No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 19 Secretos y un par de imbéciles
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19 Secretos y un par de imbéciles

Secretos y un par de imbéciles

AKI

Como cada día desde que se fue Haru, estoy haciendo mi turno en el Carpe Diem.

Siempre aprovecho las mañanas para trabajar, porque es el horario que mejor me viene.

Linda está en el colegio y Erik haciendo su rehabilitación y, sinceramente, me gusta más porque la cafetería suele estar más tranquila.

Estoy preparándome un beetroot latte mientras leo las instrucciones de una de las cajas que envió Haru.

Sigo los pasos al pie de la letra y me queda una bebida bastante cursi, pero apetitosa.

Espolvoreo por encima un poco de canela y me llevo la taza a la boca, para comprobar si es tan deliciosa como dice la florecilla.

Me gusta, no está mal, pero no entiendo a qué viene tanta emoción; sigo prefiriendo el pumpkin latte.

Las campanas de la puerta llaman mi atención y miro hacia allí, dispuesto a saludar a mi nuevo cliente, pero solo es Natsu. Entra en la cafetería cerrando el paraguas y con la cara de un gato mojado.

—Vaya mierda de clima. —Chasquea la lengua, molesto—. ¿Esta tortura hasta cuándo va a durar? Echo de menos el sol, no lo veo desde que llegué de Australia. Y vale que Fuyu esté molesto porque se haya ido la florecilla, pero esto ya es demasiado, tío.

Le doy un sorbo a mi bebida rosada y asiento para darle la razón, porque son muchos días de lluvia y mal tiempo incluso para mí.

—Es que no es fácil. Lo está pasando mal. No podemos hacer nada más que apoyarlo.

—¿Apoyarlo en qué? ¿En su depresión? Tío, que me he comprado unas botas de agua a juego con las de Derek porque no hay día que llegue a mi casa con los pies secos.

—Es complicado, Natsu, necesita tiempo.

—Y yo necesito un rayito de sol o acabaré volviéndome loco. —Se queda con los ojos fijos en los míos y empieza a entrecerrarlos.

Le rehúyo la mirada y la centro en mi bebida rosa, porque cuando Natsu mira así es que está empezando a sospechar. Y yo guardo un secreto muy gordo que me pesa más con cada día de lluvia.

—Tú sabes algo…

Ahí está. Lo sabía.

—¿Yo? ¿Qué voy a saber yo? Lo mismo que tú. —Doy otro sorbo, para disimular más que otra cosa.

—¿Qué es esa bebida?

—El latte de Haru. —Sigo con mi mecanismo de distracción.

—¿La cosa esa de remolacha?

Asiento.

—¿Quieres? —Le ofrezco de mi propia taza.

—No, qué ascazo. —Hace una mueca, pero estoy seguro de que no tardará en cambiar de opinión. Natsu no puede resistirse a probarlo todo, aunque sepa de antemano que no le va a gustar—. Bueno, vale, dame un poco.

Me quita la taza de las manos y toma un sorbo. Me río cuando veo la cara de asco que pone.

—¡Buah! ¡Está horrible, tío! —Me devuelve la taza—. Pero ponme para Jacquie, que a ella seguro que le mola esta porquería.

—No, que venga a verme y la invito. Tú seguro que no se lo preparas bien.

Se encoge de hombros para no darme la razón, pero sabe que la tengo. Luego nos quedamos unos segundos en silencio, pensativos, mientras le sirvo una taza de café que ni siquiera me ha pedido, pero que sé que quiere. Natsu bebe un poco y termina por romper el silencio con un susurro.

—Tú no sabes lo mismo que yo.

—¿Qué?

—Antes has dicho que tú no sabes nada, que sabes lo mismo que yo. Bueno, pues ya te digo yo a ti que no. Que yo sé cosas, cosas de Haru que prometí no contar, pero creo que, cada día que me las guardo, hago el gilipollas. Porque si las digo, lo mismo deja de llover de una maldita vez.

De repente, mi hermano capta toda mi atención, esto ha dado un giro que no me esperaba.

—¿Qué sabes?

—Te lo digo si me dices lo que sabes tú. Sé que hay algo, te conozco.

—Hecho. —Asiento y entrelazo el meñique con el de él porque siempre ha sido nuestra manera de sellar las promesas.

—Haru no se fue de Rakuen por Riley. Se fue por Fuyu.

—¿Cómo que por Fuyu?

—Sí, tío, a la florecilla le mola tempanito. Pero le mola en plan heavy. Se besaron una vez haciendo el tonto y le supo a poco.

Joder, joder, joder.

—Haru se rayó un montón y se fue con la esperanza de que se le pasara el cuelgue. Se sentía muy mal porque pensaba que era un depravado sexual por gustarle su hermano. —Termina la frase con una sonrisa divertida, como si hubiera recordado algo.

—¡Joder, Nat! ¿Y me lo dices ahora? Esto lo cambia todo.

—Prometí no decírtelo, ¿recuerdas? ¿Por qué dices que esto lo cambia todo?

—Porque Fuyu está enamorado de Haru. Hasta las trancas. Por eso está tan deprimido.

El puñetazo de Natsu en el hombro me llega sin que me lo espere.

—Tío, ¿eres tonto? Esas cosas se dicen, joder.

Lo miro levantando una ceja para que se dé cuenta de que él ha hecho exactamente lo mismo.

—Vale, joder, hemos sido unos imbéciles los dos, pero ahora sabemos qué es lo que está pasando y podemos solucionarlo.

—Sí. ¿Sabes si a Haru se le ha pasado el cuelgue o sigue enamorado de nuestro deprimido hermano?

—Pues no estoy seguro, pero todo apunta a que sigue igual.

No para de mandarle regalos a Fuyu. En los vídeos que sube de sus viajes le habla directamente a tempanito y la última vez que hablé con él hizo eso que siempre hace.

Eso de reforzar y exagerar las cosas buenas que le pasan para que no nos preocupemos cuando está pasando un mal momento.

—Es verdad, siempre hace eso. Y el último regalo que le llegó a Fuyu era así de grande. —Hago una seña con mis manos abarcando el tamaño—. A mí solo me ha regalado una bufanda y esta cosa en cantidades industriales para el Carpe Diem. —Levanto la taza.

—Pues ya tienes más que yo. A mí solo me ha regalado un cacao de labios con sabor a frambuesa que se lo ha terminado quedando Derek.

—Vale, pues entonces está claro…

Nos miramos y decimos al unísono:

—Tenemos que hablar con Fuyu.