39 Conexión
Conexión
FUYU
Después de la clase de Arreglos y Composición, Mayumi nos arrastra por los pasillos para recoger a Ryota en su clase optativa.
—Danza Urbana y Presencia Escénica. —Se ríe Saya mientras caminamos por los pasillos de la escuela—. Es consciente de que es batería, ¿no? No va a tener la opción de bailar en el escenario.
Mayumi se ríe también.
—Es Ryota, no busques explicación a sus acciones.
Acabo uniéndome a las risas porque es verdad lo que dicen: nuestro batería es impredecible, aunque ya empiezo a ver normales sus locuras. Supongo que es algo que acaba ocurriendo con las personas a las que ves todos los días.
—Es aquí.
Las chicas se paran frente a una sala grande con paredes de cristal en la que habrá unos veinte alumnos haciendo una coreografía.
Enseguida localizo a mi compañero de grupo; es fácil de ver con ese pelo rosa de punta.
La música nos llega en apenas un susurro, pero lo suficiente para comprobar que mi compañero lo hace bien.
Se mueve al ritmo y ejecuta los pasos con energía.
—Esto sí que no me lo esperaba. Se le da hasta bien —comenta Saya—. Pues, hala, siempre podrá optar a una boy band si no se da lo del grupo —bromea.
Mayu le lanza una mirada amenazante.
—Se va a dar lo del grupo, porque somos todos increíbles y formamos una banda cojonuda. —La señala amenazante—. Así que no vuelvas a dudar.
—Perdón, líder —bromea Saya agachando la cabeza.
Vuelvo a dirigir la vista a los bailarines, que ya han terminado y hablan con la profesora.
Entonces me doy cuenta. Solo la he visto una vez, pero suficiente para reconocerla.
Es la yosei del verano, Natsuki. El estómago se me cierra al momento, incluso antes de que mi mente viaje a aquel día en la floristería.
Aquel en el que Haru y yo nos besamos como si el resto del mundo no existiera.
Aprieto los puños a ambos lados de mi cuerpo sin darme cuenta, sin quitar la vista de ella.
Me quedo paralizado hasta que escucho la voz de Mayumi.
—Eh, Fuyu, ¿nos vamos?
Los miro a los tres juntos. No sé en qué momento ha salido Ryota de la clase, pero ya está con ellas.
—Id vosotros, ahora os alcanzo.
Lo aceptan y empiezan a alejarse por el pasillo mientras sus voces se van perdiendo.
—Tías, cachondeaos de mí lo que queráis, pero me ayuda a quemar energía…
Espero a que todos los alumnos salgan de clase. Aún no sé para qué, pero mi cuerpo se queda aquí plantado hasta que sale ella.
Sonríe cuando me ve y se acerca a mí.
—Ey, Fuyu, ¿verdad? ¿Qué haces aquí?
—Hola, estudio aquí… ¿Eres profesora?
Ella asiente mientras se coloca una sudadera que me resulta familiar… Yo tenía una igual, una que me dejé en casa de Haru aquella noche. Ella parece darse cuenta de mi mirada y se apresura a hablar antes de que me dé tiempo a preguntarle por la prenda.
—¿Te quieres apuntar a mi clase? Te vendría bien para soltar toda esa tensión que emanas. —Hace un movimiento con la mano como si estuviese abarcando mi energía. El mismo gesto que hizo aquel día.
—No, yo solo…
¿Yo solo qué? ¿Qué pretendo al hablar con ella? ¿Estar más cerca de él? No tiene sentido. Aprieto más los puños hasta que noto las uñas clavarse en mis palmas y agacho la mirada.
—Déjalo, no tiene importancia, disculpa.
Comienzo a andar, pero ella me agarra del brazo y me para.
—Espera.
La miro con un montón de emociones en el pecho haciendo presión por salir disparadas de su encierro.
—Está bien —me dice.
—¿Qué? —boqueo como un pez que se ahoga fuera del agua.
—Haru, que está bien. Sigue siendo igual de pesado y llorón que siempre, pero está bien. Te echa de menos, pero se está centrando en los estudios.
No sé si sus palabras serán ciertas, pero ese «te echa de menos», me provoca cierto alivio, lo suficiente como para poder formar una sonrisa tenue.
