10 El mensaje
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El mensaje
FUYU
La foto que me envía Haru me coge por sorpresa.
Estoy en el konbinii, comprando lo necesario para llenar la nevera de Haru, lo voy a necesitar para pasar unos días en su piso.
Cuando veo su nombre en la pantalla de mi móvil, me pongo nervioso y empiezan a temblarme las manos.
Abro el chat y descubro una foto que lleva su nombre.
Ni siquiera sale en ella, pero es tan él que no hace falta.
En la imagen se ve una taza de cristal con una bebida de color rosa, con espuma blanca por encima y adornada con especias y un corazón dibujado sobre la misma espuma.
Está en un café bar, se aprecia por los pocos detalles que se ven en el resto de la foto. Y debajo leo el siguiente texto:
Encontré mi «café» latte perfecto
Noto cómo la sonrisa acude a mi boca después de días de ausencia.
Me lo imagino en una cafetería de esas que son pura estética, con una carta llena de cosas nuevas y sus ojos brillando con ilusión al descubrir cada una de sus peculiaridades culinarias.
Casi lo oigo soltar un gritito de emoción, de esos agudos tan propios de él que da cuando no encuentra las palabras para expresarse.
Me encanta esa parte de Haru. Esa capacidad de emocionarse por las pequeñas cosas y de expresarlo abiertamente sin importarle nada.
Dan igual los años que pasen, él siempre le encuentra emoción a la vida y hace que todo sea más interesante.
Debería estar enfadado con él por mandarme esa foto como si no hubiera pasado nada, como si no me hubiera abandonado aquí en Rakuen, en vez de ofrecerme la disculpa que merezco.
Pero qué fácil es perdonarlo… Solo puedo alegrarme por él, porque lo esté pasando bien y esté viviendo todas esas experiencias que tanto deseaba.
Adoro su libertad, aunque eso implique mi sufrimiento.
Por eso decido contestarle, aún con la imagen de su cara de felicidad en mi mente.
Eso ni es café ni es nada, como mucho es pis de unicornio con un poco de leche.
Miro la pantalla del teléfono a la espera de su respuesta, llena de emojis de caritas riendo, mientras recuerdo todas esas veces en las que Haru intentó aficionarse al café sin éxito y casi puedo oír sus palabras en mi mente.
«Soy el dueño de una cafetería, es un sacrilegio que no me guste el café… Aunque creo que es porque no he encontrado mi latte favorito, probaré añadiendo un poco más de caramelo…».
Después de más de un minuto parado en medio del pasillo de congelados mientras miro como un tonto el móvil sin respuesta, me lo guardo en el bolsillo y continúo con mi compra.
No es hasta que salgo del establecimiento cuando lo noto vibrar en el bolsillo de nuevo.
Pero, aunque me muera de curiosidad por ver su contestación, lo dejo estar porque otra vez me siento molesto con él, molesto por haberme hecho sentir ansioso de nuevo.
Esta vez le toca esperar a Haru. Pero, aunque intento mantenerme en mis trece, no engaño a nadie.
En cuanto llego a casa, desbloqueo el móvil y miro su mensaje.
Ni siquiera espero a guardar la comida en la nevera, abro el chat, hambriento por su respuesta.
Me ha mandado un vídeo de unos cinco minutos e inmediatamente me siento estúpido otra vez, porque no es que no me quisiera contestar, era que estaba respondiendo en formato vídeo y por eso estaba tardando tanto.
Me apoyo en la encimera de la cocina, las bolsas de la compra se quedan olvidadas junto al frigorífico, y le doy a reproducir.
Su rostro sonriente me devuelve el aire que me faltaba desde su ausencia y, por primera vez, lleno mis pulmones al completo mientras contemplo su expresión de alegría.
Le habla emocionado a la cámara mientras me cuenta qué tal está su bebida de remolacha.
Sonrío con sus comentarios y esa forma que tiene de disfrutar de todas esas tonterías que para él son importantes.
Hasta que se llega el final y aparece Riley…
Su beso me apuñala el pecho y me vuelve a vaciar los pulmones de sopetón, me roba el privilegio de respirar al completo.
De nuevo siento que el mundo se rompe, como cuando abrí la caja rosa y leí las palabras de Haru en aquel trozo de papel.
No hay nada más en el chat, solo el vídeo.
Bloqueo el teléfono y lo dejo a un lado sobre la encimera.
Me llevo las manos a la cara y me las paso por el pelo con desesperación e impotencia.
Yo soy quien debería estar ahí con él, besando sus labios, no ese estúpido de Riley por el que lo ha dejado todo sin que se merezca nada.
Un trueno grita la frustración y el dolor que callo.
Y el cielo llora por mí todas las lágrimas que me guardo, como cada noche desde que se fue Haru.
Quiero pararlo, pero no sé. Él era quien se encargaba de calmar las tormentas de invierno, así que lo dejo estar y me concentro en guardar las cosas en la nevera mientras intento quitarme la imagen de Riley y su hola, precioso de la cabeza.
¡Maldito y estúpido surfero australiano!
El teléfono suena de nuevo y mi corazón se salta un latido por su culpa.
Cierro la nevera con fuerza y me apresuro a mirar el móvil.
Aki… ¡Maldita sea! Le cuelgo con la rabia que me ha provocado su llamada, solo porque no era quien yo quería que fuera, pero no tarda ni dos segundos en volver a llamar. Descuelgo.
—¿¡Qué?! —le gruño, elevando la voz.
—¿Estás bien? El clima…
—¡Por la Diosa, Aki, sí, estoy bien! ¡Déjame en paz! —Y le cuelgo con el mismo enfado con el que he contestado.
¡Maldito Aki, malditos todos! ¡Dios, que se acabe ya este día porque tantas emociones van a acabar conmigo!
Agarro el móvil y me tiro sobre el sofá.
El olor de Haru me abraza y reconforta y yo vuelvo a reproducir el maldito vídeo.
No sé por qué, pero lo reproduzco, como si por ello fuera a cambiar el final.
Como si quisiera cerciorarme de que el maldito beso es real y no una mala jugada de mi mente.
Lo miro de nuevo y pongo atención a todos los detalles, esta vez conocedor del desenlace. Ese precioso, ese beso, esa…
¿Sonrisa incómoda?
Me incorporo rápidamente, impulsado por un ápice de esperanza. Me siento sobre el sofá y le doy a reproducir de nuevo. Observo el final una y otra vez mientras la tormenta de fuera va menguando. De nuevo, es Haru, indirectamente, quien consigue calmarme.