No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 29 Modo gelatina
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Modo gelatina

HARU

Nuestra primera cita como pareja está siendo preciosa.

Después del restaurante, paseamos un poco por el barrio, le enseñé a Fuyu los músicos callejeros tan propios de Koenji, cosa que le encantó.

No me lo dijo, pero se lo vi en la cara.

Todo es muy intenso, me siento como un adolescente con su primer amor.

Hay algo dentro de mí que no para de burbujear cada vez que él me roza la mano, me habla al oído o se acerca tanto que pienso que va a besarme, como si estuviera calentando agua en mi interior e hirviera cada vez que él me roza.

No puedo evitar estar nervioso porque toda esta situación es tan nueva, pero a la vez es tan familiar…

Somos nosotros dos, como siempre nos hemos comportado, con la misma confianza y las mismas bromas, pero con un plus.

Es como si nuestra relación hubiera avanzado de forma natural, sin contenciones ni pensamientos estúpidos.

Simplemente nos estamos dejando llevar y me encanta esta faceta de Fuyu que estoy descubriendo.

Mi heladito de nata es mucho más tierno de lo que parece, no por nada le puse ese apodo: frío y discreto, pero dulce y seguro.

Nunca me he sentido más cómodo con una pareja que con él, a pesar de que me sorprendo con cada gesto nuevo que hace.

—Vale, no esperes mucho de mi apartamento, es un sitio pequeño —le advierto antes de abrir la puerta de la entrada.

Es de noche y, aunque he retrasado esto todo el tiempo posible, ya era hora de volver a casa.

He pospuesto el momento no porque no quiera estar con Fuyu a solas, sino precisamente por eso, porque tengo demasiadas ganas de estar con Fuyu a solas.

Y tengo miedo de abrumarlo o de que se sienta obligado a corresponder al Haru calenturiento que llevo dentro.

De hecho, mis expectativas son dormir juntos, muy apretados, y nada más.

Lo prometo. No me atrevo a soñar más allá de eso.

Fuyu y yo nos quitamos los zapatos en el genkan y, a continuación, paso a enseñarle todo mi apartamento, que consiste en una sola estancia donde se encuentra una pequeña cocina, un kotatsu⁠i y un balconcito lleno de plantas.

Doy una vuelta sobre mí mismo con los brazos abiertos para señalar todo el apartamento.

—Esto es todo. —Me sale la risa nerviosa—.

No es gran cosa, pero para ser Tokio está bastante bien.

No me atrevía a coger algo más grande porque estoy viviendo de los ahorros ahora mismo y quiero que me duren lo máximo.

Tampoco pensé que iba a encontrar trabajo tan pronto.

La verdad es que, con lo que gano en la floristería, puedo pagar el alquiler y eso ya es un alivio.

Fuyu observa en silencio toda la estancia y se acerca a la estantería para mirar mis nuevos mangas. Sonríe.

—Si quieres, podemos buscar algo más grande para los dos, yo también tengo ahorros.

—Me encanta la idea.

Él ensancha la sonrisa y mira alrededor con el ceño fruncido.

—¿Y la cama?

—Ah, la tengo en el armario, es un futón. Lo pongo solo para dormir porque quita mucho espacio.

—Vaya…Yo pensaba quedarme a dormir contigo, no se me ocurrió que quizás no cabía.

—¡Y cabes! —me apresuro a decir—. Siempre que no te importe compartir futón, claro está.

—No me importa… si es contigo. No podría dormir con otra persona. —Sonríe y se acerca a mí andando despacio, y yo, que soy tonto perdido, retrocedo hasta pegar la espalda en la pared porque me siento nervioso a tope y no sé bien lo que hago.

Él apoya las manos en la pared y me arrincona entre sus brazos.

—¿Puedo besarte ya?

¡Ay, Dios, que encima pregunta! ¿Puedo morirme ya?

Agarro su sudadera con ambas manos sin dejar de mirarlo a los ojos. Tengo la cara ardiendo y el corazón a mil por hora. Asiento porque no me salen las palabras; y casi mejor así, no quiero arruinar el momento con mi verborrea incontrolada.

Fuyu acorta la distancia entre nosotros y me besa con toda la paciencia y delicadeza del mundo.

Este beso no se parece a los otros. No tiene la torpeza precipitada del primero ni la urgencia del de la floristería.

Este arde de otra forma. Lento. Seguro. Como si tuviera todo el tiempo del mundo para aprenderse mi boca.

Nuestros labios se acarician, nuestras lenguas se encuentran y a mí me tiemblan las piernas como si tuviera un par de gelatinas por extremidades.

Me agarro a su cuello para no acabar derretido en el suelo.

Se me escapa un sonido ridículo cuando me rodea la cintura con su brazo fuerte y me pega a él. En consecuencia, sonríe en mi boca. Yo lo imito y sonrío en la suya. Nos separamos y nos miramos con cara de bobos y con el mundo temblando bajo nuestros pies.

—Guau… —atino a decir, porque no puedo estar mucho tiempo callado.

—¿Qué? —Sonríe de lado.

