No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 30 Verdades que duelen
48%

30 Verdades que duelen

Verdades que duelen

FUYU

Haru no para de hablar desde que hemos salido del baño.

Sigue estando un poco nervioso, pero poco a poco va volviendo a la normalidad.

No puedo culparlo de su estado de ánimo porque yo también estoy inquieto.

Tengo el corazón hinchado de felicidad y me siento como si todo esto fuera un sueño del que no quiero despertar.

—Tienes el pelo más largo —observa Haru mientras me pasa una toalla por las puntas.

Al salir de la ducha nos hemos vestido con yukatas y nos hemos sentado en el kotatsu con el pelo todavía mojado.

Él se encarga del mío, ya que ha insistido en ser el primero.

Está quitando el exceso de agua antes de coger el secador.

Yo simplemente me dejo hacer porque sé que le encanta y porque he echado de menos sus manos haciéndome cosquillas en el cuero cabelludo.

—Ya, es que no me lo he cortado desde que te fuiste.

—¿Y eso? ¿Te lo estás dejando largo?

—No especialmente, es solo que se fue mi peluquero. —Noto cómo sus manos paran.

—Pero hay peluquerías en Rakuen, podrías haber ido a la de Cintia, ella te lo deja divino.

—Pero a mí me gusta cómo me lo dejas tú.

Haru suspira resignado con mi respuesta y vuelve a hacer presión sobre mi pelo.

—Vale, pues, si quieres, te lo cortaré mañana, aunque creo que también te queda bien así.

—Sigue pasando la toalla por mis mechones—.

¡Ay, no! ¡Mañana no puedo! No te lo he contado, pero me he matriculado en un curso de dos años de Producción de Eventos y Espectáculos.

Mañana tengo que ir a entregar los últimos documentos.

Estoy superemocionado, me hace muchísima ilusión empezar esta nueva etapa.

—Me giro para mirar la expresión de alegría que acompaña a esa voz entusiasmada—.

Y ahora que tú estás aquí será mucho mejor.

También quiero seguir viajando, pero no tan lejos, sino centrarme más en Japón.

No sé, me quedan muchas cosas por ver todavía: Kioto, Osaka, Seúl…

Bueno, Seúl está en Corea, pero quiero ir y ver algún concierto de idols en directo.

También quiero seguir descubriendo bebidas nuevas a lo largo del mundo, para enseñárselas a Aki e incorporarlas al Carpe Diem…

—Se calla cuando se da cuenta de que lleva mucho tiempo hablando.

No sé por qué tiene la extraña idea de que su parloteo es molesto para el resto, yo me quedaría escuchándolo todo el día—. Bueno, ¿y tú? —me pregunta.

—¿Yo qué?

—¿Qué planes tienes? ¿Qué te gustaría hacer ahora que eres humano? —Me sonríe con ilusión, esperando mi respuesta, y yo le contesto con lo único que tengo en mente.

—No tengo ningún plan, solo estar contigo. —Le quito la toalla de las manos para secarle el pelo a él.

La cara de Haru cambia; su sonrisa, lejos de hacerse más grande tal y como yo esperaba, se congela.

—Pero algún objetivo tendrás, ¿no? —vuelve a sonreír—. Algo que te haga ilusión, algún sitio donde ir… ¿No hay nada?

—Me hace ilusión acompañarte en tus viajes.

—¿Y ya está? ¿No te emociona trabajar en algo nuevo, o estudiar?

—En realidad no especialmente, pero tranquilo, buscaré un trabajo para que compartamos los gastos y no te agobies por el dinero. —Le sonrío con la esperanza de que me imite y le cojo ambas manos para que se siente a mi lado. Él lo hace, pero su sonrisa sigue ausente.

—No me agobio por el dinero, no es eso lo que me agobia.

—Entonces te agobia algo… ¿Qué es?

—¿De verdad no hay nada que te haga ilusión? —insiste.

—Estar contigo, ya te lo he dicho.

—¡Aaay, nooo! —Me suelta las manos, apoya los brazos sobre el kotatsu y esconde la cara entre ellos. Se marchita como una planta sin agua y vuelve a llorar como lo hizo en la floristería.

