Capítulo 12
doce
SLOANE
Tumbada en la cama, no puedo dejar de pensar en su boca.
Es casi medianoche, Ivy duerme y yo tengo los ojos abiertos. Porque cada vez que los cierro, vuelvo a estar en Bellamy con su mano en un lado de mi cara, besándome como si llevara pensándolo tanto tiempo como yo.
Con un suspiro, me doy la vuelta y me quedo mirando la pared.
La chica Halden no haría lo que estoy pensando en hacer, pero tampoco le habría contado a Rowan lo del incidente. Y es su reacción la que me hace cruzar la línea, porque estaba claro que le importaba cuando me preguntó qué necesitaba.
Nadie había hecho eso por mí antes.
Cojo el móvil. Ivy se remueve en sueños al otro lado de la habitación, murmurando algo que suena a no más tequila , y casi me río, pero estoy demasiado tensa. Sostengo el móvil, intentando quitarme de la cabeza lo que podría ser una mala idea y que parece tan buena.
Entonces le escribo:
Sloane:
¿Estás despierto?
Responde más rápido de lo que esperaba.
Rowan:
Sí
Dudo.
Sloane:
¿Puedo ir a tu casa?
Los puntos parpadean, se quedan, desaparecen, vuelven.
Rowan:
¿Quieres que vaya yo?
Me río.
Sloane:
Vivo con tu hermana.
Rowan:
Buena observación. Hasta ahora.
Después me manda su dirección, y sigo sonriendo mientras salgo de la cama. Tan rápido como puedo con el frío, cojo unos vaqueros y un jersey y luego —antes de perder el valor— abro el cajón donde están las cosas que nunca me pongo y saco el único conjunto de encaje bonito que tengo.
El que nunca he tenido ni una sola ocasión de ponerme.
Esta noche es la ocasión.
Me visto a oscuras, el encaje fresco contra la piel. Una vez puesto, me miro en el reflejo. Tengo el pelo de ese tipo de despeinado que tardaría una hora en arreglar, las mejillas demasiado sonrosadas y los ojos demasiado brillantes.
La chica Halden, está clarísimo, no ha venido.
Me pongo el resto de la ropa y salgo. Bajo por las escaleras, y fuera el aire es lo bastante cortante como para atravesarme el jersey de un mordisco: el primer frío de verdad de la temporada. Pero camino demasiado rápido para sentirlo mucho, y Ridgeview está solo al otro lado del puente.
A mitad del puente casi me paro. Date la vuelta, deja la noche aquí, sé sensata.
La voz de mi cabeza suena como mi madre.
Pero entonces pienso en cómo apartó la mano de mi pecho en la biblioteca, no porque no quisiera tocarme, sino porque quería preguntar primero. Y con eso basta para confirmar que este tío es diferente.
Sigo caminando.
Cuando llego, llamo a la puerta y la abre antes de que mi mano vuelva a bajar al costado, como si hubiera estado plantado justo al otro lado. Lleva una camiseta y unos pantalones de chándal, el pelo de punta por un lado como si se hubiera pasado la mano veinte veces esperándome.
Entonces me dedica la sonrisa más mona que un chico haya soltado jamás sobre la faz de la tierra.
—¿Has venido andando en jersey?
Siento un escalofrío, que parece perfectamente cronometrado.
—He tomado una serie de malas decisiones de camino a esta decisión excelentísima.
Me tiende la mano. La cojo y me hace entrar. Antes de que pueda decir nada más, tengo una manta sobre los hombros y sus manos me frotan la parte de arriba de los brazos por encima de ella, y me guía hacia un sofá. Como siempre, está arreglando algo.
—Eres un cubito de hielo —dice.
—Estoy bien.
—Estás temblando.
Se deja caer en el sofá a mi lado, me envuelve más fuerte con la manta y coge una de mis manos entre las suyas, apretándome los dedos entre las palmas hasta que están lo bastante calientes como para arrancarme un pequeño ruido involuntario.
Sonrío.
—Estás haciendo eso de arreglar cosas.
—¿Eso de evitar que mi cita coja una hipotermia?
—Conque una cita, ¿eh? —digo—. Acércate más…
Me mira con esa atención cuidadosa y firme que es lo más atractivo de él y lo más agotador de él a partes iguales, y decide sentarse a una distancia prudente de mí.
Le dedico una pequeña sonrisa.
—Puedes acercarte más que eso.
De repente, toda la guasa desaparece y se pone serio.
—La última vez que confiaste algo serio a alguien, te hicieron daño, así que prefiero que me lo digas dos veces a que no me lo digas.
Dios.
Dios .
El pecho se me calienta, me escuecen los ojos, y no puedo permitirme ponerme a llorar ahora mismo porque, si empiezo, no voy a parar, y eso arruinaría por completo la revelación de la ropa interior mona, así que en vez de eso levanto la esquina de la manta y la sostengo abierta.
—Métete.
Duda un segundo, sosteniéndome la mirada, y luego se cuela bajo la manta. Me pasa el brazo por la espalda y yo me acurruco contra su costado, su muslo caliente contra el mío. Apoyo la frente en un lado de su cuello.
—No podía dormir —digo contra el cuello de su camiseta.
—Yo tampoco.
—No paraba de pensar en la biblioteca.
—Yo también.
Se queda callado un largo segundo y luego su mano encuentra mi cintura por encima del jersey.
