22 Adiós, Tokio
Adiós, Tokio
HARU
Hoy he salido a dar una vuelta por la ciudad.
Quiero empaparme de ella, empaparme de Tokio y ver todo lo que pueda antes de convertirme en yosei de nuevo.
Mi plan en un principio era tomármelo con calma y descubrir la ciudad poco a poco mientras estuviera viviendo aquí.
Mezclarme con su gente, conocer las costumbres, cada rincón bonito, estudiar en la universidad o en alguna escuela, aprender un nuevo oficio…
Pero ya no tengo tiempo de eso, no si quiero volver a Rakuen siendo de nuevo un yosei antes de que otro niño ocupe mi puesto.
La verdad es que, por una parte, me apena no poder seguir con esto, dejarlo todo y volver a Paradise Island, pero es mi única oportunidad para estar con Fuyu e intentar ser pareja.
La cosa está complicada, la verdad. Ni siquiera sé si corresponderá mis sentimientos, tengo muchas dudas sobre ello.
Me estoy agarrando a aquel beso de «broma» como a un clavo ardiendo.
Y repitiéndome una y otra vez que si me besó no fue solo por el pique del momento, sino porque de verdad tenía ganas de hacerlo, porque de verdad le gusto y no como hermanos sino como algo diferente, algo romántico.
Pero tampoco quiero hacerme ilusiones porque yo soy un experto en eso.
Mi imaginación alza el vuelo rápidamente.
Soy un romántico empedernido y veo señales donde no las hay, así que no puedo fiarme de mi mismo ni de mi faceta de lector empedernido de boys love.
Suspiro con pesar mientras camino por la calle sujetando mi té caliente.
Últimamente lo hago mucho, lo de suspirar, digo, no lo de tomarme un té caliente, que también…
Pero lo de suspirar profundo es algo nuevo y lo hago porque es como si me faltara el aire.
Cómo si mis pulmones no terminaran de llenarse por completo y solo estuviera respirando a un cincuenta por ciento.
Algunos lo llaman ansiedad, pero yo creo que el otro cincuenta por ciento de mi oxígeno me lo dejé en Rakuen, en los abrazos de Fuyu…
Estoy cansado de estar triste, nunca me ha gustado este sentimiento y me cuesta reconocerme en él.
Yo soy más de sonreír y de moverme con alegría como las flores de primavera mecidas por el viento.
Pero, últimamente, soy una planta mustia, una a la que no la riegan desde hace siglos, o peor aún, una a la que han regado demasiado y han ahogado de tanta agua.
Debería estar feliz por tener la posibilidad de volver a ser un yosei.
Debería centrarme en ello, como otras veces, centrarme en lo bueno e ignorar lo malo, pero paseando por estas calles siento que Paradise Island me parecerá más pequeño que antes.
Ojalá pudiera hacer las dos cosas, ojalá pudiera tener la libertad de un humano y la conexión con Fuyu de un yosei.
No puedo evitar pensar que si no me corresponde me quedaré atrapado en la isla para siempre porque dudo que Yamanba me dé una tercera oportunidad.
Todo sería más fácil si solo pudiera decirle que lo quiero y preguntarle qué siente él antes de decidir nada.
Pero no puedo. No, porque él se vería obligado a dejar de ser yosei por mí y eso es algo que no pienso permitir.
Tomé la decisión de convertirme en humano unilateralmente, tengo que hacer lo mismo ahora y apechugar con las consecuencias.
Paseo por la zona de Ochanomizu, uno de los barrios de «estudiantes» de Tokio.
Sus calles están llenas de gente joven, librerías, universidades, cafeterías con encanto y, cómo no, tiendas de música de esas que me recuerdan tanto a Fuyu y me hacen suspirar todavía más.
He venido a esta zona porque Haruka me dijo que aquí está la librería de Fuyuma, el yosei del invierno de Tokio y no quería irme sin ponerle cara, tengo curiosidad, lo admito.
Miro el GPS hasta que encuentro el establecimiento.
Es una librería pequeña y antigua en la que no hubiera entrado si no hubiera sido por Haruka.
Todo está en silencio, huele a papel antiguo y tiene una luz natural cálida y acogedora.
Sus estanterías están atestadas de libros de segunda mano a un precio económico.
Tiene un encanto peculiar, aunque no puedo evitar preguntarme si le saldrá rentable el negocio...
No veo a Fuyuma hasta que no me acerco al mostrador del fondo.
Está sentado al lado de este, en un sillón de color mostaza leyendo en silencio.
Me quedo mirándolo, pero no le digo nada porque no quiero interrumpir su calma.
No se parece en nada a Fuyu físicamente, pero sí que desprende una energía similar.
Fuyuma es más mayor, aparenta unos cuarenta o así, lleva gafas redondas y el pelo largo y negro recogido en una coleta baja.
Levanta la vista, me mira y le sonrío con sutileza cuando me pilla observándolo.
Luego desvía la vista hacia detrás de mí.
Y me giro intrigado por saber qué buscan sus ojos.
Una chica se acerca con una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días, Fuyuma-san. Necesito copias de todo esto.
El dependiente se levanta de su asiento y se coloca tras el mostrador mientras la atiende.
—Es para el proyecto de final de curso. Es el dosier de una boda temática.
—Ya veo, ¿todo esto?
—Sí.
—Te has esforzado mucho, Ayumi-chan, seguro que sacas buena nota.
Me acerco al mostrador, intrigado por la conversación, y veo un dosier lleno de recortes de revistas y dibujos.
—¡Oh, qué bonito! —digo en voz alta y quedo como el metomentodo que soy—. Perdón. —Me rasco la nuca con vergüenza cuando ambos me miran.
—¿Lo dices en serio? —me pregunta la chica, lejos de enfadarse.
—Sí, es una boda inspirada en los años veinte, ¿no? Los centros de mesa son preciosos.
Ella abre los ojos con ilusión y me sonríe ampliamente.
—Sí, es justo eso. Qué emoción. Muchas gracias.
Fuyuma se pone a hacer las fotocopias mientras nosotros seguimos conversando.
—¿También estudias PEE?
—¿PEE? —Es la primera vez que lo escucho.
—Producción de Eventos y Espectáculos.
Oh, era eso… No sabía que existía algo así, pero, cuando escucho esas palabras, el corazón me da un brinco por la emoción.
—No, no sabía que se podía estudiar.
—Pues sí, es un curso de dos años y es muy divertido, te enseñan a preparar todo a nivel profesional para que seas capaz de organizar desde bodas hasta eventos más grandes y multitudinarios…
—Qué maravilla, ¿sabes si se puede estudiar a distancia? —pregunto esperanzado.
—Pues no lo sé, creo que no porque el segundo año son prácticas, pero puedes mirar en su página, es esta. —Ayumi se saca un bolígrafo del bolsillo trasero y me apunta en un trozo de papel la dirección web.
—Gracias —digo cuando me lo tiende, y me lo guardo en el bolsillo. Me despido y salgo de la librería con mil emociones en el pecho.
Creo que ya he tenido suficiente de este paseo de despedida. No ha sido buena idea. Es hora de que vaya a Meguro, al santuario donde trabaja Akihiko, a hablar con Yamanba.