No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 32 Perdido
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32 Perdido

Perdido

FUYU

Camino sin rumbo por las calles de esta ciudad desconocida. Mi mente está colapsada y mis sentidos se pierden en una niebla espesa que borra el mundo. No veo, no oigo, no huelo… Solo avanzo con la vista fija en ninguna parte, dejándome arrastrar por mis propios pies y por la corriente de gente.

¿Qué ha pasado? ¿Qué diablos ha pasado?

Mi vida, mis costumbres, mi mundo… Todo ha cambiado en un abrir y cerrar de ojos. Lo dejé todo por Haru y ahora ni siquiera lo tengo a él.

¿Y ahora qué?

¿Se supone que tengo que conocer gente? ¿Hacer amigos?

¿Buscar trabajo? ¿Estudiar? Maldita sea, no quiero hacer nada de eso.

Solo quiero volver a Rakuen, meterme en la cabaña, cerrar las ventanas y olvidarme de todo.

O, mejor aún, deshacer mis pasos, volver a casa de Haru y gritarle hasta quedarme sin voz.

Gritarle por sacudir mi mundo de esta manera y echarme fuera del suyo de una patada como si nada.

«Que me quiere», dice… ¿En serio? Porque yo no lo veo así.

Me siento abandonado por segunda vez, como si mi amor no fuera suficiente para él.

Si de verdad me quisiera, estaría conmigo y no me obligaría a pasar por todos sus caprichos como un pelele.

Pero no. Siempre se sale con la suya, porque es tan indomable como el viento, y yo me dejo mecer por él como una estúpida cometa.

… Una cometa que toca el cielo gracias a él.

Mierda.

Tengo que alejarme de aquí. Irme lejos de Haru o acabaré dando la vuelta y llamando a su puerta.

Obligo a mis sentidos a volver al presente y localizo una entrada de metro.

Bajo las escaleras y subo al primer vagón que pasa sin mirar siquiera a dónde va.

Esquivo a los pasajeros, me agarro donde puedo y me abstraigo una vez más mientras me dejo llevar por el vaivén metálico del transporte público.

No entiendo a Haru. No entiendo su petición.

He aceptado porque no me queda otra, porque no quiero perderlo, porque haría cualquier cosa por estar con él.

Pero me parece injusto. ¿Acaso no cree que lo quiera?

¿Mi manera de amar no es válida? ¿Por qué tengo que conocer a otra gente para que entienda que no lo elijo porque no conozco nada más?

Aprieto los dientes mientras el vagón se sacude y las luces del túnel se reflejan en los cristales con destellos molestos. Me agarro a la barra con más fuerza de la necesaria, necesito aferrarme a algo estable en este derrumbe interno.

Siempre he sabido lo que siento. Siempre.

Quizás no supe ponerle nombre, pero estuvo ahí.

Quizás me quise engañar a mí mismo al decirme que me bastaba con ser su hermano, que podía soportar que estuviera con otros mientras volviera a mí en primavera.

Pero internamente siempre lo he sabido. Lo quiero desde aquella primera vez que se metió en mi cama para protegerme de mi tormenta.

Ahora, que por fin me he atrevido a asumirlo, lo sé con claridad: es amor, y va mucho más allá del fraternal. No tengo dudas de ello. Haru era mi certeza en mi mundo pequeño y suficiente.

¿Eso está mal? ¿Amar con todo es un error?

Él dice que no me conozco. Que vivo a través de él. Solo la idea me quema por dentro. Me confunde y me enfada.

Maldita sea, yo soy así. Y si se equivoca y no tengo nada más que mostrarle…, ¿le dejaré de gustar?

Miro mi reflejo en el cristal del metro. Estoy ridículo: Con este yukata y rodeado de personas extrañas intentando aparentar ser uno de ellos. No me reconozco en ese reflejo, en este ambiente tan lejos de mi isla y de mi zona de confort.

El metro se detiene de golpe y varias personas bajan.

Me dejo arrastrar por ellas sin saber siquiera el nombre de la estación en la que estoy.

El aire frío me golpea la cara cuando salgo al exterior y respiro hondo, como si quisiera expulsar a Haru de mis pulmones, pero no funciona.

Está en todas partes. En mi pecho. En mis pensamientos. En cada decisión que intento tomar…

—Un año —murmuro para mí mismo con la voz rasgada—. Un maldito año.

Salgo a la calle sin ningún rumbo en concreto. Los carteles luminosos, los puestos de comida, el murmullo constante de la ciudad como un idioma que todavía no conozco. Tokio está vivo y el mundo se mueve a pesar de que el mío está roto.

Me detengo frente a un pequeño puesto de comida ambulante.

El olor entra por mi nariz y me despierta el estómago.

Decido pararme para comer un poco. Más por centrarme en algo que por hambre…

Por algo tengo que empezar. Me siento en uno de los taburetes y busco la carta del menú con la mirada, pero no la encuentro por ninguna parte.

