51 La prueba de sonido
La prueba de sonido
FUYU
Estoy nervioso.
Hoy es un día muy importante para el que llevamos preparándonos un mes.
Es el día de la boda de las amigas de Haru y también la primera vez que vamos a tocar en público como grupo.
Pero lo que me hace estar inquieto no es eso; hemos ensayado tanto que podría tocar cualquier tema de la lista con los ojos cerrados ahora mismo.
Lo que me tiene alterado es volver a ver a Haru en su nuevo mundo con su nuevo novio.
El beso de Saya me hizo darme cuenta de que, a pesar de que lo he intentado, no he olvidado lo que siento por Haru.
Sé que aún es pronto, pero no sé si seré capaz de dejar de sentir esto por él alguna vez.
La herida sigue abierta y sigue doliendo, aunque la tape con rutina, nuevas motivaciones y buena compañía.
Y hoy dolerá más aún porque seguramente veré a Haru con Toya como acompañante en la boda.
Ryota y las chicas me han intentado animar, me dicen que no está todo perdido, que aún falta mucho para que se cumpla el año que nos dimos de margen y que pueden pasar muchas cosas en ese tiempo. Pero yo ya no sé ni cómo sentirme ni cómo actuar con el tema de Haru.
Llevamos dos estaciones separados, dos estaciones sin apenas saber nada el uno del otro.
Quiero contarle muchas cosas y quiero que me cuente las suyas.
Quiero saber cómo le van los estudios. ¿Le gustarán de verdad o ya se habrá aburrido?
Y si se divierte trabajando en la floristería.
Quiero saber cuál es su nueva motivación, el último boys love que se leyó y su plato favorito de la semana.
Echo de menos su voz emocionada contándome todo eso, su luz irradiando por todas partes y su forma positiva de ver la vida.
Suspiro sin darme cuenta y Saya me agarra del brazo para llamar mi atención. Ahí donde la ves, con esa pinta de chica pasota y despreocupada, no se ha apartado de mí ni un momento. Quizá porque ella sabe por lo que estoy pasando, sabe lo importante que es para mí.
—¿Todo bien?
Estamos frente a la casa donde se celebrará la ceremonia; hemos venido un par de horas antes para montarlo todo y hacer la prueba de sonido. Miro la fachada como si fuera una de esas atracciones de terror y luego a mi amiga.
—Sí. Un poco nervioso, pero se me pasará en cuanto nos pongamos a tocar.
Ella asiente, me coge de la mano y me da un apretón reconfortante. Ryota llama al timbre y, justo cuando Saya va a soltarme, yo la aprieto más. Me aferro a ella con la misma necesidad con la que uno se agarra a las barras del metro.
Entonces ocurre.
Haru abre la puerta y nos saluda con una sonrisa reluciente. Está guapísimo con ese traje de chaqueta rosa claro y la camisa negra. Me empieza a sudar la mano y suelto la de Saya para secarla en los pantalones.
—Vamos, pasad. Es por aquí. —Su sonrisa tiembla un segundo cuando se cruza con mis ojos.
Lo seguimos hacia el jardín de la casa y entonces empieza la magia.
Está todo decorado con flores de colores cálidos y farolillos de diferentes tonos de verde que forman un manto sobre nuestras cabezas.
Los detalles, los colores, todo está tan sumamente cuidado que parece un escenario onírico donde el verano y la primavera convergen y se mezclan con maestría.
Mire donde mire, está la marca de Haru y es simplemente precioso.
Las exclamaciones de mis compañeros me indican que están de acuerdo conmigo.
—Buah, esto está superbonito. Me dan ganas de casarme a mí también —dice Ryota.
—¿Sí? ¿Os gusta? —pregunta Haru ilusionado y yo dejo de contemplar el entorno y centro la vista en él. Su cara se ilumina con cada halago que recibe.
El orgullo y admiración que siento dentro de mí me hacen sonreír sin darme cuenta. Entonces Haru busca mi mirada y se topa con mis ojos esquivos. No he abierto la boca, no le he dicho que todo esto es precioso, que ha hecho un buen trabajo. Así que vuelvo a enfrentar su rostro y se lo hago saber.
