17 El regalo de Haru
El regalo de Haru
FUYU
Me ha vuelto a llegar otro paquete de Haru. Últimamente no paro de recibirlos, tal como prometió: me envía algo de cada sitio que visita. Pero esta vez es mucho más grande que los otros, lo que hace que mi intriga aumente por el contenido.
Vuelvo a estar en la cabaña; estos días estoy alternando entre quedarme aquí y en casa de Haru, porque en la montaña no tengo que preocuparme por esconder mis orejas de lobo como en el pueblo. Y puedo estar tranquilo sin notar la mirada preocupada de mi otoñal hermano a cada momento.
Observo el paquete apoyado en la mesa desde mi sofá. Me lo ha acercado Aki, ya que, como el correo no llega hasta la cabaña, Haru pone la dirección del Carpe Diem, para asegurarse de que lo recibimos.
A pesar de que esto se está convirtiendo en una nueva costumbre, me pongo nervioso cada vez que recibo un paquete y siento una punzada en el pecho con el recuerdo de aquella caja rosa que abrí hace ya unos meses.
Cada regalo suyo es una caricia... y una puñalada.
Me hace sentir cerca de él, pero, a la vez, me recuerda lo lejos que está.
Suspiro y cojo la caja, la pongo en mi regazo y la abro con un cúter.
Me sorprendo al ver un instrumento musical en su interior.
Es como una especie de guitarra, aunque más pequeña y con más cuerdas.
Lo dejo a un lado y me centro en la nota de Haru que lo acompaña:
Para mi querido heladito de nata:
Aún tengo en el corazón la canción de Navidad que me enviaste y ahora, cada vez que oigo música en directo, me acuerdo de ti.
Esto es un irish bouzouki, es un instrumento típico irlandés (o eso me han dicho Kenny y Cass, dos chicos la mar de majos que conocí en Dublín). Espero que te guste y que sigas componiendo cosas tan bonitas.
Un abrazo,
Haru.
Me llevo la nota a la nariz cuando termino de leerla en un vago intento de captar el olor de Haru.
Pero no está; solo huele a papel y a cartón, como todas las demás.
Nunca pensé que pudiera añorar tanto un aroma, pero así es…
Echo de menos hundir la nariz en su pelo suave y respirar la fragancia floral de Haru.
Dejo la nota y la caja en la mesa y observo el instrumento. Acaricio las cuerdas y le saco algún sonido. Está desafinado. Me pregunto: «¿cómo se tocará esta cosa?». E, inmediatamente, me viene a la memoria aquel día de hace años.
Haru lo ha vuelto a hacer…
Debían de ser los años sesenta, porque recuerdo que la isla empezó a poblarse y nosotros apenas tendríamos unos quince años de vida. Cada vez había más gente en el pueblo. Haru estaba emocionado por la de oportunidades que eso suponía.
—¡Vamos, Fuyu, que llegamos tarde! —dijo mientras corría montaña abajo, entusiasmado.
—¿Por qué tienes tanta prisa? Te vas a caer —le advertí.
—Tengo prisa porque pronto empezará la clase de shamisen del señor Amasaki y quiero que lo veas.
—Me cogió la mano y tiró de mí para que corriera tras él—.
Ya verás, te va a encantar, Fuyu. Primero empieza tocando una pieza y es tan bonita que me entran ganas de bailar y sonreír todo el tiempo.
Dice que es para animar a la clase, y luego enseña a los alumnos a tocar el instrumento.
Solo tiene dos alumnos, pero le pregunté si podíamos apuntarnos y dijo que sí.
Que, si sentíamos la música en nuestros corazones, él sería nuestro senseii.
Me dejé llevar por el entusiasmo de Haru, como hacía siempre, y terminé corriendo junto a él para no perderme la clase. Estaba intrigado por sus palabras, ya que no podía imaginarme aquello que me contaba.
Llegamos a tiempo a la lección del señor Amasaki y entramos en la estancia.
Haru saludó con una reverencia y se sentó sobre sus piernas en el suelo de madera.
Yo lo imité. Entonces ocurrió. El señor Amasaki empezó a tocar aquel instrumento, hasta el momento desconocido para mí, y la música empezó a inundarlo todo.
El sonido era rítmico y melódico al mismo tiempo, y me hacía sentir muchas cosas.
Era como si aquellas notas hablaran otro lenguaje, uno diferente que no requería de palabras, pero que salía directamente desde el alma y te llegaba a lo más profundo de tu ser.
Me quedé quieto, embobado ante aquella expresión artística.
Era la primera vez que escuchaba música en todo su esplendor y tuve que cerrar los ojos para gestionar lo que estaba sintiendo.
A mi lado, Haru se movía sutilmente de un lado a otro, como si no pudiera quedarse quieto.
Me contagió al momento y me hizo sonreír.
—¿A que es precioso? ¡¿Ves?! Sabía que te iba a gustar. ¿No te dan ganas de bailar? A mí me dan ganas de ponerme a dar vueltas y tocar las palmas…, pero no lo hago por educación, no quiero interrumpir. —Rio contento—. ¿Qué hacemos, nos apuntamos?
Asentí de inmediato, porque quería aprender aquel lenguaje del alma y quería que Haru bailara libremente sin temor a molestar a nadie.
A partir de aquel día, fuimos a clase con el señor Amasaki todos los martes.
Haru se aburrió en la segunda sesión, como le pasa siempre.
Pero siguió acompañándome cada día para que no faltara a ninguna de sus lecciones.
Es algo muy típico de él. Todas las primaveras viene con algo nuevo que aprender; él se aburre, pero a mí me acaba enganchando y termino descubriendo una faceta nueva que no sabía que tenía.
Las manualidades y el arte no se le dan muy bien; en cambio, a mí sí, porque tengo la paciencia que a él le falta.
Seguí tocando aun después de que Amasaki-sensei muriese, porque la música se convirtió en algo vital para mí, en mi modo de expresión favorito, y todo gracias a Haru y a su forma de mostrarme el mundo.
Después del shamisen vinieron más instrumentos: el erhu, la guitarra, el bajo… y ahora el irish bouzouki…
No sé cómo lo hace, pero, incluso estando lejos, Haru es quien da color a mis días.
Cojo el nuevo instrumento y me voy hacia mi habitación. Enciendo mi ordenador portátil y busco en él cuáles son las notas que deben sonar en las cuerdas. Cuando ya las sé, me pongo a afinarlo y se me va el día entregado a ese enigmático instrumento.