—Que me tiembla todo… Creo que acabo de descubrir que besarte me deja inútil. —Su sonrisa se agranda todavía más—. Pero no te preocupes, podría acostumbrarme a esto… puedo acostumbrarme a ir como un flan andante por la vida, la estabilidad en las articulaciones está sobrevalorada.

—Exagerado. —Se aparta un poco y suelta mi cintura, quizás para comprobar que me mantengo en pie.

—No es exageración si hay pruebas científicas. Mira estas piernas. —Intento dar un paso y casi tropiezo conmigo mismo, lo que solo consigue que él suelte una risa baja, preciosa, de esas que me llenan el pecho de golpe.

Entonces empiezo a andar haciendo movimientos estúpidos, exagerando la inconsistencia de mis piernas y brazos, solo porque sigo nervioso y porque quiero hacerle reír más todavía. Y funciona.

—Lo estás haciendo a propósito.

Lo ignoro y continúo caminando por la habitación como un blandiblú.

—Pareces uno de esos muñecos americanos que están llenos de aire. —Comienza a imitar a los monigotes hinchables esos que colocan en los concesionarios.

Entonces estallo de la risa porque ver a Fuyu moviéndose de esa manera, con lo rígido que suele ser, no tiene desperdicio.

—¡Por la Diosaaaaaa! —Me agarro la barriga sin parar de reír cuando él exagera más los movimientos, hasta que termino sentado en el suelo llorando de la propia risa.

Él se acerca y se pone en cuclillas frente a mí con una sonrisa que le abarca toda la cara, una sonrisa que solo conozco yo en este mundo.

Le acuno el rostro con ambas manos y le doy un beso breve en los labios para atesorar este momento.

—Te he echado mucho de menos, heladito de nata.

Él me mira con dulzura y me besa la nariz.

—Y yo a ti, Ha-chan.

Nos quedamos así un momento, mirándonos de cerca, todavía con restos de la risa en el pecho, pero cada vez más callados. Fuyu me aparta un mechón de la cara y su mano baja despacio hasta mi cuello. Se me acelera otra vez el pulso.

—¿Nos damos un baño y nos vamos a dormir? —pregunta en voz baja—. Porque este apartamento tiene cuarto de baño, ¿verdad?

Me río con su broma.

—Pues claro, esas dos puertas de ahí. —Señalo con el dedo—. Retrete y ducha.

—Pues vamos. —Se levanta y me da la mano para guiarme hasta el baño.

—Ah, vale, que nos vamos a bañar juntos… Bueno, más bien duchar, porque no cabemos los dos en el ofuro⁠ii ni de coña —atino a decir.

—No sería la primera vez que compartimos ducha. ¿No quieres? Te frotaré la espalda. —Me mira sin soltarme.

—Claro que quiero.

Sonríe, tira de mi brazo y entramos en el cuarto de baño.

Fuyu me suelta la mano mientras mira la estancia, deteniéndose en el ofuro.

—Sí que es pequeño… Una razón más para buscar un apartamento más grande —apunta y empieza a desnudarse.

Yo me quedo como un pasmarote, con la espalda pegada a la puerta, mientras observo cómo él se va quitando las prendas con toda la tranquilidad del mundo y las cuelga ordenadas en la percha.

Admiro su precioso cuerpo de piel pálida y suave, por primera vez sin ponerme de excusa que lo hago porque sé apreciar la belleza.

Esta vez lo hago con ojos de amante, aceptando el deseo que me provoca.

Aun así, sigo inmóvil, porque no me creo todavía con el derecho a tocarlo ni a disfrutar de él.

Fuyu se da cuenta de mi estado de ameba y se acerca a mí cuando ha terminado de quitarse la ropa.

Apoya su frente contra la mía y me acaricia las mejillas suavemente con las manos.

Me da un beso rápido y me mira mientras baja sus manos al filo de mi jersey, como pidiendo permiso.

Yo asiento y levanto los brazos. Fuyu traga saliva, también está nervioso, pero me quita la prenda sin titubear y la coloca bien colgada en la percha como ha hecho con las suyas.

Hace lo mismo con mi camiseta. Yo lo observo con la respiración revolucionada, como si hubiera corrido la maratón más grande de mi vida.

Se me corta cuando noto sus manos en el botón de mis vaqueros.

Y, de pronto, me entra toda la vergüenza del mundo, porque nos hemos visto miles de veces desnudos, pero en ninguna de las veces yo tenía una erección tan evidente…

Bueno, ni él, pero es que ahora tampoco la tiene y voy a quedar como un guarro.

De repente, mi cuerpo decide moverse y le sujeto las manos antes de que me baje los pantalones.

Él me mira extrañado.

—¿Estás…?

—¿Empalmado? Sí, lo estoy y mucho —lo interrumpo de sopetón, soltando todo el aire de mis pulmones y me cargo la atmósfera tan íntima y romántica que estamos teniendo—.

Lo siento, Fuyu, pero es que no lo puedo evitar…

Si es que por eso tenía dudas con lo de ducharnos juntos, porque no puedo simplemente comportarme como antes, puedo intentarlo, pero esto me delata.

