3 La culpa es tuya
La culpa es tuya
FUYU
Vuelvo a golpear la puerta de Aki con los nudillos, esta vez con más fuerza. ¿Por qué está tardando tanto en abrir?
Llamo una vez más y lo oigo hablar al otro lado.
—Ya va, ya va. —Su voz apacible me saca todavía más de quicio—. Ah, eres tú —dice al verme; y eso, por alguna razón, aumenta mi cabreo.
Lo empujo con fuerza y mi mentiroso hermano da dos pasos hacia atrás del impulso y se para en medio del salón. Su cara es de sorpresa, pero creo que tarda un segundo en comprender lo que está pasando.
—¿Por qué, eh, por qué lo has hecho?
—Fuyu, cálmate. —Levanta las manos y me enseña las palmas con cautela, pero yo lo vuelvo a empujar.
Esta vez se lo espera y apenas retrocede.
—Cálmate y hablemos.
—¿Que hablemos? ¿Ahora? ¿Cuándo ya está todo perdido? ¿Por qué no antes, Aki? Cuando todavía podía impedir que Haru hiciera una tontería.
El sonido del viento nos acompaña cada vez más bravo en el exterior de la casa.
—Vale, no estuvo bien por mi parte ocultártelo, pero Haru me hizo prometer que no te lo diría.
Su comentario me hace apretar los dientes y cerrar los puños con fuerza. Noto mis propias uñas clavarse en mi piel y, de alguna forma, el dolor me reconforta.
—¿Y qué pasa conmigo? ¡Yo también soy tu hermano!
Aki da un paso hacia mí y vuelve a levantar las palmas en son de paz.
—Fuyu, no es eso, yo…
Retrocedo. En este momento no quiero que me toque.
—Todo esto es por tu culpa. ¡Todo! Nuestra naturaleza, nuestro vínculo, todo lo que somos…
se ha ido al traste por ti. ¡Eres un maldito egoísta, Aki!
No te importó romper todo por tu propio beneficio, sin pensar en lo que destrozarías.
Primero fuiste tú, luego Natsu y ahora Haru.
—Señalo a la puerta con el brazo—. Sabes que Haru no debería estar ahí fuera.
Sabes que no tenía razones de peso para dejar la isla.
Sabes lo caprichoso y volátil que es. Y aun así lo animaste y lo ayudaste comprando la mitad de la cafetería.
—Deja de tratar a Haru como a un crío. Él sabe perfectamente lo que hace y sus razones me parecieron tan válidas como las de cualquier otro.
Solo quise apoyarlo y me pareció buena idea ser socio del Carpe Diem.
Total, ya me paso media vida allí. Fuyu, deberías dejar de intentar controlarlo todo, la vida no funciona así. Tienes que fluir…
—¡No me hables de la mierda esa de fluir! Porque como fluya ahora mismo terminaré por partirte la cara. —Lo vuelvo a empujar, esta vez porque está demasiado cerca y me agobia.
—¡Eh! —El grito de Erik nos interrumpe.
Lo miro con los dientes apretados. Es la pareja de Aki, la razón de que todo esto empezara. Si nunca hubiese venido a Rakuen, todo seguiría igual que siempre. Él me mira amenazante y se acerca en su silla de ruedas.
—No te metas, Erik. Esto no va contigo. —Y es así a pesar de que fuera el desencadenante de todo.
—¿Que no me meta? Estás gritando a mi marido, claro que me voy a meter, te guste o no.
Deja de culpar a todo el mundo por tus desgracias y afronta la realidad de una vez.
Aki no tiene la culpa de que Haru se haya ido.
Y no tiene la culpa de que tú estés enamorado de él.
Date cuenta de una vez, acéptalo y toma una maldita decisión, pero deja de intentar retener al resto.
El mundo se mueve, Fuyu, muévete tú también.
Me quedo inmóvil ante las palabras de mi cuñado. Lo que ha dicho no tiene sentido, yo no… Yo no estoy… ¡Mierda! Aprieto los puños una vez más y me voy de la casa.
El viento me golpea nada más poner un pie en el jardín y un trueno gruñe con la rabia que llevo dentro.
Corro montaña arriba de vuelta a la cabaña, necesito estar solo.
Necesito que se me pase el torbellino que estoy sintiendo en mi interior ahora mismo.
Mientras camino, el día se oscurece y empieza a llover y a granizar con fuerza.
Las esquirlas de hielo duelen, aunque no es nada en comparación a lo que siento en el pecho.
Aprieto el paso, la cabaña está bastante lejos todavía y necesito llegar allí antes de que el tiempo me impida avanzar.
Maldita sea, debería saber parar esto, pero no puedo, mierda, no sé. Duele, duele demasiado.
Un ruido tras de mí hace que me gire y veo a Aki. Conduce el coche de Natsu. Empiezo a correr de nuevo, no quiero que me alcance, pero es inútil. Mi hermano se posiciona junto a mí y me grita a través de la ventanilla abierta.
—¡Fuyu, para! ¡Sube al coche!
—¡Déjame en paz, Aki!
—¡No te voy a dejar! ¡Estás empapado!
—No me importa —le gruño.
—¡Sube de una vez, joder! Te vas hacer daño con el granizo.
Lo ignoro.
—Vale, pues te acompañaré así hasta la cabaña.
Me paro en seco. ¡Dios, qué molesto es! Le enseño los colmillos como un maldito lobo rabioso y aprieto los puños tanto que me duelen los dedos, pero luego me resigno y subo al coche.
No me queda otra si quiero que me deje en paz de una vez.
El asiento se empapa al contacto con mi ropa y me cruzo de brazos sin decir nada mientras dejo que Aki me lleve hasta la cabaña.
Él se queda callado. O no tiene nada que decir o me está regalando el silencio que necesito.
De igual modo, se mantiene así hasta que detiene el jeep frente a mi casa.
Entonces me dispongo a abrir la puerta, pero no puedo. Está cerrado con el seguro infantil.
—Aki, abre la maldita puerta —digo entre dientes.
—Abriré cuando hables conmigo.
—No quiero hablar contigo, ¿no lo entiendes?
—¿Es verdad lo que dice Erik? —Le aparto la mirada y la fijo en la ventanilla, aunque poco puedo ver por la lluvia—. ¿Estás enamorado de Haru?
Otra vez esa palabra.
—Fuyu… —Aki me pone la mano en el hombro y yo me sacudo su agarre—. Fuyu, venga, no pasa nada, puedes contármelo, todo estará bien.
Vuelve a tocarme el hombro y esta vez lo dejo, me están picando los ojos, los cierro y aprieto los párpados para no llorar.
Pero Aki me agarra por la nuca y me atrae hacia él.
Me resisto e intento escapar de su contacto, pero me abraza fuerte.
Siempre ha sido el más alto de los cuatro y no puedo evitar sentirme pequeño en sus brazos.
Me revuelvo de nuevo, no me gusta esta sensación, no me gusta sentirme pequeño, indefenso, vulnerable…
Necesitado. Pero Aki me sigue agarrando fuerte, tanto que al final termino rindiéndome y me deshago en llanto sobre su hombro.
—Suéltalo todo. No me voy a ir a ninguna parte. Solucionaremos esto.
En otro momento, me costaría confiar en sus palabras, pero, ahora mismo, que estoy roto, son como un bálsamo que me calma y me reconforta.
Me aferro más a él, hundo los dedos en su poncho y dejo salir toda mi frustración en forma de lágrimas silenciosas.
Todo está borroso, no puedo pensar, no puedo.
Ahora mismo solo siento; y es tremendamente doloroso.