No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 45 No/Name
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FUYU

El verano llega a Tokio sin delicadeza, se lleva los resquicios amargos que la primavera dejó a su paso y los sustituye por un calor húmedo, pegajoso e insoportable.

Desde lo del Jackson Hole, intento no pensar en Haru, pero no siempre lo consigo.

Llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón, mi mente está acostumbrada a evocar su imagen y es complicado no caer en su recuerdo.

Pero sigo adelante. Me aferro a la rutina, al grupo y a esta nueva vida que estoy construyendo sin él.

Intento hacer cosas nuevas, me busco constantemente en acciones cotidianas como vestir de otra forma, cambiar mi aspecto… No sé si con el fin de encontrarme a mí mismo o dar con algo que rellene todos esos huecos vacíos que dejó Haru.

Me recojo el pelo en una coleta; sentirlo en la nuca es molesto en esta época del año y vuelvo a tocar la puerta de Saya.

Empiezo a dudar si dejármelo largo ha sido buena idea.

Hace tanto calor que todo me sobra ahora mismo.

Estoy a punto de llamar una tercera vez cuando oigo a mi compañera llamarme desde el patio.

—¡Eh, jardinero!

Miro en dirección a su voz y la veo saludándome con un polo en la mano. Lleva un vestido negro corto, una gran bolsa colgada al hombro y se ha recogido su larga melena en dos trenzas. Bajo las escaleras y voy a su encuentro.

—¿Dónde estabas?

—He ido a la cafetería a por esto.

Saca el polo de su envoltorio. Es uno de esos con dos palos, de los que se dividen en dos.

Lo parte por la mitad y me da una de ellas, la más grande.

Le sonrío por el gesto, pero cojo la otra mitad y me lo llevo a la boca.

Es de limón. Nunca lo había probado de limón porque Haru prefería otros sabores y es la primera vez que lo comparto con otra persona.

Pero me gusta. Su sabor cítrico se me incrusta en las papilas y me refresca desde dentro.

—Gracias.

—Tú tampoco te llevas bien con el verano, ¿no? —pregunta Saya con una sonrisa ladeada.

—Lo detesto con toda mi alma.

Se ríe con complicidad y empezamos a andar en dirección a la salida.

—Y a estos no se les ocurre otra cosa que quedar en la playa. Pero ¿quién les iba a decir que no a ese par de intensos? Cuando se ilusionan por algo, es difícil negarse.

—Yo acepté para que se callasen de una vez. Sobre todo Ryota.

La carcajada que suelta mi compañera me hace reír a mí también. Cada vez estoy más cómodo con su compañía; para mí se ha vuelto una constante en esta nueva etapa. Su humor seco y la facilidad con la que hablamos hacen que la hora y media de tren hasta Katase sea más llevadera.

Cuando llegamos a la estación, nos encontramos a nuestros otros dos compañeros esperándonos. Ryota tiene una nevera portátil colgada del hombro, unas gafas de sol ridículas y demasiada energía para ser tan temprano. Mayumi está a su lado, vestida con un mono de margaritas y una sombrilla al hombro.

—¡Por fin! —exclama Ryota al vernos.

—Llegamos cinco minutos antes. —Le enseño la hora en la pantalla de mi teléfono para que entienda que el tiempo que lleva esperando no es tanto como él piensa.

Se ríe enseñando los dientes y se rasca la cabeza con la mano que le queda libre.

—Vamos, vamos, que el mar nos espera.

—El mar ni siquiera sabe que existes —responde Saya.

—Pero lo sabrá.

—Con lo escandaloso que eres, seguro —ataca Mayu.

Inevitablemente me río. Y por un momento este plan veraniego se me hace menos tedioso y más apetecible.

No perdemos ni un minuto en poner rumbo a la playa y, cuando llegamos, el olor a sal se me mete en la nariz y me lleva de vuelta a Rakuen.

Todo es similar y distinto a la vez. Allí el mar siempre formaba parte de nosotros, de nuestro día a día; aquí, en cambio, parece pertenecerle a todo el mundo y lo celebran como algo nuevo.

Hay niños correteando por la orilla, parejas tomando el sol, grupos de estudiantes que se ríen y hacen fotos…

Todo eso mientras Ryota intenta clavar la sombrilla en la arena como si quisiera conquistar el trocito de tierra donde nos instalaremos el resto del día.

—Deja, ya lo hago yo. —Le quito el palo y me pongo a hacerlo en su lugar. En dos segundos está puesta la sombrilla.

—Fuyu, no te pega nada que seas hábil en esto. —Se ríe Mayumi.

—Aunque no me guste el verano, crecí en una isla, la playa es algo familiar para mí… Y el sol no me gusta de demasiado, me quema la piel y me molesta en los ojos.

—No te preocupes, cari, yo te doy cremita si tú me la das a mí. —Ryota se me engancha al hombro y pone morritos en un gesto que, lejos de molestarme, me hace reír.

—Si no hay más remedio…

Ryo no pierde el tiempo, se quita la camiseta y me da el bote de protector solar y yo me echo en las manos y comienzo a extenderla por su espalda.

No he mentido cuando he dicho que todo esto me resulta familiar, aunque al mismo tiempo nuevo y diferente.

Es extraño que Haru, Natsu o Aki no formen parte del paisaje, puesto que siempre era con ellos con quien disfrutaba del mar de Rakuen.

