Capítulo 15
quince
ROWAN
Estoy del mejor humor que he tenido desde que llegué a Halden.
Sentado en el vestuario, tengo una sonrisa en la cara, la misma que he llevado casi todo estos últimos cuatro días, desde que Sloane cruzó cincuenta yardas de césped despejado y me besó en la mejilla delante de todo el mundo.
Y nadie me ha dejado olvidarlo.
—La novia de Rowan Hale —anunció Luca en la cena del lunes en Ironwood House, apartándole la silla a Sloane—, ¿puedo tentarte con el plato especial de esta noche?
—¿Otra vez pasta? —dijo Sloane, sentándose y colocándose el pelo detrás de la oreja—. ¿Ha mejorado?
—Ni idea —admitió Luca—. Pero la esperanza es algo precioso que se llama Theo, y es la primera vez que cocina para todos.
A Theo le ha dado por llamarnos la realeza del campus, cosa que Sloane odia y que yo finjo odiar, pero que no me molesta del todo. Seb ha soltado solo un par de cosas, en su mayoría positivas, que viniendo de Seb es lo más efusivo que llega a ponerse.
Y no son solo los del hockey.
Ivy se ha metido en cada interacción con la energía de un observador de la ONU vigilando un frágil acuerdo de paz. Ha buscado cualquier excusa para estar cerca de nosotros a todas horas, hasta que le puse un límite en lo de dormir en mi sofá.
Estoy atándome el patín izquierdo, medio sonriendo por algo que ha dicho Theo sobre que llevo el pelo distinto —«¿Es un corte de novia? ¿Te ha hecho ella esto?»—, cuando Gavin entra en la sala.
Eso es lo primero que va mal.
Gavin no llega pronto desde hace meses. Se ha convertido en el capitán que se cuela tres minutos antes que el entrenador, normalmente con un café en la mano. Pero hoy llega quince minutos antes y deja la bolsa en el banco como si pesara más de lo que debería.
Tiene mala cara. No enfadado, no disgustado. Solo… nada.
Soy el primero en darme cuenta. Estoy mirando a Gavin, pero él no mira a nadie en concreto. Los demás, poco a poco, lo pillan. Luca levanta la vista, luego Theo —a medio ponerse las espinilleras, con el pelo en los ojos, quedándose congelado a mitad del gesto— y luego Niko.
Entonces Gavin carraspea, y eso engancha a los demás.
Seb, ya vestido, aparta la cabeza de su stick a medio cintar. Mason se cruza de brazos. El resto de los chavales sueltan la preparación del entreno y las chorradas y se centran en lo que sea que está a punto de pasar.
—Me voy —dice.
Cae como una bomba.
—Ya he hablado con Coach —dice—. Nos vemos por ahí.
Nada más.
Mira la sala un largo segundo, no a ninguno de nosotros en concreto —más bien al cesto de la ropa sucia y al soporte de los sticks y a las vigas del techo, esa clase de cosas que se esforzará en recordar—, y luego vuelve a coger la bolsa y sale por la puerta.
Nadie respira.
—¿Era una broma? —dice Luca, sabiendo ya que no lo era.
Seb niega con la cabeza una vez.
—Joder. —Theo se levanta, luego se sienta, luego se vuelve a levantar—. ¿Así, sin más… se ha ido?
Park, un sénior callado dos taquillas más allá, saca el móvil y se pone a hacer scroll para ver si la noticia ya ha salido. Holloway, nuestro portero novato, mira a los tres jugadores más veteranos de la sala con la expresión concreta de alguien al que le gustaría que apareciese un adulto.
Al final, todos los pares de ojos acaban en mí.
No todos a la vez. No de forma coordinada. Es más bien que los novatos, presa del pánico, buscan a los séniors, los séniors se miran de reojo entre ellos y luego todos se quedan en mí. Porque Gavin llevaba la letra, pero hacía tiempo que no sostenía la sala.
Y todo el mundo aquí dentro sabe quién lo hacía.
—Vale —digo—. Respirad todos.
—Rowan… —empieza Theo.
Levanto una mano para cortarlo.
—Respira.
Respira.
Exhalo despacio.
—Guardad los móviles. Nadie publica nada, nadie manda mensajes, nadie llama a nadie. No conocemos toda la historia, y lo último que necesitamos ahora mismo es que se filtre antes de que los entrenadores hayan hablado con nosotros.
Los móviles bajan.
