38 Nueva rutina
Nueva rutina
FUYU
Esta es mi tercera semana de clases. Llevo casi dos meses en Tokio, casi dos meses viviendo entre estas cuatro paredes, y empiezo a acostumbrarme a ello.
Mis días se han vuelto rutinarios y sencillos.
Antes de que salga el sol, me despierto y me ocupo de cuidar los patios de la escuela.
No sé cómo me he vuelto algo así como el jardinero.
Empecé a echar una mano antes de que comenzaran las clases y los directores acabaron contratándome para mantenerlo todo limpio, cuidar las plantas y sembrar otras nuevas.
Está bien porque tener las manos ocupadas me ayuda.
Así es más fácil no pensar constantemente en Haru e ignorar la tentación de recorrer el camino que hay hasta su casa.
Además, a cambio me gano un pequeño sueldo, que también me viene bien para que no se me acaben los ahorros.
Y me conecta más con la naturaleza, cosa que echo de menos en la ciudad.
Después de eso, desayuno algo y voy a clase.
Hasta ahora me están pareciendo interesantes.
Al haber sido autodidacta toda mi vida, me he perdido cosas que no tenía forma de aprender por mí mismo, como leer partituras complejas o tocar piezas con otros compañeros.
De alguna manera, todo empieza a ordenarse en mi cabeza y, poco a poco, mis conocimientos se están ampliando.
Las clases duran toda la mañana. Las tardes se reparten entre estudio y ensayo, así que tengo casi todo el día ocupado. Y me gusta esa sensación. Me gusta no tener huecos, no tener demasiado tiempo para pensar, limitarme a seguir una rutina y dejar que las horas pasen.
Pero lo peor llega por la noche.
Cuando me tumbo en la cama y el silencio lo ocupa todo, mi mente siempre acaba viajando hasta él.
Entonces mi pecho se resiente y el corazón se lamenta en voz baja, como si siguiera sin entender por qué estamos separados.
Por suerte, ese momento suele durar poco.
Llego tan cansado al final del día que el sueño acaba venciéndome enseguida.
Y entonces, vuelta a empezar.
—Vamos, Fuyu, date prisa, vamos todos a comer al Jackson Hole antes de empezar con el ensayo.
Mayumi no pregunta si quiero o no ir, una vez más, lo da por hecho y, como no me da opción a réplica, me cuelgo mi mochila al hombro y voy tras ella, junto a los otros dos miembros de la banda en la que estoy, a comer una hamburguesa a un bar de aquí cerca.
Una de las primeras tareas que nos encomendaron en la escuela fue que formáramos grupos, porque el examen de final de curso consiste en componer una obra original y tocarla frente al público.
También te puedes presentar como solista, pero me llamaba más la atención lo de la banda.
Quería probar a tener acompañamiento musical y experimentar con sonidos que no puedo crear yo solo.
Por eso, cuando Mayumi me propuso entrar en la suya, le dije que sí.
Ya la había visto cantar en la calle y me gustan su voz y su fuerza.
Gracias a eso conocí a Ryota, un tipo de pelo rosa, molesto, hiperactivo y ruidoso, pero que es un buen batería, y a Saya, algo más callada y sarcástica, que se encarga del bajo.
Mayumi es la voz principal y la guitarra rítmica del grupo, y yo…
Bueno…, yo no sé qué soy… Supongo que algo así como el comodín.
Hay veces que toco la guitarra solista y otras el shamisen o lo que surja.
Aún no hemos encontrado nuestro sonido, todavía tocamos solo versiones mientras vamos conociéndonos.
—Mayu, ¿se puede venir mi novia? —pregunta Ryota mientras caminamos por los pasillos—. Eso de no coincidir en clase es una mierda.
—Ryota solo sabe pensar en dos cosas —comenta Saya en tono sarcástico—: en música y en su novia.
Los demás se ríen, pero yo no pillo el chiste y me hace sentirme aún un extraño entre ellos.
—¿Hay algo que importe más que el amor y la música? —contesta el batería en su tono alto habitual y me quedo pensativo por un momento.
Entonces siento el peso de su brazo sobre mis hombros antes de soltar su comentario.
—Fuyu me entiende.
No contesto, pero la verdad es que sí, lo entiendo.
