Capítulo 31
treinta y uno
SLOANE
Ivy sostiene una copa de champán que, desde luego, le han servido sin pedirle el carné, y la usa para señalar, al otro lado del salón de baile de la Halden University, a un hombre con traje, pajarita azul marino y un pin de la Halden Hockey en la solapa.
—Diez dólares a que tiene un barco —dice, derramando champán al suelo.
—Eso no es una apuesta. —Sonrío—. Es un diagnóstico.
—Diez dólares a que el barco lleva el nombre de su amante, y el perro el de su primera exmujer.
Me río, con una risa más aguda de lo que debería, porque estamos en una importante gala benéfica del deporte y la acústica es despiadada: cuarenta pies de piedra abovedada que le devuelven a la sala cada tos y cada susurro con intereses.
Doscientas personas en atuendo de cóctel deambulan bajo una cantidad verdaderamente agresiva de pancartas de la Halden Hockey, y hasta los camareros llevan pajarita con los colores de la universidad, que es más de lo que yo haría por el salario mínimo más propinas.
—Y ella. —Ivy señala con la barbilla en la misma dirección, donde una mujer con un vestido largo azul marino se abre paso entre la gente hacia él—. Esposa número tres, a la vista.
—No quiere el anillo. —Me río—. Quiere su nombre en el barco.
—Va muy reñido.
Le robo un taco de queso a una bandeja que pasa, porque me he saltado la cena para peinarme y ahora estoy muerta de hambre. Es un gruyère curado, de esos que llevan el nombre de la granja impreso en un cartelito, y cojo dos más antes de que la bandeja se escape.
—Con clase —dice Ivy.
—Mi madre me enseñó que no se puede hacer contactos con un solo canapé. —Me meto el segundo taco en la boca—. Es lo único útil que me ha enseñado en su vida.
—Supongo que a ti no se te va a ir al culo. —Ivy suspira—. Yo, como mire el queso de forma rara, no entro en eso.
Señala mi vestido, que es verde. No el azul marino de los Ravens, ni plateado, ni ningún otro color que pudiera pasar por espíritu universitario: solo un verde vivo y cálido.
Es un poco escotado y un poco corto, y ponérmelo me hace sentir bien de una forma a la que apenas estoy empezando a acostumbrarme otra vez.
Ivy tiene pinta de estar a punto de asesinar a alguien: vestido lencero negro, botas, un eyeliner tan afilado que corta. Me dijo que se vestía «para la energía que quiero atraer» y luego se negó a dar más detalles, lo que me dejó preguntándome a quién intenta amenazar o intimidar.
—Cuatro personas se han fijado en tus botas —le digo.
—¿Solo cuatro? —Suspira—. Debería haberme puesto las medias de red.
—Entonces igual habrías tenido tu nombre en un barco…
—Puaj. —Se ríe, luego me estudia—. ¿Estás bien?
—Sí.
—¿Bien de verdad?
—Bien de verdad —digo.
—Irreconocible —dice una voz familiar a mi espalda—. Mírate, Sloane.
La profesora Moreno me agarra del codo antes de que pueda responder —perlas, blazer azul marino de líneas marcadas, el pelo en un moño tirante— y sonríe con un sesenta por ciento de calidez y un cuarenta por ciento de evaluación, que es mejor proporción de la que recibe la mayoría.
—Profesora Moreno, hola. —Me enderezo, porque sigue haciendo que quiera ponerme recta como si me hubiera hecho las lecturas—. Esta es Ivy.
Saluda a Ivy con la cabeza y luego vuelve a mí.
—No voy a hacer promesas en una sala llena de abogados, pero el comité se reunió el martes y la financiación es prácticamente segura.
Tardo un segundo en asimilarlo. Presenté esa solicitud sola en mi habitación a las dos de la madrugada, la noche después de lo de la piscina, con el cloro todavía en el pelo.
Ya entonces sabía que una beca de investigación para una estudiante de primer año era muy poco probable, pero no menos improbable que lo de Rowan y yo.
Han pasado unas semanas desde lo de la piscina, y no dejo de esperar a que lo de Rowan y yo se agríe y se convierta en aquello para lo que me había preparado —el controlarlo todo, el reorganizar en silencio mi vida en torno a la suya—, y no ha pasado.
