No hay dónde esconderse (Universidad de Halden 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

veintiséis

ROWAN

La película termina y no recuerdo nada.

He elegido la sesión de un thriller del que no había oído hablar, he comprado una entrada, he apagado el móvil y me he sentado en la oscuridad.

No recuerdo la trama ni los nombres de los personajes, y aunque creo que alguien muere al final, no sabría decirte quién ni por qué ni si se suponía que debía importarme.

Ha sido perfecto.

Ha sido lo que necesitaba.

Cuando salgo, el vestíbulo está iluminado, y entorno los ojos mientras cruzo las puertas y salgo al frío. Solo entonces enciendo el móvil. La pantalla se ilumina y empiezan a llegar notificaciones, una tras otra, la vibración como un temblor continuo en la palma de la mano.

Cuarenta y siete mensajes sin leer en el grupo del equipo. Tres llamadas perdidas de Theo. Una de Sebastian. Una llamada perdida de Ivy. Un mensaje de voz de Luca. Y por debajo de todo eso, el chat de los Ravens avanza tan rápido que el texto de vista previa es un borrón de nombres.

Nada de Sloane.

Abro el grupo y vuelvo hasta donde empezó.

El primer mensaje es un enlace que Theo envió con un comentario:

¿Qué cojones es esto?

Lo toco. Es @HaldenGoss, la cuenta que he visto por ahí pero que nunca he seguido porque me da igual el cotilleo del campus. La publicación tiene el nombre completo de Sloane, su antiguo instituto y una foto suya.

Está todo ahí.

Harrison Tisdale. El hijo del senador. La versión del relato en la que ella es el escándalo y él, la nota a pie de página. Menciona las fotos, y en un hilo de respuestas alguien saca el tema de la marca de nacimiento, casi de pasada, como si esto fuera una charla sobre una serie de televisión.

Dos mil veces compartida.

La leo una vez, mis ojos resbalando sobre el nombre de Sloane como si no pudiera estar ahí de verdad. La leo otra vez, más despacio, y las manos se me cierran alrededor del móvil y siguen cerradas, la respiración entrecortada y los puños apretados con tanta fuerza que me duelen los nudillos.

Vuelvo al grupo.

Los primeros diez mensajes son puro desconcierto. Está Theo preguntando qué es la cuenta, Luca diciendo que la ha visto en tendencias, unos cuantos de los otros poniendo a parir la publicación o a quien la ha subido, y Sebastian escribiendo una sola palabra.

¿Quién?

Y luego Luca, veinte minutos después:

He hablado con Jake, el de Pi Sig. Ha sido Mason.

Después Seb otra vez:

¿Estás seguro?

Luca:

Sí.

Bajo el móvil, atónito. No solo por la noticia —lo que le han hecho a Sloane, por segunda vez en un año—, sino por lo que significa para mí y para nosotros, porque significa que no me estaba engañando.

Se me aflojan las rodillas. Tengo que separar más los pies y bloquear las rodillas porque la acera parece haber caído una pulgada. Apoyo la mano libre en el ladrillo de la pared del cine porque necesito ponerla en algún sitio, y eso ayuda un poco, pero solo un poco.

Dejé que ese miedo me corroyera porque algo había pasado en aquella cocina con Mason, y él sabía lo de la marca de nacimiento, y saqué conclusiones precipitadas. Y cuando se apartó, aquello confirmó algo en mi cabeza.

Me equivocaba.

No me engañaba ni estaba volviendo con Mason. La estaban amenazando. No sé por qué no quiso confiármelo, pero vi cómo volvía a ponerse la máscara de la chica Halden y malinterpreté la amenaza como otra cosa.

Algo que cargó sola.

Y sé por qué.

La cargó para mantenerla lejos de mí, porque veía que yo ya tenía demasiado encima —el equipo, la capitanía, todo el peso que no soltaba— y aun así el cotilleo salió y corrió de boca en boca.

Porque esa es la parte que es mía. Me encaré con Mason delante de los chicos, a voces, como hago yo, y él me dijo que le había presionado, y que ahora pulsaría el botón y haría volar por los aires algo que yo preferiría conservar. Esto es él pulsándolo.

Llamo a Sloane.

Suena cuatro veces y salta el buzón de voz. Su mensaje grabado es el que hizo en septiembre, cuando todavía llevaba la máscara, alegre y un poco demasiado rápido: ¡Hola, has llamado a Sloane, deja un mensaje y te devuelvo la llamada!

Cuelgo y llamo otra vez.

Buzón de voz.

Así que llamo a Luca.

Contesta al segundo tono.

—Ro…

—¿Dónde está?

—En Murphy’s. —Una pausa—. ¿Qué necesitas?

Cuelgo y le escribo a Seb:

Murphy’s. No dejéis que Mason se vaya.

La respuesta llega en cuatro segundos:

Hecho.

Echo a andar. Murphy’s está a doce minutos del cine, pero lo hago en ocho. Cada paso reordena otro detalle: una mañana, después del incidente de la cocina, cuando Sloane me preguntó, de la nada, si alguna vez sentía que el equipo era demasiado para que lo cargara una sola persona.

Me encogí de hombros y dije alguien tiene que hacerlo , luego vi cómo se le cerraba la cara, y no me molesté en leerla porque llegaba tarde al entrenamiento. Pero estaba comprobando si podía cargar con una cosa más, y cuando decidió que no, la cargó sola.

Cuando llego, Murphy’s está en pleno modo noche de viernes: música a tope, suelos pegajosos, carteles de neón de cerveza lanzando azul y rojo por el techo. El gorila me deja pasar con un gesto de cabeza porque sabe que llevo la camiseta, y el calor y el ruido me golpean en cuanto entro.

