20 La yosei de Tokio
La yosei de Tokio
HARU
—Un momento, un momento, ¿dejaste de ser yosei para huir del yosei del que estás enamorado? Explícamelo otra vez porque no lo entiendo.
¡No estoy loco! Mis deducciones eran correctas y, después de insistirle apenas un par de veces, Haruka terminó confesando que es la yosei de la primavera de Tokio.
Y yo, como siempre, he acabado contando todo mi drama a la mínima de cambio entre cliente y cliente.
Incluso he atendido a un par de ellos con total naturalidad.
Pero es que nos hemos enfrascado en una conversación muy importante e interesante para ambas partes y ninguno de los dos quiere irse a casa.
—Es que para mí era mi «hermano». —Hago comillas con los dedos—. Era como si todo estuviera mal, ¿entiendes?
Se cruza de brazos, cierra los ojos y asiente varias veces con expresión seria.
—Ya veo, ya veo, claro, comprensible.
—¿Vosotros no os tratáis como hermanos? ¿Dónde están los demás?
—No, nosotros somos más como… amigos, colegas de profesión. —Se encoge de hombros—. No crecimos juntos como vosotros. Cada uno es de una época diferente. Akihiko-senpaii es el más viejo, los demás nos fuimos incorporando después, cuando el yosei de nuestra estación decidió convertirse en humano.
La miro con la boca abierta, porque para mí es tan nuevo y extraño todo lo que estoy oyendo que no salgo de mi asombro. Nunca me había planteado todo lo que está diciendo Haruka.
—O sea que, después de nosotros, ¿llegan otros yosei a ocupar nuestro lugar?
—Exacto. Al menos aquí es así. —Se sienta tras el mostrador y me hace hueco a su lado mientras pone a hervir un poco de agua en una hervidora eléctrica.
—Pero… no es inmediato, ¿no? Quiero decir, nuestro Aki hace ya dos años que se convirtió en humano y aún no hemos visto ningún yosei nuevo ocupando su lugar. O al menos que yo sepa, no sentía ninguna presencia diferente antes de convertirme en humano.
Por alguna razón, me empiezo a poner nervioso porque no contemplaba esto para nada.
—Pues no lo sé. Natsuki y yo somos del mismo año, somos las más jóvenes, así que no te sé decir porque no lo he vivido. —Saca dos tazas de debajo del mostrador, echa una flor de caléndula seca en cada una y las rellena con el agua hirviendo.
Me pasa una y yo lo agradezco, aunque casi preferiría tila o una de esas infusiones de hierbas mágicas de Aki que te dejan superrelajado al momento, porque mis nervios van en aumento con cada revelación de mi compañera de estación.
—Es curioso que os llaméis con el nombre de la estación sin agregar ningún kanji más, y os crearon a los cuatro a la vez…
Todo apunta a que sois los primeros yosei de Rakuen a pesar de que no eres tan viejo.
Akihiko-sempai es mucho más mayor que tú, no sé cuántos años tendrá, pero tiene arrugas y todo.
—Quizás es porque Tokio es más antigua que Rakuen. Rakuen se fundó en 1952 y no la descubrieron hasta pocos años antes. Puede que no existiera antes de eso.
—Sí, tiene sentido. —Asiente con un cabeceo y sopla sobre su infusión con calma.
—Vale, eso da igual ahora —digo después de pensar en silencio unos segundos—. Necesito urgentemente que me digas dónde está el lugar donde habláis con Yamanba. Quiero hablar con ella.
—¿Con Yamanba? ¿Para qué? —Me mira sorprendida y curiosa.
—¿Pues para qué va a ser? Para decirle que me vuelva a convertir en yosei, que me equivoqué y que estoy arrepentido.
Tengo que hacerlo antes de que otro ocupe mi lugar.
¡Ay, Dios, ay, Dios! —Doy un sorbo a la infusión con la intención de relajarme, pero está tan caliente que me hago daño en la lengua—.
¡Mierda! Cómo quema. —Me abanico la boca abierta con la mano con el fin de que se me pase el dolor.
Pero no sirve para nada más que para hacer reír a Haruka.
—¡Ten cuidado, hombre! A ver…, el santuario de Yamanba…
—¡Hola, preciosa! —Una chica rubia de pelo liso y largo, vestida con un rollo urbano muy chulo se asoma por la puerta de la floristería e interrumpe la conversación.
