No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 37 El yukata 2.0
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37 El yukata 2.0

HARU

—Vale, ya está, no puedo más, te lo tengo que preguntar.

Me giro y miro a Haruka, intrigado. Estamos en la floristería, en uno de esos escasos momentos en los que coincidimos los dos. Yo le cambio el agua a las flores mientras que ella revisa las cuentas tras el mostrador.

—¿Es a mí? —Me llevo la mano al pecho, confuso.

—Claro que es a ti. Todavía no sé comunicarme con las rosas —bromea.

—Ah, pues pregunta lo que quieras, nena. —Le guiño el ojo.

—¿Qué pasa con ese yukata? —Me señala amenazante con el boli que tiene en la mano.

Y yo sonrío mientras intento ocultar mi nerviosismo.

—Nada, ¿qué va a pasar?

—Y una porra —bufa—. Llevas tres días con él puesto.

Ya me pareció raro que lo trajeras el segundo día porque no te he visto repetir ropa y pensé que quizás no tenías nada más limpio…

A fin de cuentas, es un yukata de estar por casa.

¿Pero tres días? Ya te hubiera dado tiempo de hacer la colada, así que estás repitiendo porque quieres y no por necesidad, y eso no es ni un poquito normal en ti.

Así que, dime, ¿qué estás escondiendo, Haru?

—¡¿Qué?! Nada, ¿qué voy a esconder?, no seas tonta. —Noto cómo me tiembla la sonrisa mientras intento mantenerla.

—No te creo nada. Desembucha.

—No te estoy mintien…

—Tiene que ver con Fuyu, ¿no es así? —me interrumpe, y a mí me da un microinfarto con su deducción tan acertada porque no quiero que me lo quite.

No quiero que me quite el yukata que dejó Fuyu en mi puerta, impregnado de su olor. Ese que apenas conserva ya, pero que me recuerda a él y es lo más parecido que tengo a un abrazo suyo ahora mismo.

—Es eso, es de Fuyu —sentencia, supongo que al ver la cara de terror que he puesto.

—¡No! —Suelto la jarra de agua y me abrazo a mí mismo—. Es mío, no me lo quites, por favor.

Me pongo en cuclillas y me hago una bolita. Cierro los ojos con fuerza mientras espero el impacto verbal de Haruka.

Escucho el sonido de sus pasos hasta mí y me encojo aún más, pero lo único que siento es su caricia en el pelo.

—Haru… —suspira con pesar, y yo levanto la cabeza y la miro—. No te voy a quitar nada, tranquilo. —Se pone en cuclillas frente a mí y me coge ambas manos con cariño—. ¿Me cuentas lo que ha pasado?

Y yo se lo cuento todo, porque soy así de blando y no me puedo resistir a esa voz suave pero autoritaria de mi amiga Haruka.

Porque sé que, aunque pueda resultar brusca a veces, solo tiene buenas intenciones para mí.

Le cuento que es el yukata que le presté a Fuyu y lo vacío que me hizo sentir cuando lo encontré colgado en el pomo de mi puerta.

Le cuento que me muero de ganas de llamarlo porque no sé nada de él desde hace cuatro días y que cada minuto me pregunto si me habré equivocado en mi decisión, pero que al siguiente me reafirmo en que hice lo correcto.

Que noto que me ignora porque ni siquiera habla en los chats de grupo donde estamos todos los hermanos y que eso me está matando poco a poco porque tengo la sensación de que me odia profundamente por haberlo hecho sufrir.

—No te odia —asegura Haruka.

—¿Y tú cómo lo sabes? —le gruño.

—Pues porque a ti es difícil no quererte.

Me ablanda inmediatamente el corazón y me quita las ganas de rebatirle nada.

—Ay, que tontita eres. —Le doy un empujón cariñoso en el hombro—. Pero a Fuyu le he hecho mucho daño, es totalmente lógico que me odie. —Termino la frase poniendo morros.

—Yo estoy segura de que solo está haciendo el esfuerzo de respetar tu decisión. ¿No le pediste espacio? Pues te lo está dando.

—No le pedí espacio para mí, le pedí espacio para él.

—Ay, Haru —resopla—. Deja de castigarte y pregunta a tus hermanos, seguro que ellos saben algo.

Haruka tiene toda la razón. Había pensado antes en ponerme al día con Natsu y Aki, pero soy un cobarde y me da miedo que me den la razón.