—No hace falta que sepamos el porqué en este mismo instante. Nos ha dicho lo que venía a decirnos, y tenemos entreno en —miro el reloj— once minutos, así que vamos a salir al hielo listos para darlo todo, porque es lo que hacemos.
—¿Ah, sí? —dice Niko, sus primeras palabras. Levanta la vista con la expresión seca que pone cuando no piensa dejar que le quiten la razón—. Esto parece bastante fuera de lo normal, joder.
—Va a ir bien.
Niko me estudia y luego se encoge de hombros.
La voz de Seb cruza la sala.
—Hacedle caso.
La sala lo hace, porque, aunque Seb no habla mucho, cuando habla tiene peso. Theo asiente, Luca asiente, Mason no —pero tampoco discute— y el resto entra por el aro.
Me inclino, me pongo el patín derecho y lo ato. Tengo las manos firmes, pero algo se me tensa bajo las costillas. Porque, aunque haya logrado mantener la tapa puesta sobre el pánico durante un rato, sé lo frágil que puede ser la moral de un vestuario.
Como para ilustrar el punto, Theo está ahora en la pizarra, mirando las líneas.
—¿Esto sigue siendo el PP1? —dice—. ¿Quién dirige el juego desde el punto sin Gavin?
—Déjalo estar por ahora, Theo. —Luca le aprieta el hombro con la mano.
Mason suelta una risa.
—Va a ser una tarde larga, capitán.
—No me llames así —digo.
Sonríe, pero no dice nada más.
Ocho minutos después de que Gavin saliera, Coach Franklin entra.
No es nada dramático. Cruza las puertas como quien entra en una reunión para la que estaba citado, y se detiene en el mismo sitio donde estuvo Gavin. La coincidencia seguramente no es intencionada, pero la sala la nota igual.
—Gavin ha decidido dejar el programa. —Hace una pausa, cambiándose la tablilla de la mano derecha a la izquierda—. No voy a entrar en los detalles, porque, francamente, no son asunto vuestro. Lo que sí es asunto vuestro es cómo gestionáis la noticia y lo que pasa a continuación.
Me mira igual que me ha estado mirando toda la temporada.
Como si yo fuera la solución a un problema que lleva resolviendo por adelantado.
Así es como lo sé.
—Este equipo necesita estabilidad. Necesita a alguien en quien los demás confiéis, que conozca el sistema y en quien el cuerpo técnico confíe para llevar al equipo adelante —dice—. Hale, llevarás la C el resto de la temporada, y ya hablaremos del año que viene cuando lleguemos al año que viene.
—Sí, Coach —digo, sintiendo la mirada de cada uno.
Porque ¿qué otra cosa se supone que voy a decir?
—Bien —dice—. Este programa lleva noventa y un años aquí.
Hemos tenido capitanes que se rompieron una pierna en noviembre y lideraron desde el palco de prensa, y hemos tenido capitanes a los que reclutaron y mandaron a la guerra.
La letra no hace al equipo, y de todos vosotros se espera que seáis líderes.
Hay un coro de «Sí, Coach».
La mano de Franklin aterriza en mi hombro.
—Al hielo en tres.
Y entonces se va, y todo esto es mío.
Alguien —Luca, creo— suelta un ruido que está entre un grito de júbilo y un grito de guerra. Luego hay mucho jaleo, la sala se lanza hacia delante, un vestuario aferrándose a algo bueno que sentir.
Theo me da un puñetazo en el brazo más fuerte de lo que seguramente pretende. Luca arranca un cántico de HA-LE, HA-LE. Yo me quedo ahí un momento, aturdido, aunque debería sentir algo más limpio. Orgullo, quizá. Pero lo que siento es el peso de que todos necesitan que yo esté bien.
Me levanto, y la sala se queda callada mucho más rápido de lo que quiero. Ya no bromean, no de verdad, ni siquiera Luca. Me miran como mira un equipo al tío que tiene todas las respuestas.
—El calendario es el mismo, el sistema es el mismo, y el entreno de hoy es un entreno, no una terapia de grupo —digo—. Tenemos partido el viernes, y vamos a estar listos para él, porque hoy no ha cambiado nada de este equipo salvo un trozo de letra en una camiseta. Ya está.
—Es el peor discurso que he oído en mi vida —dice Luca.
—Al hielo, Luca.
—Sí, capitán.
Pongo los ojos en blanco y pienso en escribirle a mi padre.
