No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 60 El concierto
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60 El concierto

El concierto

HARU

Las últimas horas han pasado tan deprisa que apenas he tenido tiempo de disfrutar de la celebración.

Entre el concurso de comida, los puestos de actividades, los farolillos y pequeños imprevistos que solucionar, he estado demasiado ocupado para pensar en nada.

Pero casi mejor así, porque mi momento favorito del día ha llegado antes de lo que esperaba.

A partir de ahora, lo que pase o deje de pasar en Paradise Island me da igual, yo solo estoy para el concierto de NO/NAME. Por eso me he asegurado de reservarme el resto de la noche y me apresuro a ocupar mi sitio en primera fila, de pie junto al escenario.

Aún no están los chicos, pero ya va llegando la gente y la plaza del pueblo empieza a llenarse de vida. Es de noche y hace un frío que pela, pero, aun así, los habitantes de Rakuen siguen teniendo ganas de fiesta y lo demuestran acudiendo al primer concierto de Fuyu.

Me echo vaho en las manos, me ajusto el gorro y le doy otra vuelta a mi bufanda.

Por primera vez desde esta mañana, me permito observar el escenario con calma.

Las cortinas rojas del fondo le dan un toque acogedor y los focos bañan la tarima con tonos cálidos.

No es el Budokan, ni mucho menos, pero me he dejado media salud intentando que parezca algo decente y la verdad es que tiene cierto toque de teatro antiguo que me encanta.

Espero que los chicos estén a gusto en él, no podía permitir que Fuyu tocara en ese tablado carente de gracia que era esto en un principio. Quiero que se sienta importante y especial, porque lo es.

—Hola, florecilla. —Aparece Aki con Erik y se colocan junto a mí.

Los saludo con alegría.

—¿Dónde están Natsu y Jacquie? Van a perderse el concierto.

—Jacquie se encontraba mal, tenía náuseas y se han ido a casa, me han dicho que les grabe el concierto.

—Oh, vaya, espero que se ponga mejor. Igualmente, la salud es lo más importante, seguro que hay más ocasiones para verlo.

—Eso espero.

Entonces unos golpes en el micro me hacen dar un pequeño salto del susto, miro de nuevo al escenario, pero solo es el alcalde, que empieza a presentar al grupo.

Por la Diosa, qué nervioso estoy, ni que fuera yo el que tiene que subirse ahí a tocar frente a un centenar de personas…

Pero da igual, como si lo fuera, para mí es lo mismo porque quiero que todo salga bien para mi heladito de nata.

Me quito la bufanda porque de repente me ha empezado a entrar calor… Como siga así, moriré antes de que termine el año.

No, no puedo morirme, no ahora cuando está a punto de empezar el concierto.

Poco a poco, van saliendo los componentes del grupo y ocupando su lugar en el escenario.

Me pongo las manos alrededor de la boca y vitoreo todo lo alto que soy capaz.

¡Qué guapo está Fuyu! Lleva el pelo suelto, un kimono abierto encima de un pantalón negro de esos agujereados y una camiseta blanca.

Todos llevan los mismos colores y el mismo tipo de chaqueta de corte japonés, formando unidad, pero cada uno a su manera.

Grito aún más cuando Fuyu se cuelga su guitarra eléctrica. ¡Qué bien le queda la música!

Aki se ríe a mi lado y yo le doy un codazo para que no me deje solo en esto y comienza a aplaudir como algunos del público.

—Florecilla, relájate.

—Estoy la mar de relajado, ¿no me ves?

—Uy, sí, relajadísimo.

—Calla, que empieza.

La melodía irrumpe enérgica en mitad de la noche y yo comienzo a saltar de forma inconsciente cuando entra la batería.

Por lo cómodos que están y cómo dominan el escenario, parece que lleven haciendo esto toda la vida.

Mayumi es la reina del lugar, brilla mientras aporrea la guitarra con una seguridad desbordante; Ryota toca la batería haciendo toda clase de malabares con las baquetas, casi está bailando, y Saya desprende una elegancia y una madurez que me hacen entender por qué Fuyu se fijó en ella.

Entonces la voz de Mayumi entra con la primera estrofa y a mí se me ponen todos los pelos de punta y grito a pleno pulmón como una fangirl histérica.

