5 Lo suelto todo
Lo suelto todo
HARU
—O sea, que, mientras yo estaba sufriendo porque creía que Aki la había palmado, ¿vosotros estabais dándoos el lote? —pregunta Natsu sorprendido desde su asiento en el coche.
—No nos estábamos dando el lote —me defiendo—. No fue así, fue sin querer. Fue un experimento que se nos fue de las manos… un poquito. —Junto el dedo índice con el pulgar y dejo un hueco muy pequeño mientras sonrío para salir del apuro.
—Ya te digo si se os fue de las manos… Encima, ¿te besó tempanito? Es que lo flipo mucho.
—Bueno, sí, nos besamos un poco, pero ya te he dicho que fue sin querer.
—Sin querer, mis cojones. Si Fuyu se lanzara a comerme la boca, ya te digo yo a ti que lo que se lleva de vuelta es un puñetazo, no un beso.
—¡Eso es porque eres un homófobo!
La mirada que me lanza Natsu me hace encogerme en el sillón. Es una acusación muy fea que no se merece en absoluto, y que he soltado por la boca como acto reflejo para defenderme. Él es el primero que me ha apoyado desde siempre. Tanto a mí como a Aki.
—¿Homófobo? ¿Lo dices en serio?
—No, perdón. —Bajo la mirada y la fijo de nuevo en mis uñas descascarilladas mientras me las descascarillo aún más.
—Si le devolviste el beso, es porque te gusta y punto. ¡Asúmelo! ¡Te gusta nuestro hermano! ¿Acaso le has devuelto el beso alguna vez a alguien que no te haya gustado?
Levanto de nuevo la cabeza y clavo los ojos en los de Natsu.
Me siento horrible porque tiene razón. Me gusta Fuyu, me atrae como no me debería atraer un hermano.
Y pienso en él de forma indecente, porque no puedo quitarme ese beso de la cabeza, porque me gustó demasiado.
Y por eso me he ido, porque no podía más, porque necesitaba que lo mío con Riley funcionara para dejar de fingir que todo va bien, que todo es como antes. Cuando nada lo es en absoluto.
—¡Ay, Naaaat! ¡Soy horrible! ¡Horrible! —Me tapo la cara con las manos, estoy llorando de nuevo—.
Estoy malito de la cabeza, me gusta Fuyu, me pone.
Soy un maldito degenerado. ¿Sabes lo mal que lo pasé la última primavera cuando nos quedamos los dos solos en la cabaña?
No podía más, me sentía horrible cada vez que me rozaba la mano o que se acercaba a mí más de la cuenta.
No sé diferenciar, soy un depravado sexual que se cuelga de su hermano por darle un beso de broma, soy…
—Tío, cálmate, que no eres nada de eso —intenta tranquilizarme Natsu.
—¿Cómo que no? ¡Lo soy, Natsu, lo soy!
—Florecilla, estás desvariando, en serio, escuch…
—¡Que no! ¡Lo soy! ¿Qué más pruebas quieres?
Natsu pone los ojos en blanco, suspira y suelta un «por la Diosa, lo que tengo que hacer» en un susurro.
Y luego, antes de que vuelva a abrir la boca, me agarra de la camiseta, me atrae hacia él y estampa sus labios contra los míos.
La sensación es tan desagradable que antes de que me dé cuenta, mi puño acaba impactando en su cara con un golpe seco.
—¡¿Pero qué coño haces?! —le grito.
Natsu gruñe de dolor y se lleva las manos a la nariz.
—¡Joder, tío! —Su voz suena nasal. Se separa un poco las manos de la cara y se las mira.
Entonces lo veo, un reguero de sangre que le resbala desde la nariz hasta la boca y que mancha sus manos.
¡Ay, Dios mío! ¡Ay Dios mío! Le he roto la nariz, le he roto la nariz a mi hermano.
Lo que me faltaba. Con uno me enrollo y al otro le desgracio la cara.
Empiezo a encontrarme mal, la cabeza me da vueltas y el estómago se me comprime con intención de expulsar lo poco que he comido.
Abro la puerta del coche y salgo al aparcamiento.
Me doblo sobre mí mismo mientras me sobrevienen una arcada tras otra.
No vomito, no puedo, pero la sensación es horrible, como si todo mi ser quisiera escapar de mi cuerpo y salir corriendo.
—Haru, ¿estás bien? —La voz de Natsu llega a mis oídos lejana y embotada, parece que me estuviese hablando desde dentro de una pecera—. Vamos, tío, toma, bebe un poco de agua.
Levanto la mirada y acepto la botella que me tiende, pero entonces veo su camiseta toda manchada de sangre y los dos pañuelos que tiene haciéndole tapón en la nariz teñidos de rojo y ahora sí, ahora echo hasta la primera papilla.
