No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 41 En mi salsa
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41 En mi salsa

En mi salsa

HARU

Los estudios que estoy cursando sobre Producción de Eventos y Espectáculos superan con creces todas mis expectativas.

Las clases son interesantes, los compañeros son majos y, con cada trabajo que nos mandan, tengo la sensación de estar en mi salsa, de que es lo mío, de que se ha encendido un cartel luminoso delante de mi cara con una flecha enorme que dice: «Es por aquí, idiota».

Y es curioso, porque, al estar en el curso, me he dado cuenta de que, en realidad, llevo haciendo esto toda la vida. Organizar fiestas. Pensar en colores, adornos, música, comida… En cómo hacer que un día cualquiera se transforme en un recuerdo bonito.

Llevo montando eventos desde que abrí el Carpe Diem en Rakuen, solo que a pequeña escala y sin cobrar por ello, yo solo cobraba por las bebidas que servía. Aunque, claro, eso hacía que tuviese el bar lleno hasta los topes esos días.

En este tiempo lejos de la isla, me he dado cuenta de que la vida tiene una manera muy peculiar de enseñarte el camino cuando estás perdido.

A veces te da señales suaves, como una brisa de primavera, y otras te planta una bofetada en la cara con la mano abierta para que te enteres de una vez.

Como en mi caso, que debo de tener la cara rojísima de todas las hostias que me estoy llevando del universo últimamente.

Pero es que me distraigo fácilmente y se me pasaron los detalles sutiles. No es excusa, lo sé, pero a mí me vale.

—¿Haru, y qué dices de colocar unos vasos con motivos de guitarras eléctricas? —me pregunta Midori, una de mis compañeras de grupo, mientras me muestra el susodicho objeto en su portátil.

Estamos en la cafetería de al lado de la escuela, rodeados de cuadernos, bocetos, bolígrafos de colores y tres platos vacíos con restos de pastel.

Hacemos un trabajo para clase que tenemos que entregar al final de la semana.

Es muy divertido porque ha sido como una especie de juego.

Teníamos que sacar tres papelitos al azar: uno con la temática, otro con el evento y el último con el rango de edad, y hacer el proyecto sobre eso.

Y nos ha tocado: punk/rock, baile y estudiantes de instituto.

Así que estamos montando todo un festival escolar conforme a eso.

—Yo no pondría elementos tan evidentes —aclaro—. Me centraría más en la paleta de color, usar rojos, negros, en tejidos de tartán, cuero… Algo con una vibra cañera, pero bonita, a lo Nana⁠i —explico mientras enseño algunos ejemplos visuales en mi tablet.

—Oh, me encanta Nana —comenta Toya, el otro componente de mi grupo—. Pero te has venido muy arriba con el cuero, no tenemos tanto presupuesto.

—Me refería a cuero falso, obviamente, pero sí…, el maldito presupuesto, ¿no podemos saltárnoslo un poquito? No es una fiesta real, solo imaginaria, ni siquiera así podemos soñar a lo grande.

—Si quieres suspender… —Toya se encoge de hombros simulando indiferencia.

—Ay, nooo, no quiero suspender.

—Haru, si te dejamos soñar a lo grande, nos montas un concierto entero —bromea Midori.

—¡Ay, me encantaría montar un concierto!

Toya se ríe con mi comentario y supongo que también con mis cambios repentinos de humor y a mí me entra un calorcito agradable en el pecho.

Me gusta este momento. Me gusta estar pasándolo bien mientras estudio con mis nuevos compañeros, me gusta caerles bien y que ellos me caigan bien a mí.

Es genial compartir gustos y esforzarnos todos por el mismo objetivo.

—Deja eso para más adelante, ahora toca fiesta de instituto —me recuerda Toya mientras da un par de golpecitos con su bolígrafo en el dosier.

Lo miro con curiosidad.

—Vale, me centro, me centro. —Sonrío y vuelvo al tema—.

