No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 15 La mañana de Navidad
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15 La mañana de Navidad

La mañana de Navidad

HARU

Mi mañana de Navidad empieza con un dolor insoportable de cabeza.

Aún no he abierto los ojos, pero la luz del sol entrando por la ventana me ha desvelado.

Intento despegar los párpados un poco, pero los vuelvo a cerrar inmediatamente.

Demasiada luz. ¿Dónde estoy? Ayer me pasé con el alcohol y esto debe de ser lo que llaman resaca, consecuencia de mi primera borrachera como humano.

No mola, no mola nada. Tengo que levantarme y hacer algo que pare esta insufrible punzada que me taladra el cerebro.

Maldita sea la hora en la que decidí que ser humano sería mejor.

Me giro en la cama y me topo con algo. Tanteo con la mano y abro los ojos de golpe en cuanto noto unos firmes pectorales masculinos.

¡Ay Dios, ay Dios! Todavía no me he repuesto de mi primer microinfarto mañanero cuando llega el segundo, al sentir otra mano apoyándose en mi cintura por la espalda.

¿Esto qué es? Me siento en la cama, ignoro el tremendo pinchazo que siento en la sien y miro a mis acompañantes.

Estoy en lo que parece una habitación de lujo, en una cama king size en medio de dos chicos que están…

Levanto el edredón que nos cubre. DESNUDOS. Y no solo ellos, yo también.

«¡Por la Diosa!, ¿qué diablos hiciste anoche, Haru?».

Me escapo de mi hueco entre esos dos cuerpos como puedo y gateo hasta los pies de la cama para salir de ella.

Localizo mi ropa tirada en el suelo de la habitación, la cojo y me voy hacia una de las puertas rezando para que sea el baño.

¡Bingo! Es el baño. Uno impresionante, acorde a la habitación.

Un par de fotos colgadas en la pared llaman mi atención.

En ella posan sonrientes los chicos de la cama y los recuerdos empiezan a llegar a mi atolondrada y dolorida mente de resacoso.

Mike y Chad.

Esos son sus nombres. Dos chicos muy majos que conocí anoche en un bar gay.

Son pareja y, al parecer, por los chupetones de mi cuello, les gusta montarse tríos en las ocasiones especiales.

Mierda. Me lavo la cara y me quedo con los brazos apoyados en la encimera, mientras me miro fijamente al espejo y recuerdo muchas de las cosas que pasaron anoche en esa cama.

Mi reflejo es la misma imagen que la de un yonki con gastroenteritis. Joder, joder, joder.

¡A la mierda!

Me meto en la ducha porque me siento sucio y necesito irme de aquí cuanto antes, pero a ser posible oliendo a gel y no a sexo de consuelo navideño.

Froto mi piel a conciencia con jabón espumoso de vainilla y canela y mi pelo con champú de aceite de argán.

Salgo de la ducha oliendo a Mike y a Chad, pero de una forma más agradable.

No tardo mucho en vestirme con la ropa de ayer y salgo del edificio sin despedirme de la pareja.

Ellos siguen durmiendo y tampoco quería despertarlos para mirarlos con cara rara y decirles adiós.

Estoy en una avenida enorme repleta de rascacielos de la Gran Manzana.

De nuevo, no tengo ni idea de dónde me encuentro, así que comienzo a andar sin rumbo mientras asumo la situación y reinicio mi cerebro para que vuelva a funcionar.

Anoche me pudo la soledad. Recurrí a las caricias fáciles e intenté llenar mi vacío con sexo sin compromiso, y por partida doble.

Pero no voy a ir de santo a estas alturas.

Fui yo quien se metió solito en la boca del lobo.

Lobo… Fuyu…, mi Fuyu, mi lobito… Suspiro al acordarme de él.

Ojalá hubiera sido la boca de ese lobo y no las de Mike y Chad.

Ahora sé de primera mano por qué no hay que tomar decisiones estando borracho, porque a la mañana siguiente puedes arrepentirte de ellas.

Me arrebujo en mi abrigo para protegerme del frío y levanto la mano para llamar al primer taxi que veo libre.