—¡Halaaaa! Vaya ascazo… —Escucho a Natsu de fondo y seguidamente una arcada que no proviene de mí y se aleja para no acabar vomitando conmigo.
Al cabo de un rato, consigo calmarme. No sé si es porque lo he soltado todo, literalmente, a nivel emocional o físico, por el jet lag o porque no me quedan más fuerzas, pero siento el cuerpo laxo y relajado como si me hubiera fumado una pipa entera de la hierba especial de Aki.
Ambos estamos de pie, mirando la playa, apoyados en la parte delantera del coche (que Natsu ha cambiado de lugar, lejos de la pota) mientras bebemos un par de cocacolas frías.
Nat se ha quitado la camiseta manchada y ya no le sangra la nariz, gracias a la Diosa.
Llevamos unos minutos así, mirando el horizonte sin decir nada. Hasta que él rompe el silencio.
—Vaya movida…
—Sí…
—Casi me haces vomitar… —lo dice en un tono divertido que me saca la sonrisa.
—Lo siento, ¿te duele?
—¿La nariz? Nah, solo molesta un poco.
—¿Crees que te la he roto? —Nos miramos.
—Creo que, si me la hubieses roto, dolería más. No te preocupes, Jacquie sabrá qué hacer. —Se encoge de hombros y vuelve a mirar al horizonte—. Al menos, nos hemos asegurado de algo.
Lo vuelvo a mirar.
—¿De qué?
—De que no eres un depravado sexual, porque, si lo fueras, no podrías resistirte a mis huesitos. ¿Qué mejor prueba que esa? —Termina la frase con una carcajada que me contagia al instante.
Intento no reírme, pero es imposible.
—Estúpido.
—Encima que te saco de dudas, me rompes la nariz.
—¡No te he roto la nariz!... ¿No? —Lo miro de nuevo con preocupación, pero su risa hace que me relaje y me enfade al mismo tiempo—. ¡Deja de cachondearte de mí! No entiendo cómo Jacquie te aguanta.
—Hablando de cachondeos, florecilla, ¿te recuerdo quién se cachondeó de mí de lo lindo con lo del bailecito de Dead Pool?
—¡Shhh! ¡Calla! No es lo mismo, aquello fue una bromita de nada, no compares.
—Y lo mío también, lo que pasa es que estás susceptible por lo del incesto. —Se ríe el muy cabrón, al mismo tiempo que me recuerda lo despreciable que soy.
—¡Ay, Naaat! —Me agarro a su brazo y apoyo la frente en su hombro. No quiero llorar de nuevo y si no lo hago, es porque creo que no me queda más líquido en el cuerpo—. Soy lo peor.
—Tío, no te rayes. No eres lo peor. Te mola tempanito, vale, ¿y qué?
Levanto la cabeza de su hombro y lo miro.
—Desarrolla —le pido.
—Que no te fustigues por eso. No me parece que sea algo malo, al fin y al cabo, no somos hermanos de verdad.
No compartimos sangre, solo naturaleza. Solo fuimos cuatro niños que corrieron la misma suerte y acabaron siendo espíritus estacionales.
Nos llamamos familia porque no conocemos otra cosa, pero no nos podemos regir por las mismas normas ni las mismas leyes que las familias tradicionales.
Y tu relación con Fuyu siempre ha sido diferente a la que tienes con Aki y conmigo.
Si lo piensas, siempre habéis sido vosotros dos dentro de un grupo de cuatro.
Siempre juntos, siempre unidos. Caminando de la mano por el bosque, durmiendo juntos por las noches y bailando el uno con el otro en las fiestas de Navidad.
Tío, lo último que se me ocurriría a mí es pedirle a Aki que baile conmigo en una fiesta llena de chicas…
Antes no bailo que bailar con cualquiera de vosotros por gusto.
—Sonrío por la mueca rara que hace con la cara—.
Así que no es raro, ni está mal, es… diferente.
Sus palabras me quitan de encima parte de la angustia que sentía y me hacen sonreír al mismo tiempo que un par de lágrimas ruedan por mis mejillas.
—Y ahora, ¿por qué lloras? —resopla cansado.
—Porque es muy bonito eso que has dicho.
—No he dicho nada que no sea cierto. —Se encoge de hombros—. A pesar de eso, comprendo el marrón que tienes encima. Porque tienes un marronazo, tío. —Me da un par de palmadas en la espalda con camaradería.
—¡Ay, Nat! ¿Qué voy a hacer?
—De momento, volvamos con Jacquie y le preguntas a ella. Yo ya he tenido suficiente intensidad por hoy.