Asiento y le doy las gracias.
—Dile que me estoy esforzando.
Ella sonríe ampliamente y asiente.
—¡Ánimo! Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy. —Me da una palmada en la espalda y se va.
Cierro los ojos y suspiro mientras intento que la amalgama de sentimientos que hierve en mi interior vuelva a estabilizarse y, cuando lo consigo, vuelvo con mis compañeros.
El ensayo de hoy ha resultado ser un desastre, y la culpa en gran parte ha sido mía.
Estaba tan distraído que no podía concentrarme en ninguno de los temas que estábamos tocando, y la energía ahora es densa y deprimente.
Me centro en recoger mis cosas mientras mis compañeros hacen lo propio.
No levanto la vista hasta que noto la mano de Ryota en mi hombro.
—Eh, tío, no te preocupes, ya saldrá. A veces no tenemos el día. Mañana irá mejor, ya lo verás.
Asiento sin decir nada, porque ya me he disculpado lo suficiente por hoy y no soluciona nada que lo vuelva a hacer.
—¿Vamos?
—Id saliendo vosotros, yo voy a quedarme un poco más.
Mis compañeros respetan mi espacio y se despiden.
Yo me quedo disfrutando del silencio, inhabitual en esta sala de ensayo.
Mi mente vuelve al momento en el que vi a Natsuki, a todo lo que sentí y, una vez más, vuela hacia Haru.
A sus besos en la floristería, a sus palabras correspondiéndome en el restaurante y a su calor fundiéndose con mi cuerpo en el cuarto de baño.
Su ausencia me sigue doliendo, a pesar de que durante el día se difumina con un sinfín de actividades, pero sigue ahí, perenne en lo más profundo de mi ser.
Guardo mi guitarra eléctrica en la funda, pero no me voy.
En lugar de eso, cojo el shamisen, empiezo a tocar con los ojos cerrados y me dejo llevar.
Tal y como hice el día de la audición, saco lo que llevo dentro en forma de notas musicales y me disocio de la realidad, envuelto por la melodía que nace de mis manos y muere en el aislamiento de las paredes.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando oigo un par de notas graves acoplarse a mi canción.
Abro los ojos y frente a mí veo a Saya, con esa sonrisa suya medio ladeada, como si viniera de vuelta de todo, como si entendiera mi idioma a través de esa melena negra que oculta parte de su cara.
Nuestras miradas se cruzan por un momento mientras sigue acompañando mi dolor con las notas de su bajo.
Sonrío y sigo tocando, con la extraña sensación de estar compartiendo mi sufrimiento con otra persona, y me sorprendo a mí mismo al notar consuelo en ello.
Seguimos así durante un rato que podría ser un minuto o cinco horas, no lo sé.
Pero no paro hasta que estoy satisfecho y he dejado salir todo lo que llevaba dentro.
Saya y yo nos miramos mientras el eco de las últimas notas se pierde y dejan un silencio cómodo y reparador.
—Ha sido una pasada, jardinero. —Su voz suena baja, rasgada y llena de sarcasmo, como siempre, pero esta vez suenan a verdad y, quizá, a admiración.
Me contagio con su sonrisa.
—No ha estado mal.
—¿Que no ha estado mal? Ha sido la hostia. Creo que estamos perdiendo el tiempo replicando a grupos con los que no encajamos del todo. Deberíamos tirar por aquí, esto tiene alma.
Deja el bajo y viene a sentarse junto a mí con el móvil en la mano.
—¿Y cómo lo hacemos? No sé si sería capaz de acordarme de lo que he tocado, solo me he dejado llevar.
—Lo he grabado todo, acabo de enviárselo a Mayu y Ryo. —Levanta el móvil y me guiña un ojo.
Y me río. No sé por qué, pero lo hago. Esta vez no es una simple sonrisa; es una carcajada que resuena libre entre estas cuatro paredes insonorizadas. Y no puedo parar.
—Estás loco. —La risa de Saya me acompaña en este momento raro y divertido, igual que lo hizo su música en mi momento más vulnerable.
Y me gusta. Me gusta este extraño sentimiento de conexión.