Haruka la mira y le sonríe de forma radiante.
—¡Natsuki! —Le hace señas con la mano para que entre—. Vamos, pasa, tengo que presentarte a alguien.
La chica entra y cierra la puerta tras ella.
—Casi que voy cerrando ya, ¿no? Es bastante tarde. Me tenías preocupada, petalito.
—Sí, cierra. Perdón por no avisar. Me he distraído con este chico. Ya verás, ya verás qué interesante.
La rubia le da la vuelta al cartel de la puerta, coloca el cerrado hacia la calle y viene hacia nosotros.
—No pasa nada. —Apoya sus manos en el mostrador de cristal, se inclina hacia delante y le da un pico a Haruka, saltándose todo el «protocolo japonés», que la debe de coger desprevenida por cómo se le colorean las mejillas.
Y yo me quedo como un pasmarote ante la escena que tengo delante. Lo que me faltaba por ver. ¿Son pareja?
—¡No! ¿En serio? —Me dirijo a Haruka.
Ella sonríe con timidez y se rasca el cogote.
—Sip.
—Ay, por la Diosa… Si es que el destino se está riendo de mí. Me lo tengo merecido por tonto. —Dejo la taza en el mostrador y me cruzo de brazos con una mueca de disgusto en la cara.
—¿Quién es este? —pregunta Natsuki.
—Ay, sí. Natsuki, este es Haru, era el yosei de la primavera en la isla de Rakuen.
—¿En serio?
—En serio. Y me va a ayudar con la floristería. Lo he contratado. Bueno, todavía no, pero lo voy a contratar. ¿A que es genial?
—¡Oh, claro que lo es! Así tú y yo podremos pasar más tiempo juntas. —Sonríe con toda la cara. Es muy guapa, tiene rasgos japoneses, pero parece mestiza—. Ya me caes bien, Haru. —Natsuki me tiende la mano.
Y yo se la doy en modo automático, porque estoy como en shock con todo este asunto tan nuevo y revelador. Su fuerte apretón me devuelve a la realidad.
—Encantado. —Sonrío—. Perdona si soy grosero, pero es que necesito que me digáis dónde está el templo de Yamanba.
—¿Para qué? —pregunta la rubia.
—Va a pedirle que lo convierta en yosei —le responde Haruka por mí.
—¿En serio?
—Sí.
Natsuki me vuelve a mirar con expresión apurada.
—Uh, suerte con eso, Haru-kun. Esa Diosa es muy escurridiza.
—No le digas eso, no lo desmotives. No sabemos lo que le va a decir Yamanba —contesta Haruka. Cuando se ponen a hablar entre ellas, es como si yo dejara de estar presente por un momento.
—Tienes razón. —Natsuki asiente un par de veces y luego me mira—. Ganbatteii, Haru-kun. —Levanta el puño y me da un ánimo que no se cree ni ella, por esa sonrisa tan falsa.
—Ay, noooo. —Dejo caer mi cabeza sobre el mostrador, embajonado, con ganas de llorar de nuevo. Es como si al conocer la existencia de Haruka hubiera recuperado la esperanza, pero con Natsuki la he vuelto a perder.
—Vamos, no te desanimes. Ve al santuario de Yamanba, en Meguro. Allí está Akihiko-senpai, es el sacerdote que se ocupa del templo. Habla con él. El senpai te dirá qué hacer. —Haruka me acaricia la espalda para darme consuelo y empiezo a sentirme un poco mejor.
—Sí, quién sabe, quizás Yamanba te conceda tu deseo. Es una diosa muy impredecible. —Natsuki me revuelve el pelo de forma cariñosa y, entre las dos, me dan calorcito al corazón y un poco de esperanza.
Las lágrimas se escapan de mis ojos y las recojo con mis manos antes de llamar más la atención y quedar como un dramático. No puedo recaer, no ahora cuando ya estaba más animado.
Haré lo que me dicen. Iré allí, hablaré con Yamanba y le pediré que me convierta en yosei de nuevo.
Volveré a Rakuen y todo será como antes.
Perderé la libertad que he conseguido, pero es un riesgo que estoy dispuesto a asumir para estar a su lado.
Para estar junto a Fuyu, porque tengo clarísimo que él es mi alma gemela, mi persona destinada, por mucho que siga engañándome a mí mismo con lo contrario.
No hay más que hablar.
Tengo que ver a Yamanba.