57 De vuelta a casa
De vuelta a casa
FUYU
El tiempo pasa rápido entre ensayo y ensayo y, antes de que me dé cuenta, estoy subido a un pequeño barco con los componentes de mi grupo, surcando las aguas del mar de japón hacía Paradise Island.
El aire salado me golpea nada más bajar del ferri y trae con él sensación de refugio, de hogar.
Es extraño porque, cuando vivía aquí, no me percataba de este olor a mar en el ambiente, pero ahora que llevo varios meses sin pisar mi tierra, he descubierto que Rakuen también tiene su propia fragancia.
Miro a mi alrededor y compruebo que todo sigue igual: las mismas tiendas, las mismas caras, la misma gente… Me gusta. Pero al paisaje se le suma el idiota de Natsu saludando de pie en el muelle. Su cara de felicidad al verme es nueva.
Que vaya abrigado hasta las orejas no lo es y, por alguna extraña razón, me produce una calidez familiar en el pecho que me hace sonreír.
Solo estamos a final de noviembre, ni siquiera es invierno, pero sigue siendo el mismo exagerado de siempre.
Sonríe de esa forma burlona cuando me acerco.
Esa que me pone alerta y hace que me prepare para su ataque.
Seguro que se mete conmigo por mi aspecto o cualquier otra cosa que se le ocurra.
—Por fin, mi hermano el rockstar. —Lo que decía.
Lo que no esperaba es el abrazo que me da y que me coge desprevenido. Por un momento, me quedo rígido e incómodo, pero después acabo cediendo y le correspondo con afecto. Quién me iba a decir que acabaría echando de menos a este gato patán.
—Tío, estás irreconocible —dice mientras me agarra de los hombros y me observa.
—Pues tú estás igual de pesado que siempre.
—Vale, lo retiro, sigues siendo tempanito debajo de ese look urbanita.
—Me rodea por el hombro y se presenta a mis compañeros—.
Hola, chicos. Yo soy Natsu, el hermano guay de este prenda que tenéis aquí.
Iba a venir Haru a recogeros, pero está en plan histérico por todo lo que tiene que preparar para mañana, así que me ha mandado a mí.
Y salís ganando porque soy el más enrollado.
Vosotros debéis de ser Saya, Mayu y Ryo, ¿no?
Me sorprende que se sepa los nombres de mis amigos.
No tanto que use los diminutivos como si los conociera de toda la vida.
Me avergüenzo un poco por su descaro, pero veo que mis compañeros, lejos de molestarse, le sonríen y le devuelven el saludo.
Pongo los ojos en blanco. Ya se los metió en el bolsillo.
—¡Vaya! Fuyu debe de haberte hablado mucho de nosotros como para conocer nuestros nombres —se sorprende Mayumi.
—¿Este? —Natsu me señala con la cabeza—. Qué va, no suelta ni prenda, pero soy un cotilla, ¿qué le voy a hacer? —Se encoge de hombros el muy desvergonzado—. He escuchado vuestra maqueta y ya soy fan. Vamos, acompañadme, os llevaré en el jeep al bungaló.
—¿Cómo...? —pregunto confundido.
—¿Ah, no lo sabes? Haru ha estado presumiendo de vosotros. Ya sabes cómo es, cuando algo le gusta… —Les coge las maletas a las chicas y nos guía hasta el coche.
Sus palabras me producen una sensación rara, algo a caballo entre la vergüenza y la satisfacción que nunca había experimentado antes y que ni siquiera sé explicar bien. Me quedo un momento rezagado asimilando este extraño sentimiento.
Ryo me espera y continúa caminando a mi lado.
—Tío, me mola tu hermano. Tiene todo el rollazo. Presiento que nos vamos a llevar bien.
Entonces los visualizo a los dos juntos compartiendo espacio y me hago una idea del caos que van a generar.
—No, por favor…
—¿Decías algo? —pregunta Natsu.
—Nada, que me alegro de estar en casa —bromeo con sarcasmo; debe de habérseme pegado de Saya.
Natsu se ríe y cambia de tema.
—Sentaos como queráis —dice mientras mete las maletas y los instrumentos en el maletero—. Aunque, dejadme un momento, tengo que quitar el alzador de Derek para que quepáis.
—Ya lo hago yo —informo y me pongo a retirar el susodicho del asiento trasero.