Continúo brincando como si me hubiese poseído mi antiguo animal espiritual mientras canto la letra de la canción.

Adoro sabérmelas. Gracias, Saya.

—Son muy buenos —dice Aki.

—Son los mejores.

A partir de ahí, el tiempo deja de existir.

Las canciones se suceden una detrás de otra entre aplausos, risas y gente bailando frente al escenario, mientras yo paso por una montaña rusa de emociones y en distintos niveles de excitación.

NO/NAME alterna temas propios con versiones conocidas y el público responde mejor de lo que yo mismo había imaginado. Incluso los más mayores acaban dando palmas al ritmo de la música. Poco a poco, dejo de prestar atención al conjunto y empiezo a fijarme en él. En mi heladito de nata.

No sé en qué momento ha ocurrido, pero Fuyu ya no parece el chico el solitario y cohibido que se quedaba detrás de mí. Ahora tiene nuevas sonrisas, rebosa seguridad e intercambia miradas cómplices con sus compañeros como si llevaran toda la vida tocando juntos.

Parece feliz.

Y eso es suficiente para mí. Era justo lo que quería, que encontrara su hueco en algún lugar del mundo. Algo que no dependiera de mí. Algo que lo hiciera brillar de esta manera.

Jamás pensé que sería encima de un escenario frente a un centenar de personas. Pero solo hay que verlo para saber que ese es su sitio.

Por la Diosa… Sabía que acabaría consiguiéndolo.

Me llevo las manos al corazón en un vago intento de aguantar mis emociones, pero es inútil y acaban desbordándose en forma de lágrimas mientras sonrío.

Entonces, la última canción termina y el público rompe en aplausos.

—¡Muchas gracias, Rakuen! ¡Sois los mejores! —grita con energía Mayu en el micrófono—. En teoría, el concierto termina aquí, pero antes queremos tocar una última canción. Es un tema propio, un tema que aún no hemos tocado delante de nadie. Seréis los primeros en oírlo. Espero que lo disfrutéis.

Las palabras de la líder me generan curiosidad y confusión. Esta es la primera noticia que tengo, ni siquiera aparecía en la lista de canciones que me pasaron. Puede que se olvidaran o que haya sido una elección de última hora. Sea lo que sea, da igual, me muero por escucharla.

Veo como Fuyu cambia la guitarra por el shamisen de nuevo, mira a Mayu, asiente con la cabeza y empiezan a tocar. La melodía inunda el escenario. Es vibrante, enérgica, esperanzadora. Su solo de shamisen dura unos segundos en los que me quedo embobado mirándolo.

Y entonces silencio.

Un, dos, tres segundos. Y entran todos los instrumentos al unísono.

El público responde con vítores y gritos, Mayumi se acerca al micrófono y canta.

Tú eras como mi bola de cristal,

una ventana al resto del mundo.

Creía que mi felicidad de verdad

era estar junto a ti,

tan solo estar cerca de ti.

Canta mezclando el inglés y el japonés como en el resto de canciones. Genial, esta vez parece una letra de amor.

Pero un día esa bola estalló

y me sentí perdido y solo.

Me dijiste que saliera a vivir,

que había un mundo aparte de ti,

un mundo mejor lejos de ti.

Me congelo. De repente mis pies y mis manos paran y me quedo quieto mirando al escenario como un pasmarote.

¿Esta canción es para mí?

No puede ser verdad. Me lo estoy imaginando de nuevo porque soy un maldito peliculero romanticón.

Aki me da un pequeño empellón con el hombro que me saca de mi ensimismamiento. Lo miro confuso. Tiene esa sonrisa de pillo que pone a veces, lo que me hace pensar que no estoy equivocado.

Entonces escucho la voz de Fuyu, la voz de Fuyu cantando el estribillo y me da un microinfarto. Esta vez de los grandes. Le hace los coros a Mayumi y vuelvo a mirar al escenario. Está en el centro, junto a ella compartiendo el micro mientras sigue tocando el shamisen.

Y no lo vi,

pero ahora lo entiendo.

No puedo esperar hasta primavera.

No te creí,

pero ahora lo entiendo.

No puedo esperar hasta primavera.

