48 La banda nupcial
La banda nupcial
HARU
Estoy, literalmente, de los nervios.
Queda poco más de un mes para la boda de Haruka y Natsuki y aún tengo mucho que organizar.
Y una de las cosas es la música, la maldita música que sonará después del banquete.
El par de idiotas que tengo por amigas me han asegurado que con un reproductor les vale, pero sus caras no decían lo mismo.
Obviamente les gustaría una banda que toque en directo en su boda, pero no se lo pueden permitir, no les llega el presupuesto.
Así que he estado toda la noche en vela pensando en cómo hacer que tuviesen ese detallito sin necesidad de gastar mucho. Hasta he pensado en ponerme a cantar yo «I love you baby», pero siempre me han dicho que tiendo a desafinar, así que descarté la opción tan pronto como se me pasó por la cabeza.
Por eso ahora me encuentro a las puertas de la escuela de música Acorde, porque, en realidad, la solución la tuve en mi mente desde el primer momento: Fuyu. Él es la solución. A esto… y a todos mis problemas, en realidad.
Mi heladito de nata es el artista de la familia, es músico. Y resulta que tiene un grupo. Si estuviéramos juntos, sería tan fácil como ponerle ojitos y pedirle el favor y ya mis chicas tendrían música de calidad en el evento más importante de sus vidas.
Ya luego me encargaría yo de pagarle apasionadamente al amor de mi vida por tremendo favorazo.
¡PERO!
Y ese es el quid de la cuestión, no puedo simplemente hacer eso.
No puedo ponerle ojitos a Fuyu, no puedo pedirle el favor y mucho menos puedo pagarle con una noche de pasión desenfrenada como me gustaría.
Y no puedo hacerlo porque no estamos juntos.
Es más, nuestra relación está en un punto tan raro que, en comparación, encontrarme un unicornio por la calle sería algo normal. En ese punto estamos.
Y la culpa es mía, que no sé cómo hablarle, no sé a lo que tengo derecho y no sé si sigue enfadadísimo conmigo. Probablemente sí, mucho, pero prefiero no pensarlo.
Argh, ¡por la Diosa! ¿Qué voy a hacer?
Ahora a los nervios de la boda se le ha unido la ansiedad que tengo por la situación con Fuyu.
Ansiedad que llevo acarreando meses. Ya no recuerdo ni cómo era poder respirar usando toda la capacidad de mis pulmones.
Voy al cincuenta por ciento de oxígeno por la vida, con el automático puesto y trato de mantener mi mente distraída con estímulos diversos para no pensar en si Fuyu habrá encontrado ya a alguien mejor que yo a quien darle su amor.
Niego con la cabeza repetidas veces para quitarme la idea de la cabeza.
Céntrate, Haru, por la Diosa.
El caso es que, a pesar de que no puedo pedirle el favor a Fuyu, mis pies me han traído hasta Chofu. A esta escuela de música privada y bohemia con la excusa de buscar otros estudiantes que me hagan el favor de tocar en la boda de mis amigas por un precio ridículo.
¿Podría haberle dicho a Natsuki que le echara un ojo al tablón de anuncios? Pues sí, hubiera sido buena idea, ella trabaja aquí, tendrá más contactos que un servidor. Pero no, he decidido venir yo solito porque necesito ver a mi heladito de nata, aunque sea de lejos o voy a morirme un día de estos.
Genial, ahora tengo ganas de llorar.
Me abanico los ojos con las manos mientras busco en el tablón de anuncios algo que encaje con lo que necesito.
Clases de guitarra, alguien que busca compañero de piso, clases de canto, una chica que vende una trompeta, otro que vende un bajo… Todo menos grupos de música que toquen gratis en las bodas…
Suspiro al observar de nuevo el corcho lleno de papeles frente a mí y pillo por acto reflejo uno de los números de teléfono cuando escucho la voz de Fuyu.
—¿Haru?
No es casualidad ni tampoco el destino, es simple probabilidad porque llevo en la puerta de la escuela parado más de dos horas. Era obvio que esto tenía que suceder tarde o temprano.
Aun así, el escalofrío que me recorre el cuerpo al oír mi nombre en sus labios es totalmente genuino.
Me doy la vuelta apretando el papel con el número de teléfono en las manos. Y por fin lo veo, después de muchísimos días sin hacerlo, y a mi corazón le da un microinfarto (de los grandes) al hacerlo.
Está tan diferente que hasta me cuesta reconocerlo.
Tiene el pelo largo, por los hombros, y no por dejárselo crecer sin más; esta vez se nota que se ha igualado la parte de atrás y está guapísimo.