—Buenos días, ¿adónde le llevo?

Le digo el nombre de mi hotel al conductor y rezo para que no sea de esos charlatanes.

Normalmente me encanta la gente que me da conversación, pero hoy no tengo ganas de pronunciar palabra.

La cabeza me sigue doliendo horrores y estoy gastando las energías que me quedan en no llorar. ¿Se puede ser más tonto que yo?

—Una noche movidita, ¿eh?

Le sonrío por cortesía a través del espejo retrovisor como toda respuesta. Por suerte, el tipo parece captar mi energía rápidamente y no abre la boca hasta que me indica que hemos llegado.

Bajo del coche y subo a mi habitación de hotel a reponerme de una de las noches de Navidad más raras de la historia.

No voy a hacer más drama de esto, no tiene sentido.

No fue una noche mala, solo diferente, y está bien probar cosas nuevas.

Me saco el móvil del bolsillo y lo pongo a cargar mientras voy a por una botella de agua del minibar.

Necesito hidratarme, descansar y probablemente algún tipo de medicamento que me quite el dolor de cabeza.

Pero ni idea de cuál… Luego iré a una de esas farmacias enormes y le preguntaré al farmacéutico.

Hala, ya tengo planes para hoy. Me hace hasta un poco de ilusión y todo visitar uno de esos establecimientos.

Tengo que poner el foco en las pequeñas cosas si quiero recobrar mi buen humor.

Es un truco que llevo haciendo toda la vida: aunque el día esté encapotado, siempre hay momentos en los que el sol se cuela entre las nubes.

Yo decido enfocarme en esos pequeños rayos de luz y pasar del resto.

Ese es mi lema vital y eso es lo que pienso hacer hoy también.

Me quito la ropa de anoche y me vuelvo a dar otra ducha porque necesito oler a champú neutro de hotel y no al lujoso de Mike y Chad.

Cuando salgo de la ducha, me pongo algo cómodo y me meto en la cama. Agarro el móvil, que continúa cargándose en mi mesilla ya que se quedó sin batería en algún momento de la noche anterior, y lo enciendo.

Al momento se me llena la pantalla de notificaciones de mis redes sociales comentando el nuevo vídeo que subí ayer.

Pero hay una en especial que capta mi atención sobre todas.

No es de mis redes sociales, sino de mi chat personal, y es de la persona a la que más estoy echando de menos en estos momentos: Fuyu.

Mis dedos corren a abrir el chat y me encuentro con un audio de él. Le doy a reproducir y su voz calmada y grave me hace cosquillas en la tripa.

No sé cuándo escucharás esto, espero que sea en tu mañana de Navidad, lo he calculado para que así sea, porque este es mi regalo. Es una canción que he compuesto para ti. No es gran cosa, pero espero que te guste.

Se escucha ruido y un carraspeo de garganta.

A continuación, una melodía preciosa de uno de los instrumentos clásicos de Fuyu.

Diría que es el erhu o el kokyū, no estoy seguro porque tiene varios y todos me parecen iguales, pero eso da lo mismo porque lo que importa es la melodía.

Es una lenta y melancólica que me llega al alma, me abraza desde dentro y me hace llorar como un maldito bebé.

Fuyu es un gran músico, se le dan muy bien las artes, sobre todo la música y el dibujo, pero es algo que se suele guardar para él.

Así que el hecho de que esté tocando expresamente para mí me conmueve todavía más.

«Que no es gran cosa», dice, si es lo más grande que me han regalado en la vida. Una vez más, mi heladito de nata se vuelve a superar y me ablanda el corazón con cada nota que sale de su instrumento.

Cuando termino de escucharla, le respondo:

Haru

¡Gracias! Me ha encantado. Es lo más bonito que he escuchado en la vida. Jo, con lo que me esfuerzo con los regalos, sigues superándome con creces. No es justo.

¡Feliz Navidad, heladito de nata!

Me acuesto en la cama y reproduzco su mensaje una y otra y otra vez hasta que me quedo dormido.