4 Nuestro primer beso
Nuestro primer beso
HARU
Aquel día, Fuyu y yo habíamos estado dando una vuelta por el centro, por las pocas tiendas del pueblo, comiendo los primeros boniatos asados del año, viendo ropa y cosas bonitas y pasándolo bien en general.
El otoño hacía poco que había entrado y, aunque durante el día hizo una temperatura estupenda, por la tarde empezó a refrescar y cayeron unas cuantas gotas que pronto se convirtieron en un chaparrón.
Llegamos a mi casa empapados por la lluvia, maldiciendo a Aki por el repentino cambio de clima, y riendo por haber corrido bajo el aguacero como un par de chiquillos tontos.
Nada más llegar, nos quitamos los zapatos en el genkani y nos miramos sonriendo y con la respiración entrecortada.
Nuestra ropa goteaba y estaba formando charquitos en el suelo.
—Vale, desnúdate, no quiero que pongamos la casa perdida, que limpié ayer y odio hacerlo —le dije a Fuyu mientras yo mismo me deshacía de mis prendas y la dejaba tiradas en un rincón en el suelo.
Él me miró y empezó a desvestirse.
—¿Vas a dejarla ahí? —preguntó refiriéndose al montón de ropa.
—Sí, haz lo mismo, ya me ocuparé de eso luego, o mañana, da igual, te prestaré un yukataii. —Hice un gesto con la mano para quitarle importancia y me encaminé en pelota picada hacia el dormitorio mientras dejaba a Fuyu desnudándose en la entrada.
Cuando volví ya con el yukata puesto, me lo encontré sosteniendo su ropa mojada en las manos, como si no quisiera dejarla en cualquier sitio. No me extrañó, porque es un poco maniático con el orden. Me reí al ver su incomodidad, que parecía mayor por el desorden que por su desnudez.
—Déjala en el suelo, vamos.
—Pero… —Chasqueó la lengua.
Se lo puse más fácil, me acerqué a él, le quité las prendas mojadas de las manos, las tiré junto a las mías y le entregué el yukata limpio. Se quedó mirando el estampado floreado y colorido de la prenda.
—Lo siento, sé que no es tu estilo, pero es lo que tenía más a mano.
Mentira. Tenía uno mucho más discreto, azul, que pegaba más con su forma de vestir, pero lo reconozco: me encanta sacarlo de su zona de confort. Y me moría de curiosidad por ver cómo le quedaban esos colores.
Resopló como toda queja y se puso la prenda sin prisa alguna.
Mis ojos hicieron un recorrido por su cuerpo pálido, definido y sin ninguna imperfección.
Sé que no está bien mirar así a un «hermano», pero, aun así, no podía dejar de hacerlo.
Me atraen las cosas bonitas y Fuyu rebosa belleza por cada poro de la piel.
Me miró con cara de pocos amigos cuando acabó de atarse el cinturón y yo solté una carcajada por el contraste.
—¡Te queda fatal! —dije entre risas. Otra mentira.
—Apuesto lo que quieras a que, si voy a tu armario, encontraré un yukata más acorde a mis gustos. Me has dado este a propósito.
Me reí aún más cuando dijo eso. Me conoce de sobra como para sorprenderle con alguna de mis travesuras.
—Pero qué mal pensado eres, heladito de nata.
—¿Voy? —dijo retándome e hizo el amago de ir a mi habitación.
—¡No! —Le puse las manos en el pecho y lo paré con una sonrisa divertida—.
Deja eso para luego, vamos a secarnos primero el pelo.
—Lo agarré de la muñeca y lo llevé hasta el salón—.
Espérame aquí. —Fuyu se cruzó de brazos y se apoyó en la parte trasera del sofá—.
¿Qué te apetece hacer? ¿Vemos algo en la tele?
¡Ay, podemos ver Friends! O una comedia romántica.
Tengo ganas de algún clásico de principios del 2000 —hablaba mientras me movía por la casa y volvía al salón con un par de toallas en las manos—.
También podríamos comer helado y taparnos con una manta calentita.
Me encanta comer helado cuando hace fresquito.
Y tengo de té matcha, de ese amargo que te gusta a ti.
—Me acerqué a él, le puse la toalla en la cabeza y empecé a secarle el pelo—.
Sabes que solo lo compro por ti porque a mí no me gusta, así que tienes que comerlo antes de que caduque.
¿Qué dices, helado y comedia romántica? ¿Te apetece?
—¿Por qué te gustan tanto? —Me miró con esos bonitos y enormes ojos de hielo mientras dejaba que yo le secara el pelo.
—¿El helado? Ya te he dicho que no me gusta, pero para mí tengo de sakuraiii y…
—No, las películas románticas. —Me sujetó las manos para que parase, se quitó la toalla de la cabeza, la puso sobre la mía y empezó a secarme el pelo mechón a mechón, con mucha más delicadeza y paciencia de la que yo había tenido con él.
