No hay dónde esconderse (Universidad de Halden 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

veintitrés

SLOANE

La profesora Moreno no levanta la vista del borrador.

Al otro lado de la mesa, el bolígrafo que tiene en la mano flota sobre la página tres. Ha escrito una línea en la primera página y ha rodeado un párrafo en la segunda, y ahora está ahí sentada con la página tres abierta, sin escribir, lo cual de algún modo es peor.

Llevo sentándome en esta silla todos los jueves desde que me dio el puesto de ayudante. Aquella primera semana entré con las manos temblando y casi se me olvidaba respirar entre frase y frase. Después de eso, cogí confianza con ella y con su estilo.

Hasta hoy, porque aquella era una chica distinta, y esta es una Moreno distinta.

—Dígame qué está haciendo este argumento —dice ahora, a esta chica.

La respuesta que doy es limpia, sólida en su estructura. Me oigo decir las palabras, pulidas y neutras y con pocas probabilidades de ofender a nadie, y decirlas hace que me den ganas de meterme debajo de su mesa.

—Sloane. —Se quita las gafas, cierra los ojos y luego se aprieta el puente de la nariz—. Voy a ser sincera con usted porque creo que puede soportarlo. ¿Le parece bien?

—Sí.

Abre los ojos, los clava en mí y luego da unos golpecitos al borrador.

—Esto es competente y está bien organizado.

Espero, porque sé que viene el «pero».

—Pero no tiene vida. —Suspira—. Es como si hubiera dado prioridad a citar bien las fuentes y sintetizar con precisión las opiniones de los demás antes que atreverse a tener un argumento propio.

Mantengo la cara como la he mantenido toda la semana. Es la cara que llevé las primeras semanas en Halden, y la que llevo con Rowan cada vez que me mira demasiado rato o hace demasiadas preguntas.

—La chica que llevó mi seminario en septiembre era aguda e interesante. —Ladea la cabeza, sin apartar los ojos de mí en ningún momento—. ¿Se acuerda de aquel día?

Los ojos se me van hacia la mesa.

—Sí.

—Ese fuego que vi en usted fue la razón por la que le ofrecí este puesto antes incluso de ver su expediente académico.

—Vuelve a coger el bolígrafo, da un golpecito con él contra el borrador—.

Conectó el encuadre narrativo con algo que había sentido de verdad: quién puede dar forma a la historia y quién solo puede vivir dentro de ella.

Está claro que no ha terminado, así que asiento, con los ojos aún en la veta de la madera de la mesa.

—No reconozco a esa chica en estas palabras, Sloane. —Suspira y deja el bolígrafo sobre la mesa—. Todo es correcto, pero nada es suyo. Quiero su voz, y usted también debería quererla.

Se me cierra la garganta. Porque sé exactamente cuándo empezó a aparecer la chica que ella quiere ver, y exactamente qué la hizo salir corriendo de nuevo.

—Vale —digo.

—Esa no es la respuesta que busco —suspira Moreno.

—La escucho.

—Esa tampoco.

Cojo aire. Hay un cerco de café en la mesa cerca de mi codo, y llevo los últimos cuarenta segundos mirándolo porque es más fácil que mirarla a ella. Estoy al borde de las lágrimas, y ninguna máscara de chica Halden las va a frenar si empiezan, así que solo necesito salir de aquí.

La voz de Moreno se suaviza.

—Mire, Sloane, no le estoy pidiendo que me cuente lo que pasa. Eso es asunto suyo. Pero le pido que vuelva.

Asiento, cojo la mochila y salgo de su despacho lo más rápido que puedo sin parecer que huyo. Recorro deprisa el pasillo y entro en la escalera, y solo allí me doy cuenta de que he estado aguantando la respiración desde que salí de su despacho.

Me siento en el tercer escalón desde arriba, me pongo la mochila en el regazo, y entonces llegan los sollozos.

Primero los hombros, luego la cara, luego los ojos. Aprieto la boca contra la lana de la manga del abrigo porque las chicas Halden no lloran a voces en las escaleras, ni siquiera cuando no hay nadie más en la escalera y nadie las oiría.

