No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 44 Yo quiero lo mismo
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44 Yo quiero lo mismo

Yo quiero lo mismo

HARU

He reorganizado el mismo ramo de tulipanes cuatro veces ya, ¡cuatro!, y aún no estoy contento.

Pero empiezo a sospechar que no lo estaré ni aunque lo rehaga mil veces más, porque el problema no es el ramo.

El problema soy yo.

El ramo probablemente está bien, pero no soy capaz de verlo porque mi cabeza sigue en el Jackson Hole. En la expresión de Fuyu, en la ausencia de sonrisa, en lo frío que fue nuestro encuentro y en la forma en que me miró cuando dije lo de «amigo de la infancia».

Me hubiera gustado sentarme con ellos y descubrir quiénes eran de verdad esas tres personas con las que Fuyu había elegido compartir una hamburguesa. Quiero saber más de su grupo, si se lo pasa bien con ellos y si está entusiasmado con sus estudios.

Me hubiera quedado sin duda a empaparme de todo eso, a formar parte de ese trocito de su historia que por primera vez desconozco. Pero él no me invitó y no hubiera sido justo que me metiera de lleno en su mundo cuando apenas lo está descubriendo.

Suelto los tulipanes sobre el mostrador y dejo caer mi cabeza sobre ellos en un gesto agotado.

Estoy cansado de esta situación, de darle vueltas a todo.

Pero, por suerte o por desgracia, no me dejan revolcarme en mi vagueza depresiva gustosamente.

A los dos segundos suena la campanilla de la entrada (la puse el día que Natsuki me pilló en pleno morreo con Fuyu), levanto la cabeza y saco mi mejor sonrisa impostada para recibir a los nuevos clientes.

—¡Bienvenidos! —Relajo los hombros cuando veo que son las chicas y mi cara vuelve al estado depresivo en el que me encuentro—. Aah, solo sois vosotras.

—¿Cómo que «solo»? ¿No te alegras de vernos, mal amigo? —bromea Natsuki—. Traemos una sorpresa.

—¿Una sorpresa? —Esa palabra despierta mi interés.

—¡Haru, mira! Mira lo que me ha dado Natsuki.

Haruka se acerca trotando hacia el mostrador y me muestra su mano con un precioso anillo de oro blanco y un cristal verde en medio, que juraría que es una esmeralda.

Abro la boca de par en par y le cojo la mano para observar mejor la sortija.

—¿Esto es lo que yo creo? —Mis ojos, abiertos al máximo, buscan los de Haruka.

Ella me mira con un brillo de ilusión en ellos y asiente de forma rápida varias veces.

—Me ha propuesto matrimonio.

Y entonces todo mi ser se divide en dos sentimientos: alegría y envidia. Ignoro automáticamente la punzada dolorosa de celos y me centro en celebrar con mi amiga su compromiso. Rodeo el mostrador y le cojo las manos mientras damos saltitos de felicidad y emitimos un gritito agudo.

Natsuki se ríe a nuestro lado.

—¡Qué asco me dais! —proclamo cuando dejamos de saltar.

—¿Tienes envidia? —pregunta Natsuki.

—¡Mucha! Me estoy pudriendo de envidia, estoy más verde que el pelo de Haruka ahora mismo.

Yo quiero lo mismo —gimoteo—. Pero me tocó pasarme el juego en modo difícil, así que me tengo que joder.

—Me encojo de hombros y cruzo los brazos—.

Yo podría haber tenido lo mismo si no hubiera sido tan sumamente idiota.

Pero bueno, también me alegro muchísimo por vosotras, así que no me lo tengáis en cuenta.

—Hago un gesto con la mano que acompaña a mi tono de broma y las abrazo a las dos a la vez.

—No te preocupes, Haru, estoy segura de que llegará el día en que tú también te cases, solo tienes que tener paciencia —me consuela Haruka.

Y yo me callo porque empiezo a pensar que ese día no llegará nunca, por más que espere. Pero no me quiero regodear en eso, así que pongo mi atención en ellas y me dejo contagiar por su felicidad porque lo necesito. Necesito que me quiten este mal rollo de encima.

—¿Cuándo será? ¿Habéis pensado dónde? ¿Y las flores? ¿Qué flores vais a usar? ¿Llevaréis ramos las dos? ¿Y los vestidos? ¡Ay, por la Diosa, qué ilusión! ¡Vais a estar guapísimas!

Las chicas se empiezan a reír, supongo que por mi retahíla de preguntas incontroladas, pero es que hay tantas posibilidades que me pongo nervioso pensando en la celebración que mis amigas se merecen.

