58 Hogar
Hogar
HARU
Cuando llego a la casa del río, ya ha empezado la fiesta.
Las voces y la algarabía se escuchan desde el camino de la entrada y, aunque me gusta, también me da un poco de pena estar perdiéndome algo importante.
Pero es que he estado con el alcalde hasta hace un momento ultimando los detalles de mañana.
En ocasiones así, me gustaría multiplicarme para estar en dos sitios a la vez.
Antes de reunirme con ellos, hago una pausa, saco el móvil y me miro en la cámara.
No me ha dado tiempo de pasar por casa para arreglarme, y a saber la pinta que tengo.
Pero era eso o perderme más minutos de tiempo de calidad con mi familia, y los echo tanto de menos que he preferido sacrificar mi aspecto por un bien mayor.
Pero ahora dudo porque también quiero que Fuyu me vea guapo.
Jo, qué mierda… Hace mucho que no lo veo y estoy de los nervios.
Me coloco un par de mechones de pelo, más por inseguridad que otra cosa, suspiro para intentar tranquilizarme y guardo el móvil.
Ni siquiera llamo a la puerta, simplemente rodeo la casa y voy directo al jardín de atrás. Por cómo suenan las voces, seguro que están todos allí.
Y así es. Han colocado un par de mesas pegadas, formando una mucho más grande en la que cabemos todos.
La hoguera está encendida y huele a castañas asadas, y un montón de lucecitas alumbran la escena como si fuera cosa de magia.
Mis ojos buscan con impaciencia a Fuyu, pero, antes de encontrarlo, los niños vienen corriendo hacia mí y captan mi atención.
—¡Tío Haru! —Linda y Derek se acercan con sonrisas radiantes y una energía desbordante.
Me agacho y les doy el abrazo que buscan. Nos vimos ayer, pero aún están con la emoción de la novedad en el cuerpo, y me encanta, porque me la contagian.
—Papi, ya está aquí el que faltaba. —Derek me coge de la mano y me lleva hasta donde están los mayores.
Me hace gracia porque cada día se parece más a Natsu en su forma de hablar.
—¡Hombre, florecilla! Pasa, pasa, como si estuvieras en tu casa.
—Eso tendría que decirlo yo, ¿no crees? —dice Erik, el marido de mi hermano Aki y oficialmente el dueño de esta casa.
Entonces lo veo.
A Fuyu, salir de la casa con un par de botellas de vino junto a Aki. Sus ojos se topan con los míos y su sonrisa sale a relucir, y me provoca el primer microinfarto de la noche. Sé que habrá más.
—¡Hola! —río nervioso y empiezo a abrazar a todo el mundo.
Pero cuando digo «todo el mundo», es todo el mundo.
Abrazo a Jacquie, a Natsu, a Mayu, a Ryota, a Erik, que casi lo noto gruñir con el contacto.
Abrazo a Saya y hasta al asistente de mi cuñado, que también se ha unido a la fiesta.
Abrazo a Aki, que se ríe y me aprieta fuerte, y por último abrazo a Fuyu, el único al que realmente quería abrazar, me moría por hacerlo y por eso he montado todo este espectáculo: para tener una excusa.
Sus brazos rodean mi cintura y escondo la cara en su cuello para empaparme de su aroma. Y, de pronto, siento que de verdad he vuelto a mi hogar. Noto su sonrisa en mi oreja y sus palabras me lanzan un escalofrío que me recorre de la cabeza a los pies.
—Bienvenido, Ha-chan.
Nos miramos a los ojos por un momento.
—Hola —susurro.
Me separo de él con resignación porque ya no tengo más excusas para seguir pegado a su cuerpo, aunque sea lo que más me apetezca del mundo ahora mismo, y miro al resto de invitados, que hacen como si no nos estuvieran espiando y se apresuran a apartar la mirada y seguir charlando.
—¿Qué tal, florecilla? ¿Ya está todo listo para mañana? —me salva Aki ofreciéndome una copa de vino.
—¡Ay, sí! Os va a encantar. No os imagináis lo que os espera.
Y a partir de ahí, todo fluye con naturalidad, como ocurre siempre que estoy en este patio. No sé si es cosa de Aki, que sabe hacernos sentir como en casa, o simplemente que Rakuen es mágico, pero el caso es que solo tengo buenos recuerdos de la casa del río.
Somos los mismos de siempre, aunque en esta ocasión se nos han sumado tres caras nuevas que enseguida se amoldan a nuestro caos particular y aportan su propia chispa.
Y me resulta curioso e impredecible que esas personas estén aquí por mi heladito de nata.
¿Quién hubiera dicho que iba a ser él el que aumentara el grupo?
Se nota que ha avanzado muchísimo y eso me hace sentir orgullo y miedo a la vez.
Pero hoy no es noche de darle vueltas al coco, es noche de disfrutar con la familia, y eso hago.
—Hola, cielo. —Jacquie se acerca a mí, mientras observo la escena sumido en mis pensamientos.
—Hola, Jac. ¿Una copa? —Señalo la botella de vino que descansa en la mesa junto a mí.
—Me vendría de maravilla, pero no. —Me rodea la cintura con un brazo y se apoya en mí, y yo le doy cobijo con el mío y le beso la sien.
—Si es solo una, no pasa nada. —Le paso la mía con una sonrisa, pero ella me mira con cara de agobio y, en lugar de agarrar la copa, me coge de la muñeca y me lleva hasta dentro de la casa.
Hasta el baño de arriba, más concretamente, y cierra el pestillo y todo.
—Nena, ¿qué pasa? Me estás asustando.
—¿Que qué pasa? Que me has maldecido, eso es lo que pasa. —Me mira de morros y pone los brazos en jarra.
