6 Mentiras piadosas
Mentiras piadosas
FUYU
Para cuando los rayos de sol entran por la ventana, llevo despierto un par de horas, pero sigo sin querer salir de la cama.
No me apetece, ¿para qué? Total, tampoco es que nadie me esté esperando ni tengo nada mejor que hacer.
Mis tareas de yosei las puedo hacer desde debajo de este edredón y no me tengo que preocupar por esconder mis orejas de lobo. Así todos ganamos.
Hace tres días que Haru se fue y, desde entonces, me estoy quedando en casa de Aki, en la habitación de Mat, uno de los asistentes de Erik que, casual y sospechosamente, está de vacaciones.
Aki insistió en que no me quedara solo en la cabaña, que me viniera a pasar unos días con ellos.
Y tuve que aceptar. La alternativa era que toda la familia se mudase allí y no quiero dar más problemas de los que estoy causando.
Aparte, tenerlos a todos en mi casa poniéndola patas arriba sería un incordio.
Y más aún cuando la cabaña no está preparada para Erik y su silla de ruedas.
Así que se lo puse fácil y me instalé aquí.
Ya bastante los estoy perjudicando con el frío desolador, el cielo encapotado y las tormentas nocturnas.
En estos tres días, las únicas noticias que he tenido de Haru son que llegó bien a Australia, que está con Natsu y que tiene un número de móvil nuevo.
Y lo sé porque lo dijo por el chat de grupo.
Solo eso. Ni siquiera me envió un mensaje privado para contarme cómo le ha ido.
Nada. Supongo que estará muy ocupado con Riley.
Yo tampoco le he preguntado, ni le voy a preguntar.
Cuando él tenga algo que decirme, me lo dirá.
Me giro en la cama y me tapo la cabeza con el edredón, pero termino sacándola cuando escucho tres golpes en la puerta. Dirijo la mirada hacia ella por si me lo he imaginado, pero vuelven a sonar un par de golpes.
—¡Tío Fuyu! —Linda, la hija de Aki y Erik, abre la puerta y asoma su pequeña cara sonriente por la rendija.
Cuando ve que estoy despierto, entra en la habitación sin pedir permiso y se acerca a la cama.
—Qué bien que estás despierto. Paki dice que te diga que bajes a desayunar, que hoy me tienes que llevar al cole.
Esto es nuevo, hasta ahora me han dejado bastante tranquilo, aparte de la insistencia de mi hermano en traerme comida y bebidas calientes a la habitación, no me habían pedido salir de ella.
—¿Tengo que llevarte al colegio?
La niña asiente.
—Paki dice que te diga que tiene que ir al Carpe Diem temprano.
—¿Y él no puede llevarte?
Se encoge de hombros y hace una mueca rara con la boca. Suspiro y me incorporo en la cama.
—Vale, ya voy —digo con la esperanza de que baje a la cocina y me espere allí, pero no lo hace. Se queda en la habitación curioseando las cosas de Mat.
Los niños son raros. No se me da bien tratar con ellos… bueno, supongo que no se me da bien tratar con nadie, pero Linda al menos no me molesta, sabe mantener los silencios y no pide constante atención como otros.
Me cambio de ropa mientras ella sigue a lo suyo entretenida con lo que quiera que esté mirando en el escritorio de Mat.
—Paki dice que estás triste porque echas de menos al tío Haru y que por eso está el cielo raro.
No sé qué contestarle, así que me encojo de hombros, como ha hecho ella antes.
—Pero no se ha ido para siempre, puedes llamarlo. Además, papi dice que en algún momento volverá.
—Anda, bajemos a desayunar. —Me quedo sujetando la puerta mientras la invito a salir.
No quiero hablar de Haru, y menos con una niña de cinco años. Ella sale de la habitación y me espera para que baje con ella a la cocina.
—¿Sabes? Mi mami sí se fue para siempre. Pero el tío Haru no, el tío Haru volverá. No estés triste.
Y, después de soltar esa bomba que les quita seriedad a todos mis problemas, sale corriendo escaleras abajo.
No, Haru no ha muerto como la madre de Linda, pero ahora ya podría pasar porque decidió dejar atrás su inmortalidad por un estúpido surfero australiano.
Se me hace un nudo en el estómago ante la idea de perder a Haru para siempre.
No quiero ni imaginármelo, no poder verlo más, no poder escuchar su voz, que nunca calla…
Quizás sí que debería mandarle un mensaje como dice la niña…
—Buenos días, ¿cómo estás? —Aki interrumpe el hilo de mis pensamientos cuando entro en la cocina.
—Bien —digo sin pensar, como un autómata.
—Vamos, siéntate y come. —Me señala la mesa en la que hay un plato con huevos revueltos y beicon.
Linda y Erik están sentados y comen sus respectivos desayunos.
Son diferentes al mío, lo que me hace pensar que Aki ha hecho esto especialmente para mí.
