No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 46 Primeras veces
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Primeras veces

FUYU

Estoy colgándome la guitarra eléctrica al hombro cuando Mayumi irrumpe en la sala de ensayo como un huracán. Tiene la mirada despierta, las mejillas coloreadas y la respiración descontrolada, como si estuviera huyendo de un montón de zombis.

—¿Qué pasa? —Ryota pone en palabras los pensamientos de todos.

—Chicos, chicos, chicos. No os lo vais a creer. ¡Lo hemos conseguido!

Miro a mis otros dos compañeros buscando una explicación a las palabras de nuestra líder, porque yo todavía no entiendo nada. En sus caras, en cambio, la confusión empieza a transformarse en alegría.

—¿El casting del anime? —pregunta Ryo.

—¡Sí! ¡Tenemos el opening, tenemos el opening!

Mayumi salta por la emoción y Ryota y Saya no tardan en unirse a ella. Los tres se rodean por los hombros formando un círculo y se ponen a dar vueltas mientras saltan al compás del ¡eh, eh, eh! que suelta Ryo por la boca. Los observo con una sonrisa en el rostro.

—Fuyu, ¿qué haces ahí? ¡Vamos! —Mayumi me hace un gesto con la cabeza para que me una a ellos y eso hago.

Ni siquiera me paro a pensar en lo ridículo que es todo esto, simplemente suelto la guitarra y me dejo contagiar por su emoción.

Al cántico primitivo de Ryota se le une la voz de Mayumi y, segundos después, la de Saya.

La mía se escapa de entre mis labios antes de que me dé cuenta y me sumo a ellos.

Siento las piernas ligeras, la energía corriendo por mis venas y las mejillas extrañas de tanto sonreír.

Es una sensación diferente a cualquier cosa que haya sentido antes, pero, al mismo tiempo, maravillosa.

—Deberíamos ir a celebrarlo al Jackson Hole —propone Ryota cuando dejamos de saltar.

—No podemos —niega Mayu.

—¿Cómo que no podemos? ¿Por qué?

—Pues porque aquí no se acaba la cosa. Quieren una versión más corta. Una que dure veinte segundos.

—Normal, teniendo en cuenta que es para un anime —dice Saya.

—Sí, y solo tenemos hasta el viernes para mandársela.

—¿Solo hasta el viernes? —Hay sorpresa en mi tono, eso apenas nos deja tres días de margen.

—Sí, esto solo es el principio. Mis padres me han dicho que no dé nada por sentado hasta que nos manden el contrato, porque pueden cambiar de opinión todavía.

—Pues anda que le has hecho caso. —Saya sonríe con sarcasmo.

—¡Lo vamos a conseguir! Venga, pongámonos a ello. —Mayumi da un par de palmadas y nos ponemos a trabajar.

Nos pasamos toda la tarde ensayando y mejorando el tema para que encaje en el tiempo que nos han pedido y poder grabarlo mañana en el estudio de la escuela.

El anime en cuestión no es nada muy exitoso; por lo visto, es algo más indie y esta será su primera temporada, por eso colabora con la escuela Acorde.

Ellos consiguen músicos sin invertir mucho presupuesto y nosotros una oportunidad para ser conocidos.

Que te den un anime en Japón es algo muy importante, algo que no me hubiera atrevido ni a soñar cuando era yosei.

Que una melodía que ha salido de mis manos forme parte de algo más grande me produce satisfacción, como si una parte de mí que ni siquiera sabía que estaba hueca empezara a llenarse poco a poco.

Y me molesta sobremanera tener que darle la razón a Haru en esto, pero la tiene.

Me estaba perdiendo un montón de cosas por estar recluido en mi mundo.

Cuando dejamos la sala de ensayo, estamos exhaustos, hasta Ryo parece estar cansado, pero tenemos el tema, que es lo importante.

Él y Mayumi se van a sus respectivas casas mientras que Saya y yo volvemos a nuestros dormitorios.

De camino compramos algo fresco para beber en las máquinas expendedoras y un par de sándwiches insípidos que cumplirán su función de quitarnos el hambre.

Terminamos cenando sentados en las escaleras del edificio de habitaciones.

Porque hace demasiado calor y, en teoría, aquí, al amparo del cielo nocturno, se está más fresco.

La brisa veraniega apenas se nota y las chicharras nos arropan con su cántico, camuflando la característica banda sonora de la ciudad.

La calma nos envuelve mientras alimentamos nuestros cuerpos y nos refrescamos con la bebida fría.

—¿Crees que nos escogerán? —dice Saya rompiendo este silencio cómplice.

Me encojo de hombros, dejo el envase vacío de mi cena a un lado y me apoyo en las manos mirando el cielo.

—No lo sé, pero creo que somos buenos. No sé si ha sido suerte o que Mayu ha sabido usar bien sus cartas.

Me da un codazo para que la mire.

—Explícate.

—Ella es la hija de los directores de esta escuela.

Las dos únicas personas que casualmente han escuchado tocar a todos los que estudiamos aquí.

¿Crees que ellos no informarían a su hija de quiénes son los mejores músicos de primer año para que estuviera en el mejor grupo?

—Los ojos de Saya se abren en una sorpresa silenciosa por mi teoría—.

Piénsalo, fue ella quien formó el grupo.

—¿Estás diciendo que somos el mejor grupo de toda esta escuela? —Sonríe de lado y me contagia con su gesto.

Me encojo de hombros.

—Somos los únicos de toda la escuela que tienen un posible contrato sobre la mesa.

Ella se echa a reír.

—¿Siempre eres tan analítico?

—No lo sé, tiendo a darle muchas vueltas a todo.

Saya imita mi postura, da un trago a su refresco y mira las pocas estrellas que la contaminación lumínica de la ciudad nos permite ver.

—Te entiendo, yo soy un poco igual, creo que por eso me siento cómoda contigo.

—¿Porque soy un rayado? —bromeo.

Ella se ríe con mi comentario y su hombro roza el mío.

—No, es más porque tenemos el mismo ritmo. —Vuelve a posar la vista en mí—. A veces, con Ryo y Mayu siento que vamos descompasados. Es como si ellos fueran un par de semicorcheas y tú y yo dos negras... Qué tontería estoy diciendo. —Suelta de nuevo esa risa sarcástica.

—No, pero tiene sentido… Aunque cuando se juntan todas esas notas, el tempo se enriquece… Pero sí, me pasa igual contigo, me siento más cómodo. —Me encojo de hombros.

Y de repente el verano hace alarde de su personalidad traviesa y nos golpea con su brisa, nos despeina y se lleva a su paso los envoltorios de nuestra cena. Saya y yo nos lanzamos a la vez a atrapar uno de los papeles para que no vaya más lejos y chocamos nuestras cabezas en el proceso.

—¡Joder! —gruñimos al unísono.

Nos miramos y comenzamos a reírnos como dos idiotas hasta que la carcajada termina siendo solo un eco.

Seguimos mirándonos y el viento sopla de nuevo; esta vez es solo una caricia. Suficiente para volver a despeinarnos. Mi mano se mueve sola y, antes de que me dé cuenta, le coloco a Saya uno de los mechones rebeldes tras la oreja.

Sus ojos se ensanchan con sorpresa y yo esbozo una sonrisa en señal de disculpa.

Ella me sonríe también y hace lo mismo: atrapa uno de los mechones que me caen en la cara y me lo coloca tras la oreja.

Me acaricia el mentón por el camino y, antes de que me dé tiempo a entender lo que está pasando, sus labios se juntan con los míos en un beso cálido y silencioso.