No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 35 Acorde
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FUYU

Cuando despierto, el flyer de la escuela sigue sobre la mesita de noche del hotel. Arrugado por la cantidad de veces que lo ojeé anoche antes de dormir, mientras intentaba tomar una decisión.

Me duele el cuerpo. La cama sigue siendo demasiado blanda, demasiado grande y demasiado ajena. Y yo sigo sin tenerlo claro del todo.

El trompetista de ayer, o lo que es lo mismo, el director de la escuela, me invitó a que pasara hoy para ver las instalaciones, y no sé qué hacer.

Me da pereza el simple hecho de salir de la cama; entre otras cosas, porque no sé qué me voy a encontrar: si habrá demasiada gente, demasiadas normas o demasiado ruido.

Siento el impulso de coger el teléfono y contárselo a Haru, pero no lo hago. Tengo que tomar una decisión por mí mismo. Vuelvo a observar el papel iluminado por la luz blanca que se filtra a través de las cortinas del hotel.

Supongo que el hecho de que todavía lo conserve significa algo.

Quizá no sea más que una excusa para encontrar un sitio donde quedarme. Quizá solo quiera mantenerme ocupado para no pensar en Haru cada cinco segundos. O quizá, muy en el fondo, haya una parte de mí que sí quiere intentarlo de verdad. Encontrar algo propio. Algo que no empiece ni acabe en él.

No lo sé. No sé una mierda.

Pero si no voy hoy a esa escuela, me pasaré el día entero vagando por Tokio mientras me siento perdido y fuera de lugar. Y ya estoy cansado de sentirme así. Ayer Natsu me pasó algunos anuncios con apartamentos en alquiler, pero me da ansiedad solo de pensar en marcar el número de información.

Al menos, la escuela es una pequeña cruz en el mapa. Un punto donde ir. El siguiente paso.

Me levanto con ese pensamiento en la cabeza. Me doy una ducha y me visto con la última ropa limpia que me queda…

Tengo que llamar a mis hermanos para que me manden el resto de mis cosas, otra razón más por la que visitar esa escuela y hacerme con uno de sus dormitorios. Necesito un alojamiento ya o terminaré volviendo a Rakuen y quedándome allí para siempre, pero más perdido que antes.

El camino desde el hotel no resulta complicado. Cada vez me cuesta menos entender cómo funcionan los transportes de esta ciudad y manejar el GPS del móvil, así que apenas tardo media hora en llegar.

Me detengo unos minutos frente a la fachada.

Aunque la escuela solo tiene dos años, el edificio parece mucho más antiguo.

Las paredes de ladrillo rojizo y los marcos blancos de puertas y ventanas le dan un aire clásico.

Tiene tres plantas y su estructura forma una U alrededor de un patio central en el que hay algunos árboles y bancos.

De momento, el barrio me gusta, parece más tranquilo.

Inspiro profundamente para darme fuerzas y no salir huyendo de aquí, y doy un paso adelante.

Me centro en mover los pies uno tras otro hasta que entro en el edificio.

Busco con la mirada algún punto de información y entonces la veo.

La chica de ayer viene por el pasillo cargando con un montón de sillas.

—¡Eres tú! —dice con una sonrisa al reparar en mí.

Se acerca al paso que le permite su carga y se detiene a mi lado. Deja la pila de asientos en el suelo y se lleva las manos a las lumbares para estirarse.

—¡Has venido!

Asiento.

—Mis padres se pondrán muy contentos. Ven, acompáñame. Voy a dejar esto en esa aula y te enseño la escuela.

Se dispone a coger de nuevo todo el peso, pero la interrumpo.

—Espera, te ayudo.

Cojo unas cuantas sillas del montón y me quedo a la espera de que me indique adónde ir. Ella me sonríe y me hace un gesto con la cabeza para que la siga.

—Yo soy Mayumi, por cierto. ¿Cómo te llamas?

—Fuyu.

—Pues encantada, Fuyu. Me da mucha alegría verte. Esta escuela necesita alumnos para mantenerla viva

Sus palabras me hacen sentirme presionado. No me gusta que dé por hecho que voy a matricularme, pero no digo nada y la sigo hasta el aula donde dejamos las sillas. Es una clase mediana que todavía está sin montar del todo.

—Bueno, ya está. Acompáñame, que te enseño esto.

La sigo por los pasillos. Son amplios, luminosos y tranquilos. Apenas hay gente, salvo alguna persona que se cruza con Mayumi, la saluda al pasar y sigue su camino.