¿Y si lo montamos todo como un concierto clandestino?

La entrada podría simular el backstage. Los estudiantes entrarían por la parte trasera del escenario y luego todo el gimnasio se transformaría en una sala pequeña de directos.

Nada demasiado turbio, porque sigue siendo un baile de instituto, pero sí con ese punto grunge de grupo que está empezando y tiene ganas de comerse el mundo.

—Eso es bueno —dice mi compañero en voz baja y su aliento me roza el cuello.

Lo miro al mismo tiempo que tomo distancia de él. ¿No está demasiado cerca?

—¿Sí? ¿Tú crees?

—Sí. Lo del backstage. No estás decorando una fiesta, estás contando una historia. Ofreciendo una experiencia y creo que ahí está el punto.

El corazón me da un pequeño brinco con sus palabras porque es justo eso y me encanta que me entienda, porque la gente suele pasar de mí cuando me pongo a fantasear con estas cosas.

—¡Exacto! —Levanto demasiado la voz por la emoción y Midori da un respingo y me manda a callar—. Perdón. —Me encojo en mi sitio—. Pero sí, es eso —susurro—. No se trata de poner vasos de plástico con guitarritas como en una fiesta de Halloween, es algo más.

—Vale, vale, pasamos de los vasos, aunque tampoco eran para tanto. —Midori pone los ojos en blanco con una mueca divertida y yo alargo la mano por encima de la mesa y aprieto la suya en una disculpa.

—Cielo… —La miro sin querer decirle lo evidente.

Y la risa de Toya estalla y nos contagia a todos.

Para cuando salimos de la cafetería una hora más tarde, ya tenemos toda la idea definida y el dosier prácticamente montado. Solo queda pulir los detalles y prepararnos la presentación.

—Bueno, buen trabajo, chicos. Nos vemos mañana en clase. —Midori se despide de nosotros en la puerta de la cafetería, ya que va en dirección contraria.

Toya camina conmigo y me acompaña hasta el metro como otras veces. Su casa está cerca de allí, así que le viene de camino. Yo agradezco la compañía porque es un chico agradable y majo.

—No sabía que te gustara Nana —vuelve a sacar el tema de la cafetería.

—Sí, a mí me gusta todo lo que tenga una buena historia de amor de fondo y Nana la tiene.

Tiene amor de muchas clases: de amistad, fraternal, romántico, tóxico…

Aunque le falta una pareja de chicos para que sea perfecta.

Oh, si Ai Yazawa le hubiera metido un poquito de romance gay…

—fantaseo por un momento—. Es una pena que no lo hiciera, la verdad.

—Nunca lo había pensado, pero sí, sería interesante. Tienes muy buenas ideas, Haru —dice mientras roza su hombro con el mío.

Lo miro y sonrío con nerviosismo porque de repente se ha creado una atmósfera un tanto rarita entre él y yo… Doy un paso hacia el lado para alejarme de mi compañero con sutileza porque no quiero parecer borde.

—Oye, se me ocurre una cosa. ¿Sabes ese bar que salía en el manga? Donde se reunían todos.

—¡Sí, el Jackson Hole! —me vuelvo a entusiasmar y Toya se ríe.

—Existe de verdad y está en Chofu. ¿Qué tal si vamos mañana después de las clases? Tú y yo en modo fan.

—¡Ay, sííí! Sería genial, nos puede servir de inspiración para el trabajo.

Nos paramos frente a la boca del metro. Toya me mira con una sonrisa y las manos en los bolsillos de su chaqueta. Nos quedamos en silencio un segundo mientras se balancea sobre la planta de los pies como si no quisiera despedirse.

—Bueno, pues nos vemos mañana, Toya.

—Hasta mañana, Haru, que descanses.

Me despido con la mano y me adentro en el metro sin mirar atrás. Sacudo la cabeza para quitarme de encima esta sensación.

Esta sensación extraña de que acabo de aceptar una cita que no quería.