11 Tormenta de invierno
cWC
Tormenta de invierno
FUYU
A pesar de que han pasado muchos años, aquel día lo recuerdo como si fuera ayer.
Éramos nuevos en el mundo, recién nacidos, aunque con los conocimientos y el cuerpo de unos niños de trece o catorce años.
No tuvimos infancia, la Diosa Yamanba nos convirtió directamente en adolescentes para que pudiéramos valernos por nosotros mismos y llevar a cabo las estaciones.
Era mi primer invierno. Yamanba nos había explicado nuestro propósito en la isla, nuestro trabajo como yosei, y los cuatro estábamos resguardados en el templo, acostados en futones, intentando dormir.
Aquella noche llovía con fiereza, soplaba un viento fuerte y, de vez en cuando, caía algún rayo atronador.
Natsu se dio la vuelta en su futón y chasqueó la lengua.
—¡Haz que pare de una vez, Fuyu! Con tanto ruido, no puedo dormir. Y se me está congelando la nariz del frío. Si el invierno es esto, ya puedo decir que lo odio.
No respondí a sus quejas, simplemente me encogí debajo del edredón y cerré los ojos con fuerza. Estaba asustado, todo era extraño para mí, demasiadas sensaciones, demasiados estímulos que no sabía gestionar ni comprender.
—¡Déjalo, Natsu! No es fácil ser yosei, no es como si él lo hiciera a propósito —intervino Aki.
—Cuando estabas tú al mando, el clima estuvo más tranquilo. Seguro que no es tan difícil.
—Cállate, el pobre debe de estar asustado. ¿No lo ves? Cuando estás a cargo de tu estación, todo es más intenso. Cada parte de la isla la sientes dentro de ti. Ya verás cuando te toque a ti.
—¿Es eso? ¿Estás asustado? —se burló Natsu.
—¡No! ¡No estoy asustado, gato estúpido! —gruñí.
—Estúpido tú, que no sabes parar la tormenta porque eres un miedica. Y no soy un gato, soy…
—¡Natsu, para ya! —interrumpió Aki, que sacó la pierna del edredón y le propinó una patada a nuestro molesto hermano.
—¡Ah! ¿Pero qué…? —Natsu se disponía a saltar sobre Aki, pero Haru lo interrumpió.
—¡Ya está bien! —Se incorporó e hizo que todos lo mirásemos—. Fuyu no tiene miedo, pero yo sí, lo confieso. Estoy aterrado. Y con tanto alboroto me estáis poniendo más nervioso.
Nuestros futones estaban dispuestos en línea sobre el suelo, con unos treinta centímetros de separación entre ellos.
El mío estaba junto a la pared. A mi otro lado estaba Natsu, lo seguía Aki y, por último, Haru.
Este se levantó de su cama, anduvo el espacio que nos separaba y se arrodilló a mi lado.
—Déjame un sitio, que no quiero dormir solo. —Levantó el edredón, se coló en mi cama como si nada y se abrazó a mi cuerpo.
Su calidez me reconfortó al instante. Y la sensación de tenerlo cerca hizo que mis sentidos se centraran en él y no en lo que estaba ocurriendo fuera. Olía a flores, y sus orejas de conejo me hacían cosquillas suaves en la cara.
—Ahora, mucho mejor. —Sonrió. Se giró y me dio la espalda, pero me agarró los brazos para que lo abrazara. Lo hice y hundí la nariz en su pelo—. Nat, en vez de quejarte, cuenta una de tus historias para que se me termine de quitar el miedo.
—¿Qué? ¿Por qué yo? —protestó, muy en su línea.
—Porque tú eres el que mejor las cuenta—respondió Haru.
—Está bien, decid una palabra cada uno, vamos.
—Árbol —dijo Aki.
—Mariposa —dijo Haru.
—Ahora tú, Fuyu, di una —insistió Natsu, frente a mi silencio.
Cerré los ojos buscando la palabra, relajé los músculos y me acoplé al cuerpo de Haru. Inspiré su aroma una vez más antes de soltarla.
—Casa —dije finalmente.
—¿En serio? Qué aburridos sois, pero está bien, allá va la historia: Érase una vez una mariposa que tenía su casa encima de un árbol…
La voz de Natsu ocupó la estancia durante un rato y la tormenta de fuera fue menguando hasta desaparecer.
Puede que Haru me engañara en aquel momento, pero, a día de hoy, puedo afirmar una cosa: Haru nunca tuvo miedo de la tormenta. Ni de aquella ni de todas las tormentas de invierno que la siguieron, por más que pretendiera lo contrario. Lo fingió, únicamente, para que yo dejara de tenerlo.