—¿Qué? ¡Yo no te he maldecido! ¿Cómo te voy a maldecir? Si eres una de las personas que más quiero en este mundo.
—Pues lo has hecho sin querer, pero lo has hecho.
—¡Ay, nooo! ¿Qué pasa? —De repente siento una presión enorme en el pecho y mil lágrimas se acumulan en mis ojos. Por mi mente hiperactiva pasan toda clase de cosas malas, cada cual peor—. Jacquie, dime que estás bien.
—Estoy bien, bueno… —Deja caer los brazos a ambos lados del cuerpo y suspira—. Embarazada, estoy embarazada.
—¿Quééé? Ay, Dios. Ay, Dios… —murmuro y me tomo lo que me queda en la copa de un tirón—. Yo no puedo vivir en esta montaña rusa emocional, me vais a matar entre todos. —Me llevo la mano al corazón porque acabo de tener el segundo microinfarto de la noche, ya sabía yo que habría más.
—Shhh, calla. —Me chista—. Que aún no lo sabe nadie.
—Yo no he sido, te lo prometo. —Le juro mientras me toco la cabeza, porque temo por mi pelo—. No me dejes calvo, por favor.
Y se ríe. La muy puñetera estalla en risas y yo me quedo con cara de bobo sin entender nada.
—¿Era broma?
—Ojalá.
—¿Entonces?
—Es que es todo tan absurdo…
Y de la risa escandalosa pasa a un llanto silencioso que me parte el corazón.
—Ay, nooo, ven aquí. —Dejo la copa sobre el lavabo y la guío para que se siente en la tapa del váter.
Me pongo en cuclillas delante de ella y le agarro ambas manos.
—Todo va a ir bien, cielo. Decidas lo que decidas, yo te voy a apoyar cien por cien. Pero te juro que yo no he tenido nada que ver en esto.
—Pues parece que hayas llamado a la mala suerte.
—Ay, no me digas eso, no quiero estar maldito, lo que me faltaba ya. La culpa es tuya y de Natsu por no usar protección.
—¿Crees que soy tonta? Claro que uso protección.
—¿Entonces?
—Pues que a veces fallan.
—¿En serio? Pues gracias a la Diosa que soy gay porque, si no, a saber la de posibles Harus que habría en el mundo —bromeo para sacarle una sonrisa y lo consigo... a medias.
—Hay una probabilidad pequeña, pero se ve que a mí me ha tocado dos veces, primero con Derek y ahora…
—Se lleva la mano al vientre con una expresión de vulnerabilidad que pocas veces le he visto.
De hecho, diría que es la primera vez que la veo llorar.
Deben de ser las hormonas, porque no es fácil hacer tambalear la resistencia de Jacquie.
La abrazo con todo mi cariño porque no puedo hacer otra cosa y le susurro que todo irá bien, como tantas veces ha hecho ella conmigo.
—No sé qué hacer. —Suspira.
—¿Lo sabe Natsu? —Vuelvo a tomar la posición en cuclillas frente a ella.
—No me atrevo a decírselo. En cuanto lo haga, se ilusionará. Lo estoy viendo venir.
—Uy, sí, va a flipar un montón, pero en plan bien, se va a volver loco. —Fracaso en mi intento de no sonreír porque solo de imaginarme la escena me da ternura.
—No te rías, maldito.
—No me río. —Pero lo hago—. Es solo que, ya sabes… —Me encojo de hombros porque no sé explicarme mejor ahora mismo.
—Sí, ya sé. —Suspira, baja la mirada a nuestras manos y sonríe levemente—. No sé por qué me engaño de esta manera. En realidad, tomé la decisión en el momento en que rechacé esa copa. Pero me da miedo porque no estoy para pasar otra vez por lo mismo.
—Cariño, pero esta vez no será lo mismo, esta vez no estarás sola. Nos tendrás a todos nosotros. Yo estaré en Tokio, pero podemos hablar siempre que me necesites y tendrás a Natsu, a Aki y a Erik a tu lado. Es un buen ambiente para un bebé.
—Lo sé.
—Mira, tal como yo lo veo, esto es cosa del destino. No es mala suerte, sino buena. Para que tú y yo no nos quedemos sin experimentar dos cosas en esta vida.
Me mira curiosa por un momento.
—A ver, ¿qué cosas?
—La primera es que tú sepas lo que es la maternidad estando a salvo y acompañada como debe ser. Y la segunda es que yo me case con Fuyu. Va a pasar, esto es una señal.
Nos miramos con complicidad, con una sonrisa contenida.
—Estás loco.
—Pero me quieres con lo mío.
Ella sonríe un poco más tranquila y me acaricia el pelo.
—Rezaré para que no te quedes calvo.
—Mañana mismo me estoy comprando todos los mejunjes del mercado.
Cuando estamos lo suficientemente calmados, volvemos a la fiesta, decididos a seguir guardando el secreto por esta noche.
La mesa está llena de aperitivos deliciosos, unos comen sentados en ella, otros charlan de pie entretenidos y Fuyu toca la guitarra acústica junto a la hoguera mientras Mayu canta.
Yo me siento a escucharlo con el estómago cerrado de puro nervio.
Son espectaculares. Cuanto más los oigo, más me reafirmo en la idea de que mi heladito de nata ha nacido para esto.
Antes lo he dicho de broma, pero ojalá tenga razón. Ojalá el embarazo de Jacquie sea el comienzo de algo bueno para todos. Ojalá dentro de unos años estemos aquí, en el mismo jardín, con la misma gente y las mismas luces, pero celebrando algo diferente.
Algo solo nuestro.