—Está todo precioso, Ha-chan. —No termino la frase, me guardo para mí el «sobre todo tú» que tengo en la punta de la lengua.
Aun así, sonríe radiante, hace un amago de tocarme el brazo, pero acaba cogiéndose las manos tras la espalda y balanceándose sobre sus pies.
—Gracias, Fuyu. Me he esforzado mucho. Estoy muy contento de que te guste. Os guste —se corrige—. Pero, cuando anochezca, será aún mejor, ya lo veréis.
Nos guiña un ojo y nos guía hasta el pequeño escenario.
—Aquí es donde tocaréis. Tenemos que tenerlo todo listo en dos horas —dice mientras se quita la chaqueta y se remanga la camisa—. Decidme, ¿en qué os ayudo?
Nos pasamos un buen rato montando el equipo, un rato en el que Haru nos ayuda y se gana a todos mis compañeros.
Habla con ellos como si los conociera de toda la vida.
Siempre ha tenido esa facilidad para comunicarse con la gente y para caer bien.
Yo hablo poco, como de costumbre, pero, por un momento, ignoro que estamos distanciados y fantaseo con la idea de estar juntos.
De estar compartiendo mi mundo y mi rutina con él. Y me encanta.
—¿Está todo listo? —pregunta Haru sacudiéndose las manos.
—Sí, listo, solo falta la prueba de sonido —le informa Mayu.
—Genial, pues os dejo a lo vuestro, yo tengo que aclarar unas cositas con los del catering. —Saca su móvil del bolsillo y mira la hora—. Vale, vamos bien de tiempo. Os veo ahora, chicos. Con cualquier cosa, me llamáis —se despide mientras entra dentro de la casa.
Y cuando desaparece en el edificio, noto tres pares de ojos sobre mí.
—¿Qué? —gruño.
—Sois monísimos —dice Mayu llevándose las manos al corazón.
—Yo ya quiero adoptarlo —agrega Ryota imitando el gesto de Mayu y poniendo ojos de cachorrillo.
Saya se ríe con sus palabras y me saca la risa a mí.
—Estáis fatal —mascullo y me cuelgo la guitarra eléctrica al hombro.
—Es que es tan genial y pega tanto contigo… —Ryota de nuevo.
Pongo los ojos en blanco como si no me ilusionaran sus palabras. Intento que no me afecten, no quiero volver a esperanzarme.
—¿Ya no pega conmigo? —bromea Saya.
—No, ya no. Él le aporta el contraste que le falta, ahora me parecéis demasiado iguales. Formáis una pareja sosísima.
Mi compañera y yo nos miramos y nos reímos entre dientes.
—Venga, centrémonos. Empecemos con la prueba de sonido.
«Gracias, Mayu».
No tardamos mucho en dar con un sonido que nos gusta y, una vez lo dejamos todo listo, bajamos del escenario y vamos a buscar a Haru. Bueno, más bien Ryota se acerca a la entrada de la casa y lo llama con su potente torrente de voz:
—¡Eh, Ha-chan! —¿En qué momento me ha copiado el apodo? No me hace ni pizca de gracia.
Se escucha la voz de Haru de fondo y a los dos segundos está en la puerta. Y no va solo, va con Toya. Meto las manos en los bolsillos y me observo los pies mientras los escucho hablar.
—Dime. ¿Ya habéis terminado?
—Sí, está todo preparado —contesta Mayu—. Vamos a dar una vuelta para hacer tiempo. ¿A qué hora necesitas que estemos aquí?
—Genial, pues en hora y media sería perfecto.
Nos despedimos y volvemos a la furgo que nos han prestado los padres de Mayu para la ocasión.
—Buah, qué mal me cae —dice Ryota rompiendo el silencio que se había creado.
—¿Quién? —pregunta Mayu.
—El Toya ese. Es que no lo aguanto.
—Pero si no ha abierto la boca —se ríe Saya.
—Ni falta que hace. —Se acerca a mí y me rodea con su brazo—. Tranqui, tío, tú le das mil vueltas, esto está chupao.
Y sus palabras, de algún modo, consiguen calarme y me calientan por dentro. No porque crea que lo tengo tan fácil como él asegura, sino por su apoyo. Su apoyo estúpido e incondicional.