No quiero esperar hasta primavera,

tú siempre serás mi primavera.

¡Ay, Dios! ¡Ay, por la Diosa! Que sí que es a mí, que es a mí. Me abanico con la mano, ahora mismo me sobran la bufanda, el abrigo, el gorro y hasta los calcetines.

—Ahora entiendo por qué te gustan tanto —bromea Aki.

De nuevo me mira con esa expresión de pillo de antes que no hace más que fomentar mi esperanza.

Vuelvo a mirar al grupo y veo a Mayumi en cuclillas a dos palmos de mí.

Casi me da otro microinfarto al verla tan cerca.

Y empieza a rapear en japonés de esa forma tan electrizante y única que tiene.

Escucha el ratatatán de nuestro shamisen,

¿lo entiendes ya o no lo quieres ver?

El invierno creció, su camino encontró

y aun con el mundo a sus pies, la primavera eligió.

Lo entiendo, lo capto, lo pillo. Asiento repetidas veces mientras me río de puros nervios.

Encontré mi voz entre canciones,

encontré refugio en los demás.

Busqué respuestas en otros labios,

tropecé mil veces al andar,

Y ahora sé quién soy en realidad.

Me llevo las manos a la boca y derramo todas las lágrimas que me quedaban.

Y no lo vi,

pero ahora lo entiendo.

No puedo esperar hasta primavera.

No te creí,

pero ahora lo entiendo.

No puedo esperar hasta primavera.

No quiero esperar hasta primavera.

No tiene sentido esperar hasta primavera.

Estoy de acuerdo, no tiene sentido esperar ni un minuto más.

Y así es, literalmente, no puedo esperar.

Comienzo a correr esquivando a la gente con las últimas notas de la canción sonando a mí espalda.

Rodeo el escenario y subo las escaleras que hay detrás de las cortinas rojas.

Esas por donde suben y bajan los músicos y lo espero mientras escucho la despedida de Mayumi y los aplausos del público.

El primero en salir es Ryota, que sonríe al verme, pasa de largo y me da un apretón en el hombro.

Luego Saya, a la que me cuesta mirar porque creo que le he quitado algo importante. También sonríe y baja las escaleras

Entonces sale él, sale Fuyu y se queda parado a dos metros de mí.

Ni siquiera me doy cuenta de que sale Mayumi hasta que no oigo su todo tuyo a mí lado.

Nos quedamos solos los dos de pie detrás del escenario, lejos de las vistas de todos, mientras se disuelve el bullicio de la gente de Rakuen allí donde no alcanzan nuestros ojos.

Él no se acerca y yo tampoco, nos quedamos como dos bobos paralizados sin atrevernos a dar el siguiente paso. Ese que lo define todo.

—¿Es verdad? —pregunto sin moverme del sitio—. Lo que dices en la canción.

Él asiente.

—¿Cuál es tu sueño? —vuelvo a preguntar.

—Seguir haciendo música con NO/NAME y que llegue a más personas. —Da un paso hacia mí mientras sonríe seguro de sí mismo.

—¿Y tienes amigos?

—Mayu, Ryo, Saya… Son unos ruidosos, pero me gusta estar con ellos. —Enumera con los dedos y da otro paso hacia mí.

Asiento. Ahora mismo podría tocarlo si estirase el brazo. No lo hago. Lo miro a los ojos y susurro:

—Y besaste a alguien más.

—Así es. Lo hice para olvidarte, pero no pude. No puedo. Y, sobre todo, no quiero, Ha-chan. Y aunque besara cien labios más, seguiría prefiriendo los tuyos. —Da otro paso, y siento cómo me envuelven su olor y su calor. Se acerca a mí y casi roza su nariz con la mía—. ¿Puedo besarte ya?

No le respondo, le rodeo el cuello con los brazos y lo beso con todas las ganas acumuladas de los últimos ocho meses. Qué digo… Con las ganas de toda una vida.

Él me agarra de la cintura y me responde con pasión, con esa forma tan peculiar que tiene de besar entre hambrienta y torpe que hace que me tiemblen las piernas. Me tambaleo y me aferro a su cuello. Entonces nos miramos, puras sonrisas y brillo en los ojos.

—¿Nos vamos? —pregunta.

—Nos vamos.