24 La decisión de Yamanba
La decisión de Yamanba
HARU
El templo de Ryusen-ji, en Meguro, es sorprendentemente bello.
Parece una especie de oasis temporal en mitad de la ciudad.
A pesar de estar rodeado de edificios, aquí se respira de otra forma.
Es como si el aire estuviera más limpio, más vivo…
Hay muchos árboles rodeándolo, como un abrazo de la naturaleza que protege este trocito de tierra anclado en el pasado.
El olor a incienso llega a mi nariz y, por un instante, siento que todo lo que me rodea: las hojas, las campanas, incluso el viento, están pendientes de mí.
A cada paso que doy, la sensación se vuelve más profunda, como si el templo fuera el punto exacto donde lo terrenal termina y empieza lo espiritual.
No sé si esta sensación es real o es simplemente sugestión mezclada con el recuerdo de cómo me hacía sentir el templo de Yamanba en Rakuen.
Busco con mis ojos al sacerdote mientras esquivo a los pocos visitantes y turistas que hay.
Lo veo junto a la escalinata, barriendo las hojas secas con una escoba de madera.
Es un hombre mayor, de rasgos japoneses y pelo gris.
Aparenta unos sesenta años y viste los ropajes tradicionales que parecen tener aún más años que él.
Me acerco con premura, aunque con un poco de vergüenza e inseguridad por perturbar su paz o por equivocarme de persona. Él levanta la mirada antes de que llegue a donde está y me sonríe de forma cálida.
—Irasshaimase —me da la bienvenida sin perder la sonrisa.
—Ho-hola, soy Haru, ¿usted es Akihiko-senpai?
—¿Senpai? —Gira la cabeza en un gesto de sorpresa—. ¿Te envían Haruka-chan o Natsuki-chan?
Asiento.
—Ambas. —Miro a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos escucha antes de revelarle lo que vengo a contar—. Yo era el yosei de la primavera en Rakuen.
Abre los ojos con sorpresa y asiente.
—Ya veo, eso explica la energía que siento en ti. ¿En qué puedo ayudarte, Haru-san?
—Quería hablar con Yamanba. ¿Puede llevarme hasta su árbol?
—Puedo, acompáñame.
Deja la escoba descansando en la pared y me conduce a un patio interior pequeño, más privado, en el que hay un cedro de unos mil años en el centro. Sé que ese es el árbol de la Diosa antes de que Akihiko me lo diga.
—Ahí lo tienes.
—Gracias. —Hago una reverencia, que él me responde. Se va y me deja la intimidad que necesito.
Miro el árbol. Cojo aire con profundidad y lo suelto despacio mientras intento calmarme.
Me tiembla todo. Estoy más nervioso que cuando fui a convertirme en humano, porque no sé qué me podrá decir la Diosa y porque esta vez soy más consciente de lo que me estoy jugando.
La vez anterior fue fácil, Yamanba me concedió mi deseo sin dudar, espero que esta vez sea igual de sencillo.
Recorro los pocos pasos que me separan del cedro e hinco las rodillas en la tierra. Cierro los ojos y toco el tronco con las palmas… No siento nada diferente… Es como si tocase un árbol normal; nada de ese calor ni de esa sensación abrumadora en el pecho. Aun así, suelto mis palabras en un susurro:
—Yamanba-sama, necesito pedirte algo.
Abro los ojos y nada. No ha cambiado nada. El árbol sigue donde está y no hay ni rastro de la Diosa por ninguna parte. Pruebo una vez más, y otra, y otra, hasta que empiezan a dolerme las rodillas de estar aquí anclado. Yamanba no está, no aparece, me ignora…
La angustia que siento en el pecho aumenta y empiezo a llorar con desesperación, mientras hundo la cara en mis manos con el fin de silenciar mis sollozos. Esto no puede estar pasando. No, no, no, no, no…
Entonces siento un contacto sereno en mi hombro que me hace levantar el rostro y mirar quién es. Akihiko-senpai me sonríe con comprensión y me tiende la mano para ayudarme a levantarme.
—Vamos, ven, yo te escucharé.
Me conduce hacia un banco de piedra de ese mismo patio, se sienta en él y me indica que me siente a su lado. Lo hago, porque estoy desolado y necesito una explicación para esto.
—No aparece, la Diosa no está. Ni siquiera la siento como antes. Me ignora. La he defraudado por pedirle que me convirtiese en humano.
Akihiko me mira, como si le dieran ternura mis palabras. Me sonríe como a un niño que está diciendo un disparate fruto de su inocencia.
—La Diosa no está enfadada contigo. Es solo que ahora eres humano, no puedes verla como antes.
Los yosei somos seres que estamos entre ambos mundos, el mundo terrenal y el de los kamii propio de la cultura sintoísta.
Por eso podemos ver y comunicarnos con los dioses.
Pero el hecho de que tú no puedas verla no quiere decir que no te oiga.