Yo no tengo ni idea de por qué lo hace. Me acerco. No quiero verlo así, sollozando como si se estuviera muriendo de dolor.

Le acaricio la espalda para tratar de aliviarlo y, al mismo tiempo, para que desaparezcan sus lágrimas junto a esta punzada que tengo en el pecho. No me gusta esto, no me gusta nada.

—Haru, vamos, ¿qué pasa ahora?

Él empieza a calmarse, levanta el rostro y me mira con los ojos rojos e irritados. Le acuno la cara con ambas manos y le seco las lágrimas con ellas.

—¿Me cuentas qué pasa? —le susurro con calma, a pesar de que, por dentro, soy un amasijo de nervios y miedo.

Él coge mis muñecas y se libera de mi agarre. Me sujeta ambas manos y me mira a los ojos.

—Respóndeme a unas preguntas, Fuyu.

Asiento.

—¿Cuál es tu estación favorita?

—La primavera, porque siempre estás tú.

—¿Y tu color?

—Diría que el rosa, porque me recuerda a ti. ¿Para qué me preguntas esto, Ha-chan? Son cosas que ya sabes.

—Dices que no sabes si eres gay, que solo te gusto yo, desde siempre, ¿no?

—Así es.

—¿Cuál es tu sueño?

—Estar contigo.

—¿Por qué has dejado de ser yosei?

—Para cumplir mi sueño.

Haru hace una mueca de dolor con el rostro, se muerde el labio y me aprieta más las manos.

—¿Te das cuenta?

—¿De qué? Haru, no estoy entendiendo nada.

Él hace un puchero, baja la mirada un segundo y vuele a clavar sus ojos llorosos en los míos.

—Que no te conoces, Fuyu, no sabes quién eres; solo te gustan las cosas relacionadas conmigo…

y eso no está mal. A mí también me gustan las cosas que me recuerdan a ti, pero me gustan muchas más cosas.

Me gusta experimentar, salir por ahí y descubrir cosas nuevas, cosas que me aportan y me ayudan a saber quién soy.

—Haru me mira mientras frunce las cejas en una expresión triste.

—Eso no es cierto, Haru, yo sé quién soy, sé lo que me gusta. —Me empiezo a molestar porque detesto hacia dónde está yendo esta conversación.

—No lo creo, creo que vives a través de mí, heladito de nata, y eso no es sano. —Niega repetidas veces con la cabeza—. Así no podemos empezar una relación, porque estaría todo mal. Por la Diosa, has dejado todo tu mundo por mí, ¿no te das cuenta?

Me suelto de su agarre, no siento que este contacto cariñoso vaya acorde con sus palabras.

—No he dejado mi mundo, Haru. ¡Mi mundo eres tú!

—¡¿Ves?! No quiero ser tu mundo, ni tu sueño, Fuyu. Eso está mal.

Sus palabras se convierten en una flecha afilada y veloz que me atraviesa el corazón.

—¿Cómo va a estar mal? —Me pongo de pie para alejarme de él—. ¿Cómo va a estar mal querer a alguien? ¿Tú no sientes lo mismo? Antes has dicho que sí.

Haru se levanta conmigo, olvidando las toallas encima del kotatsu. Se acerca a mí, pero no lo dejo: doy un paso atrás como un lobo herido.

—¡Y te quiero, más que a nada! Pero no quiero ser todo tu mundo, solo quiero ser parte de él.

Quiero que seas libre, Fuyu, que tengas sueños y planes a pesar de mí.

Que tengas una vida que compartir conmigo, porque, si intentas llenarlo todo de mí, te sentirás vacío en algún momento.

Yo soy muy pequeñito como para ocupar todo tu mundo interior.

—Tú no eres pequeñito, Haru… Bueno, quizás de tamaño, pero eres la persona más grande que conozco, por eso me gustas.

—¡Calla! —Me señala con el dedo—. Nada de cosas bonitas, no me lo pongas más difícil. Esto ya está siendo lo suficientemente duro para mí.

—¿Y «esto» qué diablos es? —le gruño indignado mientras intento entender qué demonios está pasando.

