No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 42 Cita a traición
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42 Cita a traición

Cita a traición

HARU

Vale, vale, vale. Cada vez estoy más convencido de que esto es una cita.

Para empezar, cuando le propuse a Midori que nos acompañara al Jackson Hole me dijo que no podía con una excusa superextraña de que tenía que ir a sacar al perro de su vecina a pasear.

A ver, que puede que sea verdad, pero la forma en la que apartó la mirada mientras me lo decía me hace pensar que se lo estaba inventando.

Luego la ropa de Toya. ¿Hola? Se ha puesto superguapo.

¿Por qué se ha puesto superguapo? A ver, el chico no es que vaya siempre hecho un desastre; de hecho, suele vestir bastante bien y tiene estilo, pero hoy se nota que se ha esforzado de más.

Tanto que parece el protagonista de un dorama⁠i.

Uno de esos en los que llevan ropa casual, pero está todo medido al milímetro.

Hasta ese mechoncito de pelo que le acaricia la frente y el maquillaje sutil que no quiere que se note.

Lo siento, nene, pero me he dado cuenta, vas maquillado; a mí, que he visto tropecientas mil horas de tutoriales de estética en YouTube, no me engaña nadie.

Y ya, por último, para terminar de confirmar mis sospechas de cita a traición, está su cercanía, su forma de reírse de todo lo que digo, de estar atento al mil por ciento de lo que hablo y del interrogatorio personal que me está haciendo de forma sutil.

Estoy chillando por dentro porque no sé qué hacer.

Ni siquiera estoy disfrutando del restaurante que veníamos a ver por estar demasiado nervioso.

Estamos sentados en una de las mesas del fondo, él comiendo una de las hamburguesas típicas y yo, como no había nada vegetariano en la carta, me he decantado por una ración de patatas fritas.

—Si llego a saber que eras vegetariano, no te habría traído al Jackson Hole, lo siento —se disculpa Toya.

—Bueno, veníamos a ver la ambientación, la comida es lo de menos… Y estoy bien con mis patatas. No te preocupes. —Hago un gesto con la mano para restarle importancia.

Pero no se me ha pasado que se acaba de poner en evidencia de nuevo.

Ya solo falta que él pague la cuenta para estar cien por cien seguro de que esto es una cita.

Recordemos que necesito evidencias muy claras porque tiendo a no enterarme de las señales y a romantizar todo.

Y es una mierda porque Toya no tiene nada de malo; al revés.

Es muy mono, educado, divertido, estudia lo mismo que yo, por lo que tenemos intereses comunes y, además, por la pulsera arcoíris de su muñeca, es abiertamente gay.

El chico no tiene ningún problema, el problema soy yo, que no estoy disponible.

Bueno, técnicamente estoy soltero, pero mi corazón solo pertenece a mi heladito de nata.

Así que, en estos momentos, está completamente cerrado al público.

Mi nerviosismo es debido a que estoy viendo venir el momento incómodo en el que tenga que rechazar a este chico tan encantador y no quiero que lo pase mal. Y me está matando, me está matando porque es como ver a cámara lenta un vaso caer al suelo y querer evitar que estalle en pedazos.

Quizás por eso mi boca se anticipa y suelta todo de golpe, porque no sería yo si me quedara calladito y paciente.

—Oye, Toya.

—¿Sí?

—No quiero parecer pretencioso, pero ¿esto es una cita? Es que, verás…, me lo está pareciendo y no quiero que haya malentendidos entre nosotros porque me caes genial y eso…

—Ay, Dios. —Toya se lleva una mano a la frente y agacha la mirada en un vago intento de que no vea lo rojo que se ha puesto.

—No pasa nada, si eres un chico monísimo y divertido.

Levanta la mirada lleno de confianza de nuevo.

—Entonces, ¿te gusto? Porque tú a mí me gustas, Haru, me gustas mucho.

Ay, nooooo, tierra, trágame. Ya la lie.

—Me gustas, pero solo como amigo, lo siento.

—Me apresuro a agarrar su mano por encima de la mesa en un gesto de consuelo que lo coge por sorpresa—.

Es que ya estoy enamorado de alguien, ¿sabes?

Y no sería justo para ninguno de los tres que te diera esperanzas de nada.

Tengo el corazón cerrado con un candado de seguridad ahora mismo.

Le doy los segundos de silencio que necesita para procesarlo todo.

—Vale, no pasa nada, gracias por tu sinceridad. —Hace una pequeña reverencia de disculpa—. Joder, que vergüenza —murmura.