Salen las lágrimas que llevo toda la semana conteniendo.

Hay muchísimas probabilidades de que Mason tenga las fotos, y si las comparte, vuelvo a ser la historia. Si eso pasa, mi familia volverá a tratarme como una crisis que hay que contener, y Rowan se destruirá para protegerme y neutralizar la amenaza.

Y el lugar al que vine a curarme de todo eso se convertirá justo en aquello de lo que huí.

No pienso volver a ser eso, y no pienso infligírselo a las personas que quiero, así que toda la semana el peso se me ha instalado en el pecho y lo he gestionado sonriendo como toca, cerrándome a cualquier cosa polémica y dejando que se apague eso que Moreno vio en mí.

Pero el problema —lo que no había previsto— es que la gente se está dando cuenta. Rowan el primero. Lo intentó con dulzura y paciencia, como si solo estuviera pasando una mala semana. Pero a medida que se acumulaban los días, empezó a apartarse de mí, o quizá empecé yo a apartarme de él.

Sea como sea, la calma que había empezado a colarse en él y en nosotros se está deshilachando. Durante un tiempo había dejado de intentar serlo todo para todos, de resolver todos los problemas del mundo y quedarse sin aire en los pulmones para sí mismo.

Y ahora Moreno.

Si dos personas ven a través de ella, no es una máscara. Es solo una mala interpretación.

El móvil me vibra contra el muslo.

Ivy:

¿Vienes esta noche o grito yo sola a los chicos del hockey?

Luego, tres segundos después:

Además no te veo más que para decir hola o adiós desde hace como cinco días??? ¿¿¿Qué te pasa???

Ella también se ha dado cuenta, y ahora está haciendo lo que hace Ivy, que es gritar con cariño.

No respondo. El móvil vuelve a vibrar.

Ivy:

Sloane, no puedes ignorarme para siempre. ¿Dónde estás ahora mismo?

Debería ignorarlo, pero Ivy no ceja en estas cosas.

Escribo:

Edificio de Humanidades. Escalera de la tercera planta.

La confirmación de lectura aparece al instante, pero no espero respuesta. En vez de eso, dejo el móvil sobre la rodilla y cierro los ojos, dejando que el silencio y el hormigón frío me envuelvan hasta que la puerta de la escalera se abre un piso más abajo. Diez minutos después, oigo pasos.

—Vale, a ver —dice Ivy—. Estás sentada en una escalera llorando, y sobre eso tengo una norma.

Me seco la cara con la manga.

—¿Cuál es la norma?

—La norma es que nadie llora solo en una escalera cuando yo estoy en el edificio.

Me río, pero es una risa fea y se muere un segundo después.

Sube los escalones, se sienta a mi lado y me pone un café en la mano.

—Perdona.

—¿Por qué?

—No es el tuyo de siempre —dice—. Era para el profesor Huang, pero tú lo necesitas más.

Lo cojo igualmente.

—Estoy bien —digo.

—Ya. —Se abraza las rodillas—. ¿Moreno?

Asiento.

—Es dura —dice Ivy.

—Tiene razón.

—Las dos cosas pueden ser verdad. —Ivy da un sorbo al café y me tiende una mano—. Venga.

—¿Adónde? —digo.

—El partido empieza pronto y necesitas un entorno controlado donde gritar.

—Espera un momento —digo.

Saco la polvera y hago una mueca al ver mi reflejo en el espejo. Tengo los ojos tan destrozados y la nariz tan roja que debería irme a casa, lavarme la cara y decidir qué hacer con el hecho de que todo el mundo se da cuenta de que escondo algo.

Pero si hago eso, Ivy sabrá que pasa algo más gordo, y entonces hará más preguntas y lloraré un poco más. Así que The Den, donde al menos habrá ruido y algo en lo que concentrarme que no sea el desastre que he hecho —que ha hecho Mason— de mi vida.

Me seco los ojos con la manga, luego me pongo corrector bajo los dos ojos y me retoco la máscara de pestañas. La chica que me devuelve la mirada es pasable. No maravillosa, pero pasable, y seguramente es más de lo que he conseguido el resto de la semana.

Saco el móvil y le escribo a Rowan:

Suerte esta noche.