—Pero yo necesito verla, necesito que me convierta en yosei de nuevo para estar con Fuyu. Me equivoqué, metí la pata y quiero que todo vuelva a ser como antes.
Me seco las lágrimas con las manos, pero siguen saliendo más, y me avergüenzo de lo tonto y débil que soy.
—Ah, ya veo… Eso es lo que venías a pedirle a la Diosa…
Asiento y me disculpo por mi estupidez. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que Yamanba no se presentara, que no pudiera hablar con ella, que no tuviera la oportunidad de contarle mis motivos.
Pensé que, como mis hermanos se convirtieron en humanos por amor, yo podría volver a ser yosei por la misma razón.
—Siento que no se hayan cumplido tus expectativas, pero, si me permites, te diré unas palabras, algo que los años que llevo en este mundo me han enseñado.
—Se queda mirándome hasta que le doy mi aprobación con un asentimiento—.
Todo lo que hacemos en esta vida deriva en otro acontecimiento que a veces no somos capaces de ver.
Lo que ahora sientes como un error, en el futuro puede ser un regalo, porque la vida trata de eso, Haru-san: de aprendizaje.
—Hace una pausa, como si paladeara las palabras antes de soltarlas—.
A veces, creemos que nos hemos equivocado de camino, que dimos un paso en falso, que deberíamos haber elegido otra dirección.
Pero el tiempo suele tener un sentido del humor muy particular, y la Diosa también.
Lo miro mientras escucho su voz serena y sabia.
—Creo que entiendo lo que quiere decir. —Me seco el rostro una última vez, aliviado por que mis lágrimas hayan parado—. Es como la teoría de la croqueta en mal estado.
—¿La croqueta en mal estado? Me temo que nunca he oído esa teoría.
—Claro, porque es algo que le pasó a alguien que conocí en el Carpe Diem, el bar que regentaba en Rakuen.
Le explico. Imaginemos que alguien comete el error de comerse una croqueta en mal estado y acaba en el hospital con un dolor de tripa horrible.
—Akihiko me escucha atento y asiente—. En el momento se arrepiente, claro que sí, pero, esa misma noche, conoce a la enfermera de guardia que acabará convirtiéndose en su mujer.
Si le preguntamos a esa persona el día de su boda si se arrepiente de comerse la croqueta, ¿qué diría?
Akihiko-senpai me mira con sorpresa y se echa a reír.
—Exacto, Haru-san, es justo eso. Lo has entendido perfectamente.
—Vale, si entender lo entiendo, pero, en este caso, no se aplica, verá…
Le cuento toda la historia a Akihiko-senpai. No sé a cuántas personas se la habré contado ya, con la diferencia de que puedo decirle también lo de ser yosei y lo de Yamanba. Así que me explayo de lo lindo, porque necesito que lo entienda; quizás así pueda darme una solución.
—Ya veo… Y quieres retroceder en tu camino por amor.
—No es retroceder… —murmuro, aunque no estoy tan seguro, quizás Akihiko tenga razón y estoy buscando el camino más fácil para volver a sentirme en casa. A pesar de eso, su mirada sigue siendo limpia, cercana, no me juzga.
—Piénsalo bien. Decidiste dejar de ser yosei por otras razones, no solo por alejarte de Fuyu, sino porque necesitabas avanzar a tu manera.
Es normal que te sientas triste, porque estás pasando un duelo.
Dejaste una vida para empezar otra. Pero el amor no consiste en dejarlo todo por la otra persona, porque nunca serías feliz.
El amor es compañía, es comprensión, es crecimiento, es libertad, apoyo y admiración.
Cuando ames, no quieras ser la razón de la vida de nadie.
Sé el impulso que lo empuje a descubrir quién es.
Si quieres a un pájaro, ¿lo encerrarías en una jaula de oro o lo dejarías en libertad?
—Lo dejaría en libertad —susurro y él asiente.
—El amor no es una jaula de oro, es el viento que impulsa el vuelo.
No digo nada, porque no sé qué decir, pero siento sus palabras como una especie de bálsamo calmante. No sé si las interiorizo del todo, pero, por algún motivo, me tranquilizan un poco.
—Tienes que aprender a tener paciencia, chico. Ese parece ser el mayor de tus problemas. Y esto es todo lo que te puedo decir. Siento no poder darte otra solución.
—Gracias, al menos has hecho más que la Diosa —bromeo mientras me levanto del banco.
—A veces un silencio dice más que mil palabras; solo tienes que saber interpretarlo y confiar.
Y funciona. Confío. Me voy del templo con la confianza a tope, pensando en que todo se arreglará, que estoy donde tengo que estar, solo necesito tener paciencia, ya se me ocurrirá algo para volver a estar con Fuyu.
Sigo confiado cuando llego a casa, cuando me doy una ducha, cuando ceno y cuando me como un helado de sakura viendo la televisión. Pero esa confianza desaparece cuando me acuesto y pienso que él no está aquí para meterme en su cama y que se me olviden los miedos.