18 La florista
La florista
HARU
Pues, tal como dije, ya estoy de vuelta en Japón.
Pero no, no he vuelto a Rakuen. Me he instalado en Tokio con el fin de quedarme aquí una temporada.
He alquilado un pequeño apartamento en Koenji, que resulta ser un barrio alternativo, bohemio y lleno de artistas, tiendecitas curiosas y músicos que incluso tocan en las calles.
No es que eligiera el sitio a propósito, simplemente fue donde encontré un apartamento libre y decente para alquilar que no costase un riñón.
Además, me pilla relativamente cerca de las zonas universitarias, que es a lo que he venido.
A quedarme una temporada y estudiar algo que me guste.
¿El qué? Aún no lo sé, pero he visto varios cursos que me han llamado la atención y quiero probar con alguno de ellos y darle un poquito de estabilidad a mi vida.
Cuando digo esto, parece que no haya dejado de huir, pero no es así.
Estoy instalándome definitivamente en un lugar para que eso no pase.
No por nada he firmado un contrato de alquiler de un año.
No he vuelto a Rakuen, no. Pero porque aún no me siento preparado para enfrentarme a Fuyu sin terminar abrazado a su cuello y pidiéndole que se case conmigo.
No me fío de mí mismo. Y hacerle eso a él sería horrible.
Primero, porque si no me correspondiera, se sentiría culpable y mal por mí.
Sentiría que tiene la culpa de que yo me haya ido, y lo conozco: le apenaría horriblemente no ser capaz de hacerme feliz.
En cambio, si, por el contrario, se alinean los planetas y me dice que me corresponde, se vería obligado a dejar de ser yosei para estar conmigo, y yo no puedo pedirle eso. No estaría bien.
Así que nada. He decidido instalarme en Tokio y empezar mi nueva vida aquí, hasta que me aclare un poco y sea capaz de controlar mis sentimientos.
De momento, me distraigo con comprar cosas monas para mi nuevo apartamento, para sentirlo más mío y, por tanto, más hogar. Lo primero es buscar alguna planta. Porque en Tokio hay demasiado edificio y echo horrores de menos la naturaleza.
Miro en el GPS de mi móvil la floristería más cercana y sigo las indicaciones.
Llego a una tienda pequeñita, con cristaleras que ocupan toda la fachada y ramos de flores colocados en la puerta que me invitan a entrar.
El aroma familiar me hace sonreír de oreja a oreja cuando accedo al establecimiento.
En él, las plantas y flores cubren casi todas las paredes.
Hay estanterías hasta arriba repletas de ellas y todo es colorido, precioso, mágico y huele a casa.
—¡Hola! —Me acerco a la chica tras el mostrador, que me da la espalda mientras arregla unos ramos.
Se gira cuando me escucha y me regala una sonrisa.
Es lindísima, tiene el pelo de un extraño y precioso color verde menta, largo y ondulado, que adorna con una sencilla boina francesa.
Lleva un vestido de cuadros rosas y blancos, con flores amarillas bordadas en las mangas.
Es precioso. Me encanta su outfit, su estilo y la vibra que desprende.
—Hola. —Sonríe.
—Hola, soy Haru —le digo, porque al parecer necesito que sepa mi nombre, aunque solo venga a comprar flores.
La chica abre los ojos con sorpresa. La entiendo, no es normal que un cliente llegue y se presente.
—Yo soy Haruka. —Sonríe ampliamente.
Imito el gesto de sorpresa de ella, ahora entiendo a qué se debía, y nos empezamos a reír al unísono. Su risa es clara y divertida. Me gusta.
—Qué casualidad —le digo.
—Pues sí, aunque Haru es un nombre muy común. Aun así, hay que reconocer que es gracioso. Dime, Haru, ¿en qué puedo ayudarte?
—Pues, verás, me acabo de mudar. He alquilado un apartamento aquí cerca y, aunque está bien, me parece un poco tristón y sin vida.
Estaba buscando algunas plantas para… ¡AHHH!
—Interrumpo mi explicación con un grito ahogado y señalo el cartel a su espalda que me ha hecho parar mi soliloquio de esta manera—. ¿Buscas un empleado?
