No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 34 El yukata
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34 El yukata

El yukata

FUYU

Miro el yukata de Haru extendido sobre la cama del hotel donde he pasado la noche.

Diría donde he dormido, pero la realidad es que apenas he pegado ojo.

La cama era demasiado grande, demasiado blanda, y el techo ha terminado resultándome más familiar que el sueño.

He pasado horas dándole vueltas a todo lo que ocurrió con Haru, repasando cada palabra, cada gesto, cada una de sus malditas razones.

Al final, siempre llego a la misma conclusión: tengo que intentarlo.

No sé muy bien cómo se supone que se hace eso de empezar de cero, pero si quiero que Haru me tome en serio, tendré que demostrarle que puedo arreglármelas solo.

Sobrevivir aquí. Adaptarme a Tokio. Aprender a moverme por esta ciudad sin depender de que él me deje hospedarme en su casa o me diga qué hacer a continuación.

Supongo que eso era lo que intentaba decirme anoche. Lo he entendido… o al menos eso creo.

Quiero decírselo. Quiero decirle que voy a intentarlo, que no he venido hasta aquí para rendirme a la primera de cambio.

Pero no contestándole al estúpido mensaje que me mandó preguntándome si estaba bien.

Es obvio que no lo estoy. Lo estaría si me hubiera despertado con él y no en este sitio tan impersonal y vacío.

La verdad es que sigo enfadado con Haru, pero al mismo tiempo quiero verlo.

Quiero gritarle. Quiero abrazarlo. Quiero que cambie de opinión. Todo a la vez.

Es agotador.

Me incorporo, cojo el yukata y lo doblo con cuidado antes de meterlo en la mochila.

Luego me pongo las deportivas y salgo a la calle sin un rumbo claro, solo con la idea vaga de empezar por alguna parte.

Buscar apartamentos. Buscar trabajo. Fingir durante unas horas que sé lo que estoy haciendo mientras merodeo por estas calles llenas de gente extraña.

Cuando me entra hambre, decido volver al mismo puesto al que fui anoche.

Solo tienen un plato al día, la comida está buenísima y el dueño me cayó bien.

Pero cuando llego, no está allí. Quizás me haya equivocado de camino.

Suelo tener buen sentido de la orientación, pero anoche no era capaz de fijarme en nada ni de retener ningún detalle.

Mi cabeza estaba demasiado ocupada en Haru y en la estúpida discusión que tuvimos.

Por suerte, en Tokio hay restaurantes y sitios donde comer por todas partes, así que entro en cualquier otro a llenarme el estómago.

Entiendo por qué le gusta tanto a Haru esta ciudad.

Él siempre le ha dado importancia a probar cosas nuevas y vivir experiencias, y en Rakuen apenas hay seis o siete lugares donde comer, y uno de ellos es su bar.

Paso toda la mañana recorriendo la ciudad y retrasando el momento de volver a ver a Haru. No quiero que piense que estoy desesperado, aunque así sea. Además, dijo que tenía que ir a esa escuela y a trabajar. Cuanto más tarde vaya, más posibilidades tendré de que esté en casa.

Para cuando llego a Koenji, ya es de noche, y hago el recorrido desde el metro hasta su piso con facilidad.

El corazón se me acelera cuanto más me acerco a su casa.

La mezcla de emociones en mi interior lucha por ver cuál es la ganadora: enfado, tristeza, culpabilidad, esperanza…

Subo los escalones hasta su apartamento mientras intento calmarme y reunir unas cuantas palabras que decirle y que le hagan cambiar de opinión, pero llego a su puerta con la mente en blanco.

Respiro hondo.

Sale luz de la ventana y el murmullo de la televisión se cuela por debajo de la puerta. Haru está en casa.

Respiro hondo de nuevo.

Levanto el brazo para llamar a la puerta, pero antes de que mis nudillos toquen la madera, me detengo.

¿Qué estoy haciendo aquí?

Esto es una mala idea, lo mires por donde lo mires.

No servirá más que para hacernos sufrir a los dos.

Me dijo que rehiciera mi vida, que buscara algún interés aparte de él, y aquí estoy de nuevo, buscándolo.

No ha cambiado nada. ¿Cómo va hacerlo en menos de veinticuatro horas? Esto es un error. No puedo seguir así.

Me descuelgo la mochila y saco de ella una bolsa de papel donde se encuentra el yukata que me prestó ayer.

Se lo dejo colgado en el pomo de la puerta y me voy.

Me alejo de su casa sintiendo angustia en cada paso que doy, pero a la vez reafirmándome en mi decisión.

Volveré aquí cuando tenga algo nuevo que contar.

Estoy un par de calles alejado de la casa de Haru cuando una música lejana llega hasta mis oídos y capta mi atención.

Es vibrante y enérgica. Tiene toques de jazz, rock y ska, una combinación rara que no había escuchado antes.

Mis pies se mueven prácticamente solos, guiados por la melodía, y me voy deslizando por las callejuelas hasta que al fin encuentro el origen.

Un grupo de seis personas tocan música. Dos trompetas, guitarra, bajo, batería y una chica cantando transmiten toda la alegría que a mí me falta.

Me quedo allí plantado, observando, disfrutando del espectáculo; de los ritmos rápidos, la guitarra rockera y la voz carismática de la cantante.

Me quedo ensimismado escuchándolos y, en algún momento, hasta me hacen sonreír.

La música tiene ese poder en mí, se me mete bajo la piel y me hace olvidarme del mundo por un momento… Incluso de Haru…

Tocan en total tres canciones que se me hacen cortas y, cuando terminan, empiezan a repartir flyers, mientras el señor de la trompeta se apropia del micrófono.

—Hola a todos, muchas gracias por escucharnos. Somos de la escuela de música Acorde. Es una escuela prácticamente nueva que fundamos hace dos años mi mujer y yo.

La bajista se acerca a él y hace un saludo agachando la cabeza.

—Estamos buscando nuevos alumnos…

La chica rubia que cantaba antes llega hasta mí y me distrae de las palabras del trompetista. Me sonríe y me entrega el panfleto, que inmediatamente leo.

ESCUELA ACORDE

¡Buscamos músicos como tú!

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Si quieres dedicarte a la música de verdad, este puede ser tu sitio

Programa intensivo para alumnos comprometidos

Residencia para estudiantes

Plazas disponibles

Vuelvo a leer la penúltima frase y siento un pequeño pellizco en las tripas: Residencia para estudiantes. Plazas disponibles…

Quizás…

Levanto la cabeza y busco a la cantante con mis ojos.

Puede que esto sea una solución temporal para lo del alojamiento, algo a lo que aferrarme sin tener que visitar mil inmobiliarias y pisos.

No me hace falta mucho, con que tenga un espacio para mí solo con una cama, me vale.

Y la música puede distraerme de mis pensamientos derrotistas.

Me acerco a la chica, que ahora está recogiendo los cables del micro.

—Perdona… —Mi voz sale temblorosa, llena de dudas.

Levanta la vista y me sonríe.

—¿Sí?

—¿Me explicas mejor lo de la escuela?

La sonrisa de ella se ensancha y vuelve la cabeza buscando a alguien.

—¡Papá, ya tenemos a uno!