Capítulo 25
veinticinco
SLOANE
El móvil vibra dos veces —dos mensajes, uno detrás de otro— y luego para.
Sé que es Rowan porque es su patrón. Dos mensajes, luego nada durante veinte minutos mientras da vueltas por la habitación y piensa, y después otro mensaje en cuanto cede a su impaciencia y vuelve a escribir.
Le he visto hacerlo y me he reído de él por eso, pero ahora la vibración golpea la madera de mi mesilla y no consigo alargar la mano hacia el móvil. Porque, ahora mismo, no tengo nada que responder.
La habitación está en penumbra y las persianas están medio bajadas, dejando entrar una franja de luz gris de la mañana que cae sobre los pies de la cama y forma un rectángulo pálido en el suelo. La cama de Ivy ya está hecha, lo que significa que se ha levantado temprano y está tramando algo.
Ivy solo se levanta antes del mediodía por las clases o por las conspiraciones.
Me ciño la sudadera a los hombros. Es de Rowan, una azul marino con el puño deshilachado en la manga izquierda, y se la robé hace tres semanas del respaldo de su silla de escritorio porque tenía frío y él estaba en la ducha y olía a él.
Ahora solo hace que le eche de menos —y que nos eche de menos, a nosotros— de antes de toda esta mierda.
Más mensajes hacen vibrar el móvil, y hundo la cara en la almohada y no me permito pensar en su cocina. Si lo hago, tengo que pensar en la otra cocina, la de Ironwood House, y en lo que sabe Mason.
No pienso hacer eso y no pienso cargar a Rowan con esto.
Por muchos mensajes que mande.
Sigo en la cama cuando se abre la puerta. No hay ningún golpe, solo el clic del pestillo y luego la voz de Ivy, luminosa y afilada y demasiado alta para la hora que sea. Y entonces se me echa encima como un huracán.
—Vale. He probado la versión tranquila del rollo «apoyemos a Sloane en lo que sea que le pase» —cierra la puerta tras de sí—. No ha funcionado, así que ahora lo hacemos a mi manera.
No me muevo.
—Te he traído café —deja algo en la mesilla—. Porque toda intervención necesita café.
No digo nada.
Ivy se sienta en el borde de la cama y el colchón se hunde.
—No pienso aceptar un no por respuesta, Sloane. Hueles mal, y no puedo tener una mejor amiga en la universidad que huela mal.
—Me duché ayer.
—No estoy negociando. Soy una Hale. Nosotros no negociamos. Nos quedamos por aquí dando la lata hasta que haces lo que queremos.
Eso casi me pilla, porque les cuadra clavado a ella y a su hermano. Se me tuerce la boca, y ella se da cuenta, porque su expresión se ablanda, solo un instante, antes de volver a meterse de lleno en el numerito.
No arranca las sábanas de forma dramática, como espero. En lugar de eso, retira el edredón, esquina a esquina, despacio, como desenvolverías algo que pudiera romperse, y me escuecen tanto los ojos que tengo que cerrarlos.
—Te quiero —dice Ivy en voz baja—. Pero tienes una pinta de mierda.
—Gracias.
—Dúchate y luego ponte el jersey verde. Pareces menos muerta de verde.
Me levanto sin más protestas y me dirijo a nuestro pequeño baño, donde evalúo los daños en el espejo. Llevo la sudadera de Rowan y unos pantalones cortos, y mi pelo parece un nido.
Sí, tengo una pinta de mierda.
Me ducho, con miedo de lo que sea que Ivy esté tramando mientras no la veo, y cuando salgo envuelta en una toalla, me tiende el café.
—Bebe.
—No quiero café.
—Bébetelo igualmente, Sloane —dice, obligándome a coger la taza—. Porque vas a vestirte y a mantenerte en vertical.
—Ivy —suspiro—. No…
—Tengo clase a las diez. Así que este es el plan: te vistes, te mantienes fuera de esa cama, y esta noche pido comida tailandesa y vemos algo estúpido y vas a comer y a quejarte del reparto y a comportarte como un ser humano durante dos horas.
Miro al suelo.
—¿Y si digo que no? —digo.
—Entonces probamos el plan B. —Se encoge de hombros, como si lo tuviera todo pensado—. Que consiste en que me siento encima de ti y te cuento mis peores chistes hasta que me digas qué te pasa a ti, a mi idiota de hermano, y a ti con mi idiota de hermano. El A es mejor. Créeme.
—Vale —digo—. El plan A.
—Vale.
Se levanta y abre mi armario, apartando las perchas con la eficiencia de una mujer que no se fía de que yo sepa vestirme sola, lo cual es justo. Me lanza el jersey verde a la cabeza, luego unos vaqueros, luego unas bragas y un sujetador y unos calcetines.
Doy un sorbo al café y empiezo a vestirme, con Ivy hablando todo el rato. Narra una relación en su grupo de taller que puede que exista o puede que no, y luego se deshace en elogios sobre Seb y sobre cómo no le está dando nada.
Una vez vestida, Ivy me repasa con la mirada una vez, dos —como si pudiera tener un pijama escondido debajo del jersey—, luego señala la cama.
—No vuelvas a meterte en esa cama.
—No lo haré.
—Si lo haces, pasamos al plan B.
—Vete.
Entorna los ojos, y hay auténtica amenaza en ellos, luego se marcha. La puerta se cierra tras ella, y la habitación se queda en silencio, y durante unos cuarenta y cinco segundos me quedo ahí de pie mirando la cama.