De nuevo le tiembla el labio, como cada vez que va a empezar a llorar, pero se aguanta las ganas, se repone y me mira con valentía.

—Esta separación.

—¿Separación? ¿Estás cortando conmigo? ¡Pero si acabamos de empezar! ¿Ya te has aburrido de mí? ¿Tan pronto?

Sigo sin entender nada. Haru cambia de opinión como el viento y no puedo seguirle el ritmo, solo siento el dolor de sus palabras clavándose en mi piel como puñales.

En todos los universos y posibilidades que había imaginado antes de venir aquí nunca imaginé esto.

Pero así es Haru: impredecible y volátil a más no poder.

—¡No estoy cortando contigo! —me grita—. ¡Y no! No me he aburrido, idiota, nunca me aburriría de ti. ¡Me encanta estar contigo! —Se cruza de brazos enfadado—. Estoy retrasando el comienzo.

—¿Por qué retrasar el comienzo cuando ambos nos queremos? No tiene sentido, Haru. Tú siempre dices que las oportunidades no hay que dejarlas escapar, que hay que pensar en el ahora porque es lo único que tenemos. ¡Carpe diem! ¿No es ese tu lema?

—¡Mierda, Fuyu! Deja de usar mis palabras contra mí y escúchame.

—Se lleva una mano al centro del pecho con fuerza—.

Precisamente porque te quiero es por lo que estoy retrasándolo.

Por una vez en mi vida, quiero hacer las cosas bien, maldita sea.

¡Las prisas no me han llevado a ningún lado y, por culpa de eso, te he hecho daño a ti!

¿Es que no lo entiendes? No quiero volver a hacértelo.

—Su voz se agrieta al final de la frase y sus ojos se llenan de lágrimas que se esfuerza por no derramar.

—Pues me lo estás haciendo, joder, me estás haciendo mucho daño ahora mismo. Y no, no lo entiendo.

—Qué difícil es esto. —Se cubre la cara con las manos y echa el cuello hacia atrás con desesperación.

Se gira y me da la espalda; y se toma unos minutos de silencio que se me hacen largos como horas.

—Haru… —Me acerco a él con cuidado, con la esperanza de poder arreglar las cosas y que se convierta en otra de nuestras discusiones sin importancia, pero no me da lugar; se gira hacia mí y comienza a hablar.

—¡Un año! —Levanta el dedo índice—. Tomémonos de margen un año.

Un año en el que te pido tres cosas. —Vuelve a usar los dedos para enumerar—.

Uno: ponte una meta, un reto, un sueño… No sé, algo que te haga ilusión y que no esté relacionado conmigo.

Dos: haz tus propios amigos, conoce a gente por ti mismo, Fuyu, gente que no te presente yo, sino que conozcas tú, porque te llamen la atención y te caigan bien.

Tienes una sonrisa preciosa, es una pena que la guardes solo para mí.

Y tres —hace una pausa y traga saliva, pero sigue con la mirada decidida clavada en mis ojos—: besa a otra persona, experimenta, descúbrete.

¿Eres gay, bi, pan, demi, ace? Descúbrelo, porque me duele solo de pensar que te gusto porque no conoces nada más.

—Se le quiebra la voz y agacha la cabeza, y yo lo abrazo fuerte contra mi pecho y le acaricio la espalda, porque mi enfado pasa a un segundo plano en cuanto lo veo sufrir.

No me gustan sus palabras, sigo molesto con él, pero me puede más el verlo así…

Sé con certeza que, aunque conociera a todas las personas del mundo, el que encabezaría mi lista de favoritos seguiría siendo Haru.

No entiendo muy bien todas sus peticiones, ni los términos esos del colectivo que ha usado y que me dan tan igual, pero, si es importante para que estemos juntos, haré lo que me pide.

Haru siempre ha sido inseguro; si tan solo se viera un segundo con los ojos con los que yo lo veo, desaparecerían todas esas inseguridades, estoy convencido.

—Vale… No entiendo nada, pero vale —respondo finalmente.

Él se separa de mí y vuelve a mirarme sorprendido y en silencio.