—¿Quién es Derek? —pregunta Ryota.
—Es mi hijo, ya lo conoceréis luego en casa de Aki. Hemos quedado para cenar todos allí.
—¿Tienes un hijo? —pregunta Ryo sorprendido.
—Sí —contesta Natsu con una sonrisa de orgullo.
—¡Pero si eres superjoven!
—Bueno, aparento menos de los que tengo, te lo aseguro.
—¿En casa de Aki? Pensaba que íbamos a quedar en el Carpe Diem —interrumpo antes de que Ryota empiece a hacer preguntas con respuestas complicadas.
Mis compañeros suben al coche y, de repente, me veo sentado en medio, en el asiento trasero, atrapado entre Mayu y Saya.
—¿Quién es Aki? —Otra vez Ryo desde el asiento del copiloto.
—Es nuestro hermano —contesta Natsu.
Entonces mi amigo se vuelve en el asiento y me mira con cara de indignado mientras Natsu pone el coche en marcha.
—¿Tío, tienes un sobrino y dos hermanos y no nos habías dicho nada? Ya te vale. Tú te sabes toda mi vida.
—Porque no sabes estar callado —contesta Saya.
—Uy, si solo fuera eso… —Natsu se ríe por lo bajo y me lanza una mirada divertida desde el retrovisor que no me gusta nada.
—Y qué curioso que todos tengáis nombres de estaciones —observa Mayumi.
—Ya ves. Nuestra madre tenía un extraño sentido del humor.
—Es verdad. Invierno, verano y otoño. Faltaría…
Ryota se vuelve de nuevo, esta vez con la boca abierta en un grito ahogado.
—¡No me jodas! ¡¿Haru es tu hermano?!
La carcajada de Natsu rebota por todo el jeep.
—Pero cómo va a ser su hermano, Rydiota, no digas estupideces. —Saya se ríe divertida, ajena a la verdad que está diciendo nuestro amigo—. Es solo una casualidad bonita, burro.
—Uh, qué poco les has contado, tempanito. —Natsu chasquea la lengua—. ¿Puedo? Tarde o temprano se iban a enterar. —Me vuelve a mirar desde el retrovisor y yo suspiro con resignación y me encojo de hombros.
—¿Enterarnos de qué? —Mayumi inclina su cuerpo hacia delante, metiéndose entremedio de los asientos delanteros y aplastándome a mí en el intento.
—De que Haru también es nuestro hermano.
Siento el codazo de Saya hincarse en mi costado con saña. Debe de haberle molestado que le ocultara ese pequeño detalle.
—Pero tranquilos, que no es tan turbio como os estáis imaginando ahora mismo. Somos adoptados, no compartimos ni un ápice de sangre. ¿No veis que no nos parecemos nada? Yo soy claramente el más guapo, ya tendréis tiempo de comprobarlo —bromea como siempre.
Por suerte, no tardamos mucho en llegar a la playa y, mientras los chicos disfrutan de las vistas y eligen habitación, yo me quedo hablando con Natsu en la entrada.
—Se me hace raro verte rodeado de gente —dice con una sonrisa tenue pero sincera—. Parecen buenas personas.
—Lo son, aunque un poco ruidosos.
Él asiente y me pone la mano en el hombro.
—Bueno, al final es a lo que estás acostumbrado, ¿no? A estar rodeado de gente ruidosa.
Y no lo había pensado, pero tiene razón…
—Bueno… No se puede disfrutar de la soledad y el silencio si no hay nada que lo contraste.
Hace una mueca de aprobación con la cara y señala su coche con un gesto de cabeza.
—¿Quieres que te acerque a la cabaña?
—No, iré a caminar un poco y me quedaré aquí acompañándolos. La cabaña está demasiado lejos.
—Mejor así, creo que Aki la está preparando para ellos.
—¿Ellos? —pregunto confuso.
—Alguien tiene que sucedernos, ¿no? —Me da una palmada en la espalda y pone rumbo al coche.
—¿Ya están aquí? —levanto la voz, sorprendido, para que me oiga.
Pero no me contesta. Ni siquiera se gira a mirarme. Se encoge de hombros y me dice:
—Te veo luego en casa de Aki.
Y así, sin más, me deja aquí, en esta isla que conozco tan bien, que sigue igual, pero que siento tan diferente.