Deja que sea ruidosa, me pregunta qué quiero en lugar de decidirlo por mí, y es maravilloso.
—Gracias, profesora —digo—. No lo habría conseguido sin su apoyo estos últimos meses.
—No me dé las gracias ni se subestime. —Su sonrisa se acerca al setenta—. Se lo ha ganado. Hablaremos cuando llegue la oferta.
Y, así sin más, asiente y se vuelve a meter entre la gente.
Ivy me da con el hombro.
—Has hecho algo. Algo de verdad. Con papeleo.
—El equivalente a tres archivadores.
—Asqueroso. —Sonríe de oreja a oreja—. Nunca he estado más orgullosa.
Volvemos a observar a la gente, y la sala se llena a medida que avanza la noche.
Al final pierdo a Ivy con una chica que conoce de Sterling, esquivo a la mujer de un mecenas que quiere contarme que su sobrina también estudia comunicación, y me escapo a la barra a por un agua con gas y un minuto para mí sola.
Solo entonces vuelvo a buscar a Rowan con la mirada; llegó conmigo, pero desapareció para atender Asuntos Muy Importantes de Capitán en diez segundos. Pero antes de que pueda encontrarlo entre la gente, alguien se coloca a mi lado y me pone una mano en el brazo.
—Sloane —dice.
Me giro, y sé al instante quién es.
Patrick Cross lleva un traje gris marengo, camisa blanca y una corbata de la Halden que parece recién planchada. En la mano sostiene un vaso corto de algo ambarino con la naturalidad de un hombre que se ha sentido cómodo en salas como esta toda su vida.
No lo conozco de nada, pero lo busqué en Google un montón cuando empezó a darle problemas a Rowan, y Mason hablaba de su padre lo suficiente como para que sienta que lo conozco. Y está solo, conmigo, lo que no parece una casualidad.
—Han sido unas semanas difíciles para mi hijo —dice, girando el vaso y dando un pequeño sorbo—. La suspensión.
No digo nada.
—Y se basa en unas afirmaciones muy graves por su parte. —Se ajusta el puño de la camisa—. Afirmaciones que han acabado en expedientes de la institución.
Lo que él no sabe es que hace semanas esto dejó de ser algo de lo que se me pueda disuadir. Rowan presentó la primera denuncia —mi nombre, mi historia, puestos por escrito sin mí— y, cuando me enteré, me dolió en lo más hondo.
Así que fui yo misma a la comisión de disciplina, una gris mañana de martes. Leí cada línea que Rowan había escrito, la confirmé con mis propias palabras y la firmé como mi denuncia, no la suya. El expediente que suspendió a Mason ahora es mío y, por una vez, también lo es la versión oficial.
Cross tampoco sabe la verdad sobre las fotos: Mason nunca las tuvo.
Me dejó creer que tenía la cerilla en la mano y usó la marca de nacimiento para demostrarlo, y le creí, porque, después de que te quemen una vez, dejas de preguntarte si el próximo fuego es real. Pero todo se basaba en rumores, y las fotos eran un farol.
La historia era la única arma que tuvo de verdad, y ya la disparó, y sigo en pie. Y ahora, sea cual sea la baza con la que Cross cree haber entrado en esta sala, no me da miedo. Porque tampoco fue nunca real.
—No son afirmaciones —digo—. Son hechos.
—No son hechos. —Sonríe igual que su hijo y me dan ganas de borrarle la sonrisa de un bofetón—. Son una versión de los hechos, y esas cosas se complican para una joven que se sintió herida.
— Estuve herida —digo—. Y, aunque agradezco que vele por su hijo, no tengo ningún interés en retractarme de nada.
La sonrisa no se mueve.
—Esa es la complicación.
—Me enorgullezco de ser una complicación, señor Cross —digo.
Y entonces espero a que la chica Halden intervenga.
Pero no lo hace.
—Este es el punto en el que estamos. —Deja el vaso sobre la barra—. Busque usted a quien haga falta y dígale que se lo inventó todo. Estaba alterada. Exageró. Se le fue de las manos.
—¿Y por qué iba a hacer eso?
—Pronuncie las palabras y todo lo relacionado con su novio desaparecerá.
—Baja aún más la voz, y su cara amable no cambia—.
Va detrás de un contrato, y los hombres que reparten esos contratos primero me piden a mí mi opinión sobre un chico.