Y es… agradable. Como si perteneciera ahí, como si él perteneciera.
Pero todavía noto la respiración contenida en él, la forma en que se queda quieto a propósito, porque le preocupa que me sobresalte y salga corriendo si se mueve demasiado rápido.
Me echo hacia atrás lo justo para verle la cara.
—No quiero volver a que me hagan daño.
—No te lo harán. —Su pulgar se mueve contra mi cintura—. Ivy me mataría.
Suelto una risa fea, pero esta vez no me molesto en intentar esconderla.
—Vale. Bien.
Entonces nos lanzamos el uno al otro. No es el beso de la biblioteca. Esto es… diferente. Tengo la mano en su mandíbula y la boca abierta contra la suya, y no tengo que esperar a que llegue la sensación. Ya está aquí, eso que nunca llegó antes con Mason.
Durante un segundo entero lo noto conteniéndose, esa comprobación cuidadosa tan de Rowan, ¿estará segura , y le muerdo el labio inferior y tiro, y la contención se acaba. Su mano en mi cintura se tensa, arrastramos el beso a más profundidad, y toda la cautela con la que entré se va con él.
La manta resbala de mi hombro, pero la habitación está lo bastante caldeada sin ella.
La habitación está caliente porque él lo está.
Me subo encima de él. Bueno… más o menos. Más bien apoyo una rodilla en el sofá, torpe, con los vaqueros tirándome, y él me agarra la cadera y ayuda y lo siguiente que sé es que estoy en su regazo. Tengo las manos a ambos lados de su cara y él las suyas en mi espalda, y nos miramos.
—¿Estás bien? —dice contra mi boca.
—Como me lo preguntes una vez más…
—Entendido.
Me escurro fuera de los vaqueros sin bajarme de él, lo que exige una breve y poco elegante negociación con la tela vaquera que él tiene la decencia de no comentar, y sus ojos están sobre mí tanto como sus manos, hambrientos y curiosos.
Vuelve a besarme, más despacio, deliberado, con la mano deslizándose por mi columna y atrayéndome hacia él. Y suelto un pequeño gemido cuando lo noto apretarse contra mí a través del chándal, duro y evidente.
Ya estoy mojada —llevo mojada desde antes de salir de Sterling, si soy sincera— y a través del fino encaje y el algodón casi no hay nada entre nosotros. Balanceo las caderas una vez y siento exactamente cuánto desea esto.
Emite un sonido.
Es un sonido muy bueno.
—Sloane.
—Mmm.
—Has venido aquí por una razón.
—Sí.
Me dedica una sonrisilla pícara.
—¿Cuál es la razón?
Le sonrío con suficiencia, me echo hacia atrás y me quito el jersey por la cabeza.
Se le abre la boca.
La sonrisa se muere.
El sujetador de encaje es negro, lo bastante transparente como para que se me vean los pezones a través de él, y lo bastante escotado como para que la parte de arriba de los pechos se me desborde por el borde.
Y debajo de mí lo noto ponerse aún más duro, la presión de su polla contra el encaje mojado me corta la respiración.
—Sloane.
—Sí.
—Tú… —Niega con la cabeza una vez. Tiene la voz ronca—. Joder.
Intento contener la sonrisa, pero no consigo sofocarla del todo. Estoy sentada encima del chico más comedido del estado de Vermont y le he hecho olvidar el idioma inglés, y me mira como si fuera algo que no está seguro de tener permiso para tocar.
—Puedes quitármelo —digo, intentando parecer despreocupada—. O puedes dejármelo puesto.
—Déjatelo puesto —dice, sin dudar, mientras sus pulgares recorren el borde inferior del encaje.
Me estremezco, y su boca sigue a sus manos, reclamando con suavidad mi cuello, mi clavícula y la curva de mis pechos por encima del encaje. Todo el rato, su barba incipiente me raspa la piel, y me arqueo contra él y le agarro la nuca, y no soy nada silenciosa al respecto.
Tiro de su camiseta, y se incorpora lo justo para dejarme sacársela por la cabeza, y entonces tengo su pecho bajo las manos y oh, oh … lo he estado viendo con la camiseta del equipo, pero ahora el músculo bajo mis palmas es real y su respiración cambia cuando mis manos exploran.
Alarga la mano por detrás de mí. El sujetador se abre. Con una mano. Sin torpezas.
—Fanfarrón —digo.
Me lo desliza por los brazos, y entonces su boca está en mi pecho —la lengua plana contra el pezón, luego trazando círculos, luego el filo de los dientes, y la vista se me nubla por los bordes— y su mano me amasa el otro, el pulgar girando despacio, y yo me restriego contra él.
Gimo.
Podría correrme así.
Casi lo hago.
Pero quiero más.
Me deslizo de lado fuera de su regazo, lo empujo contra los cojines y luego me inclino y le bajo el chándal y los bóxers lo justo para liberarlo. Me detengo, porque está duro y enrojecido y es grande, pero luego lamo una franja lenta por la cara inferior de su polla, de la base a la punta.
El sonido que emite —gutural, sobresaltado— es lo mejor que he oído en mi vida.
Me lo meto en la boca y me lo meto hondo, y su mano viene a mi pelo, sin empujar, solo sujetándose, y sus caderas se levantan del cojín y lo empujan más hondo en mi boca antes de que se contenga.
—Sloane… joder…