Pero hoy no quiero pensar en ellos, no quiero pensar en Haru.

También es extraño poner crema solar al batería de mi grupo, pero prefiero centrarme en esto que en la ausencia de Haru y los demás.

—Esto es tan raro —comenta Mayumi al mirarnos a Ryo y a mí con una mueca entre curiosa y divertida.

Saya empieza a reírse con su comentario.

—Pues se le da superbién. En serio, chicas, aquí nuestro amigo el jardinero tiene unas manos…

Le aprieto los trapecios a Ryota como protesta.

—Uuh, qué gusto, haz eso otra vez.

—¿El qué? ¿Esto? —Vuelvo a pasar mis dedos con fuerza por su espalda y suelta un sonido que me da entre grima y risa.

—Sí, sí, eso, eso… Si lo de músico no te sale bien, puedes meterte a masajista, se te da de puta madre.

—¡Lo de músico le va a ir bien! No digas esas cosas, que da mala suerte —protesta Mayumi y todos nos reímos.

Al final, no sé cómo, acabo poniendo crema en la espalda a todos mis compañeros.

Y Saya termina poniéndomela a mí porque los otros dos se van al agua corriendo apenas tienen ocasión.

Es raro sentir sus manos en mi piel desnuda, pero no es molesto ni desagradable; lo desagradable es este mejunje solar que no me tendría que poner si siguiera siendo yosei…

Claro que, si lo siguiera siendo, tampoco estaría aquí ahora mismo.

Poco a poco estoy aprendiendo a soltar lo viejo y a acoger lo nuevo.

El día se me pasa volando entre bromas, charlas, música y comida. Tanto que, por momentos, el hueco que suelo llevar dentro, ese que lleva su nombre, se me antoja más pequeño.

Por la tarde, cuando la brisa empieza a refrescar, nos sentamos formando un círculo en la arena.

—Bueno, chicos, de aquí no nos podemos ir sin un nombre. Habíamos venido para eso y al final se nos ha ido el día haciendo el ganso —dice Mayumi.

—Ah, hemos tenido esta conversación un montón de veces y no se nos ocurre nada. ¿Tiene que ser ahora?

—Dijimos que íbamos a mandar las canciones para el casting del opening del anime. No podemos enviar nada si no tenemos nombre —insiste ella—. ¡Rydiota! —lo riñe cuando lo ve distraído contando los nuevos aretes que llevo en la oreja.

—¡Que sí, que sí! Que te estoy escuchando. Mola cómo te queda, tío, te da un rollo guay —me dice.

—No es cierto —bufa Mayumi y da una palmada para llamar la atención de nuestro hiperactivo compañero—. No estás prestando atención

—¡NO NAME! —responde Ryo más alto que la palmada de Mayu y ahora es él quien se lleva la palmada, pero en el brazo.

—Tómatelo en serio —dice Mayumi.

—Lo digo en serio. Pongámonos de nombre No Name y ya está. Suena cool.

Saya empieza a reírse y Mayumi se lleva las manos a la cabeza desesperada.

Yo aliso la arena con la mano mientras los escucho discutir y con un palito escribo en ella «NO/NAME»… Me gusta.

—Yo lo veo bien —interrumpo.

—¿Cómo lo vas a ver bien? ¿Te ha entrado agua de mar en el cerebro o qué?

—Es que tiene sentido —le explico a Mayumi.

Los tres me miran atentos, supongo que esperando a que desarrolle la propuesta.

—La sociedad siempre tiende a poner nombres, a clasificarlo todo.

Les encanta poner etiquetas. Rock o pop.

Tradicional o moderno. Amigo o pareja. Correcto o incorrecto.

Como si todo tuviera que caber en una palabra para que los demás pudieran entenderlo.

Y la mayoría de las veces esa palabra solo es la punta del iceberg.

—Me viene a la mente otra etiqueta más, una que usó Haru para describir nuestra relación, pero esa me la quedo para mí—.

Nuestra música no funciona así, nosotros no funcionamos así.

Sinceramente, nunca he sentido que encajaba en ninguna de esas etiquetas.

Decidme, ¿qué música hacemos? ¿Le podéis poner un nombre?

Mayu, tú cantas desde rap hasta heavy; Ryo, tus ritmos pueden ser de jazz, pop, rock…

Lo que te apetezca; y el otro día Saya metió una melodía funky que ni de coña pensábamos que iba a quedar bien con el shamisen…

No sé, somos una fusión de todo… Y, al mismo tiempo, nada en concreto…

Mis tres compañeros me miran atentos y se quedan en silencio unos segundos.

—Dicho así… —Es Saya quien lo rompe, con una sonrisa ladeada.

—¿Ves? Es un nombre guapísimo, lo que yo decía —confirma Ryota dándose una palmada en el muslo.

—Vale, aprobado —sentencia Mayumi—. Desde ahora, seremos NO/NAME. —Sonríe, coge el palito que yo he soltado y rodea las letras que escribí en la arena—. Y así escrito.

—Se me ocurre otro: Con/fusión.

Los tres miramos a Ryota y estallamos en risas.

Y mientras nuestras risas se pierden en la playa, me doy cuenta de que nunca pensé que fuera posible esto. Que me riera así en una realidad lejos de Haru, pero está bien. Ya no me siento solo. Creo que estoy empezando a ser consciente de que hay una vida más allá de él.