Que me digan que Fuyu no quiere ni verme ni ellos tampoco por haberle hecho daño, pero tengo que enfrentarme de una vez a la realidad, por lo menos para que el corazón se me quede un poquito más tranquilo.

—¿Te importa si me meto en el baño y hago una llamada? Solo será un momento.

Haruka me sonríe con dulzura, se levanta y me tiende la mano para ayudarme a ponerme de pie.

—Anda, ve. Sé que no solo será un momento, pero con tal de que te quites ya ese yukata…

Le sonrío y le doy un abrazo rápido.

—Gracias, eres la mejor jefa del mundo.

Haruka me responde con un tortazo en el culo cuando me alejo hacia el baño.

Me río, entro en la estancia y cierro la puerta. Es una habitación pequeña con apenas un retrete y un lavabo. Me siento en el váter y hago una videollamada grupal con Natsu y Aki. Al primero que veo aparecer es a mi hermano mayor. Está tomando una infusión en el porche de su casa.

—Hola, florecilla.

—Akiiii. —Qué ganas de abrazarlo tengo.

No tarda en conectarse Natsu y me tiembla un poco el labio al verlos a los dos, porque los echo de menos más de lo que quiero admitir.

—¿Qué pasa, tíos? Me pilláis a punto de irme a coger olas —dice Natsu mientras se pone el neopreno.

—Vale, seré rápido. Solo quiero saber cómo está Fuyu. ¿Me odia mucho?

—¿Que si te odia mucho? —Natsu se acerca a la cámara amenazando con el dedo—. El que te odia soy yo, menuda putada le has hecho, chaval.

Las palabras de Natsu se me clavan en el corazón al sentir cómo todos mis temores se vuelven realidad.

—Natsu, no le digas eso. Ni caso a este, Haru —me tranquiliza Aki, supongo que al ver mi cara de pánico—. No te odia nadie, estate tranquilo. Entendemos lo que has hecho y te apoyamos.

—Lo entenderás tú, macho, porque yo no lo entiendo del todo bien —replica Natsu.

—Pero no le digas que lo odias, que se lo está creyendo, gato patán.

Natsu pone los ojos en blanco por un momento y luego desvía su mirada hacia mí, o la parte de la pantalla donde estoy.

—No te odio, Haru… Nadie te odia. Tempanito tampoco.

—¿Te lo ha dicho? —pregunto, ansioso.

—No, pero lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Intuición de hermanos.

—Fuyu no te odia, está intentando seguir por su cuenta tal y como le pediste —dice Aki para darme a entender que está al corriente de todo—. Ha entrado en una escuela de música, se hospedará en los dormitorios de estudiantes. Ayer le mandamos todas sus cosas.

La noticia de Aki alivia la presión de mi pecho a la vez que me deja un regusto amargo en la boca… Estoy contento porque Fuyu parece que ha encontrado algo que hacer, pero a la vez un poco triste por no haberme enterado por él de algo tan importante. Yo no quería que dejara de contarme estas cosas.

—No me ha dicho nada… —mascullo.

—Normal, tío, está intentando desintoxicarse. ¿No le pediste eso? Que se desintoxicase de ti.

No me había dado por pensarlo. Dicho así suena un poco feo, pero supongo que es más o menos lo que le pedí.

Asiento.

—Pues ya está.

—Florecilla, no te preocupes, Fuyu está bien. Y puede que ahora mismo esté un poco herido, pero algún día lo entenderá, ya lo verás.

—Vale, gracias, Aki. Yo… yo lo quiero mucho, ¿sabéis? No es capricho, ¡lo juro! Yo lo amo de verdad y quiero pasar con él el resto de mi vida. Pero ahora mismo…

—No es el momento —me corta Natsu—. Que sí, florecilla, que lo entendemos.

—Pero antes has dicho que no.

—Porque estoy mosqueado por la situación, pero, en el fondo, lo comprendo. No te preocupes, que cuidaremos de tempanito en la distancia.

Se me saltan las lágrimas, me estoy volviendo a emocionar.

—Gracias, chicos.

—Nada, quédate tranquilo —responde Aki.

Nos despedimos y cortamos la llamada. Me levanto, apoyo las manos en el lavabo y me miro al espejo. Me seco las lágrimas, me doy un par de palmadas en la cara y salgo a la floristería con mi mayor sonrisa.

Aún me duele el corazón, pero Fuyu está bien, ha encontrado un sitio donde quedarse y algo que hacer. Prefiero centrarme en eso.