14 Navidad
Navidad
FUYU
Finalmente llegó la Navidad.
Nos hemos reunido en casa de Aki para celebrarla mientras cenamos en familia.
Aki va y viene de la cocina con comida recién hecha.
Erik se toma un vino mientras charla entretenido con Jacquie.
Natsu le cuenta alguna anécdota divertida a Jiro, el asistente de Erik, que no para de reír, y los niños juegan felices en el salón.
El comedor está lleno de gente y el buen ambiente inunda estas cuatro paredes.
Pero a mí me sigue faltando alguien. Falta el alma de las fiestas, el que convirtió esto de cenar en familia en una tradición, el que no habría permitido que todavía no haya sonado el famoso villancico de Mariah Carey, el que se encargaría de que todos estuviéramos estrenando alguna prenda navideña, el que me habría hecho trabajar para que el Carpe Diem terminara como la casa de Santa Claus. Falta él, falta Haru.
Así es, no ha venido a pasar las fiestas con nosotros y, aunque ya me avisó, sigue pareciéndome raro; y tan triste que ninguno de los llamativos adornos de la casa consigue colorear este momento.
Hoy no nieva como cada veinticuatro de diciembre: llueve.
Llueve de forma monótona, gris, triste… Mis hermanos y amigos no han comentado nada del clima para darme tregua, pero no son tontos, saben que me pasa algo.
Agradezco que no pregunten y me dejen mi espacio porque no tengo más ganas de dar explicaciones.
Aki sabe todo lo que hay que saber y Natsu…
Bueno, él no me ha dicho nada, pero supongo que se imaginará que no estoy muy contento con la partida de Haru.
La imagen que tengo ante mí es una bonita estampa navideña, que me hace replantearme mi existencia y me llega a la mente borrosa como algo que no comprendo.
Y es que, ¿qué sentido tiene? Entiendo que estén contentos con sus nuevas vidas, con sus nuevas familias, con sus nuevos caminos…
Eso lo entiendo y me siento feliz por ellos, pero…
¿qué sentido tiene para mí? Llevo toda mi vida creyendo que la razón de mi existencia era hacer posible el invierno.
Hacer fluir las estaciones en esta isla, junto a ellos, junto al otoño, al verano y a la primavera…
Pero ellos me han dejado solo, se han salido de nuestro proyecto vital y han cambiado su propósito por otra cosa.
Y yo me siento solo y estúpido por ser el único que sigue subido al barco cuando ellos han preferido quedarse en tierra.
Seguir con esto no tiene sentido, mi deber de yosei se desdibuja ante mis ojos si no están ellos.
Siento que a nadie le importa el invierno, que seguir al mando de la estación no sirve de nada, siento que no puedo cumplir con ella porque de alguna forma, en lo más profundo de mi ser, sé que no hay invierno sin primavera.
Me saco el móvil del bolsillo y lo miro, busco inconscientemente algún mensaje de Haru, pero no hay ninguno.
Es normal, en Nueva York deben de ser las cuatro y media de la mañana.
Lo sé porque hemos seguido hablando desde la conversación del café de unicornio y me ha estado mandando videos de sus viajes y experiencias.
Calculé la diferencia horaria en el momento en el que me dijo que había llegado a la Gran Manzana.
En los videos se le veía contento e ilusionado y ya ha hecho un montón de amigos, así que no tengo que preocuparme por él.
Aun así, abro el chat y decido escribir un mensaje, que ya verá cuando despierte.
Lo empiezo varias veces, pero lo acabo borrando porque no me gusta nada de lo que escribo. Al final me decido y escribo un escueto ¡Feliz Navidad, Ha-chan! seguido de un árbol navideño y un corazón rojo.
Odio no ser capaz de expresarme mejor, no saber qué decir.
Nunca sé qué palabras escoger para comunicar lo que siento, pero espero que, aun así, mi mensaje le llegue.
