No hay invierno sin primavera (Paradise island 3) 13 El mejor regalo de Navidad
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13 El mejor regalo de Navidad

El mejor regalo de Navidad

HARU

Ese día no se me va a olvidar en la vida. Entre otras cosas, porque fue una de las Navidades más felices de mi vida.

No recuerdo con exactitud qué año era, pero debían de ser los noventa o principios de los dos mil, porque no había internet, usábamos casetes para escuchar música y cintas de vídeo para ver películas.

Y yo estaba obsesionado con todas esas historias navideñas que nos llegaban desde Estados Unidos y empeñado en convertir la Navidad japonesa, que consiste en poco más que salir a comer pollo KFC y pastel, en una digna de películas americanas.

Pero mis hermanos no estaban por la labor y parecían pasar de mí.

Bueno, no tanto como pasar pasar, pero no compartían mi entusiasmo.

Creía que Natsu me seguiría el rollo porque es el más fiestero de los tres y siempre se apunta a un bombardeo, pero la Navidad es en invierno y Nat odia el invierno.

No soporta el frío y prefiere quedarse en casa con la calefacción puesta, una manta calentita y ver la tele mientras come comida basura.

Lo bueno es que, gracias a eso, me había acompañado en lo de ver las pelis navideñas, pero no le apetecía hacer nada más.

Además, se acababa de comprar su casa en primera línea de playa y pasaba gran parte del tiempo allí.

Así que yo estaba esforzándome por poner la cabaña bonita, pero a ninguno parecía importarle que no tuviéramos ni siquiera un árbol que adornar.

—Fuera tienes infinidad de árboles, ¿por qué no decoras uno de esos? —sugirió Aki.

—Es que no es lo mismo, yo quiero uno como los de las películas, con un ángel en la cúspide y todo.

—¿Y has mirado en el pueblo a ver si venden alguno?

—Sí, he mirado, pero no venden… La gente que tiene lo compra directamente en la ciudad o lo corta del bosque y uno, ya sabes que no podemos salir de la isla por nuestra condición de yosei; y dos, lo de cortar un árbol queda totalmente descartado… Sería como cortarme un brazo, pobre pino.

—Pues lo dicho, adorna el melocotonero de la entrada.

Resoplé frustrado, no iba a perder el tiempo en explicarle a Aki que el melocotonero no valía, no lo iba a entender en la vida. Así que desistí, me abrigué bien y salí afuera en busca de Fuyu.

La nieve me llegaba hasta las rodillas y el paisaje estaba precioso. Llevaba una semana nevando de esa forma tan bonita que me encanta. Los copos caían con calma y mimo, como si acariciaran todo a su paso.

Caminé un poco en la dirección donde notaba la energía de Fuyu y lo llamé varias veces, pero la nieve me dificultaba el paso y acabé volviendo a la cabaña antes de dar con él.

Pensé que se estaba escondiendo de mí, porque cualquiera se hubiera enterado de mis gritos entre tanto silencio de la naturaleza. Así que volví adentro de morros.

—Otro que me huye —me quejé.

Aki, que leía en una de las butacas del salón, levantó la mirada y me prestó atención.

—Estará con sus cosas, ya sabes cómo es… Solo él saldría con este frío.

—Ya… Oye, Aki… ¿Hacemos galletas de jengibre? —pregunté ilusionado.

—¿Galletas de jengibre? Ni siquiera sé cómo se hacen. Además, voy a hacer pizza vegetal y pollo frito para cenar. No es KFC, pero es lo que tenemos en Rakuen.

—¡Aaargh, déjalo…! ¡La Navidad en Japón no tiene sentido!

Me fui enfurruñado hacia la habitación que compartía con Fuyu, me puse a leer en mi cama y terminé quedándome dormido.

Ya había anochecido cuando sus manos frías me despertaron.

—¿Mmh? ¿Qué pasa? —Lo miré en la penumbra mientras frotaba uno de mis ojos para deshacerme del sueño.

—Vamos, levántate, tengo que enseñarte una cosa.

No me hizo falta más. Su tono y la media sonrisa que intentaba esconder me llenaron de curiosidad y, en menos de un minuto, ya estaba con la ropa de abrigo puesta, siguiendo a Fuyu por la montaña.

Había hecho un camino despejando la nieve.

Me cogió de la mano y me guio por él mientras alumbraba con una linterna.

—Fuyu, ¿a dónde vamos? Esto es supermisterioso. —Reí nervioso—. ¿Es una sorpresa? ¿Vamos a buscar estrellas fugaces otra vez? Porque, si es así, hace un poquito de frío…

—Shhh, calla, ya lo verás.

—¡Ay, qué nervios! Pero ¿¡qué es?! ¿No puedes darme una pista?

—Shhh, no.

—Pero…

Me quedé sin palabras en cuanto vi lo que nos quedaba del camino iluminado por lucecitas de colores.

Guiaban hasta un pequeño claro del bosque en el que había pinos.

Fuyu había decorado uno de ellos, uno grande que estaba como un poco apartado del resto.

Estaba adornado con cartulina de colores formando motivos navideños que él mismo había fabricado.

En el claro, había colocado un pequeño toldo, sujeto con cuatro palos.

Justo debajo, una mesa plegable que a veces usábamos para comer fuera, decorada con un mantel navideño que a saber de dónde había sacado, velas y galletas de canela y jengibre.

Me llevé las manos a la boca por la sorpresa mientras intentaba contener las ganas de llorar. No funcionó: lo hice igual.

—¿No te gusta? —me preguntó preocupado cuando vio mis lágrimas.

—No, no me gusta, ¡me encanta! —Me lancé a sus brazos y lo abracé fuerte por haberme dado esa sorpresa tan maravillosa.

No solo no había pasado de mí, sino que además había cumplido uno de mis sueños al traer ese trocito de fantasía a Paradise Island.

—¡Feliz Navidad, Ha-chan! —me dijo al oído mientras me estrechaba contra él.

Sentí su nariz fría en mi cuello, su aliento cálido contra mi oreja, y por un segundo, el mundo entero desapareció.

Solo quedábamos él y yo, bajo ese toldo ridículo, iluminados por luces de colores hechas a mano.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al notar su sonrisa.

Y quise que ese abrazo no terminara nunca, pero Fuyu se separó de mí, cogió una caja roja con un lazo que había en la mesa y me la entregó.

La abrí con impaciencia e ilusión y descubrí un ángel en su interior, tallado en madera y pintado a mano. Lo miré de nuevo con lágrimas en los ojos.

—Vamos, colócalo —me dijo mientras señalaba el árbol con un movimiento de cabeza. Así que eso hice.

Después pusimos villancicos, encendimos una hoguera, comimos galletas, charlamos, reímos y bailamos. Fue una noche increíble.

Ese día decidí que celebraría la Navidad a mi estilo, costara lo que costara, pues Fuyu me había demostrado que nada era imposible.

En aquel entonces, no lo supe ver, pero ahora, mirándolo con otros ojos, puedo decir que es el gesto más romántico que ha hecho alguien por mí en mi vida.

Fuyu dejó el listón muy alto, quizás por eso nunca me ha bastado nadie como pareja… Y dudo que alguien lo pueda superar.