—Bienvenido —me saluda el tipo tras la barra en un inglés fluido.

Debe de pensar que soy extranjero por mis rasgos y por ir vestido con un yukata floral y zapatillas de deporte. No lo saco de su error porque, al fin y al cabo, así me siento ahora mismo y le respondo al saludo en el mismo idioma.

—El menú de hoy es katsudon, ¿te sirvo un plato?

Agradezco que solo haya una opción.

—Sí, por favor, eso estaría bien.

Asiente y sonríe con hospitalidad.

—¿Y para beber?

—Agua, gracias.

Se gira y se pone a servirme un bol de comida con maestría. En menos de un minuto, tengo mi plato frente a mí y me pongo a comer con la mente de vuelta en Haru.

—¿Un mal día?

—Los he tenido mejores —le respondo con educación, pero sin dar pie a más conversación.

Parece que lo capta y no hace más preguntas. Me deja comer en silencio y lo agradezco internamente.

Devoro el plato en menos de diez minutos con la esperanza de sentirme menos vacío y más reconfortado.

No funciona, pero me sienta bien centrar mi atención en otra cosa por un momento.

Creo que eso haré: centrarme en las pequeñas cosas, en el paso a paso.

¿Qué toca ahora? Ah, sí, un sitio para dormir.

—Perdone, señor. —Capto la atención del cocinero, que ahora me mira mientras se seca las manos en un paño—. Estoy buscando un sitio donde dormir. ¿Sabe de algún hotel por aquí cerca?

—Claro, conozco algunos, puedo ayudarte… Soy Koji, ¿y tú?

—Fuyu —contesto y correspondo a la inclinación de cabeza que él me hace.

—Bien, Fuyu-san, aquí cerca está…

Me suena el móvil, interrumpiendo a Koji. Miro la pantalla con la esperanza de ver el nombre de Haru en ella, pero en lugar de eso veo el de Natsu y contesto de inmediato con el cabreo que me genera que sea precisamente él.

—¿Qué? —Le hago una señal de disculpa a Koji y me aparto un poco del puesto ambulante para hablar con tranquilidad con mi molesto hermano.

—Tempanito, ¿dónde estás?

—¿Dónde voy a estar? En Tokio.

—Ya, pero ¿en qué parte?

Levanto la vista y, por primera vez, me fijo en lo que tengo alrededor en busca de alguna señal que me diga dónde estoy.

—No lo sé.

—Vale, pues mándame ubicación.

—¿Para qué? —refunfuño.

—Para buscar alojamientos disponibles y reservarte una habitación. ¿Para qué va a ser?

—¿Cómo lo sa…? ¿Te lo ha dicho Haru? ¿Te ha dicho Haru que me busques un sitio donde dormir?

Lo oigo suspirar a través del teléfono.

—No, pero sé todo lo que ha pasado. Haru ha llamado a Jacquie llorando, se lo ha contado todo y ella me lo ha contado a mí. —Se me revuelve algo en las tripas con esa información—. Solo estoy intentando ayudarte.

—No era tan fácil como me dijiste, Natsu… —le gruño—. Haru no me cree, o no quiere creerme, no sé lo que pasa.

—Sí te cree, tío, pero lo has asustado con tanta intensidad.

—¿Intensidad yo? El intenso siempre ha sido él.

—Ambos sois unos intensos de cuidado…, cada uno a su manera, pero sí. Escucha, esto no es el fin del mundo, ¿vale? Él te quiere, solo que el amor a veces es complicado. —Me empiezan a arder los ojos con las palabras de Natsu, mierda, no quiero llorar, no aquí—. Tienes que darle tiempo.

—¡No quiero esperar un año!

—Ya… Oye, tú solo intenta adaptarte. ¿Qué es un año para nosotros? Nada, tío, piénsalo.

—Pero ahora somos humanos, no tenemos todo el tiempo del mundo. ¿Y si pasa el año y sigo sin ser suficiente?

—Tío, no lo estás entendiendo. Eres más que suficiente para Haru, eres demasiado. Pero él no puede ser tu único propósito en la vida. Tienen que importarte más cosas. Tú solo no te rindas, ¿vale? Yo tuve que estar todo un verano haciendo el ridículo para que Jacquie me tomara en serio, ¿recuerdas?

Resoplo porque claro que me acuerdo… Con el coñazo que dio…

—Tú solo aprende a vivir allí y las cosas te vendrán solas… Envíame la ubicación, te mando ahora lo del alojamiento y mañana te ayudo a buscar un apartamento, ¿vale?

—Vale… —suspiro con resignación.

—¿Quieres que vaya este finde?

—¡No! ¿Para qué vas a venir? —le gruño.

—Para ayudarte, tío.

—No, ya me has ayudado bastante. Mándame lo del alojamiento.

—Ok, con cualquier cosa que no entiendas, me llamas.

—Vale. Gracias, Nat.

—Para eso estamos.