Porque en ese texto va implícito que lo extraño como nunca he extrañado a nadie, que lo quiero más que a nada en el mundo y que pienso en él cada segundo del día.
El timbre de la puerta suena justo cuando le doy a enviar y se me remueven las entrañas con la esperanza de que sea él. Levanto la vista del móvil y veo que todos se miran extrañados porque no esperamos a nadie más. Linda le da voz al que juraría que es el pensamiento de todos.
—¡¿Será el tío Haru?!
La mirada de Natsu se clava en la mía. Levanta la ceja en una mueca interrogante y yo me quedo congelado en el sitio mientras Aki va a abrir la puerta seguido de los más pequeños.
—¡Es Santa! ¡Es Santa! —Los gritos emocionados de los niños se escuchan por todo el salón.
Yo me doy la vuelta sin saber qué esperar, con un rescoldo de ilusión alumbrando mi pecho.
Descubro a un tipo vestido de Papá Noel, como bien han dicho los niños, con un saco al hombro.
Debajo de todo ese pelo blanco de plástico, logro reconocer al nieto de la señora Yoshida, que más de una vez ha trabajado para Haru de recadero.
Me levanto de la silla para que mi vista llegue más allá de él, pero no veo a nadie más, ni rastro de Haru.
Mi ilusión se apaga y vuelvo a sentarme.
—¡Jo, jo, jo, traigo regalos para todos!
En el salón comedor se forma un revuelo de voces, risas y alegría, mientras que el nieto de los Yoshida reparte regalos a cada uno de nosotros.
Se despide cuando vacía el saco, al mismo tiempo que les dice a los niños que sigan siendo buenos.
A mis manos llega una caja envuelta con un papel brillante de color rojo.
Los adultos no dicen nada por no estropear la sorpresa a los niños, pero estoy seguro de que todos pensamos lo mismo: esto tiene la firma de Haru.
—Vaya, parece que al final no era el tío Haru. —El tono de Natsu me confirma que él también piensa lo mismo—. Venga, ¿A que esperáis? Abramos los regalos.
—¡Síííí! —responden los más pequeños al unísono.
Vuelvo a mirar la caja en mis manos y no puedo evitar sentir un déjà vu, con aquella rosa de hace unas semanas.
La abro con manos ligeramente temblorosas y encuentro algo dentro que reconozco más que de sobra porque lo fabriqué yo.
Es un ángel de madera, el mismo que le regalé a Haru aquella vez que celebramos por primera vez la Navidad.
Los recuerdos se agolpan en mi mente y una sonrisa melancólica conquista mis labios. Viene acompañado de una nota.
¡Feliz Navidad, Fuyu!
Este ángel es el mejor regalo que me han hecho nunca, por favor guárdamelo hasta que vuelva.
Viene firmado por Haru y un corazón de purpurina. Le doy la vuelta a la tarjeta y me sorprendo al encontrar otro mensaje.
Sorry, sé que no es gran cosa, pero he tenido que improvisar, prometo que te mandaré un recuerdo de cada sitio que visite. El pony latte ya va en camino.
Me vuelve a sacar la sonrisa y, esta vez, tengo que morderme el labio para no reírme.
—¿De qué te ríes, tempanito? —Natsu se sienta a mi lado y cotillea lo que hay dentro de la caja—. ¿Qué te han regalado a ti?
Saco el ángel y se lo enseño, aunque sé que no entenderá nada; su cara me lo confirma.
—Cosas de Haru —añado.
—Ya veo. A mí me ha regalado un cacao de labios. —Me enseña el susodicho entre sus dedos y mi cara debe de reflejar mi confusión porque Natsu se encoge de hombros sonríe y dice—: Cosas de la florecilla, se le echa de menos. —Me rodea con su brazo y me da un par de palmadas en el hombro.
Y yo me callo como toda respuesta, porque echar de menos se queda corto para todo lo que siento.