No hay dónde esconderse (Universidad de Halden 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

veinticuatro

ROWAN

Coach no grita, y eso lo empeora.

Se limita a quedarse de pie delante de todos, con los brazos cruzados y la mandíbula en tensión, y cuando por fin habla, su voz es baja, monótona y comedida. Significa que no hay nada contra lo que rebelarse. Si gritara, podríamos descargarlo, despotricar entre nosotros, recomponernos y curarnos.

Pero esto es una tortura.

—La presión se vino abajo en el segundo periodo y nadie se ajustó —dice—. Nadie lo cantó, nadie cerró espacios, nadie cambió una sola cosa hasta que os lo cambié yo desde el banquillo.

Su mirada recorre a cada jugador, uno a uno.

Luego suspira.

—Presumimos de nuestra dureza y de nuestra defensa. Pero los fallos defensivos de ahí fuera nos hicieron parecer otro equipo, en un partido contra el rival y en casa.

Hace una pausa, recorre la sala con la mirada y clava los ojos en mí.

—Y ni siquiera hace falta que mencione la falta de disciplina.

No dice mi nombre. No le hace falta. Tiene los ojos puestos en mí, y todos los demás pares de ojos deciden no mirarme, lo cual es un castigo en sí mismo. Es la primera vez que me pasa en Halden, y me lo tengo bien merecido.

Y entonces termina.

Coge su carpeta y sale, y nadie se mueve durante unos cinco segundos.

Entonces Theo cambia el peso de sitio en el banco y el cubrecuchillas se le resbala del estante y cae al suelo. El sonido que hace en esa sala es tan fuerte que todas las cabezas se giran, y Theo se queda inmóvil con las manos a medio levantar, como un hombre pillado robando en una iglesia.

No arranca ni una sola risa.

Estoy de pie junto a la pizarra, todavía con todo el equipo puesto. Tengo las piernas pesadas, me duelen las costillas y la mano derecha aún me palpita de lo fuerte que rematé la carga sobre el defensa de St. Adrian’s. Debería sentarme y quitarme los guantes, pero en lugar de eso carraspeo.

—Mañana entrenamiento a las seis de la mañana. —Mi voz suena como mi voz, pero no la siento mía—. Y me refiero a estar en el hielo a las seis, no en el edificio a las seis.

Estoy mirando a Mason cuando lo digo, y no hago ningún esfuerzo por disimularlo, porque estoy agotado y él está sentado en su sitio con una sonrisita de desinterés. Es exactamente la cara que puso cuando me apartó la mano de un manotazo, como si nada de esto tuviera que ver con él.

En el entrenamiento me lo tragué. Pero eso era un entrenamiento, y esta noche cinco mil personas lo han visto faltarme al respeto, y si me trago eso también, no queda capitanía que proteger. Así que se lo suelto, aunque encararme con él corra el riesgo de desenterrar algo peligroso.

—Y una cosa más, Mason: comprometerse con este equipo significa jugar dentro del sistema, no tratar un partido contra el rival como si fuera tu casting personal —digo—.

Theo ha encajado ahí fuera una carga que debería haberlo mandado a la sala de fisioterapia, y ha terminado el turno.

Seb ha bloqueado, ¿cuántos, cuatro tiros?

—Seis —murmura Luca.

Se hace el silencio. Luego Mason levanta la cabeza.

—Por lo menos yo estaba generando ocasiones ahí fuera, que es mejor que llevarte dos minutos por una carga que les regaló una superioridad numérica.

La sala se queda paralizada, porque acaba de replicarle a su capitán.

Pero lo peor es que tiene razón.

—Sí, me frustré un momento —digo—. Pero tú pasaste esquiando por delante de tres tíos desmarcados en ese mismo turno, Mason. Eso no es generar ocasiones. Es postureo. Y en el segundo periodo, cuando me acerqué en la parada de juego y te tendí la mano…, ¿eso qué fue?

Sus ojos suben hasta los míos. Creo que va a contraatacar, o a decir algo personal sobre Sloane, o sobre Sloane y él, pero entonces su boca se tuerce en una sonrisita y aparta la mirada, y eso es casi peor.

—Basta —dice Niko, desde el otro extremo de la sala. Su voz es monótona y cansada—. Los dos, ya basta.

No discuto. He dicho lo que tenía que decir y he hecho lo que he podido por recuperar al vestuario, y seguir con el tira y afloja arriesga que salga a la luz la verdad sobre Sloane y Mason. Y es una verdad que sigo sin querer oír.

Los chicos empiezan a moverse. Se quitan el equipo, se abren las duchas y los ruidos normales de después del partido llenan la sala. Pero es distinto. Nadie habla de dónde comer ni de en casa de quién quedar, y hasta Luca, que puede llenar cualquier silencio, simplemente… no lo hace.

Theo me choca el puño de camino a las duchas, Luca me pone una mano en la nuca mientras se dirige a la puerta y Seb me busca la mirada y me hace un gesto con la cabeza. Y no son solo ellos; son todos.

Se van rápido. Uno a uno, luego de dos en dos, salen con las bolsas al hombro. Nadie da las buenas noches. Nadie hace planes para después. Hay muchas cabezas gachas y ojos cansados, todo el mundo queriendo estar en cualquier parte menos aquí.

Solo Seb no se va. Está en su sitio, moviéndose despacio, tardando más de lo necesario. Es el último en vestirse. Se queda ahí sentado cuando ya está listo, la bolsa en el regazo, mirando el suelo, y yo no lo miro, pero sé que está ahí.

