla, estás limpio. No hace falta…
—Solo serán unos minutos, lo prometo.
Se ríe y me suelta las manos, pero aun así las sigo notando sujetas. Me extraño y miro hacia arriba y entonces veo el cinturón del yukata. ¿Me ha atado? Forcejeo y sí, me ha atado. ¿En qué momento me ha atado?
—Haru…
Se vuelve a reír aún a horcajadas sobre mí, esta vez con más picardía.
—No te enfades, heladito de nata, ahora vengo. —Me da otro beso y se aleja de mí.
—Haru. ¡Haru, vuelve aquí! En serio, no hace falta. ¡Haruuu!
Escucho el agua de la ducha y entonces suspiro y miro al techo resignado.
—Por la Diosa, maldito sea…
No sé el tiempo que pasa hasta que dejo de oír el agua correr.
Puede ser cinco minutos, veinte o una hora.
Sea lo que sea, se me ha hecho eterno. Casi más que estos meses que he esperado por besar de nuevo sus labios.
No queda ni un ápice de mi erección y ahora mismo solo tengo ganas de matarlo.
Pienso rápidamente en mil maneras de vengarme mientras oigo sus pisadas por el pasillo, pero mi necesidad de revancha pierde toda fuerza cuando lo veo aparecer por la puerta.
Va completamente desnudo, con la piel rosada por el calor del agua caliente y el pelo húmedo del que caen gotas de las que siento envidia.
Todo lo que le iba a decir se me olvida cuando lo veo gateando por la cama hasta colocarse sobre mí.
—Perdóname. —Me besa y yo capturo su labio inferior con los dientes y aprieto un poco como protesta—. Pero es que sí, hacía falta.
Gruño y forcejeo en un vago intento de abrazarlo, pero Haru me vuelve a mirar con esa sonrisa pícara que me indica que no está pensando nada bueno.
—Venga, suéltame ya.
—Shhh, aún no. —Me besa el cuello y va bajando por todo mi cuerpo de una forma lenta y candente que me derrite e impacienta a partes iguales. Huele a flores, a fresa y promesas cumplidas; y su pelo mojado me acaricia trazando líneas en mi piel que me queman y hacen cosquillas al mismo tiempo.
Sus manos desabrochan mis pantalones y se cuelan dentro de la prenda. Me presionan la erección, de nuevo presente. Cierro los ojos al sentir el placer recorrer mi cuerpo.
—¿Puedo? —pregunta.
Ahora sé lo ridícula que es esa pregunta cuando se trata de nosotros.
Trago saliva y asiento varias veces. Entonces Haru se levanta y tira de mi ropa hasta que me quedo desnudo sobre la cama. Sus besos vuelven, esta vez en dirección contraria. Desde mi tobillo hasta la ingle, mientras me retuerzo, porque quiero que pare y siga al mismo tiempo.
—Haru…, suéltame ya, esto es una tor… —La voz se me corta cuando se mete mi erección en la boca y mi mundo se desdibuja entre ramalazos de placer.
Se me nubla la mente por completo y el corazón parece que se me vaya a salir del pecho. No duraré mucho si continúa así. Esto me gusta demasiado, pero no quiero que acabe ya, quiero tocarlo, quiero besarlo, sentirlo al completo…
—Para, para —pido entre gemidos, casi grito; y él obedece al instante y vuelve a mi boca. Me besa como pidiendo disculpas.
—Perdón. —Sonríe—. No he podido resistirme ¿Quieres que te suelte?
—Por favor.
Me regala un beso cariñoso en la nariz y se pone a desatar mis manos.
—Está bien. A la de tres: uno, dos y…
Giro con él sobre el colchón y quedo encima en cuanto siento las manos libres.
Lo aprisiono con mi cuerpo reclamando el contacto del que me había privado.
Muerdo, beso, araño, lamo… Aprieto todo lo que encuentro a mi paso, cegado por el deseo de hacerlo mío.
Haru reacciona a todas mis acciones con gemidos, cantos de sirena que engatusan mis oídos.
El vaivén de nuestros cuerpos se vuelve cada vez más frenético, más desesperado.
—Fuyu… —Su voz temblorosa me llama y su mano acaricia mi rostro en busca de mi mirada.
—¿Todo bien?
Asiente y se relame los labios secos por su respiración acelerada.
—Quiero más… Quiero llegar hasta el final. ¿Quieres?
Asiento porque no hay nada que me apetezca más en el mundo. Ahora sí estoy nervioso. Mucho.
—¿Qu-qué tengo que hacer? ¿Có-cómo…?
Sonríe con dulzura al verme dudar. Sin apartar los ojos de los míos, coge mi mano y la lleva hasta su entrada. Me sorprendo, está húmedo y resbaladizo. Hago presión e introduzco mis dedos en su interior.
—¿Estás…?
—Me he preparado antes en la ducha, por eso era necesario.
Sus mejillas se colorean aún más de rojo y las beso, muerto de ternura. Ahora lo entiendo, solo quería ponérmelo fácil, como hace siempre.
—Entonces puedo…
—Puedes. Hay condones en la mesilla de noche. Aunque no hace falta, estoy limpio.
Paso del profiláctico y me posiciono de nuevo entre sus piernas y presiono mi erección para entrar lentamente en él.
Mi instinto me pide rapidez, pero moriría si llego a hacerle daño.
Nos besamos despacio, acallando los gemidos en la boca del otro hasta que, al fin, me noto enterrado en su interior.
Me quedo quieto mientras intento asimilar la oleada de emociones que se agolpan en mi pecho y que amenazan con desbordarse. Lo miro y me topo con su mirada acuosa.
—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? —me asusto.
—No, no, son lágrimas de las buenas. —Sonríe.
—¿De verdad?
Asiente y yo suspiro aliviado.
—Ya sabes que soy un llorón. Ven, bésame.
Y no lo hago esperar. Entre otras cosas, porque no podría aunque quisiera. Nos besamos mientras comienzo a moverme dentro de él.
Sus piernas me rodean la cintura.
Sus talones se clavan en mis nalgas.
Sus manos me arañan la espalda.
Y yo escondo la cara en su cuello porque la emoción amenaza con romperme por dentro.
He pasado meses perdido. Meses sufriendo su ausencia. Meses buscándome a mí mismo y pensando que nunca llegaría este momento.
Y ahora está aquí. Trémulo entre mis brazos. Besándome como si nunca hubiera querido besar a nadie más.
Y yo no puedo sentirme más completo.