26 El encuentro
El encuentro
FUYU
Llegar a la floristería me supone un mundo.
Pero, por suerte, lo consigo gracias a la ayuda de Natsu, al que he llamado cada vez que tenía una duda sobre qué transporte coger o qué dirección tomar.
A él se le da mejor buscar estas cosas en internet que a mí, y se encarga de recordármelo en cada llamada como el gato presumido que es.
Cuando al fin veo la floristería, mis pies aceleran el paso, pero se paran en seco justo en la entrada cuando lo veo a él.
Está distraído cogiendo flores, con esa mirada iluminada que se le pone cuando viaja a sus mundos imaginarios.
Seguro que su cerebro va a mil por hora inmerso en lo que quiera que esté soñando.
No lo interrumpo; me deleito un poco más en su imagen: en su figura mimetizándose con el ambiente repleto de flores, en su sencillez, en su calidez…
En este preludio perfecto que precede al resto de nuestras vidas.
Y es que, a pesar de estar rodeado por un millón de flores, Haru es lo más bonito de esta tienda y de todas las floristerías de mundo.
Me quedo tan ensimismado con la escena que hasta me asusto cuando sus ojos encuentran los míos y me da, como diría él, un microinfarto.
Pero luego sonrío y lo saludo, impaciente por ver su sonrisa de nuevo, esa pícara y tan única, con sus paletas un poco más alargadas que el resto.
Pero no llega. En vez de eso, se echa a llorar y se hace un ovillo en el suelo.
Haru llora mucho, llora por todo, por cosas felices y por cosas tristes, pero ahora no logro identificar por qué está llorando. Y el corazón se me encoge de miedo.
—Haru, ¿qué pasa? ¿Estás bien? —La voz me sale temblorosa porque empiezo a cuestionarme si ha sido buena idea venir hasta aquí. Quizás no me quería ver, quizás lo que dijeron Natsu y Aki no era cierto, quizás…
—Lo siento…
Haru me abraza y yo lo aprieto fuerte contra mi cuerpo, intentando darle consuelo, porque cada lágrima que derrama me duele en el alma.
—Eh, Ha-chan, ya, ya. —Le froto la espalda y espero que su llanto cese, porque sé que ahora mismo es inútil pedir explicaciones.
Él mismo se separa de mí cuando consigue calmarse y me mira a los ojos. Me seca la cara con las manos. Ni siquiera me he dado cuenta de que yo también lloraba.
—Perdón, te he llenado la sudadera de mocos. —Me miro el hombro al que señala con una media sonrisa avergonzada y divertida.
—Da igual. —Le quito importancia, y se vuelve a lanzar a mis brazos.
Acabamos sentados en el suelo, escondidos entre cubos grandes repletos de flores que nos dan un poco de intimidad. Yo con las piernas flexionadas y él de rodillas entre ellas.
—Perdóname, Fuyu.
Otra vez sus disculpas. Disculpas que no entiendo. Lo separo de mí y lo miro mientras lo sujeto por los hombros.
—¿Por qué me pides perdón? —Hace un puchero con mi pregunta y temo que vuelva otra vez a llorar, pero parece que se contiene con un gran esfuerzo.
—Por dejarte solo, por convertirme en humano sin decírtelo —sus ojos vuelven a derramar lágrimas—, por hacer que tú te conviertas también, por ser un impaciente y un caprichoso. Por enamorarme perdidamente de ti y salir huyendo, por hacer las cosas a lo loco, por…
Interrumpo sus palabras juntando mis labios con los suyos, porque quiero que se calle, porque quiero que lo entienda y porque me muero por besarlo después de haber escuchado de su boca su confesión repentina.
Quiero decirle todo lo que siento para que pueda comprenderme, pero las palabras nunca han sido lo mío y no encuentro una manera mejor de expresarme que esta.
Él se queda quieto durante un segundo, como en aquel primer beso que nos dimos y que lo cambió todo, y luego me responde con ansia.
Se vuelve a abrazar a mi cuello y nos besamos como si no hubiera otra cosa mejor que hacer en la vida que comernos la boca.
Su lengua se enreda con la mía, sus dientes muerden mis labios y su cuerpo me calienta como el sol de mayo.
Desaparece todo a nuestro alrededor, solo estamos Haru, yo y el olor a flores.
Me cosquillea la piel de anticipación, me tiemblan las manos y se me corta la respiración cuando aprieta su muslo contra mi erección.
—Haru… —susurro en sus labios, y él sonríe con dulzura.
Pero no dura mucho, su expresión cambia en cuanto escuchamos a alguien decir:
—¿Pero qué escándalo es este?
Nos separamos de golpe y nos ponemos de pie rápidamente. Hay una chica rubia que está cerrando la puerta de la floristería con prisa.
—Haru, que esto no es un hotel. Venía a echarte una mano, pero veo que ya te la están echando, pero bien. —Nos señala a uno y a otro, y me atrevería a decir que señala cierta parte concreta de nuestra anatomía.
Me siento tan expuesto ahora mismo que guardo mis manos en los bolsillos de mi sudadera y cubro la evidencia de mi deseo con la prenda.
Haru ha sido menos sutil y directamente se ha tapado con un ramo de margaritas.
Está colorado hasta las orejas, y me hace tanta gracia que se me pasa la vergüenza y tengo que mirarme los pies para no reírme.
—¡Ay, lo siento, Natsuki! No era mi intención, pero…
—No hay pero que valga, Haru, que esto es un establecimiento serio… Menos mal que he entrado yo y no un cliente.
—Déjame que te lo explique —insiste Haru.
—Que no hay explicación que valga, hombre, ya verás cuando se lo cuentes a Haruka… No sé cómo sería en Rakuen con esa mezcla tan rara de culturas, pero aquí en Tokio somos más recatados y…
—Es Fuyu —interrumpe Haru, tirándole el ramo de margaritas para llamar su atención.
Ella lo agarra al vuelo.
—¿Fuyu, Fuyu?
—¡Sí!
—¿Tu Fuyu?
—¡Que sí!
La expresión de la chica cambia del enfado a la sorpresa y luego sonríe ampliamente.
—¡Haberlo dicho antes! —Le golpea suavemente con las margaritas—. ¿Qué haces todavía aquí? Vete de una vez y arregla… —hace unos gestos raros con la mano, como señalando la energía frente a Haru— toda esta situación.
Haru se ríe, me coge de la mano y tira de mí hacia la salida.
—Gracias, nena, sabía que lo entenderías.
—De nada. Encantada, Fuyu. —Se despide llevando dos dedos a su frente, y yo le hago una reverencia corta antes de que Haru termine de arrastrarme fuera de la floristería—. ¡Y para la próxima vez que quieras enrollarte con tu novio en la tienda usa el baño!
Sus palabras se quedan revoloteando en mi mente y me calientan el corazón. «Tu novio» ¿Quiere decir eso que ya lo somos?… Supongo que, visto desde fuera, es lo que parecemos; y eso inevitablemente me hace sonreír.
Aligeramos el paso con vergüenza, sin soltarnos de la mano y, cuando ya estamos lo suficientemente lejos, nos miramos y estallamos en risas.
Risa de felicidad, de nerviosismo, de vergüenza…
No sé muy bien por qué nos reímos, pero lo hacemos.
Me río como hacía tiempo que no lo hacía, como solo lo hago con él.
Tanto que me duele la barriga, pero es un dolor que no me molesta, porque es maravilloso.
Echaba de menos esto, echaba de menos la primavera.