Los localizo desde la puerta, y sea lo que sea lo que pasaba en esa mesa antes de que yo llegara, ya ha terminado. Los de Pi Sig con los que Mason suele beber ya no están, dispersos hacia la barra o la puerta.

En su lugar están mis chicos, colocados alrededor de Mason. Luca está de espaldas a la pared, la mandíbula tensa. Theo está a su lado. Niko y algunos de los otros están en el otro extremo, y desprenden un aire de ni-se-te-ocurra.

Mason me ve antes de que haya cruzado media sala. Se levanta —rápido, instintivo, ya buscando su chaqueta en el respaldo del reservado— y la mano de Seb aterriza en su hombro y lo empuja de vuelta al asiento.

Mason cae en el asiento y levanta la vista hacia Seb.

Durante un cuarto de segundo, la confianza se le resbala, y lo que deja ver no es frialdad ni aburrimiento ni diversión.

Es la mirada de un hombre que sabe exactamente por qué todos los del reservado lo están mirando y que ha llegado la hora de pagar la cuenta.

Luego la sonrisa vuelve a su sitio.

—Capitán, coge una silla. Acabo de pedir una ronda.

No me siento.

—¿Por qué? —digo.

La sonrisa aguanta.

—¿Por qué qué?

—La publicación. Sloane. ¿Por qué?

Ladea la cabeza.

—Tío, no sé de qué me⁠—

—No. —Mi voz es plana—. Un tío de Pi Sig lo ha confirmado.

La sonrisa parpadea. La mayoría no lo pillaría, pero llevo tres años observando a Mason Cross. Sé qué cara pone cuando recalcula, y mientras mira uno a uno a todos los chicos, ninguno le da un asidero al que agarrarse.

—Mira —dice—. Yo no controlo lo que la gente publica en internet. Si alguien⁠—

—Tú les diste el relato. Les diste detalles que nadie más tenía.

—¿Qué detalles? —Sigue sonriendo—. Yo oí los mismos rumores que todo el⁠—

—La marca de nacimiento —digo—. Me contó lo de la cocina en Ironwood, Mason.

No lo hizo.

Pero su cara cambia, y eso me dice todo lo que necesito saber.

—Esto es… ¿en serio vas a hacer esto? —Resopla—. ¿Delante de los chicos? ¿Delante de medio campus?

—Sí.

Su voz se vuelve más suave, casi amable.

—Creo que estás un poco alterado ahora mismo, Ro. Creo que deberías irte a casa, dormir la mona y ya hablamos luego.

Lanzo el puño.

No es una pelea de hockey donde agarras la camiseta, te plantas y esperas al árbitro. Es mi puño cerrándose, mi brazo saliendo disparado, y el impacto de su mandíbula bajo mis nudillos, tan fuerte que la cabeza se le va de lado y su cerveza sale volando de la mesa y se hace añicos en el suelo.

Entonces Mason se levanta del asiento de golpe.

Lanza un golpe a lo loco y me alcanza el hombro. Luca y Theo lo agarran por detrás en medio segundo, pero Mason se resiste, retorciéndose contra la presa de Luca con los dos brazos. Las palabras salen feas y rápidas, nada que ver con la voz que he oído toda la temporada.

—¡Que te jodan! La capitanía debería haber sido mía⁠—

Theo le tiene un brazo y Luca el otro, pero les cuesta con su rabia y su fuerza hasta que Niko ayuda enganchándole un brazo por el pecho. Mason sigue peleando, la cara roja y los ojos muy abiertos, y tiene sangre en el labio inferior.

—Mason… —Luca hace fuerza.

—Me quitaste la C, y luego me quitaste a mi chica, pedazo de mierda. —Tiene los ojos muy abiertos y el pecho agitado—. Así que hice los deberes. Encontré a un tío de su antiguo instituto que vio las fotos y se enteró de todo sobre ella, hasta de la marca de nacimiento.

Seb está ahora entre los dos, una mano plana sobre mi pecho, firme pero sin empujar.

—Aunque nunca las tuve. No por no intentarlo, porque me encantaría ver a esa putita tan mona en todo su esplendor. —A Mason se le quiebra la voz—. Pero daba igual, porque si le dices a alguien que hay una foto, te creen.

—Voy a llevar esto a Franklin, y mañana estarás suspendido —digo—. Ahora vete.

Luca le suelta el brazo, y Theo el otro, y Mason se queda ahí de pie, limpiándose la sangre de la barbilla con el dorso de la mano. Luego alarga el brazo por delante de Niko para coger su chaqueta sin mirar a nadie. Se la pone y se dirige a la puerta.

Seb me busca la mirada desde el otro lado de la mesa. Asiente una vez, despacio, y luego sigue a Mason.

Bajo la vista a mis nudillos, abiertos en los dos primeros, la sangre asomando en los pliegues. El dolor llega tarde. Flexiono los dedos y funcionan, pero la piel tira y escuece y la mano ya empieza a hincharse.

Saco el móvil y camino hacia el pasillo del fondo donde están los baños, paso junto a las mesas de billar, la diana y una mesa de chicas que miran, y me apoyo en la pared y vuelvo a llamar a Sloane.

Cuatro tonos, luego el buzón de voz, luego el pitido.

Casi cuelgo, pero no lo hago, porque evitar la conversación difícil es lo que llevo días haciendo.

—Soy yo —digo—. Debería haberlo visto. Debería habértelo preguntado sin más, y no lo hice, porque tenía miedo de la respuesta. Y tú lo cargaste sola porque te hice creer que tenías que hacerlo. —Hago una pausa con la frente contra la pared—. Siento no haberlo arreglado.