Luego cojo la mano de Ivy y salimos del edificio al frío.

The Den es una locura.

La cola de fuera de las puertas baja serpenteando por la cuesta, y dentro alguien ha pintado RAVENS RISE en una sábana y la ha colgado de las vigas. Mientras nos abrimos paso hacia la grada de estudiantes, ya noto los cánticos vibrando por las suelas de las botas.

—Tienes cara de triste y de hambre —dice Ivy, dejándose caer en el asiento de al lado con dos pretzels, y luego me tiende uno—. Con una de las dos cosas puedo ayudarte.

—Gracias —digo, cogiéndolo.

Mientras le da un mordisco a su pretzel, señala con la cabeza la grada de St. Adrian’s al otro lado de la pista, donde todos y cada uno de los aficionados parecen llevar el mismo tono de carmesí. Está mucho más organizado que cualquier cosa que Halden pueda montar.

—¿Se coordinan por un grupo de chat o salen así directamente de fábrica? —dice—. Es una grima total.

—Discutible —digo—. Pero se les ve bien…

Me mira como si hubiera cometido un asesinato.

—Eso también da grima.

Se apagan las luces de la sala y The Den se queda a oscuras, luego empiezan a golpear las bandas y el ruido sube desde la grada de estudiantes como un muro. Crece y crece, y entonces el foco encuentra el túnel, y me inclino hacia delante sin querer.

Rowan sale el primero, imponente mientras toca el cuervo de la pared y se desliza sobre el hielo. Pero se le ve cargado, no lento exactamente, sino como si llevara algo a cuestas, y sé que soy parte de lo que lleva.

—¿Por qué pones esa cara? —dice Ivy.

—No pongo ninguna cara.

—Claro que estás poniendo una cara.

—Tengo frío.

Ivy lo deja pasar, lo cual es un milagro menor, y luego se gira para gritarles algo a los chicos de St. Adrian’s mientras salen del túnel. Me alegra que mire para otro lado, porque no creo que hiciera falta mucho para ponerme a llorar otra vez, que no es la reacción que esperaba al ver a Rowan.

Cae el disco y empieza el partido, rápido y fluido.

El primer periodo está igualado, y me lo paso casi entero mirando a Rowan. Va medio paso tarde en todo: buscando discos que antes encontraban su palo, mandándolo al fondo cuando normalmente lo llevaría él, haciendo pases que acaban en los patines en vez de en la pala.

Nadie a mi alrededor se da cuenta, ni siquiera Ivy, porque el marcador sigue igualado y él sigue en pie, pero lo he visto jugar lo suficiente como para saber que este no es su juego. Y no puedo evitar pensar que es en parte culpa mía, porque la paz que había empezado a encontrar ya no está.

Y luego está Mason.

A él no le está costando.

Juega como si fuera un escaparate: reteniendo el disco, negándose a jugar en equipo, luciéndose y tirando a puerta, y pasando de largo a compañeros desmarcados como si no estuvieran. Aunque juega bien, la estrella de un equipo que se hunde, lo cual lo empeora.

Durante una parada, Rowan patina hasta él y le tiende la mano.

Mason mira la mano y luego la aparta sin más.

Es un gesto tan pequeño. No lo empuja ni dice nada. Solo levanta el guante y aparta de un golpe la mano de Rowan, y luego se aleja patinando, y The Den hace un sonido que nunca le había oído hacer a una multitud: cinco mil personas cogiendo aire a la vez y sin soltarlo.

—Ay, Dios mío —dice Ivy en voz muy baja, y me agarra el antebrazo.

La mano de Rowan cae a un costado y se queda ahí de pie un segundo. Luego se gira y vuelve al banquillo, y el momento pasa, salvo que no pasa, porque veo la tensión que le queda todavía en los hombros.

El partido se pone feo rápido.

Con Mason jugando para sí mismo y las líneas descomponiéndose, veo a Rowan hacer lo que hace Rowan. Pide los cambios, aparta a Theo después de un turno duro e intenta mantener unidos a los demás.

