Capítulo 33
treinta y tres
SLOANE
Salimos por las puertas laterales porque Luca se ha adueñado del evento y se niega a dejar marchar a nadie de nuestro grupo hasta que se comprometan a un after en Ironwood House. Rowan y yo hemos decidido que tenemos otros planes.
—Tu hermana —digo, poniéndome el abrigo— va a acabar en un informe de seguridad del campus antes de que amanezca.
—Ya está en dos —dice sin levantar la vista, abrochándose el abrigo, y me río porque no está de broma—. Menos de los que esperaba.
Cruzamos el patio en diagonal hacia Sterling, mis tacones repiqueteando sobre el camino helado. Durante todo el trayecto, espero lo que suele activarse: el escaneo, la lista mental, quién nos ha visto salir, si alguien va a escribirle a alguien que le escribirá a alguien más.
No llega.
Sigo caminando y, sencillamente, no llega.
Miro a Rowan de reojo. Tiene las manos en los bolsillos y el aliento se le empaña delante de la cara.
Bajo la luz de la farola, tiene la cara colorada por el baile, o por el champán, o por el momento en que mandó a la mierda a su padre, a Patrick Cross y a media clase de donantes en el transcurso de una misma hora.
Fue sexy.
El móvil le vibra en el bolsillo del abrigo y lo saca sin dejar de andar. Alcanzo a ver la pantalla antes de que la aparte: no es un mensaje, solo un aviso del calendario, gris y sin sangre: Cancelado: Llamada — G. Mercer.
Lo mira un segundo, luego bloquea la pantalla y se lo vuelve a guardar en el bolsillo.
—¿Quién es Mercer? —pregunto, aunque el momento me lo responde solo.
—Un ojeador. Teníamos una llamada programada —se encoge de hombros—. Supongo que ya no.
—Rowan, eso es por—
—Sé por qué —me mira, la voz llana—. Elegí esto. Te elegí a ti. Una llamada cancelada no cambia esa cuenta. Se cerrarán otras puertas, y me parece bien.
Y lo más fuerte es que le creo.
—Mi casa está más cerca —dice cuando llegamos a la bifurcación del camino.
—Lo sé —lo agarro de la muñeca y tiro de él hacia Sterling—. Vamos a la mía.
No discute.
Cuando llegamos, el vestíbulo de Sterling está muerto, todo el mundo sigue en la gala o en Murphy’s.
Subimos por las escaleras y, mientras lo hacemos, llevo una mano a la espalda por debajo del abrigo, me desabrocho el sujetador a través del vestido y me lo saco por la manga como toda chica aprende a hacer a los catorce.
Lo cuelgo del pomo exterior de la puerta, abro y tiro de él hacia dentro.
Rowan se ríe.
—¿Eso ha sido—
—La señal de Ivy.
—Le va a encantar .
La habitación es pequeña y todavía huele a la vela de vainilla que Ivy tenía encendida esa mañana. Mi cama está hecha, mientras que la de Ivy es un caos camuflado bajo un montón de ropa. Me quito los tacones y pierdo tres pulgadas, y Rowan se ríe, mirándome desde arriba.
—Como hagas un comentario sobre mi estatura, te apuñalo con los tacones —digo.
La comisura de la boca se le curva hacia arriba, con toda la inocencia fingida del mundo.
—No iba a hacerlo.
—Lo estás haciendo con la cara —le doy un golpecito con el zapato—. Quítate la chaqueta.
Lo hace, la deja sobre la silla del escritorio y luego se desabrocha los puños mientras yo me quedo ahí mirándolo como si nunca hubiera visto a un hombre desvestirse.
Que, vale, lo he visto sin camiseta un montón de veces, pero esta noche va arreglado, con los antebrazos tensándose, y se me seca la boca.
—Me estás mirando fijamente —dice.
—Estoy apreciando. Quítate la camisa y apreciaré más.
Se desabrocha el resto y se la quita de los hombros, y tengo la vista completa: hombros anchos, el corte duro del pecho, la línea de músculo que le baja por el abdomen y desaparece bajo el cinturón.
Llevo la mano a la espalda para bajarme la cremallera y se atasca.
Me retuerzo, tirando, y Rowan se acerca, sus dedos reemplazan a los míos y bajan la cremallera mientras su boca encuentra el lado de mi cuello.
El vestido se afloja y cae en un charco a mis pies, y me quedo solo con las bragas puestas.
Sus manos se posan en mi cintura y se aprieta contra mí desde atrás. Ya está durísimo, y sus manos bajan por mis pechos, mi vientre, y luego más abajo, provocándome en la cara interna de los muslos mientras su respiración y la mía se vuelven más pesadas.
Me giro y le desabrocho el cinturón, la hebilla tintinea mientras saco el cuero por las trabillas y lo lanzo detrás de mí. Luego lo ayudo a salir de los pantalones y veo que sus bóxers son oscuros y ajustados, la gruesa silueta de su polla tensándose contra la tela.
Le aprieto la palma plana contra él y da una sacudida.