Hace falta mucha fuerza de voluntad para resistir las ganas de dormir, pero en lugar de eso me siento a mi escritorio y me pongo a trabajar. Una hora después, vuelvo a estar con el trabajo para Moreno, sintiéndome un poco más en mi elemento, cuando el estómago me recuerda que el café no es comida.
La chica de esta mañana sigue bajo el edredón, llamándome. Decido no ser ella. Me vuelvo a poner la sudadera de Rowan, esta vez sobre el jersey verde —Ivy lo llamaría un crimen contra su estilismo— y me voy a comer fuera.
El paseo hasta allí es de diez minutos, y cuando llego a Benny’s Bagels hace calor y está lleno y huele tan acogedor como siempre: bagels, café quemado y el leve dulzor de lo que sea de canela que hayan horneado esta mañana.
Hago cola y dejo que el ruido me envuelva, porque la chispa que Ivy encendió esta mañana aún no se ha apagado. Empiezo a sentirme humana otra vez, y cuando llego al mostrador y pido un bagel everything y un café, la chica de la barra me llama «cielo».
Y casi me echo a llorar.
Cojo mi café y la bolsa de papel marrón y encuentro una mesa para dos junto a la ventana. Fuera, dos chicas pasan con bufandas a juego, riéndose de algo en el móvil de una de ellas, y un chico con una chaqueta de remo de Halden cruza la calle al trote con un golden retriever.
Quiero meterme en esa escena y quedarme ahí, porque se parece a lo que sentía antes de la cocina con Mason. Pero al menos ahora, aunque no estoy bien, empiezo a pensar que podría estar bien con el tiempo, y esta mañana no estaba segura de ninguna de las dos cosas.
Doy un sorbo al café. Está caliente, pero bebo igualmente, echando un vistazo alrededor.
En la mesa cerca de la puerta hay cuatro chicas que reconozco de Sterling House, no de nombre, sino del tipo de conocidas de saludar-con-la-cabeza-en-el-pasillo-y-quizá-hasta-sonreír. Una de ellas es la pelirroja que siempre deja la puerta de atrás abierta para su novio a las dos de la mañana.
No sé cómo se llama, pero está con el móvil, y cuando echo un vistazo da la casualidad de que levanta la vista hacia mí. Le ofrezco la tímida media sonrisa de reconocimiento, pero no me la devuelve, porque su cuerpo parece tensarse antes de que sus ojos vuelvan a caer sobre la pantalla.
Qué raro.
Saco el bagel de la bolsa y le doy un mordisco, y está bueno, y estoy pensando en si escribir a Ivy para ver si quiere venir conmigo después de su clase cuando la mesa de al lado se queda en silencio, no poco a poco, sino de golpe.
Dos chicos y una chica están reunidos alrededor de un portátil. Estaban hablando, y ahora no. Los ojos de la chica saltan hacia mí y se apartan, luego uno de los chicos inclina la pantalla del portátil hacia sí mismo, y el otro coge su móvil.
Mi mano se detiene a medio camino de la boca.
Al otro lado de la sala, el móvil de la pelirroja se ilumina. Lo inclina hacia la chica que tiene al lado. Las dos me miran, luego apartan la vista, rápido. Después hay un flash de la cámara de un móvil en algún punto a mi derecha.
Otra vez no…
Lo sé antes de saberlo, porque mi cuerpo recuerda esto. La gravedad de una sala desplazándose a tu alrededor. Cómo hace treinta segundos solo eras una chica comiéndose un bagel, y ahora eres otra cosa para todos los que están en la sala.
Dejo el bagel y saco el móvil.
Hay tres notificaciones.
Siete.
Doce.
El número sigue subiendo mientras miro, y mi pulgar se mueve antes de que haya decidido si quiero verlo. Pero pulso, y acabo en una cuenta llamada @HaldenGoss que sigo porque Ivy me lo dijo.
Es la clase de cuenta del campus que todo el mundo sigue y finge no seguir, la clase que deberían haber cerrado hace dos años pero que no cerrarán. Porque hasta la gente a la que hace daño sigue mirando.
Gente como yo.
La publicación se subió hace once minutos y ya se ha compartido 214 veces. Tiene mi nombre —mi nombre completo— y mi instituto y la versión de la historia en la que Harrison Tisdale es el encantador hijo del senador y yo soy la advertencia con moraleja.
La vergüenza.
El escándalo.
Ya hay comentarios desagradables de gente que me conoció una vez en Halden o que conocía a alguien que me conoció una vez en Halden o que decide que no le caigo bien a partir de una foto. En un comentario, alguien pide un enlace a las fotos a las que se refiere el artículo.
Ese comentario tiene cuarenta y siete «me gusta».
Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa y me tiemblan las manos. Intento dar un sorbo al café, pero noto más ojos sobre mí, y aguanto unos cuatro segundos antes de volver a coger el móvil. Porque no saber siempre ha sido peor para mí que cualquier cosa terrible concreta.
Las respuestas siguen creciendo. Alguien ha enlazado el viejo artículo del periódico de Westchester, el que el abogado de mi padre consiguió que retiraran, pero es internet y nada desaparece. Es el que hizo que me etiquetaran de zorra y mentirosa.
Aquí no , pienso, rápido como un respingo. Me mudé de estado, cambié de colegio, hice todo lo que me dijeron que hiciera, y se suponía que no me seguiría hasta aquí.