—Porque son preciosas. Me encanta cómo los personajes se pelean con sus propios sentimientos, como si se resistieran a enamorarse, pero al final siempre caen.
Y lo mejor… Lo mejor es ese momento del primer beso, cuando todo se detiene y parece que el mundo desaparece.
Es… —Me llevé las manos al pecho, cerré los ojos con fuerza y dejé escapar un sonido agudo que explicaba mejor que cualquier palabra cómo me hacían sentir esas escenas.
Cuando abrí los ojos, me encontré la sonrisa cálida de Fuyu en primer plano y sentí ese calorcito en la barriga, como siempre que lo veo sonreír de esa manera.
—¿Qué tienen de especial los besos para que te emocionen así? No es para tanto, solo son dos personas juntando los labios.
Abrí la boca con indignación.
—Qué manera de cargarse el momento, chico. Eso lo dices porque nunca has besado a nadie. Si lo hubieras hecho, no pensarías lo mismo.
—No creo que sea por eso.
—¿Entonces es cierto?
—¿El qué?
—Que nunca has besado a nadie.
—Ni falta que me hace
Me separé de él ahogando un grito de sorpresa y con la mano en el corazón, escandalizado por lo que estaba oyendo. Tenía la sospecha de que Fuyu nunca había tenido pareja, pero no me había dado por pensar que nunca nunca nunca había besado a alguien. Se estaba perdiendo tantas cosas…
—Vale, heladito de nata, esto no puede seguir así. Tienes que besar a alguien, pero ya. —Lo miré con los brazos en jarra—. Te estás perdiendo lo mejorcito de la vida. Esta noche vamos al pub del hotel a buscar unos labios para ti, no hace falta que sea alguien del pueblo; si es desconocida, mejor.
—No quiero besar a ninguna persona desconocida. —Frunció el ceño y desvió la mirada.
—No te preocupes, si lo de desconocida es un decir, ya la iremos conociendo.
—No quiero conocer a nadie. —Volvió a clavar sus ojos en mí.
—Es porque te da vergüenza por no tener práctica… Claro, a tu edad, la gente espera que uno tenga experiencia, y más al ser tan guapo…
—Qué pesado… —Chasqueó la lengua—. No me interesa besar a nadie ni tampoco practicar. Además, no creo que sea tan difícil.
—Uy, que no, dice… La práctica lo es todo. No es tan fácil como parece.
—Es unir dos bocas, no tocar un solo de shamiseniv. Hasta un tonto lo puede hacer.
—Ya, claro, un mal beso lo puede dar todo el mundo, eso no te lo discuto.
—Me acerqué de nuevo a él y retomé la tarea de secarle el pelo con la toalla que tenía en las manos—.
Pero un buen beso, de esos que te hacen temblar las piernas y abstraerte del mundo…
Un beso así, solo se da con práctica. Con práctica y…
Su gesto me cogió desprevenido. Lo hizo por impulso, de sopetón, con una mezcla de rabia y orgullo. Lo hizo, literalmente, para callarme la boca.
Sus labios fueron bruscos, torpes, pero a la vez amables.
Estaban fríos al tacto, pero eran todo calor.
Como el mismo Fuyu, frío por fuera y un volcán por dentro.
Sus manos, todavía heladas por la lluvia, me sujetaban con decisión por la nuca y la cintura, pegando mi cuerpo al suyo, y esa seguridad me hizo derretirme.
Me dejé llevar, no lo pude evitar, solté la toalla, me aferré a su yukata y abrí la boca para dejarle entrar.
Se notaba la inexperiencia, pero lo compensaba con las ganas que le estaba poniendo.
Me temblaron las piernas, me abstraje del mundo y me rompió todos los esquemas. Me había equivocado, lo más importante de un buen beso no era la práctica, era… la conexión.
Entonces sonó el teléfono y nos separamos del tirón, con la sensación de que alguien nos había pillado haciendo algo que no debíamos.
No sé cuánto duró el beso, quizás menos de treinta segundos, pero se me hizo corto y me quedé con ganas de más.
Nos miramos un segundo con la confusión en los ojos y la respiración descompasada.
Fui a por mi móvil, que estaba olvidado entre toda la ropa mojada de la entrada.
Descolgué con manos temblorosas y una sonrisa incómoda.
Era Natsu, sonaba angustiado porque no notaba la presencia de Aki.
Aquel día fue cuando nuestro hermano se desvinculó del otoño, dejó de ser un yosei para convertirse en humano. Y Fuyu y yo habíamos estado tan inmersos el uno en el otro que ni siquiera nos dimos cuenta de que habíamos perdido la conexión con él.