Pero su propio juego se resiente aún más con todo esto. Va lento en todo, descuidado con el disco y brusco en la transición. Un par de tíos detrás de nosotras empiezan a murmurar sobre qué le pasa.

—Voy a matar a uno de estos gilipollas —sisea Ivy, echando un vistazo hacia atrás.

—Mides cinco pies y tres pulgadas.

—La violencia no exige una estatura mínima.

Durante un tiempo muerto de televisión, Rowan se estira y alinea las botellas de agua en el borde del banquillo, con las etiquetas hacia delante, tres en fila. Le he visto hacerlo antes, con rotuladores fluorescentes, saleros, rollos de cinta.

Lo hace cuando se siente estresado o inseguro.

Durante un tiempo lo había dejado.

Conmigo lo había dejado.

Y ahora ha vuelto.

El partido avanza a trompicones, aún sin goles, bien entrado el tercer periodo, hasta que un defensa de St. Adrian’s le mete a Theo una carga tardía. Theo cae con fuerza y The Den se vuelve contra el defensa, los estudiantes lanzándole insultos.

Rowan patina derecho hacia el defensa y lo tumba.

El defensa se desploma sobre el hielo, The Den se levanta a mi alrededor, y me quedo helada porque el chico que conozco no hace esto. Pero en el fondo sé que no va de Theo. Es todo lo que lleva conteniendo, y este tío simplemente se ha acercado lo suficiente para llevárselo.

Dos minutos. Rudeza.

Debería ser más —el disco hacía rato que no estaba—, pero me pregunto si el muro de ruido de Halden lo tiene acojonado. Sea como sea, Rowan patina hasta el banquillo de expulsión y se sienta contra la pared, con el casco aún puesto, la boca apretada en una línea que no va a ablandarse.

Ivy se inclina hacia mí.

—Oye.

La miro.

—¿Está bien? —dice.

—Está bien. —Intento sonreír, y noto lo mal que me queda en la cara.

—Sloane —dice.

—Está bien, Ivy.

Mira el hielo justo cuando un delantero de St. Adrian’s mete una en la red y hace callar a The Den. Luego se gira hacia mí, y sus ojos —el azul de Rowan, un tono más eléctrico y sin nada de su contención— ya han descifrado algo y están decidiendo si decirlo.

—¿Mi hermano está siendo un gilipollas contigo?

—No.

—¿Estáis bien vosotros?

—Estamos bien. —Sueno como sonaba en el despacho de Moreno—. Todo va bien.

No insiste.

—¿Lo dejo estar?

Asiento.

—Vale. —Me aprieta la rodilla.

Me quedo ahí sentada, parpadeando demasiado e intentando no llorar.

Suena la bocina. Uno a cero.

The Den se vacía rápido, estudiantes y exalumnos abatidos sin ningún ánimo de quedarse después de perder un partido contra el rival de esa forma tan desmoralizante. Pero Ivy y yo nos quedamos donde estamos, viendo a los jugadores salir del hielo con la cabeza gacha.

Rowan es el último en salir. Cuando me ve, se para, luego patina hacia aquí. Tiene el pelo pegado a las sienes, y hay un arañazo fino en un lado del cuello que no recuerdo que estuviera ahí. Apoya el guante contra el cristal.

Me levanto, bajo hasta las bandas y pongo mi mano contra la suya en mi lado del cristal.

Cuando sus ojos encuentran los míos y se sostienen, de pronto me siento fatal por haberlo dejado fuera. Quiero contarle lo de la cocina, y quiero contarle lo que Mason sabe, y quiero contarle que me quedé de pie junto al fregadero e intenté volver a ponerme la máscara pero no ha funcionado.

Pero dudo por la misma razón que dudé en Ironwood House y cada día desde entonces.

Contárselo aquí sería quitarle la anilla a una granada.

Iría directo a por Mason y lo quemaría todo, incluido él mismo, para pillarlo.

Así que mantengo la mano donde está, y no me muevo, y no sonrío. Pero las lágrimas llegan igualmente, incluso mientras el brazo de Ivy se desliza alrededor de mis hombros y lo miro a través del cristal un segundo más.

—Venga —dice muy bajito—. Vámonos.

Aparto la mano del cristal y me doy la vuelta.