Se enterará dentro de una hora de todas formas. Alguien le escribirá a alguien o la universidad sacará un comunicado, y mi padre redactará el correo sobre Lo Que Esto Significa. Ya casi lo oigo: Discutamos cómo lograr la máxima exposición y sacarle partido .
Así que no le escribo.
La sala ya se mueve otra vez a mi alrededor —sticks en mano, cascos que se van encajando, Theo tropezándose con su propia bolsa— y Luca es el primero en llegar al túnel, más ruidoso de lo necesario, empujando el ánimo hacia arriba a la fuerza.
Para cuando los chavales lo siguen al hielo, solo queda Mason.
Está medio girado hacia su taquilla, con el casco colgado del gancho por encima de la cabeza. Pegada por dentro de la puerta, a la altura de los ojos, está la foto que veo desde primero: su padre, con el brazo alrededor de un Mason más joven, los dos con camisetas de los Ravens ya gastadas.
Patrick Cross, promoción del 88. El hombre que jugó aquí, que ha hecho de ojeador para equipos de la NHL en las décadas posteriores y que aún entra en la sala en los eventos de antiguos alumnos y las galas benéficas como si se le debiera una silla.
En primero, después de la derrota contra Redstone, estábamos en el autobús y Mason iba tres tragos metido en una petaca que se suponía que no debía tener. Entonces alguien le preguntó por su viejo, porque Mason había jugado mal y su viejo había estado en el pabellón.
Mason se rió y nos contó, como si fuera el remate de un chiste, que cuando tenía dieciséis años su padre lo había estampado contra el pladur del sótano por perderse un turno. Había tenido que taparlo él mismo a la mañana siguiente.
A él la historia le parecía graciosa, pero ninguno nos reímos.
Luca me había mirado desde el otro lado del pasillo, pero no habíamos dicho nada.
Mason había seguido bebiendo, el autobús había seguido rodando y nadie —Mason incluido— había vuelto a sacar el tema desde entonces.
No sé si el Mason con el que trato cada día es el de verdad o el que construyó Patrick.
Sea como sea, aquí está.
Mira la foto de la forma en que lo he pillado mirándola otras veces, cuando cree que nadie lo observa. Sus dedos encuentran la esquina de la cinta adhesiva por donde se ha despegado de la puerta, y la alisa con el pulgar. Entonces me pilla mirándolo, y vuelve la cara relajada.
—Se te va a dar bien, Hale —dice—. Caes bien a los donantes.
—Claro —digo, cogiendo mi stick.
—Era un cumplido.
—¿Ah, sí?
—Te lo juro por Dios.
Se despega de la taquilla, coge el casco y el stick y se dirige al túnel. Luego se detiene en el umbral y se vuelve a mirarme, sopesando durante unos segundos si decir lo que sea que tiene en la cabeza.
—Por si sirve de algo —dice—, yo no la habría querido.
Por una vez, creo que lo dice en serio.
—Vale. —Me encojo de hombros y suelto un pequeño resoplido.
Entonces se gira para marcharse.
Me quedo sentado en el banco más de lo que debería, porque el entreno está empezando. Llevo las protecciones puestas, los patines atados, y se supone que tengo que estar en el hielo dentro de noventa segundos con el resto del equipo esperándome.
Pero no estoy del todo listo para entregarme a ellos.
Los rollos de cinta se han movido de algún modo, así que me tomo un momento para enderezarlos. Cuando levanto la vista, Seb está en el umbral. Está apoyado en el marco con el casco bajo el brazo y el stick al lado.
Lleva haciendo esto desde primero: aparecer a mi lado cuando las cosas se rompen, mantener la boca cerrada, ocupar espacio de una forma que hace que no necesite que él interprete ningún consuelo.
—Ya voy —digo.
No se mueve.
Lo miro. Me devuelve la mirada. No va a decir nada, pero tiene los ojos muy firmes, y el silencio entre nosotros es cómodo. Así que me levanto, cojo el casco y cruzo la sala hacia el túnel.
Seb no se aparta del umbral hasta que estoy a su lado. Entonces retrocede y se pone a mi paso túnel abajo, con el hombro casi a la altura del mío, porque mide una pulgada menos que yo y es un pie más ancho.
Mientras andamos, me lanza una mirada.
—¿Estás bien?
—Sí —digo.
No insiste. Sigue caminando a mi lado, y el túnel es frío y de hormigón y huele a goma vieja. La luz del fondo brilla con la de la pista. Toco el escudo del cuervo al pasar, y salimos al hielo.