—Nada, gracias a ti. Me siento muy halagado, de verdad. —Le suelto la mano y me rasco la nuca incómodo—. ¿Crees que podemos seguir siendo amigos? Me caes muy bien.

—Sí, claro, amigos está bien. —Sonríe, aunque su sonrisa ya no es como la de antes; ahora es una mueca triste y decepcionada.

Ay, me parte el corazón.

«Tranquilo, Toya, estoy seguro de que encontrarás el amor tarde o temprano. De hecho, yo mismo me encargaré de buscarte un novio, te lo prometo».

Hago una seña al camarero para que nos traiga la cuenta e insisto en invitar yo. Es lo mínimo que puedo hacer.

—Gracias, Haru, eres muy amable.

—Nada, otro día me invitas tú a mí. Si tenemos que vernos más veces. —Sonrío para quitarle hierro al asunto.

El camarero vuelve, pago en la misma mesa y nos levantamos mientras recojo mis cosas.

Y cuando me giro en dirección a la puerta de salida, lo veo.

El microinfarto llega al instante y por un segundo pienso que me lo he imaginado, porque mi cabeza es así de fantasiosa y puñetera, pero no: es Fuyu.

Es el de carne y hueso, el de verdad, no es ningún delirio de mi mente enamorada.

Está sentado en una de las mesas con dos chicas y un chico y me mira, me mira fijamente y no sé qué piensa porque no puedo leer su expresión, pero no sonríe.

Nunca he echado de menos tanto una sonrisa más que en este momento.

Maldita sea, ¿desde cuándo está ahí? ¿Me habrá oído? Y, si es así, ¿cuánto ha escuchado?

Mis pies se mueven hasta donde está él y sonrío. Sonrío porque me alegro de verlo y porque no quiero que malinterprete nada.

—¡Hola! —Los acompañantes de Fuyu paran su charla y se giran hacia mí. Ahora tengo ocho ojos atentos a mi persona. Noto cómo me sube la sangre a la cara, debo de estar rojísimo—. ¿Qué tal, Fuyu? No te había visto.

—Hola, Haru.

Haru… Así, a secas, ni Ha-chan ni nada.

—¿Nos lo presentas? —pregunta la chica rubia con una sonrisa amistosa y yo doy gracias mentalmente a la entrometida por relajar un poco esta tensión.

Fuyu asiente.

—Sí, este es Haru, mi…

—Amigo de la infancia —interrumpo porque no quiero saber la palabra que iba a salir de su boca. Me da miedo.

Él me mira sin decir nada.

—¡Ah, no sabía que tenías un amigo de la infancia en la ciudad! Yo soy Mayumi, encantada, y estos son Ryota y Saya. Sentaos con nosotros, lo pasaremos bien.

—Encantado de conoceros. —Hago una pequeña reverencia—.

Este es Toya, mi compañero de clase. Estábamos haciendo un trabajo en el que tenemos que organizar algo así como una fiesta punk y hemos venido aquí por meternos un poco en la ambientación.

—Señalo uno de los pósteres de Nana que decora la pared.

—¿Organizáis fiestas temáticas? ¡Que chulada! —pregunta con interés el chico de pelo rosa.

—Bueno, lo estamos estudiando. Producción de Eventos y Espectáculos, sí. ¿Verdad? —le pregunto a Toya para incluirlo en la conversación.

—Sí, estamos en la misma clase.

—Pues qué interesante. Vamos, echaos a un lado, haced hueco —insiste Mayumi a sus compañeros.

—No, no, no. No os molestéis, si ya nos íbamos. Otro día. —Sonrío con nerviosismo y miro a Fuyu—. Nos vemos, Fuyu. Me ha alegrado verte. —Le doy un apretón en el hombro y continúo mi camino sin mirar atrás.

Agradezco la brisa fresca cuando golpea mi cara al salir del restaurante. Cierro los ojos un momento e inspiro porque ahora mismo tengo muchísimas ganas de llorar. Y comienzo a andar en silencio junto a mi compañero.

—Es él, ¿no? —La voz de Toya me saca de mi estado de trance.

—¿Qué? —Lo miro confuso.

—Del que estás enamorado, ¿no? Es tu amigo de la infancia.

Aprieto los labios, que me han comenzado a temblar, y me seco las lágrimas antes de que estas salgan, porque esa definición que yo mismo he usado antes no se acerca ni de lejos a lo que es Fuyu para mí. Fuyu no es solo mi amigo de la infancia, ni mi hermano, ni mi ex…

Fuyu es mi todo y ojalá llegue el día en que pueda presentarlo como tal.