—Mis padres fundaron esta escuela porque siempre fue su sueño.

Se conocieron en secundaria y formaron un grupo de pop.

Dicen que aquellos fueron los mejores años de su vida, aunque el grupo no tuvo mucho éxito.

Aun así, la pasión por la música siempre ha estado ahí y, después de varios años trabajando en el sector, montaron esta escuela con la esperanza de poder guiar y ayudar a jóvenes que quieran dedicarse a ello.

Ahora que saben cómo funciona la industria y tienen contactos, quieren ofrecer a los alumnos esa ayuda y oportunidad que ellos no tuvieron.

—Entiendo.

Mayumi sigue hablando mientras recorremos varias zonas de la escuela.

Pasamos por aulas de distintos tamaños preparadas acústicamente, una sala común llena de estuches e instrumentos apoyados en cualquier rincón y un pasillo con diferentes salas de ensayo.

No me detengo a mirar demasiado, pero me sirve para hacerme una idea del lugar.

Para ser una escuela, no es demasiado grande.

Me gusta que sea luminosa y huela a madera, y el ambiente me resulta tranquilo y acogedor.

No es lujoso ni especialmente moderno, pero tiene algo que me genera curiosidad y me hace sentir cómodo.

El hecho de que Mayumi no pare de hablar también me lo pone fácil.

Salimos al exterior de nuevo, esta vez por la parte trasera que da a otro patio, y recorremos una pequeña distancia hasta otro edificio más pequeño: los dormitorios. La parte que más me interesa de todo el tour.

Mayumi me muestra solo uno de ellos. Abre la puerta con una llave que saca del bolsillo trasero de sus vaqueros y me deja pasar primero.

La habitación es sencilla y bastante más pequeña que el piso de Haru, pero es suficiente.

Una cama individual, un escritorio pegado a la pared, un armario estrecho y una ventana alargada por la que entra bastante luz.

No hay adornos ni nada especial, solo lo justo para vivir y estudiar, pero a mí me basta. Más que de sobra.

—Normalmente, las habitaciones son compartidas —me explica apoyándose en el marco de la puerta—.

Las individuales cuestan un poco más, pero son muy pocas y casi nunca hay disponibles.

De hecho, esta es la última que queda, pero me da que eres uno de esos chicos que prefieren la intimidad a tener que compartir espacio.

Asiento mientras recorro el cuarto con la mirada.

La colcha es gris, las paredes blancas y el suelo de madera clara.

Todo resulta tan sencillo que incluso se me olvida por un momento que estoy en Tokio.

Sería una tontería no aprovechar la oportunidad.

Podría vivir aquí. No es Rakuen, ni tampoco la cabaña o la casa de Haru, pero podría ser mi espacio seguro.

Un sitio donde dejar mis cosas, cerrar la puerta y refugiarme del mundo.

—¿Dices que solo queda esta libre? —pregunto, intentando no sonar ansioso.

—Individual, sí. Compartidas quedan aún dos.

—¿Y qué tengo que hacer para quedarme con esta?

Mayumi sonríe de lado, como si me hubiera pillado.

—Lo primero, la audición. Tienes que hacer una prueba, que mis padres te vean tocar. Si ellos ven que vas en serio, que tienes potencial, podrás matricularte. Esto no es una escuela normal, aquí buscamos talento e ilusión. Si no tienes de eso, da igual el dinero que tengas, este no es tu sitio.

Sus palabras me generan un poco de inseguridad. Creo que la música siempre se me ha dado bien, pero ¿qué pasa si no tengo ese talento?

—¿Y cómo saben si alguien va en serio o no? —pregunto.

—Con la audición, ellos se darán cuenta enseguida.

Miro otra vez la habitación en silencio. Una cama, un escritorio, un armario… La quiero. No es gran cosa, sin embargo, es lo que necesito para sentirme un poco menos perdido ahora mismo.

—¿Cuándo sería la audición?

—Podrías hacerla hoy si te viene bien. —Se encoge de hombros.

—No he traído ningún instrumento.

—¿Qué tocas? —pregunta con curiosidad.

—Sobre todo, instrumentos de cuerda: shamisen, koto, guitarra, bajo, erhu…

Se le ilumina la cara a medida que voy nombrando instrumentos.

—Tranqui, seguro que hay algo que te podamos dejar. ¡Vamos!