El talento nunca fue la cuestión, pero el criterio y las compañías que frecuenta sí.
Se me cierra la garganta. Y entonces la chica Halden vuelve a estar ahí.
Retíralo.
Hazte más pequeña.
Acepta el trato.
Salva al chico.
Devuelve todo esto a la oscuridad, donde los hombres como este prefieren que las chicas se queden.
Sería tan fácil encontrar a la persona adecuada, decir las palabras adecuadas y amoldarme exactamente a lo que él necesita.
Y ayudaría a Rowan, porque no hay duda de que Patrick Cross puede causarle problemas, pero entonces pienso en Rowan y en mí en la piscina y en las semanas que han pasado desde entonces.
Es la última persona que querría que la chica Halden volviera.
Y no pienso decidir una vez más qué es capaz de soportar.
—No —digo.
Patrick parpadea.
—Eh. —Ivy se planta a mi lado, fulminando a Cross con la mirada—. ¿Estás bien?
—Está bien —dice Cross, sin mirarla—. Ya casi hemos terminado.
Eso es lo que lo provoca. No la oferta de un trato, sino el modo en que su atención pasa de largo por delante de Ivy: una chica más a la que le dicen que esto no es asunto suyo.
Porque este momento — todos estos momentos— es asunto de todas nosotras, y me niego a dejar que otro tío como este se salga con la suya.
Así que no bajo la voz, y no me echo atrás.
—El señor Cross me ha ofrecido un trato —digo—. Me declaro públicamente una mentirosa para proteger a su hijo de las consecuencias, o él se asegura de que el futuro de la persona a la que quiero se venga abajo.
Las personas más cercanas dejan de hablar, giran la cabeza.
—Sloane —dice Cross en voz muy baja—. Está montando una escena.
—Sí. La estoy montando.
—Este no es el lugar.
—Es exactamente el lugar. —Enseño los dientes en algo que no es una sonrisa—. Lo eligió usted.
Ivy se coloca a la altura de mi hombro izquierdo, la barbilla alta. No interviene y no dice ni una palabra. Me está dejando este momento a mí, aunque iría a la guerra en el segundo en que se lo pidiera, y la quiero muchísimo por ello.
Así que me giro para que la sala pueda oírme.
—Cuando tenía dieciocho años, le mandé fotos privadas a un chico y él las hizo circular.
Y, cuando estalló todo, los adultos decidieron que el problema no era el chico, sino yo por haber confiado en él.
Así que me convirtieron en el escarmiento, me mandaron a tres estados de distancia y me dijeron que me callara.
Tengo la voz firme, y más alta de lo que me he permitido en un año.
—Llegué a Halden y me hice pequeña, agradable y fácil de tratar. Sonreía cuando tocaba y nunca ocupaba demasiado espacio, porque ya había aprendido lo que este mundo le hace a una chica que ocupa demasiado espacio.
Mientras hablo, el círculo a nuestro alrededor se estrecha más y más.
Me giro de nuevo hacia Cross.
—Y su hijo lo sacó todo otra vez a la luz para humillarme e ir a por Rowan.
Por eso está suspendido. —Se me quiebra la voz, y dejo que se quiebre—.
Y ahora usted… —La palabra no me sale, y no la persigo—.
Esta parte me la sé. La he vivido. Me convierte en la inestable.
En la que exageró, la que montó una escena, la que es el problema.
Levanta una mano.
—Ya basta. Yo…
— No he terminado. —Ahora tiemblo más, y no pasa nada—. Es la misma jugada que usaron conmigo a los dieciocho. Y usted la está aplicando ahora mismo, aquí mismo. —Tomo aire—. Así que no pienso retractarme y, si va a por Rowan, ahora todos los de esta sala saben por qué.
No se inclina hacia mí, y no levanta la voz.
—Ha hecho que esto sea mucho más difícil de lo que tenía que ser —dice.
Le sostengo la mirada.
—Bien.
En algún lugar a mi espalda, una mujer con un cordón identificativo de la Halden habla deprisa por el móvil.
Ahora todas las caras de la sala están vueltas hacia nosotros, y Patrick Cross está de pie en medio de todo sin saber dónde meter las manos, aprendiendo lo que yo ya sé sobre las salas como esta.
Se acuerdan.