—Bueno, voy a buscar a Yuki, nos vemos en el bar. —Ryota se aleja a paso ligero mientras canta por los pasillos una canción de amor y mis comisuras se estiran en una sonrisa divertida cuando uno de los profesores lo riñe por ruidoso.
—Será escandaloso… —Se ríe Mayumi.
—Sí, menos mal que al menos es buen batería… Compensa aguantarlo.
—No sé yo. —La broma sale de mis labios sin pensarlo, como si por un momento me hubiera relajado y olvidado con quién y dónde estoy.
Mayumi y Saya se detienen y se quedan mirándome fijamente.
—Solo bromeaba —aclaro.
Se miran entre ellas, se ríen y retomamos el rumbo.
—Ya lo sabemos, jardinero, y ojalá lo hagas más veces —dice Saya y yo me quedo mirando un segundo cómo avanzan delante de mí para luego echar a andar tras ellas.
El bar al que entramos es un sitio pequeño, con estética americana y olor a hamburguesa a la plancha, patatas fritas y cerveza. Tomamos asiento en una de las mesas libres y pedimos la especialidad de la casa.
—Bueno, tampoco es para tanto —dice Ryota, un poco decepcionado—. No entiendo por qué querías venir aquí, Mayu.
Mayumi señala un cuadro en la pared de una ilustración de anime.
—Porque es el bar de Nana, nos traerá suerte.
Saya se empieza a reír al ver la cara que pone Ryota.
—Lo digo en serio, todos los grupos necesitan un lugar de la suerte y este será el nuestro.
—No servirá de nada si no encontramos nuestro sonido, lo sabes, ¿no? —se queja Ryota y Mayumi abre la boca ofendida en respuesta.
—Ni caso, Mayu, eso lo dice porque está mosca porque no ha venido la novia.
Ryota no dice nada, pero su lenguaje no verbal le da la razón a la bajista y las chicas acaban riendo.
—Haberte echado una novia que tocara cualquier otro instrumento. Podríais haber formado un grupo juntos, pero no, te tuviste que pillar de otra batería… —Mayu se encoge de hombros—. Se siente, chaval.
—Por eso precisamente me enamoré de ella, idiota, porque toca la batería como una diosa. Toda mi aspiración es ser tan buen músico como ella.
—Si es que al final debajo de toda esa estupidez y pelo pincho vas a ser hasta mono y todo —sonríe Saya mientras Mayu le alborota el pelo a Ryota con cariño, y siguen parloteando.
Me gusta la dinámica que hay entre ellos, sus bromas y tonterías me hacen estar a gusto. Me recuerda a Rakuen…
—¿Y tú de qué te ríes, tío? ¿También te vas a poner de su parte? —me pregunta Ryota y entonces me doy cuenta de que estoy sonriendo.
Me encojo de hombros como toda respuesta porque ni siquiera sé por qué lo hago.
—A ver, soy consciente de que tenemos que encontrar nuestro estilo —dice Mayu, reclamando de nuevo la atención—.
Pero primero tenemos que conocernos mejor, soltarnos un poco y formar una piña.
Estrechar lazos y llevarnos bien es fundamental para hacer buena música.
¿Y sabes cómo se estrechan lazos, Ryo-kun?
—Con cerveza —apunta Saya mientras señala al camarero que viene con cuatro jarras llenas del jugo de cebada.
—Pues mira, me gusta el plan. —Se ríe el pelo pincho.
—Claro que sí, brindemos por nuestro grupo sin nombre.
—La voz de Mayumi suena enérgica. Sujeta la jarra con la mano mientras da su discurso motivador, algo que estoy descubriendo que le gusta mucho—.
Esto es el principio de todo, chicos, lo presiento, ahora mismo no somos nadie, pero lo seremos y encontraremos nuestro hueco en el mundo de la música. ¡Esforcémonos!
Saya y Ryota silban y la animan con su jarra en alto y, por un momento, la emoción que rezuman estas tres personas me contagia y noto un extraño cosquilleo en la piel. Mis dedos se aferran a la jarra de cerveza buscando algún tipo de ancla y mis labios dejan escapar otra sonrisa.
Los vidrios chocan entre sí y provocan una nota estridente. Y pienso que quizás esa nota, ese fa desafinado al que nadie presta atención, sea la primera de una historia mucho más larga.
No sé qué saldrá de esto, pero empiezo a tener muchas ganas de descubrirlo.