Luego se levanta, pasa por delante de mi sitio y se para. Asiente una vez.

—No es todo culpa tuya, capitán.

Y entonces se va, y solo quedo yo sentado en mi taquilla, con Mason todavía en la ducha. Lleva un rato ahí dentro, y yo llevo un rato esperando a que pare, porque estoy cansado de que sea un problema que no consigo resolver.

El agua se corta y Mason aparece por la esquina.

—Dura derrota. —No me mira mientras se dirige a su sitio, con la toalla alrededor de la cintura.

No contesto, pero mis manos se cierran en puños.

—Pero menudo discurso. —Hace el gesto del beso de chef—. Inspirador de verdad. Puro rollo Somos los mejores .

—No —digo en voz baja.

Finge inocencia.

—¿Que no qué?

—No hagas esto ahora mismo.

—¿Que no haga qué? —Ahora se está poniendo unos bóxer—. Solo estoy hablando.

No respondo, porque tengo la esperanza de que cierre la puta boca de una vez.

—¿Sabes cuál es tu problema, Hale?

—Mason.

—Te crees que la C te da la razón. —Ahora está en el espejo, peinándose—. Pues no. Solo significa que te eligieron.

— Mason .

—Así que no la pagues conmigo, ¿vale? —Resopla—. Tú te comiste la penalización. Tú perdiste el partido. Tú eres el de la C. Es lo que hay.

Me levanto, y las palabras me salen de la boca antes de pensarlas.

—Mason, cierra la puta boca.

Mason se aparta del espejo. Está sonriendo, pero ahora es distinto, depredador y frío.

—Ahí está. El tío que hay debajo del barniz.

Quiero pegarle.

En tres años nunca he querido pegar a un compañero de mi propio equipo, pero ahora lo siento, y ya tengo las manos cerradas en puños. Peor aún, siento lo mismo que sentí cuando arrollé a aquel defensa y le costé el partido a mi equipo.

Pero el pensamiento se me pasa, y abro la mano.

Él lo ve —claro que lo ve— y resopla y aparta la mirada.

Estoy a punto de irme, pero Mason está en su taquilla, mirando otra vez la foto de su padre. Lo hace cuando cree que nadie lo ve, y conozco el fantasma que hay en ella tan bien como el mío: un padre que puso el listón muy alto y se apartó a mirar cómo lo perseguías.

Durante medio segundo, aquí de pie, casi me conmueve.

Pero entonces abre la boca.

—El caso es esto, Rowan. —Mantiene los ojos en la foto, de espaldas a mí—. Esta noche me has dejado en ridículo delante de todos, así que ahora me toca a mí.

—¿Y eso qué significa?

—Significa lo que significa. —Se mete en los vaqueros, se los sube y tira de la cremallera—. Yo quería la C, pero te la quedaste tú. ¿Y la chica?

Se me cae el estómago.

—¿Qué pasa con ella?

Se encoge de hombros, coge su bolsa del estante y se la echa a un hombro. Cuando vuelve a mirarme, ahora casi es amable.

—Yo de ti no estaría tan seguro.

Ya sé de qué habla. Lo sé desde que se metieron en la cocina y desde el comentario de la marca de nacimiento en el entrenamiento. Simplemente no quería preguntarle a Sloane ni a Mason, porque no quería las respuestas a esa pregunta.

¿Qué pasó en la cocina?

Esta noche lo he presionado, delante de todos, y no tengo ni idea de lo que acabo de poner en marcha. Y mientras la culpa me arrolla, mis pensamientos vuelven a Sloane, a su mano contra el cristal sobre la mía hace veinte minutos, girándose al borde de las lágrimas.

Yo intentaba ser el buen novio, el paciente, el que prometió que no intentaría arreglárselo todo constantemente. Cuando, todo el rato, tenía la sensación de que se alejaba de mí y volvía hacia el tío que la trataba como una mierda.

Y tengo la sensación de que la mano contra el cristal y las lágrimas eran una despedida.

O una confesión.

O puede que lo esté haciendo otra vez: coger lo peor que puedo imaginar y decidir que es verdad, porque al menos lo peor explicaría toda la semana. Así que cojo el móvil y escribo un mensaje:

Te echo de menos. ¿Te vienes esta noche?

Lo envío antes de poder pensarlo, porque si lo pienso lo reescribiré cuatro veces y enviaré algo más comedido, y estoy hasta los putos huevos de lo comedido. Quiero resolver esto, aunque arreglarlo implique hacer estallar toda mi vida y todo mi equipo.

Aparecen los tres puntos. Luego desaparecen. Luego vuelven.

Llega la respuesta:

Duro partido. Estoy orgullosa de ti. Pero estoy agotada y mañana tengo clase temprano.

Es amable. Es educado. Y es exactamente la confirmación que me temía.

Necesitaba que dijera sí, voy para allá, deja la puerta abierta o estoy preocupada por ti o algo va mal y necesito contarte qué es . Necesito que sea la chica que antes enviaba cuatro mensajes en el tiempo que yo tardaba en leer uno, pero no sé cómo pedir eso.

Y no quiero que interprete un papel si no soy el tío que quiere.

Entrelazo las manos detrás de la nuca, cierro los ojos y respiro. Debería irme —ir a casa, comer algo, dormir—, pero en lugar de eso me quedo aquí sentado, intentando no pensar, algo que nunca se me ha dado bien.

Y cuando abro los ojos, capto mi reflejo en uno de los espejos.

Es un tío todavía con todo el equipo puesto, la C en el pecho.

Lo miro durante un buen rato, pero no lo reconozco.