Sus orejas están llenas de aros plateados, y su ropa…
Viste de negro (eso no ha cambiado) y usa prendas oversize de corte japonés, pero urbanas y modernas al mismo tiempo, lejos de su estilo básico de antes.
El corazón me empieza a bombear a un ritmo frenético y me llevo la mano a la boca sin darme cuenta.
Creo que me he vuelto a enamorar, si es que eso se puede.
—¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?
Sus palabras me sacan del ensueño y explotan los corazones imaginarios que se estaban creando a mi alrededor. Entonces me doy cuenta de que no va solo. Va con dos de los de su grupo. El chico simpático y la chica morena.
—No, no ha pasado nada, tranquilo. —Sonrío para que se calme. Me arde la cara—. Estoy… —Miro el papel que tengo en la mano buscando una excusa, pero resulta ser el menos servible, el de la trompeta. Me lo meto en el bolsillo y amplío la sonrisa—. Buscando músicos para un evento.
No me queda otra que decir la verdad.
—¡¿No jodas?! Nosotros somos músicos y nos gustan los eventos —comenta el amigo de Fuyu con entusiasmo.
—Ryo… —La chica lo riñe y le da un codazo.
—¡Auch! —le gruñe y luego vuelve a buscar mi mirada—. ¿Qué evento es?
—Pues una boda, concretamente la de Natsuki Amamiya. Es profe aquí de…
—¡Wooo! No sabía que se casaba.
—Pues sí, aunque quizá estoy metiendo la pata al contarlo. —Me rasco el cuello con apuro y aprovecho para observar a Fuyu. Nuestras miradas se cruzan, pero él la aparta en un gesto nervioso para, segundos después, volver a mirarme. Le sonrío, pero él no cambia su cara de póker.
Entonces me doy cuenta de cómo la chica morena le agarra sutilmente la camiseta como si estuviera… ¿marcando territorio?
Ladeo la cabeza en un gesto de confusión.
—Nah, no creo que le importe, Natsuki es una tía enrollada. —El tal Ryo reclama mi atención y yo se la doy, prefiero centrarme en eso—. ¿Qué buscas exactamente?
—Pues… Es un poco vergonzoso decir esto, pero estoy buscando a alguien que sea capaz de tocar unas cuantas canciones populares por poco dinero y por poco me refiero a comida gratis del catering de la boda.
—¡Pues cuenta con nosotros!
—¡Rydiota, cállate! —Esta vez la chica no es nada sutil, lo riñe con todas las de la ley.
—¿Qué pasa? Nos vendrá bien para practicar y encima hacemos un buen acto y vamos a la boda de Natsuki, todo son ventajas.
—Pero no es una decisión que te corresponda tomar a ti, tenemos que hablarlo y Mayu ni siquiera está presente.
—Conozco a Mayu desde el insti, le encantará la idea. —Ryota hace un gesto con la mano para descartar la preocupación de su compañera como si espantara una mosca.
—Ya, pero no solo hablamos de Mayu —responde la chica entre dientes y le lanza una mirada de soslayo a Fuyu.
—No pasa nada, Saya. —Al fin vuelvo a escuchar la voz de mi heladito de nata.
Y no sé por qué el nombre de ella en sus labios me produce una sensación que no me gusta nadita.
La chica suspira y guarda silencio resignada.
—Lo pensaremos y te digo algo, Haru.
Sonrío y asiento.
—Genial, la boda es para finales de agosto. Ya te daré los detalles en el caso de que aceptéis.
Fuyu asiente.
Saya atrapa a Ryo por la camiseta, se alejan sutilmente y me dejan a mí con Fuyu.
—Te veo muy bien. —Sonrío—. Estás muy… —Me muerdo los labios para no soltar el guapísimo que tengo en la punta de la lengua y, en su lugar, digo—: Diferente, te queda bien.
—Gracias. Tú estás… igual. —Mira al suelo, esquivando mi mirada por uno, dos, tres segundos—. ¿Todo bien?
Asiento.
—Todo bien.
—Genial. Tengo que ir a ensayar, los chicos me esperan. Ya te diré algo.
—Claro, ve, ve. —Hago un gesto con la mano para que no se preocupe por mí—. No te distraigo más. Da lo mejor de ti.
Y al fin lo hace, es sutil, pero ahí está, su preciosa sonrisa. La veo una milésima de segundo antes de que se dé la vuelta y se vaya.
Pero es suficiente para aliviar mi síndrome de abstinencia.