—No, no tenemos pensado nada de eso —confirma Haruka.

—De hecho, la idea es dejarlo en tus manos. ¿Te gustaría organizarnos la boda? —se ríe Natsuki.

—¿Yo? —Me llevo la mano al centro del pecho.

—Claro, ¿no estás estudiando para eso?

Las palabras de Haruka me emocionan muchísimo, tanto que se me inundan los ojos y empiezo a ver borroso. Estoy muy sensible hoy, no me pueden hacer esto. El labio me tiembla como a un niño pequeño y me lo muerdo para que pare.

—Sí, estoy estudiando eso, pero aún no tengo el título.

—Eso es solo un papel, estoy segura de que serás completamente capaz. Confiamos en ti.

Ahora sí. Ahora sí llego a derramar las lágrimas que estaba conteniendo.

—¡Aaay, chicas! ¡Qué ilusión! Vale, dejádmelo a mí. Yo me encargaré de todo para que vosotras no os tengáis que preocupar por nada. Será la boda más especial del mundo, ya lo veréis. Le pondré el mismo cariño que le pondría a la mía.

Haruka y Natsuki se miran y se sonríen de esa forma natural que solo sale con la persona que te gusta. Que llena tu corazón.

Y no puedo evitar preguntarme que si a Fuyu y a mí nos hubiera tocado ser los yosei de Tokio, lo hubiéramos tenido tan fácil como ellas. Probablemente… Pero bueno, el destino es el destino y darle vueltas al asunto no sirve de nada. Hay que fluir, como dice Aki.

—Bueno, ¿y cuándo será? —pregunto.

—Verás… —Haruka mira hacia otro lado y empieza a juguetear con los tulipanes del mostrador.

Busco la mirada de Natsuki y ella se guarda las manos en los bolsillos de la sudadera y sonríe de forma apresurada.

—Esa es la cosa, queremos casarnos el día de nuestro aniversario.

—Ah, qué bonito. ¿Y qué día es ese?

—El treinta y uno de agosto —suelta Haruka.

—¿¡Qué!? Pero si eso está a la vuelta de la esquina, quedan unos cuatro meses.

Eso es muy poco tiempo para organizarlo todo.

Hay que reservar el local, buscar el catering, encargar las flores, los músicos, los vestidos…

¡Ay, por la Diosa! —Empiezo a abanicarme con la mano porque me ha entrado todo el calor de golpe—. Estáis locas.

—Pero se puede, ¿no? —pregunta Natsuki preocupada—. Es que nos hace ilusión ese día porque es importante para nosotras.

—Sí, y no queremos esperar hasta el año que viene.

Las dos me miran con ojos suplicantes, ojos de cachorrillo desamparado, y yo no puedo más que claudicar y hacer todo lo que esté en mi mano por cumplir sus sueños.

—Vale, vale, no os preocupéis. Lo haré posible. Al menos tendréis presupuesto, ¿no?

Las chicas se miran entre ellas y Haruka asiente en respuesta a una conversación telepática que solo ellas escuchan.

—Tenemos esto.

Natsuki se saca el móvil del bolsillo, busca algo en él y me enseña la pantalla. Es la aplicación del banco con una cuenta conjunta que se llama «Boda Haruka y Natsuki» con una cantidad de dinero muy baja.

Pongo los brazos en jarra y las miro a ellas consecutivamente.

—Es broma, ¿no?

Las dos niegan con la cabeza.

—¿Te lo gastaste todo en el anillo o qué, maldita? Esto que me estáis pidiendo no es un favor, esto es hacer magia. —Las señalo.

—Y ese, concretamente, es tu punto fuerte, cariño —dice Haruka mientras me coge las manos.

—Sí, si hay alguien que pueda cumplir nuestros sueños, ese eres tú, Haru-chan.

—Me estáis manipulando, cabronas.

—Pero lo harás, ¿no? Dime que lo harás —me ruega Haruka.

Y yo pongo los ojos en blanco, suspiro y acepto porque no puedo hacer otra cosa.

—Sí, lo haré —resoplo resignado.

Las chicas se abrazan y lo celebran con saltitos de felicidad.

Y yo sonrío. Me hace mucha ilusión ayudarlas a cumplir su sueño, porque son monísimas y sus caras de felicidad merecen todo el esfuerzo del mundo y porque este proyecto es la excusa perfecta para tener mi mente ocupada y no pensar en Fuyu. Son todo ventajas.

—Os prometo que tendréis la mejor boda. No diré del mundo, pero sí la mejor que os podéis permitir. Dejádmelo a mí.