Exhala con fuerza, su mano sube a mi nuca, pero lo que sea que tenga en mente fracasa porque lo empujo sobre la cama. Se deja llevar, y me subo encima de él, acomodándome, sus manos encuentran mis muslos mientras me inclino y lo beso, profundo y lento y a fondo.
Es la clase de beso que me hace restregarme contra él sin decidirlo, y mientras su lengua se desliza contra la mía, lo noto duro contra mí a través de dos finas capas de tela, justo donde lo quiero, y suelto un sonido dentro de su boca que no intento acallar.
Se aparta lo justo para mirarme.
—¿Cómo lo quieres—
—Como tú quieras.
Arquea las cejas.
—Creía que no querías que yo—
—He dicho que no quiero que decidas por mí. Estoy eligiendo dejarte.
Me mira un segundo, con hambre en los ojos, luego asiente.
—Vale.
Me besa más fuerte, más profundo, su mano baja por mi cuerpo, engancha mis bragas y me las baja por las piernas. Las suelto de una patada, y luego yo tiro de sus bóxers, y cuando su polla salta libre la rodeo con la mano y la acaricio, despacio.
Mientras lo trabajo, su frente cae sobre mi hombro y suelta un taco en voz baja contra mi piel. Pero, incluso con mi permiso para tomarme como quiera, sigue siendo cuidadoso conmigo, suave, conteniéndose como si yo fuera a cambiar de opinión, y esta noche no quiero cuidado.
—Quiero sentirte —digo—. Deja de ser tan educado.
Su boca asciende arrastrándose por mi cuello.
—Dilo otra vez.
—Fóllame ya, Rowan.
Se ríe contra mi garganta, sorprendido. Luego se mueve. Me da la vuelta, no con brusquedad, solo con determinación, una mano guiándome la cadera, y me dejo, girándome boca abajo e incorporándome sobre los antebrazos y las rodillas.
Su mano se curva sobre mi cadera, estabilizándome, y entonces lo siento: el glande ancho y romo de su polla presionando contra mí, entrando despacio. Estoy tan mojada que casi da vergüenza, pero me da igual. Se desliza dentro, grueso y estirándome, y hundo la cara en la almohada y gimo.
Está muy dentro.
Más dentro que antes, llenándome de una forma que me hace temblar los muslos.
Y ni siquiera ha empezado a moverse.
—Joder —resopla detrás de mí, los dedos clavándose en mi cadera.
Empujo hacia atrás contra él, y eso lo pone en marcha. Marca un ritmo, lento al principio, saliendo casi del todo y volviendo a embestir, y cada embestida me arranca un sonido que no edito. Soy ruidosa, más ruidosa de lo que he sido nunca con él, y me encanta.
—Se siente de puta madre estar dentro de ti —dice, grave y entrecortado, y sus caderas embisten hacia delante con más fuerza.
Doy un grito ahogado, apretándome hacia atrás contra él.
—No pares, Rowan, aunque entre tu hermana.
Se ríe, entre jadeos.
—Qué raro… pero… vale.
Sigue. Su mano se desliza desde mi cadera hacia delante, sus dedos encuentran mi clítoris, y la primera caricia me hace dar una sacudida. Lo capta al instante, la mantiene suave, en círculos, acompasada con el ritmo de sus embestidas. La doble sensación es casi demasiado.
Noto el orgasmo acumulándose desde algún lugar profundo, lento y pesado. Embiste dentro de mí, y lo lento desaparece. Estoy temblando, los brazos apenas me sostienen, pero no me atrevo a cambiar de postura porque la sensación podría parar.
Me atrae hacia atrás contra su pecho, erguidos sobre las rodillas, su brazo ceñido a mi cintura, su polla todavía muy dentro de mí. Y el nuevo ángulo lo cambia todo. Lo siento por todas partes, su mano aún entre mis piernas mientras su boca desciende arrastrándose por mi cuello.
Me corro tan fuerte que se me queda la vista en blanco.
Su nombre se me escapa, alto y sin filtro, y le agarro el antebrazo con las dos manos mientras mi cuerpo se contrae en torno a él. Suelta un taco, embistiendo hacia arriba dentro de mí dos, tres veces más, fuerte y desigual, y entonces él también se corre.
Bajamos juntos y nos quedamos así un largo momento tembloroso, los dos respirando con dificultad, su brazo apretado a mi alrededor. Me besa en la coronilla y me baja, saliendo de mí, y yo ruedo boca arriba, sin huesos.
Se tumba a mi lado, su mano encuentra mi vientre, la palma plana, el pulgar acariciando distraídamente. Su pecho todavía sube y baja con fuerza, y tiene sudor a lo largo de la clavícula, y estiro el brazo y le aparto el pelo de la frente porque lo tiene húmedo y le cae en los ojos.
—Me has dejado conducir —dice al cabo de un rato.
—Te dije que condujeras —digo—. No te vengas arriba por eso.
—Ya me he venido arriba.
Le empujo el hombro y él me atrapa la mano, besándome el nudillo.
Y dejo el sujetador en el pomo.
Anunciándome a mí —y a nosotros— al mundo.