Epílogo
SLOANE
Seb va a matar a Ivy y, sinceramente, estaría en su derecho, porque el traje de Papá Noel que le suplicó que se pusiera le queda al menos dos tallas pequeño. Da la sensación de que ella lo ha hecho a propósito, aunque jamás lo admitiría.
El terciopelo se tensa sobre sus hombros, el cinturón está ceñido en un ángulo casi indecente y una de las mangas se le ha subido por encima del codo, dejando al aire un antebrazo que parece capaz de abrir un tarro con solo mirarlo.
En conjunto, parece un rehén en un vídeo de secuestro con temática navideña.
—Esto es humillante —dice, ajustándose el gorro por cuarta vez.
—Estás increíble —le dice Ivy—. Muy navideño.
—Parece que me estén castigando.
—Eso también es verdad.
El piso de Rowan es demasiado pequeño para tanta gente, que es justo por lo que funciona. Luca apareció hace tres horas con un árbol torcido que jura haber conseguido de forma legal, y ahora está apoyado contra la estantería, soltando agujas cada vez que alguien pasa cerca.
Theo colgó las luces en el árbol y se le acabaron cuando llevaba dos tercios de la vuelta, así que un lado parpadea y el otro es pino oscuro y un único adorno que Niko colocó antes de perder el interés y marcharse sin decir nada.
Hay papel de regalo por el suelo, pan de ajo tostándose de más en el horno —de Luca, cómo no— y la lista de reproducción de alguien no para de alternar entre villancicos y un remix de trap de Jingle Bells que tensa a Rowan cada vez que suena.
Estoy en la esquina del sofá con uno de los jerséis de Rowan, las rodillas encogidas, con una taza de algo que Luca jura que es vino caliente. En este momento, escucho a medias a Theo y a Niko discutir sobre si La jungla de cristal cuenta como película de Navidad.
—Transcurre en Navidad —dice Theo—. Es una película de Navidad.
— El resplandor transcurre en invierno. Y no es una película de invierno —dice Niko.
—Es la peor comparación que he oído en mi vida.
—Y aun así no puedes rebatirla.
Theo me busca a mí para que le respalde. Niego con la cabeza.
—Soy Suiza.
—Eres una cobarde.
—Estoy en paz.
Al otro lado de la sala, Rowan está apoyado en la encimera de la cocina, una taza en la mano, medio sonriendo por algo que dice Luca. Hace tres meses, habría rellenado una copa que nadie le había pedido, habría reconducido la conversación y habría enjuagado un vaso mientras lo hacía.
Esta noche, Rowan simplemente deja que el caos respire.
Me pilla mirándolo y levanta la taza, la inclinación más leve, como un brindis.
Yo levanto la mía.
Han pasado semanas desde la gala y nada se ha torcido. No dejo de prepararme para que ocurra. La publicación se retiró, Mason siguió expulsado y los rumores no desaparecieron de la noche a la mañana, pero dejaron de parecer más grandes que yo.
Aunque no todo ha quedado resuelto.
Hay una chica de mi seminario de comunicación —Delaney, que solía guardarme el sitio junto a la ventana y pasarme su boli de repuesto cada vez que el mío se quedaba sin tinta— que ya no me sostiene del todo la mirada.
Es educada al respecto, lo cual de algún modo es peor que si hubiera elegido un bando en voz alta. He dejado de esperar a que vuelva, y a que lo hagan algunas otras personas. A algunas les gustaba la versión más pequeña y callada de mí, y esa tampoco volvió, y puedo vivir con ello.
Y la beca salió adelante —mi beca, mi proyecto, mi historia— y Moreno me ha estado ayudando a trabajar en ella desde entonces. Es mi verdad, y me está ayudando a sanar y a encontrar por fin mi lugar en Halden.
Salta el temporizador del horno.
—Es el pan de ajo —dice Luca, sin moverse.
— Tu pan de ajo —dice Rowan.
— Nuestro pan de ajo. Es Navidad.
Rowan suspira, lo saca y lo declara muerto al llegar, y deja caer el negro pegote de carbohidratos sobre la encimera.
Pero el hecho de que no entre de inmediato en pánico ni pida más comida, ni se ponga a limpiar el desastre que ha causado Luca al pasarse de cocción, cuenta como algún tipo de progreso.
—Bien —anuncia Seb, alzando una bolsa de basura negra que Ivy ha etiquetado como EL SACO DE PAPÁ NOEL con rotulador dorado—. Si voy a llevar esto puesto, hago el trabajo. Sentaos.
—No hace falta que… —empieza Rowan.
—He dicho que os sentéis.
Nos sentamos.
Ivy se sienta la primera, lo más cerca de Seb, porque lleva toda la noche orbitando a su alrededor como un depredador que calcula a su presa.