Ella se gira y mira el cartel, aunque estoy más que seguro de que ya sabía que estaba ahí. Luego me vuelve a mirar.
—Pues sí, necesito a alguien que me cubra, sobre todo en primavera, que es cuando más necesito descansar.
—¡Pues soy tu chico! Me encantan las flores y la primavera, y se me dan genial. De hecho, mis hermanos me llaman florecilla, ¿te lo puedes creer?
—¿En serio? A mí Natsuki me llama petalito —me dice con sorpresa, y luego nos reímos los dos.
—¿Soy yo, o esto huele escandalosamente al destino haciendo de las suyas? ¿Qué horóscopo eres?
—Aries —dice después de pensárselo por unos segundos. Seguramente no se esperaba ese tipo de pregunta.
—¿Aries? ¿Seguro?
No responde, solo se ríe y se encoge de hombros.
—A simple vista no te pega mucho, pero da igual. Nos vamos a llevar genial. —Hago un gesto con la mano para restarle importancia.
—Entonces, ¿estarías interesado en el puesto?
—¡Claro! Siempre que me cuadren los horarios y pueda compaginarlo con los estudios.
Nos quedamos un rato charlando mientras nos ponemos al día y concretamos algunos temas del negocio.
Me parece superfácil hablar con Haruka. Es de estas personas que caen bien desde el principio, y siento que congeniamos estupendamente.
Ella debe de opinar lo mismo de mí, porque decide darme una oportunidad y me elige para el puesto de trabajo.
Los primeros días serán de prueba, pero, como lo voy a hacer genial, estoy seguro de que quedará contenta conmigo.
Salgo de la floristería con cuatro plantas en los brazos y una sonrisa en la boca.
Es curioso cuando se dan tantas casualidades juntas.
Nos llamamos de forma parecida, ambos con el kanji de la primavera en nuestros nombres.
A ambos nos gustan las flores, tenemos un carácter similar…
Hasta tiene a alguien cercano que se llama Natsuki y…
Un momento, un momento…
Me paro de sopetón en la acera, con un microinfarto provocado por una corazonada.
Haruka… Natsuki… Llevaba gorro… Dudó al decirme su horóscopo, quizás porque realmente no lo sepa, y por alguna extraña razón tiene que descansar en primavera.
¡Ay, Dios! ¡Ay, por la Diosa! ¿Y si es…? No, no puede ser… Pero ¿y si es…? Solo de pensarlo empiezo a sudar de puros nervios. Me doy la vuelta y empiezo a correr hacia la floristería, procurando que no se estropeen las macetas que cargo en bolsas de papel en mis manos.
—¡Haruka-san! —la llamo en cuanto me asomo por la puerta. Por la emoción, mi voz suena un poco más chillona de la cuenta, lo que hace que mi futura jefa se dé un susto de muerte y me mire con los ojos muy abiertos y la mano en el corazón.
—¡Por la Diosa, Haru! ¿Ocurre algo?
Por un momento, lo que he venido a preguntar se me atasca en la garganta.
¿Y si quedo como un loco? ¿Y si he confundido las señales y en realidad solo tiene alergia?
Eso explicaría que necesite descansar en primavera…
No, imposible. Si tuviera alergia al polen, no sería florista.
Además, tengo un pálpito muy fuerte y no solo eso, toda ella, toda su energía, me resulta tan… familiar.
—¿Qué Diosa? —pregunto en cambio.
—¿Qué?
—Esa Diosa que has nombrado… A ver, esto te sonará un poco a locura, pero tengo una corazonada.
O quizás sea mi subconsciente, que me juega malas pasadas, pero, sea como sea, lo tengo que preguntar porque no creo que tengas alergia a las flores.
Así que lo preguntaré aun a riesgo de perder mi futuro empleo, pero es que pienso que lo que ganaría sería más que lo que perdería. Así que ya está, lo lanzo y punto…
Ambos nos miramos a los ojos, muy atentos el uno al otro, y hago mi pregunta:
—¿Eres una yosei?