—Señalo con ambas manos mis partes nobles—.

Pero no te preocupes, que no haré nada que tú no quieras y…

—¡Shhh! —Me calla poniéndome un dedo en la boca mientras sonríe de lado en una expresión traviesa y divertida.

—Solo te iba a preguntar si estabas bien… De esto —mira hacia mi entrepierna— me he dado cuenta desde que mencioné lo de ducharnos juntos. —Se ríe el maldito, pero con una sonrisa que quiero enmarcar, hacerle un altar y rezarle todas las noches.

—Ah… —Mis mejillas arden porque nadie es más tonto que yo en este momento—. ¿Y te parece bien?

Asiente.

—Me parece bien… ¿Puedo? —Vuelve a llevar las manos a la cinturilla de mis vaqueros y yo asiento y le dejo hacer, sintiéndome más aliviado por haber hablado las cosas y por dejar de sentir la presión del pantalón.

—Puedes, claro que puedes, puedes eso y lo que quieras —empiezo a hablar superrápido cuando lo veo agacharse frente a mí y llevo la mirada al techo porque las vistas me están matando—.

Soy todo tuyo ahora mismo, heladito de nata.

—Noto cómo me quita también los calzoncillos y esta vez no se entretiene en colocar bien las prendas; lo sé cuándo noto sus besos en mi abdomen.

El habla se me corta de repente, la respiración se vuelve más densa y el ambiente empieza a estar caldeado, y eso que todavía no hemos abierto el agua caliente.

Sus besos van subiendo por mi torso de manera lenta y delicada hasta que llegan a mi cuello.

Ahí usa los dientes y me da un mordisco juguetón y sensual que activa el modo gelatina de mis piernas.

Luego se aparta, me coge el rostro con ambas manos, con determinación, y me mira a los ojos con una intensidad que me quema y congela al mismo tiempo.

Y me besa, me vuelve a besar con esa pasión e impulsividad que me encanta y que me hace reaccionar al instante.

Por fin mi cuerpo se mueve y dejo de estar paralizado.

Lo abrazo y me pego a él, correspondiendo a sus labios y a su lengua, que con cada beso va ganando experiencia.

Fuyu me acaricia la espalda y me aprieta más contra él, y yo suelto un gemido cuando noto su erección contra la mía mientras doy gracias al cielo de no ser el único excitado.

Acortamos el par de pasos que hay hasta la ducha sin parar de besarnos y suelto un grito al sentir el agua fría cuando Fuyu abre el grifo sin avisar.

Me aparto rápidamente mientras se calienta. Nos miramos y nos reímos. Él se queda debajo sin inmutarse. Se lleva las manos a la cabeza y se echa el pelo hacia atrás en un gesto supersexi. El agua le acaricia el rostro, los labios, el cuerpo… Me cambiaría por ella.

—Vamos, ven —me dice con una sonrisa cálida.

—¿Ya está caliente?… El agua, quiero decir —aclaro como el estúpido que soy.

Fuyu se ríe con cariño.

—Sí. Ven —me apremia con un gesto.

Vuelvo bajo el agua y él se echa jabón en las palmas y empieza a enjabonarme la espalda.

Disfruto con sus manos suaves y resbaladizas por el gel, pero ahora mismo no me parece suficiente contacto, necesito más, necesito sentir su cuerpo al completo.

Agarro sus muñecas y pego mi espalda a su pecho para que me abrace.

Lo hace y yo gimo cuando empieza a morderme el cuello mientras acaricia mi torso con sus manos llenas de jabón.

Una de ellas se entretiene en mi pecho y la otra empieza a bajar peligrosamente hacia mi bajo vientre.

Aprieto mis nalgas contra sus caderas de pura anticipación y la voz de Fuyu sale como un susurro ronco en mi oído que me lleva al cielo.

—Haru… —Su respiración me quema sobre el cuello—. ¿Puedo…? —vuelve a preguntar mientras tantea con los dedos mi erección.

—Puedes.

Entonces siento su mano envolverme, apretar y moverse de arriba abajo. Mis jadeos salen sin pudor ni filtro mientras me masturba y muevo las caderas sin control contra su entrepierna, que noto erecta entre mis nalgas. Sus gemidos acompañan a los míos, son roncos, contenidos y preciosos.

El cuarto de baño se caldea y el vapor se vuelve tan denso que parece niebla. Todo quema y resbala y huele a gel floral y lo siento natural y maravilloso y tremendamente especial.

No aguantamos ni dos minutos este ritmo. Fuyu es el primero en llegar al orgasmo y yo le sigo de inmediato cuando noto su mordisco en el hombro.

Me giro hacia él en cuanto mi cuerpo me lo permite y lo beso con ganas mientras le rodeo el cuello con los brazos. Cuando nos separamos, no decimos nada, unimos nuestras frentes y nos sonreímos con cara de bobos porque no hace falta más.

Quiero quedarme a vivir en este instante, apagar mi cabeza y no pensar en nada más.