Hasta ahora, le ha rellenado el vaso cuando ya estaba lleno, le ha ajustado el gorro que ella misma le encasquetó y le ha dado con el hombro para pasar cuando había tres pies despejados de sobra.
Y, por supuesto, Seb no se ha percatado de un solo segundo de todo ello.
Pero yo sí.
Me lo guardo para mí, y el amigo invisible empieza a circular; Seb reparte cada paquete y lee los nombres de las etiquetas como si pasara lista. Le pasa el primer paquete a Luca y luego observa cómo Luca lo abre de un tirón y sostiene en alto un extintor.
—Para la próxima vez que incineres las tartas de manzana —dice Theo—. O el pan de ajo…
Luca sonríe, los ojos brillantes.
—Es el regalo más considerado que me han hecho nunca.
—Eso es sinceramente triste —le digo.
—Alguien miró mi vida y pensó: este hombre necesita ayuda —dice—. Me siento visto.
Theo abre el siguiente regalo y se ríe.
—Clases de baile de salón… Niko, ¿esto has sido tú?
—No tengo ni idea de qué hablas. —Niko hace una pausa—. Pero tiene buenas reseñas.
Niko es el siguiente y se despliega del sillón, acepta una cajita plana y la abre como si la estuviera desactivando. Es un anillo del humor y, cuando se lo desliza en el dedo y lo levanta hacia la luz, la piedra pasa de negro a un verde profundo y ominoso.
—¿Qué significa el verde? —dice Niko, monótono.
—Anhelo reprimido —digo, inventándomelo sobre la marcha.
Luca emite un sonido como el de una tetera agonizante y se desliza pared abajo hasta el suelo, y ahí se acaba para él durante unos noventa segundos. Niko se quita el anillo y se lo pone en otro dedo. Verde otra vez. Luca resuella desde el suelo.
—Hale —dice Seb, lanzándole un paquete a Rowan.
Rowan se sienta en el brazo del sofá, a mi lado, el muslo cálido contra mi hombro, y desenvuelve una etiquetadora. Una de verdad, con el cartucho ya puesto. Le da la vuelta. Se la vuelve a dar. No la suelta.
—No —digo.
—No he dicho nada —dice.
—Sé lo que está haciendo tu cara.
—Mi cara no está haciendo nada.
—Ya estás pensando en etiquetar el especiero.
Deja la etiquetadora sobre la mesa de centro con ambas manos.
—Luego —dice.
—El siguiente soy yo —dice Seb.
—Ábrelo —dice Ivy, con un tono lo bastante alegre y cargado de intención como para que la mire.
Lo abre: una ramita de muérdago, atada con un lazo rojo.
Sigo observando a Ivy mientras Seb lo deja en la mesita auxiliar y estira el brazo por delante de ella para coger un puñado de patatas. Es la primera vez que la veo sin palabras, una expresión tan fuera de lugar que tengo que apretar los labios para no reírme.
Después de los regalos, el caos se diluye. Alguien cambia la lista de reproducción por algo con ritmo, y Luca protesta en vano. Niko prueba el anillo una última vez, le sale verde y se lo quita para siempre. El árbol se inclina un poco más.
Rowan se deja caer en el cojín a mi lado, y el hundimiento me aprieta el hombro contra su pecho. Me coge la mano, me la gira con la palma hacia arriba y me deposita algo en ella. Es pequeño y cálido y, cuando bajo la vista, es una llave.
La miro, y luego lo miro a él.
—Estás aquí más que yo —dice, como si no fuera nada—. Es solo una llave…
—Rowan —digo—. No es solo una llave.
Lo beso y Luca silba desde el suelo.
—Buscaos una habitación —dice Theo.
—Tengo una —dice Rowan, apartándose de mí—. Y estás en ella.
Nos besamos otra vez y, cuando me aparto, mantiene la frente contra la mía un segundo, luego se acomoda en el sofá y yo me acurruco bajo su brazo con los pies metidos bajo su muslo. Es la misma postura que mantuve aquella noche en Ironwood House, y he decidido que es mía.
—¿Feliz? —pregunto.
—Mucho.
—¿Ninguna duda?
—¿Sobre la liga? Ninguna. —Una pausa—. ¿Sobre dejar que Luca hiciera el pan de ajo? Muchas.
Al otro lado de la sala, Ivy ha recuperado el muérdago y, con la paciencia de los verdaderamente entregados, se está colocando junto a Seb. Lo mira, esperando fuegos artificiales, y él se la queda mirando, todavía ajeno a todo.
La llave está en mi mano, y cierro los dedos a su alrededor y me quedo exactamente donde estoy: con su jersey, en su sofá, en la habitación más ruidosa y cálida en la que he estado nunca, sintiéndome del todo en casa y del todo yo misma.
Y cuando el árbol se inclina un grado más hacia el suelo, nadie se mueve para arreglarlo.