—Si necesitas que haga todas esas cosas para cerciorarte de que no me gustas porque eres lo único que conozco, lo haré. Te demostraré que puedo hacerlo.

Me sonríe con tristeza.

—No es solo por eso, Fuyu, yo…

—¿Me vas a esperar? —lo interrumpo.

—¡Claro que te voy a esperar! No puedo hacer otra cosa que esperarte. Ve, descubre quién eres y, si todavía quieres estar conmigo, estaré aquí para recibirte con los brazos abiertos.

—Dios… Eres desesperante… No me puedo creer esto después del día que hemos pasado, después de lo que hemos hecho en la ducha…

No me puedo creer que esté aceptando estas gilipolleces innecesarias para que podamos estar juntos.

—Le doy la espalda mientras resoplo con frustración y me echo el pelo hacia atrás con las manos.

—¡No son gilipolleces!

—¡Lo son, Haru! —Me giro y lo miro enfadado, desesperado, pero me encuentro con sus ojos lleno de dolor y suspiro con resignación.

—Ahora mismo soy malo para ti, ¿no te das cuenta? Estás cegado por mí, no puedes ver más allá. Necesitas alejarte para hacer cosas por ti y para ti mismo. No sé, ve a una peluquería si quieres cortarte el pelo, elige tú el restaurante donde quieres ir…

—Me daba igual el restaurante, Haru, solo quería estar contigo… ¿No lo entiendes?

—¡Lo entiendo! De verdad que lo entiendo.

—Entonces soy yo el que no comprende nada. —Me cruzo de brazos—. Mi vida sería mucho más fácil sin tener que lidiar con tus caprichos y tu locura, pero no puedo evitarlo.

—Perdón… —Vuelve a hacer un puchero y agacha la cabeza.

Y yo chasqueo la lengua, molesto, porque estoy harto de esa palabra.

—¿Nos vamos a seguir viendo en este tiempo?

—Sí, pero con una condición…

—Sin besos ni palabras bonitas —me adelanto, porque lo conozco de sobra como para saber lo que va a decir.

—Exacto.

Resoplo agotado; todavía no he empezado y ya estoy cansado de este acuerdo.

—Vale, pues me voy. —Me dirijo al genkan y me cuelgo la mochila al hombro.

Escucho los pasos de Haru, apresurado, tras de mí.

—¡No te vayas! —Lo miro sobre mi hombro—. No tienes adónde ir, pensabas quedarte aquí. Quédate tú y yo me iré a casa de las chicas.

Otra vez lo mismo…

—¡No voy a quedarme aquí! —Levanto la voz, enfadado por su petición—. No voy a quedarme de nuevo en tu casa cuando tú no estás. Mierda, estoy harto ya de esto.

—Pero no tienes adónde ir. Y vas en yukata y tienes el pelo mojado, afuera hace frío.

—Pues me buscaré la vida. No tienes que estar protegiéndome, Haru, no soy un maldito niño. —Termino de ponerme los zapatos y salgo por la puerta con un portazo.

El silencio que lo sucede me alivia un poco y me hace pensar.

Ahora mismo solo tengo ganas de correr y salir de aquí, pero tengo que hacer algo antes de irme, porque necesito coger fuerza para todo este año de peregrinaje que me espera.

Respiro profundamente para intentar calmarme un poco, giro sobre mí mismo y llamo a la puerta.

Haru no tarda en abrir y me mira con un interrogante en los ojos.

—¿Has cambiado de opinión? —pregunta, preocupado.

Y, antes de que le dé tiempo a abrir la boca de nuevo, porque sé que esa pregunta no venía sola, lo agarro de la nuca y le doy un último beso.

Un beso en el que pongo todas mis ganas, toda mi frustración y toda mi rabia.

Un beso que me sirve para descargarme y, a la vez, para coger fuerzas; un beso para recordarme que todo esto merecerá la pena algún día.

En cuanto nos separamos, le doy la espalda y me marcho. Lo escucho seguirme un par de pasos, pero no me paro. Si he esperado toda la vida para estar con él; puedo esperar un año más.