Me siento con ellos y, a pesar de que no tengo ganas de comer, hago un esfuerzo, porque el pesado de mi hermano se ha esforzado en preparármelo y no quiero hacerlo sentir mal.
—¿Tengo que llevar a Linda al colegio? —pregunto para asegurarme de que la niña decía lo correcto.
—Así es, yo tengo que abrir el Carpe Diem hoy y no la puedo llevar.
—Sí, y yo con este frío es mejor que no salga —dice Erik.
Pruebo otro bocado más del beicon. Sigo sin tener hambre, pero está bueno.
—¿Quién lleva normalmente a Linda al colegio cuando Aki abre el Carpe Diem y no estoy yo en casa? —pregunto y miro a Aki, que se da la vuelta y se pone a hacer algo en la encimera.
—Paki, también me lleva paki —suelta la niña con la boca llena.
—Linda —la regaña Erik.
—¿Qué? Es que también me lleva paki.
Ya veo. Lo de que lleve a Linda al colegio es otra excusa para que salga de la habitación y haga algo.
—Pero quedamos en no decirlo —le susurra Erik.
—Pero eso es mentir, papi, y no se miente.
—No es mentir, es un acuerdo.
Los sigo observando mientras como un poco más de mi desayuno.
Los humanos y la sociedad en general son contradictorios.
Todo sería más sencillo si se dijera la verdad siempre.
Las mentiras piadosas son un arma de doble filo, se dicen para proteger al otro, pero a veces hacen más daño que la verdad.
Como esa caja rosa que tuve que recoger en correos.
Esa mentira piadosa de Haru todavía la tengo clavada en el pecho.
—Tiene razón. Si no queréis que vuestra hija mienta, no lo hagáis vosotros. —Miro a Erik y a Aki respectivamente.
—No estamos mintiendo, solo es… —interviene Aki.
—Sí, lo entiendo —lo interrumpo para que se ahorre las explicaciones—. La llevaré al colegio.
—¡Bien! —celebra Linda, cosa que me sorprende. No sabía que le hiciera ilusión que yo la acompañara.
Se baja de la silla de un salto, lleva su plato vacío al fregadero y vuelve hacia mí y me tiende la mano.
—Vamos, tío Fuyu —me sonríe.
La miro. Me levanto, aunque no le cojo la mano, llevo mi plato a la pila primero.
—Cariño, ponte el chaquetón y el gorro, que hoy hace mucho frío —dice Erik y Aki la acompaña para ayudarla—. Tú también, me dice a mí.
Ni siquiera le contesto, ya sé que hace frío, soy el culpable de ello.
Voy hacia la entrada y cojo mi abrigo de la percha.
Me pongo la capucha para tapar mis orejas.
Espero a que la niña se despida de sus padres con besos y abrazos y vuelve hacia mí.
Me tiende la mano y esta vez se la cojo.
Salimos de casa y la llevo a la escuela.
En el trayecto, no me habla ni me suelta de la mano.
Va cantando y tarareando una canción infantil sobre el invierno.
Por raro que parezca, no me molesta. Su vocecilla alegre y desafinada me hace distraerme de mis pensamientos.
—Tío Fuyu, ¿este año nevará en Navidad? —Me mira con ilusión en los ojos.
—Pues no lo sé —le contesto.
—Ojalá sí. Ojalá nieve mucho para poder hacer figuras de nieve y guerras de bolas con Derek. Todo el mundo se queja del invierno, pero a mí me gusta. ¿Y a ti?
Me paro en la puerta de la escuela y la miro. No lo sé. ¿Me gusta el invierno? Antes me gustaba, este año me genera demasiada tristeza. Aunque no es la estación el problema.
—Supongo que sí, que también me gusta.
Asiente y sonríe. Luego mira hacia el patio y saluda a la maestra, que ya la está esperando.
—¿Vas a venir luego a recogerme?
No lo sé, Aki no me ha dicho nada.
—¿Quieres que venga a recogerte?
Se encoge de hombros.
—Sí.
—Vale, vendré.
Linda se va corriendo mientras se despide con la mano.
Me quedo un rato en la puerta y veo como todos los niños entran en clase, hasta que el patio queda vacío y en calma. Normalmente agradezco el silencio, pero ahora mismo me recuerda que no está él.
Saco el móvil del bolsillo. Quizás debería mandarle un mensaje como sugirió la niña.
¿Vendrá en Navidad? No me imagino una Navidad sin él.
Va a ser la más triste de todas si Haru no está.
Entro en el chat de grupo que tenemos todos y busco su nuevo número.
Lo guardo bajo el nombre de Haru 2. Abro la ventana del chat con él y activo el teclado.
Mis dedos tiemblan sobre el teléfono, indecisos.
Suspiro, miro al cielo y bloqueo el móvil antes de guardármelo en el bolsillo.
No le escribo.