8 La casa de Haru
cPG
La casa de Haru
FUYU
No sé cómo he terminado aquí, en el piso de Haru, vagando por sus habitaciones y contemplando sus cosas.
Después de dejar a Linda en el colegio, no sabía qué hacer.
No quería volver a casa de Aki, así que me he puesto a deambular por las calles del pueblo hasta que mis pies me han traído a casa de Haru.
Desde que abrí esa caja rosa y descubrí sus llaves, siempre las llevo encima, como si fuera lo único que dejó tras su marcha.
Pero no fue lo único. Sus cosas, su vida entera está entre estas cuatro paredes.
Ha dejado todos sus libros, gran parte de su ropa y todos esos utensilios con diseño colorido y estético que no sirven para nada más que ocupar espacio y decorar.
Me siento en el sofá y cojo uno de los cojines peludos y rosados que hay en él.
Me acuerdo de la cara de felicidad de Haru cuando se lo compró en la tienda de Yamamoto, y de cómo insistió para que yo me comprase uno igual en blanco para mi cama.
Acabé llevándome el maldito cojín peludo y no porque me gustara.
No es de mi estilo, me da calor solo de verlo, pero lo compré para que lo usara él cuando se quedase conmigo en la cabaña.
Pero ahora, ¿qué sentido tiene? ¿Volverá o es que piensa abandonarlo todo? ¿Ya no le hace ilusión nada de esto? ¿Ya no quiere estas cosas?
Me levanto del sofá cuando empiezo a sentirme como el cojín abandonado que aún sostengo en mis manos.
Lo lanzo con frustración contra el sillón y resoplo mientras me llevo las manos a la cabeza.
No ha sido buena idea venir aquí. Todo tiene su olor, su esencia.
Todo grita su nombre de forma dolorosa e imposible de evitar.
Aun así, me niego a irme, no puedo, es como si algo me atara a este sufrimiento, porque, aunque duela, es lo más cerca que puedo estar de él ahora mismo.
Paseo por el salón y observo la estantería repleta de libros.
En su mayoría, novelas románticas y mangas BL.
Paso los dedos sobre los lomos, y voy reconociendo a mi paso aquellos que he leído.
Nunca se lo he dicho, pero los leía cada vez que se dejaba uno olvidado en la cabaña, que solía ser muy a menudo.
Empecé por curiosidad y, al final, acabé aficionándome a esas historias estúpidas, llenas de drama y sentimentalismo.
Las consideraba entretenidas, aunque pura fantasía, al fin y al cabo.
Pero ahora entiendo mejor a muchos de los personajes que protagonizaban dichas aventuras.
Sigo avanzando por el salón y reparo ahora en sus plantas.
Están mustias, secas, muriendo sin la presencia de Haru…
Genial, ahora me siento como el maldito helecho de la maldita estantería.
Suspiro, voy a la cocina, lleno una jarra con agua y empiezo a regar las estúpidas plantas.
Me digo a mí mismo que ellas no tienen la culpa, que merecen ser cuidadas, aunque su propietario las haya abandonado a su suerte.
Pero, muy en el fondo de mi ser, sé que las estoy regando con la esperanza de que Haru vuelva algún día y, cuando lo haga, esté todo igual.
Me siento patético, pero, a la vez, creo que es a lo único a lo que me puedo aferrar ahora mismo para no volverme loco.
Voy a la cocina de nuevo para soltar la jarra y me percato de la nota que hay en la nevera y que antes no he visto. Está sujeta a la puerta con un imán de una flor de cerezo.
Intenté vaciarlo por completo, pero hay cosas que no me pude comer.
Sírvete.
Abro la nevera y lo único que veo son diferentes botes de salsas y alguna que otra lata de Coca-Cola, esa de sabor a vainilla que le gusta a él.
La cierro, miro en el congelador y lo veo: una tarrina de helado de té matcha, de ese amargo que no le gusta a Haru.
En el envase hay pegada una pegatina de un corazón.
A mi memoria viene directamente ese día.
El día del beso. El día que lo cambió todo…
Debí haberme aguantado las ganas un poco más.
Total, llevaba haciéndolo años. Pero caí ante sus provocaciones como un maldito crío.
Quizás las cosas no se hubieran puesto raras entre nosotros.
Quizás, si no lo hubiese besado, todo seguiría igual.
Pero, aunque lo intento, no puedo arrepentirme del todo, porque aquel beso fue una de las mejores cosas que he experimentado en la vida.
Haru tenía razón, no se trata simplemente de juntar dos bocas, sino de qué dos bocas se juntan. La de él podría estar besándola toda la eternidad. Aunque esa eternidad dejó de ser posible en el momento en el que Haru dejó de ser yosei y abrazó la efímera naturaleza humana.
Cojo el helado del cajón aún con el recuerdo de sus labios sobre los míos. Lo abro, me como una cucharada y lo saboreo. Es el mismo de siempre, sin embargo, me sabe más amargo que nunca.
La melodía de mi móvil me saca de mis pensamientos y, por algún motivo, eso me molesta. Lo cojo y veo en la pantalla el nombre de Aki. Suspiro con cansancio, pero termino descolgando.
—¿Qué?
—Ey, ¿dónde estás? Me ha dicho Erik que no has vuelto a casa todavía.
Ya está ejerciendo de niñera de nuevo.
—Estoy dando una vuelta. No tenía ganas de volver tan pronto.
—Ah, vale… ¿Estás bien?
Resoplo.
—Aki, no hace falta que estés tan encima de mí. Me agobias.
—Vale, vale, solo estaba preocupado.
—Pues no lo estés. Eres un pesado cuando te pones en plan protector.
—Vale, vale, vale.
—Deja de decir vale.
—Vale. —Pongo los ojos en blanco—. ¿Vas a venir a comer?
—Iré cuando recoja a Linda del colegio.
—Ah, ¿vas a recogerla tú?
—Sí. Ella quiere que lo haga.
—Ah, vale.
Otra vez…
—Aki.
—Dime.
—Luego hablamos. Adiós.
Y cuelgo antes de que vuelva a decir vale.
No puedo estar más tiempo en su casa. Sé que todo lo que hace es por mí, y lo aprecio, pero necesito que me deje a mi aire, que me deje tranquilo.
Él no puede aliviar este dolor, por mucho que me intente atiborrar de comida casera y bebidas calientes.
Me agobia y no puedo evitar contestarle mal y, cuando lo hago, me siento aún peor.
Ya pagué mi frustración con él aquel día, no quiero hacerlo más.
Así que, esta tarde, recogeré mis cosas y me iré.
Miro las llaves de Haru sobre la encimera y me decido: les daré uso.
Me instalaré aquí unos días. Alguien tiene que cuidar de estas plantas.